Foto: A. Mingueza
Hay partidos, como tantas circunstancias
en la vida, que se resuelven con el mismo argumento que esgrimían nuestros
padres en el pleistoceno de nuestra infancia cuando, renuentes a acatar alguno de sus
mandatos, recurríamos a un «por qué»: «porque sí». Y en ese punto concluía el
esbozo de conversación. Porque sí, el Pucela ha ganado porque sí, como porque
sí podría haber perdido.
El relato del encuentro ofrece centenares de
matices que relatan, pero no explican, al menos no del todo. Centenares de
circunstancias, una sucesión de pericias e impericias que podrían haber
volteado, e incluso recontravolteado, la asignación de puntos se ha saldado
como se ha saldado: los tres para el Valladolid.
Se podrán esgrimir análisis tácticos
–que obviamente corresponde estudiar–, se podrá valorar el cambio de
posicionamiento defensivo que transformó el manido rombo con el que se arrancó
en una disposición más simétrica, alguien podría añadir el dato irrefutable de
que se encajaron tres goles... Al final del todo, Aceves con sus paradas, o los
delanteros del Leganés con su empeño en rematar al muñeco, han revertido la
consecuencia más probable una vez cotejados los números de una estadística
demasiado preocupante por lo que demuestra que se concede al rival.
En cualquier caso, decía, tras varios partidos,
Escribá ha dado un paso atrás ante esa propuesta cuadrilátera. Lejos de tildar
ese acto de desdecirse de cobardía, entiendo el valor de cuestionar sus
propuestas cuando la realidad se empeña en rebatirle. La flexibilidad avala una
pervivencia que la rigidez cuestiona. No sobreviven los más fuertes, sino los
que mejor se adaptan. El descreído personaje del capitán Enrique de las
Morenas, encarnado por Eduard Fernández en la película '1898: Los últimos de Filipinas',
sentenciaba que «en la guerra hay dos tipos de militares: los que quieren
medallas y los que quieren volver». Una reflexión similar, «el problema de
nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles, sino
importantes», se atribuye a esa máquina de acuñar sentencias para la posteridad
llamada Winston Churchill. Pues bien, Escribá no podría presumir de su
abigarrado currículum si hubiera preferido colgarse medallas a mantenerse vivo,
si se hubiera pavoneado de su valía olvidando que su labor –y con ella la
permanencia en el escaparate– se mide por lo provechoso de su ejecutoria. Sin
más. Y en este caso corre el riesgo de que su retaguardia –y ojo, que la del
Leganés, visto lo aquí visto, hace parecer buena a la pucelana–, su diáfano
entramado defensivo, anule el desempeño ofensivo y, con ello, dificulte
cualquier logro.
Escribá dormiría a pierna suelta si
consigue solidificar el bloque defensivo y procurar –¡qué recuerdo a
Pezzolano!– la aparición de un gol propio en cualquier contingencia. Dos goles,
como en este encuentro, en dos córneres surten de la misma placidez que un
sueño húmedo. Placidez sin necesidad de festejo. Como si le reclamaran a
Escribá acudir a una fiesta para comer o bailar.
–No bailo nunca –apuntaría–.
–Vente pues a comer.
–Para comer no necesito fiesta.
Le habría faltado concluir
con un «ganamos porque sí y ya está».
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 3-11-2026





