Una semana
se prolongó el estado de euforia blanquivioleta. El mismo tiempo que podría
mantenerse el de decepción si el resultado próximo sonríe al Pucela, y en
ningún cuaderno aparece escrito que no pueda ocurrir. Al fin y al cabo, la
imprevisibilidad se arroga la labor de marca de clase, de valor representativo
de los resultados de esta segunda categoría, generosa o cruel según tenga el
día. Asumido que los mejores jugadores disputan otras competiciones, entendemos
que la diferencia de nivel de quienes aquí participan no marca diferencia alguna.
Admitido que el esfuerzo pretende relevar las carencias, que la convicción con
frecuencia se impone al criterio, adivinamos que un ligero matiz puede inclinar
una balanza lo suficiente como para dictar los renglones de una sentencia. Un
veredicto revocado cada semana por otro idéntico u opuesto. Y vuelta a empezar
una y otra vez.
Cánones que, como cualquier muestra, cuenta con sus valores atípicos: los diez
–todos– partidos del Albacete B. sin conocer la victoria; los siete
consecutivos en que la UD Almería suma de tres en tres. Sin más, extravagancias
estadísticas que la historia pone en cuarentena, que el aficionado –conocedor
de la naturaleza bromista de esta ‘burladora’ competición– relativiza
valiéndose de la expresión de Tirso de Molina: «Cuán largo me lo fiais».
Una semana, decía, y cuarenta minutos. Los que tardó en aparecer el matiz que
volteó un escenario que prolongaba el arrebatamiento de la goleada manchega,
que mantenía el dulzor de Arnu y Ponceau. Vislumbrábamos el segundo, «a ver si
cuanto antes» musitaban casi al unísono buena parte de los seguidores a los que
la costumbre les ha convertido en expertos conocedores de este paño. Un paño
que cualquier despiste deshilacha. Con lo que cuesta lograr lo que mucho cuesta
y lo fácil que resulta perderlo. Un desgarrón requiere un remiendo inmediato so
pena de estropicio, irremediable por definición.
El partido se empeñó en desdecir un par de certezas de esas acuñadas por la
sabiduría popular. Aquella que recomienda no tocar lo que funciona. Como si el
contexto no se modificase, como si lo que una vez funcionó se pudiera adaptar a
otra coyuntura. Claro, también podemos afirmar que, de lo que funcionó, algo se
tocó: el rival, que no es poca cosa. Ante otros, no sirvió lo mismo. Y, en
segundo lugar, la que impele a cambiar aquello que, tras varios intentos, no
dio su fruto. Y a veces sí, pregúntenselo al agua: cuando se trata de romper
una roca y no disponemos de herramientas contundentes, hemos de insistir en la
erosión, en el intento repetido que posibilita avances imperceptibles. Para hoy
ya es tarde, pero los sucesivos eldenses –fauna autóctona de esta competición–
requerirán armarse de paciencia.
Pero andábamos por el cuarenta, por el desgarrón cosible. Cosible si el estado
de ánimo no traiciona. De la euforia al lamento, del lamento al error, cinco
minutos y doble desgarrón. Quizá el matiz se aloje en esos 300 segundos, en el
tiempo necesario para la difícil adaptación a una perturbación. Porque habrá
muchas, y esa capacidad adaptativa, tanto como la calidad futbolística, concretará
los matices definitorios de cada encuentro, los términos de una suma que dirá
lo que ha dado de sí este equipo.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 19-10-2026

