lunes, 11 de mayo de 2026

DE SILBAR AL MIEDO A RESOPLAR LA TENSIÓN LIBERADA

 

Foto: Carlos Espeso


Cuando se avistan los desenlaces de las temporadas, ante cualquier tesitura que me estruje las meninges: un texto que cae en mis manos, una conversación de tono reflexivo, una canción de letra reconocible envolviendo el ambiente...; mi cabeza dispersa, si bien –creo– en silencio, con discreción, tan solo para mí mismo, entra en modo guiñol de Jesulín y recurre a unas metáforas que introduce con un «yo lo veo un poco, no sé, como un Pucela, ¿no?» para desplegar a continuación la relación pertinente. Así, hace un par de días me llamó la atención el título de un artículo en la web del National Geographic que rezaba 'El pueblo de Castilla y León donde dos reyes pactaron la paz y que hoy sobrevive con 70 vecinos y una catedral inesperada' porque deduje que se refería a Támara de Campos, una localidad palentina con la que mi bicicleta se topó porque se ubica, entre Piña de Campos y Frómista, en las inmediaciones del canal de Castilla. Por cierto, si pueden, no se la pierdan. Antes de leer el artículo, recordé, claro, la sensación que me produjo la primera visita, la visión de un minúsculo poblado cuyo conjunto cabría en el interior de un imponente templo, la iglesia de San Hipólito el Real. Pese a su aparente pequeñez, en su término existió el Hospital de Peregrinos o de San Juan de Jerusalén y, aún hoy, pateando el exiguo callejero podemos observar algunas construcciones que reclaman atención. En cuanto fijé la mirada en la página, al observar la primera foto que ilustraba el texto, mi cabeza, ya digo, se desubicó. «Bueno, esto es… como un Pucela», un equipo que con el tiempo se ha empequeñecido, que aún conserva algunos jugadores que vagamente recuerdan un poco lo que pudo ser –lo que pudieron ser, lo que pudieron haber sido– y un jugador central, Chuki, que emerge, se alza, destaca... que a leguas se nota su presencia, pero que no termina de crear más armonía con el entorno que la que se deposita en el etéreo rincón del 'podría ser'.

 

Y poco antes del partido, cuando ya me aprestaba a venir a la redacción, salta la noticia (metafórica) de que la iglesia catedralicia se ha hundido; de que en la previa del encuentro que podría evitar el derrumbe del menguado club, unas molestias musculares han abatido a Chuki, el templo en cuyas botas cabía el equipo.

Encima, Yepes, en su reparto de hojas en sucio para tomar notas, me entrega una que sirvió de prueba para una página de esquelas. Menos mal que uno no cree en designios ni presagios, y que si creyera, cotejando a los dos contendientes, asignaría al Real Zaragoza la desventura de encabezar con su nombre el texto del recordatorio. Una especie «EL SEÑOR Don Real Zaragoza S. A. D ha fallecido...». El miedo es libre, claro, como demostraron los silbidos del público cuando el consuelo del 1-0 parecía evanescente ante el deseo maño y la rigidez blanquivioleta. En la página de esquelas, se temía, hay hueco para dos y cualquier gol blanquillo podría añadir una simétrica compañía: «EL SEÑOR Don Real Valladolid S. A. D ha fallecido...». Por suerte para el Pucela, el Zaragoza resultó aún peor y más triste que cualquiera de las peores y más tristes versiones de este Real Valladolid a lo largo de esta interminable temporada que, en lo que a este equipo respecta, parece –más allá de la dignidad requerida para los tres partidos de posdata pendientes– haber llegado a su fin. Incluso, cinco minutos antes del pitido final gracias a que el primer balón que cayó en los pies del debutante Carvajal terminó alojado en la red. Mi cabeza, desparramada, ya les digo, se fijó en el dorsal, el 38. Y me acordé de Salazar, aquel chaval que ahora, cedido por el portugués G. D. Estoril Praia en el Eldense, anotó a finales de 2023 su primer gol pucelano también con el 38, lo que me permitió contarles cómo en 1996 me quedé sin el jamón, el vino y el cuadro de Manolo Sierra que obtenía el agraciado con la porra del añorado bar El Pala.

Al Pucela, desde ya, le corresponde buscar una guía que le aleje del rumbo que apunta a condenar a la nave zaragocista. En las oficinas del club sonará Enrique Morente invocando al destino: «Si yo encontrara la estrella que me guiara / yo la metería muy dentro de mi pecho. [...] Estrella, llévame a un mundo/ con más verdades [...] Romperemos las nubes negras/ que nos engañan/ que nos acechan». Todo sea para que no se vuelva a repetir esta condena.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 10-05-2026

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

LA FIESTA EN PAZ

 

Foto: Reuters

Hace apenas una semana, este nuestro ‘Norte’ titulaba ‘La mitad de los jóvenes ve con buenos ojos las políticas autoritarias y una dictadura’ un artículo en el que daba cuenta de una encuesta de la Fundación SM cuyo objeto de estudio fueron los españoles de 15 a 29 años. Partamos de una obviedad: la otra mitad no hace ojitos a ese mantra que crece adquiriendo forma de profecía autocumplida. Y de otra evidencia: las encuestas, así, “tomadas de una en una -arrogándome palabras de José Agustín Goytisolo- son como polvo, no son nada”, una simple fotografía, estática por definición, que solo adquiere valor observada rodeada de otros sondeos idénticos previos, transformándose en fotograma para componer la película de la evolución.

Sorprende que sorprenda el desarrollo del guion. Marx dejó escrito -y esta indicación se admite por marxistas y no marxistas como utensilio sociológico básico- que “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”. Las necesidades, reales o percibidas, subordinan -o adecúan- el pensamiento de cada momento. Y la vida actual traza sus caminos sobre agua, delinea vías inestables, efímeras, estructuras carentes de solidez que amenazan con desvencijarse y arrastrarte en la caída. Hasta la palabra carece de valor, la única verdad admitida sentencia que ya ni la verdad existe. Tal vez no existió nunca, pero circulaban mentiras tomadas como certezas. Dado que casi siempre se está dispuesto a ceder algo de lo que se dispone de nacimiento a cambio de solventar las carencias, insisto, reales o percibidas, parece poco precio la permuta de aceptar mano dura -que se suele entender para los demás- recibiendo lo mismo que ansiaba Jarcha medio siglo atrás “su pan, su hembra -entiéndase compañía y afecto- y la fiesta en paz”. Un cobijo, al fin y al cabo.

Sumemos que la vida actual se desarrolla en un mundo en el que la hidalga Europa languidece vestida de chaqué observando que se imponen los que se amparan en el uso de la fuerza, interna y externa. Y la chavalería toma nota y, sin pretenderlo, homenajea al director argentino recientemente fallecido Adolfo Aristarain, buscando ‘un lugar en el mundo’.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-05-2026

UN EXTRAÑO PRIVILEGIO

 

Foto: Carlos Pérez-Factoría 9

El martes pasado acudí al Clínico a la correspondiente consulta con mi –permítanme el posesivo– oncólogo. No recuerdo si de inicio, para enyesar empáticamente el encuentro, o como amable recurso de despedida, Ricardo –que así se llama– me lanzó un jacarandoso «Joaquín, ¿qué?, ¿cómo ves al Pucela?, ¿nos salvamos?».

Sonreí perfilando un ademán a medio camino entre el reflejo del miedo y un desdén aderezado de condescendencia bobalicona. Mal, pensé, pero de esta se librará. Y como si me topase con esta pantalla ansiosa de palabras al finalizar cualquier partido, como si me enfrentase al espacio en blanco pendiente de la historia que lo habrá de recubrir, se me ocurrió utilizar una metáfora propia del contexto propiciatorio del encuentro que satisfaría las dudas lanzadas al aire por el médico. Ojalá –le comenté– la oncología dispusiera del privilegio propio de esta endiablada Segunda División donde, al final, el número de bajas se limita a cuatro, y los demás equipos, sea cual sea su diagnóstico, por enojoso que haya resultado el proceso, por agresivo que se haya manifestado el tratamiento, subsisten. Y al poco, en cuanto cierre la temporada, se sacudirán el polvo, se erguirán y se prepararán para un nuevo periplo en el que las vicisitudes del pasado se habrán transformado –si existe voluntad y cerebro– en vacuna.

Entiéndanme, mejor sería, claro, que la oncología tuviera la posibilidad de evitar la travesía por los nueve círculos concéntricos de dolor y de pecado, de eludir los dantescos descensos a los infiernos. Pero la realidad es la que es –una espada como la de Damocles, una amenaza colgada del techo sujeta por un solo pelo, un filo de acero apostado sobre nuestras cabezas –, no la que anhelaríamos. Al menos de momento.

Sonreímos, ahora los dos, compartiendo una mueca que traslucía un rotundo ¡ojalá!, dejando apuntada la esperanzadora situación del Pucela pese al rosario de síntomas inquietantes, pese a la concatenación de datos desazonadores... emplazándonos para el próximo mes, no para hablar tan solo de fútbol.

La siguiente escala de la tortura blanquivioleta conducía a Las Palmas. El conjunto de la información corroboró la metáfora. Una efervescencia final más propiciada por el inopinado miedo del equipo grancanario que por el desempeño blanquivioleta no puede desenfocar la mirada de un partido, de nuevo, lamentable de un equipo que, de tanto asumir su inferioridad, hiede a derrota. Transmite, alineación incluida, la impresión de que coloca todos sus huevos en el único canasto del partido ante el Zaragoza. Pero, para su bien, para su triste bien, el relato informativo de este penoso deambular se completa con el fantasmagórico vagar de los cinco últimos: los cuatro en los que se confía más el comodín del Cádiz.  

La verdad es que resulta complicado traducir los entresijos de una categoría que suple la carencia del máximo nivel futbolístico con acendradas dosis de emoción en cada uno de los tramos clasificatorios. Explica a un inglés, comentaba socarronamente un conocido en una de esas improvisadas tertulias que se conforman en la barra de esos bares de barrio que despiden un suculento aroma a pasados de moda; explica, a un inglés que ‘me voy a ir yendo’, la concatenación de tres tiempos diferentes del verbo ‘ir’, pretende en realidad buscar una excusa para quedarse. Explica esta competición a la gente que se limita a seguir las peripecias de la Primera División en la que el título se disputa entre dos equipos y medio, en que resulta sorprendente que un recién ascendido no recorra el camino de reingreso a la categoría que apenas un año antes jubilosamente abandonó, en que las sorpresas sorprenden porque no se han convertido en pan nuestro de cada día.

Cuatro partidos y la temporada habrá dictado sentencia. La derrota del Pucela le deja –pendientes del partido por disputar del Mirandés– en mejor situación que la de veinticuatro horas antes: el mismo colchón, una semana menos. Un riesgo latente, sin embargo, tintinea: de tanto jugar con fuego, puede arder el colchón. Y sería demasiado tarde para pensar en la llegada de algún bombero. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-05-2026

lunes, 27 de abril de 2026

DESDE ENTONCES YA EL PUCELA…

 

Foto: Alberto Mingueza

Césped del estadio José Zorrilla, 23 de abril. Con motivo de la conmemoración comunera en Villalar, el Pucela felicita la efeméride mediante la difusión de un vídeo rematado con un «orgullosos de lo nuestro» en el que el joven, permítame el calificativo, cantante Dulzaro interpreta aquellos versos que cierran 'Los comuneros', el romance escrito por Luis López Álvarez y que el Nuevo Mester de Juglaría acercara imperecederamente a nuestros oídos: el 'Castilla, canto de esperanza'. Aquellos versos, digo, que, de inicio, se duelen de la derrota villalarina para, posteriormente, lamentar –elevando el rango de aflicción– la desidia, la inoperancia... la suma de componentes intrínsecos y extrínsecos que han postrado a este territorio hasta el punto de que «no se ha vuelto a levantar». Peor, para atribularse porque –añorando un mesías, esperando un milagro– decaiga la vida, se apague una tierra que pervive muriendo, muere perviviendo.

 

Césped del estadio José Zorrilla, 25 de abril. Si la cosa fuera de efemérides, cabría recordar la 'Revolução dos Cravos' que derrocó la dictadura del Estado Nuevo y que enorgullece a (no todos, supongo) nuestros vecinos portugueses; la 'festa della Liberazione' que festeja el final de la ocupación nazi en Italia; la fecha en que un terraplén se interpuso en el trayecto de mi bicicleta y no sé qué más ocurrió, porque cuando horas después abrí los ojos estaba tumbado en una cama del Clínico... Pero no, ni de Portugal, ni de Italia, ni de topetones contra el suelo: este 25 de abril, tras lo visto en el césped del estadio José Zorrilla, la cosa va de supervivencia, de un canto de esperanza. Se ha lamentado, si no la desidia, sí la inoperancia de un equipo postrado al que nos conformamos con pedirle, si no que se alce, al menos que no caiga en un foso aún más profundo.

Cualquier aficionado podría fijar un «entonces» desde el cual, el club, «en manos de» una sucesión alternativa «de rey bastardo o de regente falaz, no se ha vuelto a levantar». El Pucela culebrea a escasos centímetros del despeñadero. A escasos centímetros, a expensas de un empujón, de una bocanada de aire, pero aún sobre suelo firme.

El desempeño auspiciaba un acercamiento al precipicio. Ninguna premisa aventuraba salir indemne de la porfía, ningún argumento excepto la decisión del travieso dios del fútbol que se empeñó en revestir de surrealismo el desenlace del partido: tras el perdón en boca de gol del donostiarra Mikel Rodríguez, dos personajes secundarios del elenco pucelano, Biuk y Sanseviero, construyeron un inesperado gol que, al menos, permite soñar que las llamas blanquivioletas «otra vez crepitarán». Al fin, «si los pinares ardieron, aún nos queda el encinar».

Un encinar que refugie, que aporte madera, para lo que es imprescindible, previamente, que seamos conscientes de su existencia. «Que el árbol no impida ver el bosque», me han repetido por distintos canales. Sí, respondí: el bosque, después; de momento es suficiente con no estamparse contra el árbol. Esquivado el peligro, gracias diosito, corresponderá prender la yesca. Metafóricamente, se entiende, que estamos en tiempos necesitados de matices.

Artículo publicado el 26-4-2026

 

miércoles, 22 de abril de 2026

EL CALLEJÓN DEL GATO

 


Callejón del Gato. Foto: José González

A resultas de la gobernabilidad en varias comunidades autónomas -la nuestra incluida-, contemplamos acercamientos, intentos de acuerdo o alianzas ya cerradas. En el frontis del edificio político relatado se sitúa el desaire de premisa, el repudio como efecto, de miles de realidades diversas agrupadas en un concepto unívoco: emigrantes. Añadan el relativo que quieran, no sería más que el intento de atenuar un eco procurando que no chirríe.

A rebufo de MAGAs imperiales -consignas que envuelven de orgullo rancio una voluntad de privilegio, valleinclanescos callejones del Gato que en sus espejos deformantes devuelven el esperpento de corpachones que presumen de coraje y no son más que el reflejo de un miedo atávico a lo que cuestiona su primacía- se ampara un discurso que refuerza una preeminencia -por más que asumido (tanto el discurso como la preeminencia) por quien lo enuncia o por quienes aclaman tal prédica- que suena impostado a la luz de cualquier razón humana. Más que a rebufo, diría que el argumento, vacuo pero intimidador, toma impulso en el más potente de los trampolines. Galopando a lomos del altavoz dominante, traducen/reducen/infieren el ‘grande’ del lema no a un territorio, ni al Estado referido en cada caso o a las personas que allí habitan -ni siquiera a todas las que disponen de nacionalidad-, sino a una tipología concreta de seres idénticos, a un subgrupo -por más que mayoritario, que anteriormente exclusivo- de personas que relatan historias similares, de habitantes, al fin, de una homogeneidad.

Miro a los ojos a los (primeros) señalados como responsables -perdón por la ironía- de tanto mal ajeno, a quienes serían (los primeros) sufridores de la exclusión, y me acuerdo de una frase maravillosa brotada del impulso de una partida de tute por parejas. Mi compañero, tras concluir un juego, miró la libretilla en la que uno de los contrincantes apuntaba el marcador jalonando con cruces (cinco por cuatro en aquel momento) a ambos lados de una línea que dividía la hoja en dos partes encabezadas con los epígrafes ‘ellos/nosotros’. Ante la duda derivada de la igualdad, inquirió al apuntador: “ellos somos nosotros, ¿no?”. Ellos somos nosotros, sí; solo que ellos son los primeros.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 21-04-2026

martes, 21 de abril de 2026

OPTIMISMO EMPEÑADO

 

Foto: Martín Silva-Factoría 9

Mezclemos dos ingredientes: el traqueteo de mi cabeza, el propio del cerebro de un tipo con problemas de atención que se dispersa incluso sin necesidad de excusa, y la indecorosa puesta en escena del Pucela en el desolado escenario del Nou Estadi d'Encamp. Tengamos en cuenta el tubo de ensayo en el que se combinan los elementos: la imperiosa búsqueda de un subterfugio para alentar una traza de optimismo –descartado en esta ocasión el entusiasmo irracional, una veta siquiera– sin la cual la labor de cualquier aficionado carecería de sentido. Este, por definición, se aferra a cualquier señal conveniente por grotesca que parezca, deposita algún exvoto en cualquier altar imaginario con la pretensión de doblar los designios de la lógica, se empeña con oblaciones esperando que los dioses cumplan la parte de un tratado que jamás firmaron. Actúa así, incluso, el catastrofista histórico, el derrotista con ínfulas, el eterno agonías o el agorero ventajista incapaz de apearse del 'ya lo decía yo'. Bueno, de este último no estoy seguro porque antañazo escuché una conversación entre un joven mi padre, laudando a un paisano octogenario su buen aspecto, y este anciano replicando su mala sensación vital.

–No termino el año, lo has de ver –apostilló cabizbajo.

–No fastidie, hombre, no tiene pinta –atenuó mi padre el tremendismo–.

Contradicho, el anciano se vino arriba.

–Apuéstate lo que sea.

–Te conozco de sobra –cerró mi padre–, eres tan cabezota que con tal de ganar eres capaz de colgarte.

Cuando tiempo después, leí de Delibes en 'El disputado voto del señor Cayo' un pasaje idéntico, aunque llevado a término por 'el señor Paulino, echador de cartas', que 'las dobló' en la fecha señalada, tuve la certeza de que para determinada gente 'tener la razón', que no la razón, supone su bien más preciado, gente –alguna incluso generosa– capaz de dar todo menos la razón.

Mi desparramada cabeza, decía, al lamentar el indecente arranque blanquivioleta, se acordó de unas clasificaciones sectorizadas en las que el Pucela aparecía como tercero teniendo en cuenta los enfrentamientos con los seis primeros de esta Segunda División y decimoctavo cuando los rivales eran los seis colistas. Bien, pensé: se le da mejor a este equipo contraponerse a los buenos que le colocan en el campo que, impelido a generar, enfrentarse a los colistas. Bien, me incidí: el FC Andorra, aunque no forme parte del sexteto patricio, a buen seguro porque le penaliza cierta inconsistencia, destaca por su calidad técnica y posicional; nos colocará, aguantaremos y aprovecharemos alguna.

Bien, me insistí: se cumple la tesis, pasan los minutos y no encajamos, ya asustaremos. Y pasan, y pasan. Hasta que dejaron de pasar. No los minutos, que el correr del tiempo no frena, sino las premisas: el rival nos colocó, pero ni se aguantó, ni se aprovechó nada porque nada hubo de aprovechar.

Hasta el optimismo quimérico, ese de carácter inmarcesible que siempre encuentra motivos incluso en el disparate, se apagó antes de tiempo: los gritos de dolor de Ohio –ojalá el daño sea menor de lo que parece– nos devolvieron a una triste realidad que no empeora por el melodramático hecho de que hay suficientes realidades aún más tristes, un quinteto de equipos que, como el señor Paulino, se empeñan en no sobrevivir al día de marras.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 20-04-2026

 

miércoles, 15 de abril de 2026

MIEDO REPARTIDO, MIEDO QUE REPARTE

 



 

Foto: Rodrigo Jiménez

Entreviendo la muerte de cerca, el profesor de Literatura en la Universidad de California en Berkeley, el gijonés Antonio Miguel Albajara regresa, tras muchos años alejado –obligado a distanciarse físicamente primero, apartado mentalmente como personal consecuencia después– en todos los sentidos, a la que fuera su tierra de infancia. En su recorrido catártico, en su ‘Volver a empezar’ arrebatado de añoranzas, quizá, casi seguro, revisitando, con unos ojos entornados dispuestos a abrir la puerta del alma, las imágenes de la vida que pudo haber sido, que no pudo ser, atraviesa –conjugando entereza y agitación– la bocana de los vestuarios de El Molinón. Ahora, recién atravesada la línea sobre el césped que delimita el terreno de juego en el que, aún barbilampiño, aspiraba a destacar en eso del fútbol vistiendo la camiseta blanquirroja de su Sporting de Gijón, quieto, contempla el estadio vacío, ese ‘esqueleto de multitud’ que precisara Mario Benedetti. Coteja la obra de ampliación que muestra la penetración social de aquel juego en la sociedad española, y a su vez la apertura al mundo de un país que se aprestaba a organizar el siguiente Mundial, el del 82, con El Molinón como una de sus sedes. Recrea carreras, hilvana pases, trenza jugadas, vislumbra remates, anota goles... que nunca ocurrieron. Levanta la vista, de derecha a izquierda, en un giro de 180 grados, su cabeza recorre pausadamente la grada, recoge los aplausos que nunca le permitieron recibir, que siente que le hurtaron; que qué más da, se consuela. Al final de la requisa, la mirada del ya premio Nobel de Literatura interpretado por Antonio Ferrandis se topa con la colada –camisetas pantalones, toallas, medias, chándales– de cualquier día entresemana colgada de un tendal anclado en un fondo.

Cada vez que escucho ‘jornada retro’, además de removerme por la sensación de impostura, me asalta esta escena de la oscarizada película que dirigiera Garci. Los tiempos me desmienten, pero siempre entendí que revisitar nuestra peripecia vital no consiste tanto en poner camisetas en el escaparate cuanto en recordar lo que fuimos, en asumir que la vida ha seguido su curso y que lo que llamamos ‘evolución’ no era entonces más que un camino entre otros muchos que no se tomaron. La actual espectacularización de cualquier empresa supone el resultado de un progreso entendido como «Acción de ir hacia delante», no necesariamente como «Avance, adelanto, perfeccionamiento».

Y una certeza. En nada, este tiempo será retro para el que inexorablemente se acerca. Al final, para Ferrandis aquel Rubio llamado Maceda proyectaba la idea del fútbol moderno frente al suyo de medio siglo atrás.

Con una camiseta (similar a la) de antaño o con la blanquivioleta habitual en estos plúmbeos y afligidos años, el Pucela disputó un partido que –así nos temíamos apenas hace una semana– podría haber comenzado con el equipo situado de lleno en zona de descenso. No solo se disiparon los temores, sino que, además, arrancó con la garantía de que la distancia al descenso, esos cinco puntos escondidos bajo el colchón, no disminuiría. Aun así, el miedo le despojó de cualquier intento osadía y el Pucela se condujo como las familias de mi pueblo cualquier lunes de aguas que amenace precisamente con aguas: la cesta en la mano, pero los pies quietos, atenazados, ni ‘p’alante’, ni ‘pa'trás’, no vaya a ser que...

La SD Eibar, con no menos pánico, dejó de lado la etiqueta de ‘mejor equipo de la segunda vuelta’ para limitarse a contener, no errar y, si acaso, cazar alguna. Será que la camiseta, el nombre, amedrenta y por aquella zona de Guipúzcoa, el Valladolid aún impone respeto. En esta categoría veremos en lo que queda muchos partidos así. Miedo repartido, miedo que reparte.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 15-04-2026

miércoles, 8 de abril de 2026

VUELTA COMO HUIDA

 

Foto: A. Ojosnegros

Mi cabeza no me deja más remedio, cada vez que me detengo unos días por el pueblo, ella -que de por sí da vueltas sin parar-, gira su foco de atención y me inunda de unas imágenes que desvían de la temática habitual. No olvido, ¿cómo?, las vicisitudes de un mundo cáustico, quemante de un pasado que aparentaba estable, de una coyuntura amenazante que abre abruptamente un futuro ignoto para el que carecemos de más pista que la propia ausencia de indicios, a excepción de los proporcionados por las miserias de la condición humana. No olvido, claro, pero las emociones, los pensamientos que se arremolinan y me baten se ciernen en ese pequeño espacio en el que fui niño y del que de alguna manera me escapé. Y por primera vez percibo que algo está cambiando. Por rigor apunto que lo reciente no es tanto la percepción como el asiento de esta. El pueblo que recobraba vida apenas unas quincenas en verano, ebulle cada vez más en vacaciones, burbujea muchos fines de semana.

Sabedor de que una tesis consistente no se consolida sobre andanzas que dan razón a nuestras querencias sino con la acumulación de datos que la confirmen, me limito a constatar el hartazgo provocado en mis paisanos por el modo de vida actual de unas ciudades -más cuanto más grandes- en las que la inercia se ha convertido en la fuerza imperativa generadora de los movimientos rutinarios. Una inercia que arrastra cuerpos y esconde vida, que fuerza ritmos y silencia relatos sobre raíces o entorpece sentidos de comunidad.  

Las ciudades, tampoco las muy grandes, no siempre respondieron a este patrón. Pero, al parecer, no me atrevo a garantizar, esta deriva despersonalizadora se impone y son cada vez más las personas que recurren a esta periferia de la periferia en busca del saludo diario, la conversación en las plazuelas, las inopinadas charlas intergeneracionales, los paseos sin destino, las cotidianas cartas o el bingo cotidiano, como excusa para verse y distraerse en común…

Regreso a la ciudad, mi cabeza volverá a sus cosas. Eso sí, cada vez más me aumenta el deseo del retorno. Y sí, ya sé que la realidad rural no es tan bucólica. Pero…

Publicado en El Norte de Castilla el 07-04-2026

 

 

 

  

 

lunes, 6 de abril de 2026

LA GALLINA Y EL CERDO, LOS HUEVOS Y EL CHORIZO

 


Foto: Carlos Gil-Roig

Cualquier tesitura incuba el riesgo de degenerar, encierra en sí la susceptibilidad de empeorar. Definir como calamitosa la temporada del Pucela se puede considerar un eufemismo para suavizar el ánimo del emisor del dictamen cuando el equipo acude a León a cubrir un indigno expediente. Y no, no me refiero al resultado a secas. Se puede 'perder' y 'perdeeeer', dicho así, canturreando, mientras los dedos de ambas manos dibujan en el aire unas etéreas comillas imitando las inicuas maneras que sus compañeros pretendieron enseñar a Marge Simpson, la protagonista de la popular serie, en el capítulo en que ella comienza a trabajar como agente inmobiliaria, a utilizar el lenguaje de una forma embaucadoramente críptica.

Se puede perder, digo, si el rival te supera por calidad técnica, capacidad física, competencia en la lectura del partido o –esto es fútbol– suerte. Se puede perder aunque el contendiente acumule cuatro meses sin paladear una triste alegría que mitigue la concatenación de decepciones. Se puede perder porque en ninguna tabla sagrada aparece escrita la inexorabilidad de la victoria. Se pierde porque el fracaso nos es consustancial, porque en cualquiera de sus facetas se convierte, desde que nacemos, en un inseparable compañero de vida. Pero, ¿'perdeeeer' inserto en un dócil entrecomillado?, ¿'Perdeeeer' sin un atisbo de rebeldía frente a la derrota? ¿'Perdeeeer' sin presionar más allá de con la mirada, sin desasosegar a la línea defensiva del rival, sin chicha ni limoná teniendo en cuenta las urgencias clasificatorias? Hace unas temporadas escuché que este equipo no pierde ocasión de perder una ocasión, y oye, en cada ocasión se empeña en confirmar la tesis.

Para lograr cualquier reto complejo se precisa querer, poder y saber. En mi cabeza deambula guerrero un suceso del siglo pasado del que permanece aún pendiente una resolución que me retire un poco de indignidad. Cuando quise, no pude; cuando quise y pude, no supe. Y ahora que a buen seguro quiero y de alguna manera sabría, ya no puedo, no sé poder o simplemente podría, pero ya no sé. El Pucela, al menos eso me transmite con demasiada frecuencia, simplemente –antes de verificar si puede o constatar si sabe– directamente no quiere en el estricto sentido de la tercera acepción del término 'querer' en el DLE: «Tener voluntad o determinación de ejecutar algo».

'Pánfilo' he llegado a oír como calificativo de este grupo de futbolistas. Lo suscribo. Conforman un equipo silente, que no recurre al taco ni a la blasfemia, ejecutan cada acción porque es su trabajo y la entrenan, conocen los fundamentos y los desarrollan, pero sin convicción. No me refiero a los esfuerzos contables, esos están, sino a ese poner pie en pared que sobrepasa la resistencia racional. Para preparar unos huevos fritos con chorizo necesitamos tanto la aportación del cerdo como de la gallina. De ambos, pero no por igual: la gallina contribuye; el cerdo se compromete. A lo mejor es pedir demasiado. A lo mejor. Pero echo de menos esa impresión.

Publicado en El Norte de Castilla el 06-04-2026