miércoles, 4 de noviembre de 2026

PORQUE SÍ, Y PUNTO

 

Foto: A. Mingueza

Hay partidos, como tantas circunstancias en la vida, que se resuelven con el mismo argumento que esgrimían nuestros padres en el pleistoceno de nuestra infancia cuando, renuentes a acatar alguno de sus mandatos, recurríamos a un «por qué»: «porque sí». Y en ese punto concluía el esbozo de conversación. Porque sí, el Pucela ha ganado porque sí, como porque sí podría haber perdido.

El relato del encuentro ofrece centenares de matices que relatan, pero no explican, al menos no del todo. Centenares de circunstancias, una sucesión de pericias e impericias que podrían haber volteado, e incluso recontravolteado, la asignación de puntos se ha saldado como se ha saldado: los tres para el Valladolid.

 

Se podrán esgrimir análisis tácticos –que obviamente corresponde estudiar–, se podrá valorar el cambio de posicionamiento defensivo que transformó el manido rombo con el que se arrancó en una disposición más simétrica, alguien podría añadir el dato irrefutable de que se encajaron tres goles... Al final del todo, Aceves con sus paradas, o los delanteros del Leganés con su empeño en rematar al muñeco, han revertido la consecuencia más probable una vez cotejados los números de una estadística demasiado preocupante por lo que demuestra que se concede al rival.

En cualquier caso, decía, tras varios partidos, Escribá ha dado un paso atrás ante esa propuesta cuadrilátera. Lejos de tildar ese acto de desdecirse de cobardía, entiendo el valor de cuestionar sus propuestas cuando la realidad se empeña en rebatirle. La flexibilidad avala una pervivencia que la rigidez cuestiona. No sobreviven los más fuertes, sino los que mejor se adaptan. El descreído personaje del capitán Enrique de las Morenas, encarnado por Eduard Fernández en la película '1898: Los últimos de Filipinas', sentenciaba que «en la guerra hay dos tipos de militares: los que quieren medallas y los que quieren volver». Una reflexión similar, «el problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles, sino importantes», se atribuye a esa máquina de acuñar sentencias para la posteridad llamada Winston Churchill. Pues bien, Escribá no podría presumir de su abigarrado currículum si hubiera preferido colgarse medallas a mantenerse vivo, si se hubiera pavoneado de su valía olvidando que su labor –y con ella la permanencia en el escaparate– se mide por lo provechoso de su ejecutoria. Sin más. Y en este caso corre el riesgo de que su retaguardia –y ojo, que la del Leganés, visto lo aquí visto, hace parecer buena a la pucelana–, su diáfano entramado defensivo, anule el desempeño ofensivo y, con ello, dificulte cualquier logro.

Escribá dormiría a pierna suelta si consigue solidificar el bloque defensivo y procurar –¡qué recuerdo a Pezzolano!– la aparición de un gol propio en cualquier contingencia. Dos goles, como en este encuentro, en dos córneres surten de la misma placidez que un sueño húmedo. Placidez sin necesidad de festejo. Como si le reclamaran a Escribá acudir a una fiesta para comer o bailar.

–No bailo nunca –apuntaría–.

–Vente pues a comer.

–Para comer no necesito fiesta.

Le habría faltado concluir con un «ganamos porque sí y ya está».


Artículo publicado en El Norte de Castilla el 3-11-2026

 

MAÑANA AÚN SERÁ AYER TODAVÍA

 

Foto: Efe


 

Cualquier declaración -más allá de los dictámenes técnicos- emitida a rebufo de una tragedia, proferida en un tiempo en el que a la sociedad receptora le revuelve la zozobra, le desbarata la congoja, se deposita en mi cerebro como asiento maquillado de interés. Palabras de las que me preservo cerniéndolas por el tamiz del ‘cui prodest’, cotejándolas con otras pronunciadas cuando el protagonismo recaía en manos diferentes, parangonándolas con la conveniencia del emisor.

Me declaro incapaz -asumiendo, eso sí, que la fatalidad de continuo ronda lo cotidiano- de aventurar siquiera qué pudo suceder para desencadenar la infausta secuencia ferroviaria. Admito mi torpeza para encontrar palabras -siempre me resulto tardo y desacertado- ante un hecho luctuoso.

Entonces, mi cabeza dispersa rastrea las periferias. Con frecuencia vivo con la sensación de que la vaca España aparenta gorda cuando no está sino implada. Lo construido se observa, se disfruta, de ello se puede alardear; el mantenimiento resulta frío, aséptico, funcional… y costoso. ‘No me regales El Escorial -cuentan que antaño le respondió una chica a su novio- que me tocará a mí limpiar los cristales’. Tal vez solo sea impresión, pero intuyo que mucho de lo bueno se sostiene por la buena voluntad de los trabajadores.    

En otra vuelta mental, respecto al debate acerca de la responsabilidad humana o el fallo tecnológico, colapso. El humano supervisa la máquina que vigila al humano pendiente de la máquina atenta al humano responsable de la máquina que controla… Al final nuestra vida se deposita en manos de otro humano desconocido, de su pericia, de su sensatez. Se lo digo desde mi bici tras leer la noticia de los cuatro fallecidos en el accidente de Zamora.

Solo me sale pedir -exigir es demasiado- a los responsables políticos valor para evitar buscar de primeras a quien te salve el culo y respeto para no caer en la tentación de emitir juicios acomodados a sus propios intereses.

Días de Santos y Difuntos. Rasueros, el pueblo vacío se llena de gente consciente de que la muerte engendra vida, de que vivimos sobre lo que los muertos nos legaron. Y se les visita. Mañana aún será ayer todavía.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 3-11-2026

domingo, 25 de octubre de 2026

ESPERANDO EL REGALO AL RECIÉN NACIDO

 

Foto: Francisco Neyra-Factoría 9

Pese a que ya unos trescientos años antes de nuestra era, el filósofo griego Teofrasto en su tratado ‘Sobre las piedras’ se había servido del mismo criterio, a principios del siglo XIX –cuando el geólogo alemán Carl Friedrich Christian Mohs publicara una clasificación de la dureza de los minerales sustentada en esa pauta: considerar más duro al que dispone de la capacidad de rayar visiblemente a otro–  se estableció una escala de valores en la que asignaba los números del uno al diez a un listado de minerales de referencia. El décimo lugar clasificatorio reconoce al diamante como el mineral más duro. Por contra, el primer lugar, el vencedor del trofeo al más blando de los elementos inorgánicos de la naturaleza, el mineral al que todos podrían rayar sin temer ser raspado en cualquier contrataque, corresponde al talco que, de tan blando, hasta una uña puede dejar marca –dislocación no elástica–.

La escala de Mohs mantiene su vigencia pese a que las evidencias han mostrado al menos dos casos que destierran al talco de lo alto del podio. Un siglo después, el poeta moguereño Juan Ramón Jiménez creó al burrico Platero, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”. Hubo que esperar otra centuria para que un equipo de fútbol, el Real Valladolid, mostrase indicios que inducen a pensar que no puede raspar ni al tierno asno onubense. A ratos, el equipo vallisoletano juega –aparentemente– bien. Al menos, tal vez nos engañamos los profanos, bien parecido, pintón. Sin ir más lejos, la puesta en escena en Granada resultó más que aceptable. Pretendió asumir el protagonismo y lo logró. Procuró generar peligro y rondó la portería rival hasta el punto de gestar una ocasión ‘infallable’. Intentó hender a los nazaríes, pero el marcador solo se alteró un par de minutos después del yerro a bocajarro de Abed. Huelga hablar de merecimientos cuando las cualidades deciden quién raya, quién es rayado. Un leve roce, un centro en soledad por desajuste, un remate del que se incorpora sin impedimentos, y el aterciopelado material blanquivioleta ya mostraba sus visibles rasguños. Lo habíamos visto la semana anterior: un gol accidental derrumba el buen quehacer previo, imposibilita la continuidad, detiene en seco la pequeña inercia. Se repite en la presente: al inicio decente, le opaca rotundamente el primer contratiempo. Y menos mal que Aceves limitó los males.
En un arreón imprevisto en el tratado de Mohs, el blando Pucela, genialidad mediante de un Garriel previamente mullido en el gol rival, rasga a un Granada que, tras adelantarse, ‘pacheteaba’ –bien conocimos aquí esos conformistas enjuagues tácticos pretendiendo que el tiempo transcurriese sin más–. Pues ni con eso. Aun con el ánimo espoleado, otra rayadura desoló el recién recompuesto cuerpo blanquivioleta.  Da igual –ya sé que no, pero para lo que vamos– el planteamiento táctico, el dibujo posicional, si un rombo o dos rombos. Si un jugador centra solo y otro jugador igual de solo se apresta a rematar, casi indefectiblemente el encargado del marcador tendrá trabajo. En cualquier caso, por el esquema o por los jugadores; por errores puntuales o por descoordinación, hasta el talco, ya digo, se muestra más duro, menos complaciente, que el habitual desempeño defensivo –que no solo es responsabilidad de la defensa– blanquivioleta.
Y así, semana tras semana, mes tras mes, hemos sobrepasado los tres cuartos de año sin que el Pucela logre los tres puntos en un encuentro lejos de Zorrilla. Si pensamos en una pareja deseosa de traer un bebé al mundo que aquel diecisiete de enero, aún en tiempos de Tevenet, tras el 0-3 en Ceuta, decidiera conmemorar el logro dedicando con fortuna un rato al empeño gestacional, tendremos que asumir que la criatura habrá nacido sin que la celebración de un triunfo a domicilio haya sobresaltado su sosiego uterino. De ser así, de existir el caso, no estaría de más que la pareja propusiese a Escribá, y este aceptase, la tarea de ejercer de padrino.

Con un poco de suerte, en la fiesta de presentación o en el bautizo, se lo podría regalar ese ansiado triunfo.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 25-10-2026

miércoles, 21 de octubre de 2026

LA MITAD, Y AQUÍ ME TIENE

 

Foto: Efe

Se pretende adornar los discursos de épica -aquí el héroe que les liberará, ahí el pueblo concernido presto a la inmolación- y las palabras apenas alcanzan para envolver el alegato en papel de periódico añejo. ‘Sacrificios’, se promete con aires churchillianos, “un gobierno que pedirá sacrificios”. Aquel primer ministro británico, convertido en un icono una vez debidamente acicalada su biografía, permanece en nuestra memoria colectiva. Pero ni así. El “sangre, sudor y lágrimas” que se le atribuye, enunciado como un ruego de abnegación, olvida que Churchill, antes que demandarlo, lo ofrecía. Y lo ofrecía -y a lo mejor aquí está, pese a las abismales diferencias contextuales, la analogía que ampara la retrotracción al año cuarenta del siglo pasado- anteponiendo a la enumeración “sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” un rotundo “no tengo nada que ofrecer…”.

La petición de sacrificio culmina una liturgia de hipérbole identitaria, de desmesura simbólica, de redundancias recargadas de supuestos valores supuestamente tradicionales que establecen quién es el extraño o el ajeno (o el propio pero malo). Asumidas las divisas, expuesto lo mal que va todo por culpa de los malos, las pormenorizaciones germinan como espontaneidades previamente anotadas en un ideario que reparte dividendos y faenas. Huelga decir para quiénes qué. Esta solemne demanda, hija legítima de aquel “vivimos por encima de nuestras posibilidades”, resuena a Antonio Machado: “Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden”.

Pues bien, estoy dispuesto a sacrificarme cuanto sea menester si el que lo propone realiza el doble de esfuerzo; si consigue que me crea la necesidad y me convenza. De lo contrario, me sentiré obligado a la penitencia, pero la consideraré un expolio, el resultado de las martingalas de tanto capitán Araña dispuesto a atizar el fuego de los sacrificios en el altar del mercado.

En cualquier caso, las escorias de ese discurso no se limitan a presentar un pasado que, en el mejor de los casos, apenas fue: olvida la ya sacrificada labor cotidiana de millones de habitantes de esta España. A lo mejor es porque no pillan a mano del orador, más cercano a los beneficiarios de ese récord de ganancias empresariales.

 Y mientras tanto, Francia…

 Publicado en El Norte de Castilla el 20-10-2026

martes, 20 de octubre de 2026

LOS MATICES INCLINAN LAS BALANZAS

 

Foto: Rodrigo Jiménez

Una semana se prolongó el estado de euforia blanquivioleta. El mismo tiempo que podría mantenerse el de decepción si el resultado próximo sonríe al Pucela, y en ningún cuaderno aparece escrito que no pueda ocurrir. Al fin y al cabo, la imprevisibilidad se arroga la labor de marca de clase, de valor representativo de los resultados de esta segunda categoría, generosa o cruel según tenga el día. Asumido que los mejores jugadores disputan otras competiciones, entendemos que la diferencia de nivel de quienes aquí participan no marca diferencia alguna. Admitido que el esfuerzo pretende relevar las carencias, que la convicción con frecuencia se impone al criterio, adivinamos que un ligero matiz puede inclinar una balanza lo suficiente como para dictar los renglones de una sentencia. Un veredicto revocado cada semana por otro idéntico u opuesto. Y vuelta a empezar una y otra vez.


Cánones que, como cualquier muestra, cuenta con sus valores atípicos: los diez –todos– partidos del Albacete B. sin conocer la victoria; los siete consecutivos en que la UD Almería suma de tres en tres. Sin más, extravagancias estadísticas que la historia pone en cuarentena, que el aficionado –conocedor de la naturaleza bromista de esta ‘burladora’ competición– relativiza valiéndose de la expresión de Tirso de Molina: «Cuán largo me lo fiais».


Una semana, decía, y cuarenta minutos. Los que tardó en aparecer el matiz que volteó un escenario que prolongaba el arrebatamiento de la goleada manchega, que mantenía el dulzor de Arnu y Ponceau. Vislumbrábamos el segundo, «a ver si cuanto antes» musitaban casi al unísono buena parte de los seguidores a los que la costumbre les ha convertido en expertos conocedores de este paño. Un paño que cualquier despiste deshilacha. Con lo que cuesta lograr lo que mucho cuesta y lo fácil que resulta perderlo. Un desgarrón requiere un remiendo inmediato so pena de estropicio, irremediable por definición.


El partido se empeñó en desdecir un par de certezas de esas acuñadas por la sabiduría popular. Aquella que recomienda no tocar lo que funciona. Como si el contexto no se modificase, como si lo que una vez funcionó se pudiera adaptar a otra coyuntura. Claro, también podemos afirmar que, de lo que funcionó, algo se tocó: el rival, que no es poca cosa. Ante otros, no sirvió lo mismo. Y, en segundo lugar, la que impele a cambiar aquello que, tras varios intentos, no dio su fruto. Y a veces sí, pregúntenselo al agua: cuando se trata de romper una roca y no disponemos de herramientas contundentes, hemos de insistir en la erosión, en el intento repetido que posibilita avances imperceptibles. Para hoy ya es tarde, pero los sucesivos eldenses –fauna autóctona de esta competición– requerirán armarse de paciencia.


Pero andábamos por el cuarenta, por el desgarrón cosible. Cosible si el estado de ánimo no traiciona. De la euforia al lamento, del lamento al error, cinco minutos y doble desgarrón. Quizá el matiz se aloje en esos 300 segundos, en el tiempo necesario para la difícil adaptación a una perturbación. Porque habrá muchas, y esa capacidad adaptativa, tanto como la calidad futbolística, concretará los matices definitorios de cada encuentro, los términos de una suma que dirá lo que ha dado de sí este equipo. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 19-10-2026

miércoles, 14 de octubre de 2026

CINCO CHIRLOS DICEN QUE ES PALIZA

 

Foto: R. Jiménez

La verdad, yo no venía dispuesto para solventar un apaño como este. Grato es, por supuesto, pero mentalmente me desencuadraba. En alguna que otra ocasión, pocas, todo hay que decirlo, me ha correspondido historiar encuentros en los que el Pucela había endosado cinco perillos al equipo rival. Seis, incluso, al Rayo Vallecano en aquel último día de septiembre del año 2012. Siete, yendo a más, a los entonces bisoños churumbeles del Barça, dirigidos por nuestro paisano Eusebio Sacristán, en los días previos a las navidades del 14. Como Lope de Vega –bien que salvando la insondable distancia que se extiende entre un 'Fénix de los ingenios' y este destripaletras agradecido– me enfrento a una imprevista tarea: «Un soneto me manda hacer Violante». La dificultad se acrecienta por la situación. En la temporada 2012-2013, el Pucela caminaba holgado por las avenidas de la Primera División. Dos cursos más tarde, galleaba con el plumaje del recién descendido por los vericuetos de la Segunda. En ambas ocasiones, la melodía de una goleada, pese a lo improbable, no sonaba estruendosa. Ahora, sin embargo, una sinfonía que albergase tal eventualidad chirriaba. Y ahí me hallo, ¿cómo se da cuenta de una goleada? «En mi vida me he visto en tanto aprieto». Si «catorce versos dicen que es soneto», nadie podrá negar que anotar cinco chirlos es paliza.

«Yo pensé que no hallara consonante» para describir el portento. Dado el poco hábito de mis manos en la tarea de hilvanar relatos que refieran méritos propios, pretendí encontrar circunstanciales causas en algún agente exógeno: dada la fecha, indagué acerca de la posible ayuda de la Virgen del Pilar. Lo descarté de inmediato. Teniendo en cuenta la situación del Real Zaragoza –hoy por hoy envidia la del Pucela, no digo más–, no me la imagino capitaneando futbolísticamente tropa alguna. Además, una ayuda de la Pilarica al Pucela implicaría un pescozón al Albacete. Nos toparíamos con una resolución injusta a sabiendas, una especie de prevaricación divina impropia del personaje que encarna la pureza. ¿Qué puede tener, además, la advocación de María sobre el pilar en contra del Albacete Balompié? ¿Contra un equipo aún más débil que el Pucela? Perjudicar voluntariamente al necesitado enmendaría el conjunto de la doctrina social de la Iglesia. Y eso sí que no.

Me acobardaba el reto, «mas si me veo en el primer terceto,/ no hay cosa en los cuartetos que me espante». El inopinado meneo pudo brotar de una conjunción astral, de un desfase estadístico, de la concatenación de condicionales cumplidos. Nos pasamos la vida con el 'y si tal, y si cual...' de analgésico para la frustración, y este lunes careció de sentido hasta el 'si Latasa hubiera marcado con el pie'.

Ahora, «que voy los trece versos acabando», me percato de que en este mismo doce de octubre se conmemora la fiesta nacional. No descarto que –y les alabo el gusto– los jugadores del Albacete compartan la filosofía expuesta en 'La mala reputación' por el cantautor francés Georges Brassens versionada en castellano por Paco Ibáñez: «Cuando la fiesta nacional/ yo me quedo en la cama igual».

«Contad si son catorce, y está hecho». Pero no nos vengamos arriba. Está hecho el artículo. La goleada reluce, reilusiona, sí; pero a la temporada le queda mucha tela por cortar y no estará toda tan ajada como la albaceteña.


Artículo publicado en El Norte de Castilla el 13-10-2026

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

LA INEFICACIA DEL CETERIS PARIBUS

 

Foto: EFE / Borja Sánchez

Las personas que -por provecho dinerario, anuencia indolente o asimilación sistémica- alegan que “el desahucio es legal” se refugian en una legislación que, a su entender, se ampara en el derecho natural. Les resulta obvio que, si alguien ha comprado cien pisos, suyos son; si suyos son, ningún límite impedirá obrar a su antojo. Quien enuncia la frase pretende, entiendo, sacralizar la propiedad, cerrar el debate. En realidad, apunta una de las causas del problema. Una, porque el debate de la vivienda, siempre subyacente, eclosiona cuando se confabulan varios motivos. Ahí ya no sirven los paños calientes, ante un problema de primer orden, el remedio deber ser global, y, por tanto, complejo. Suena ridículo que, tras el efecto del caso de María del Carmen Abascal, pretendamos que la reparación de 25000 desahucios anuales se logre con 25000 soluciones particulares. Ella se ha convertido en detonante, el mapa es otra cosa.  

El gobierno, no solo a este respecto, y no solo el central, ha implementado medidas bien caracterizadas con la locución latina “ceteris paribus”, expresión utilizada en economía para referirse a los análisis de los efectos de una medida “permaneciendo constante todo lo demás”. Simplifica el análisis, pero a la realidad le caracteriza su complejidad. Da igual si hablamos de alquiler, subvención para la gasolina… Lo afectado nunca queda quieto. Cualquier medida, como acción, acarrea una reacción. En la mayoría de los casos, las medidas paliativas concluyen con redistribuciones a la inversa, de abajo a arriba. Lo saben, lo cuelan -porque suena bien- para que callemos y olvidemos seguir el rastro. Lo urgente se impone a lo importante. El asunto se olvida… hasta que vuelve a estallar.

En demasiados temas, y me temo que en algunos por llegar, cuando ya los pasados carecen de solución, los futuros continúan a la espera. Mientras un derecho se trate como bien de inversión, quedará inexorablemente sujeto a la especulación. En vivienda y en lo que se abra el abanico.

Por cierto, mientras (el derecho a) la vivienda se imponga como asunto de debate, no cabrán esencialismos. Tal vez ahí radique la decisión de Pedro Sánchez de adelantar las elecciones: ‘o mal o peor’. Así estamos.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 6-10-2026

martes, 6 de octubre de 2026

COMO SI TE PASAS ES PEOR, MEJOR NO LLEGAMOS

 

Foto: Carlos Pérez

Casi cada vez que me encamino al pueblo –casi cada vez que del pueblo regreso–, mi bici transita frente a una fachada lateral del madrigaleño convento agustino de Extramuros; de lo que fuera, porque debido a un modelo de desamortización en el que primó el beneficio económico que –consecuentemente– desatendió el componente cultural, dilapidó buena parte del patrimonio histórico, artístico... y medioambiental, en 1844 el cenobio fue convertido en almacén de grano. Su ruina estaba escrita. Duele levantar la vista y observar el convento desvencijado –bien que con algún punto de sutura que al menos pretende que el deterioro no avance–; duele, aunque a fuerza de transitar una y otra vez –¿será cosa del cansancio por el pedalear? – juego a imaginarme alguna escena allí desarrollada en 1591 cuando Fray Luis de León accedió al cargo de prior provincial de Castilla de la orden agustina poco más de una semana antes de su fallecimiento en ese mismo lugar. Sugestionado por mi trayecto, por ser mi ciudad, por vivir allí mi vida, tanteo relaciones de Fray Luis con Valladolid, sus primeros años que supongo gratos, su lustro en prisión pucelana tras ser denunciado ante la Inquisición por traducir al castellano el 'Cantar de los Cantares', tiempo menos placentero, seguramente, aunque el fraile aprovechó las horas para dar forma a alguna de sus obras literarias. De la cárcel vallisoletana volvió a la enseñanza. De sobra conocemos la (¿leyenda?) de sus primeras palabras al reanudar su labor docente: «Como decíamos ayer...».

Unas palabras que adquieren otro sentido, diría que antagónico, cuando nos referimos al Pucela. Tras cada partido, nuestra mente enlaza con el anterior y esa coletilla vaga por el cerebro. «Decíamos ayer», como conector de orden para preparar el relato posterior demasiado similar a los precedentes. «Decíamos ayer», como fundamento de resignación, de asimilación de una naturaleza inexorable. «Decíamos ayer», como reemplazo de un anodino «volver a las andadas» que brota cuando un falsario partido previo nos llega a hacer creer que las cosas podrían ser de otra manera. De hecho, cabe añadir que lo peor del partido en Gran Canaria resultó una primera mitad que abundó en ese engaño.

En el descanso, salvo por el miedo connatural del aficionado, no temimos por el desenlace: el marcador parcial se le había quedado corto a los blanquivioletas. Pero en la segunda parte, el pánico –él lo llamará prudencia– hizo acto de presencia en las decisiones del banquillo. Paso atrás, primero para aguantar la victoria, después porque el punto parecería bueno... Escribá mide el riesgo como don Mendo en la escena de las siete y media de la obra de Pedro Muñoz Seca: «Que o te pasas o no llegas. Y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasa y eres del otro deudor. Mas ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!». El técnico valenciano sufre estoicamente el dolor del que no llega. Se niega a pasarse a consecuencia del riesgo. En cuanto sumó cinco, se plantó. Y como le ocurrió a Fray Luis en el convento de Madrigal, ya no dijo más.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 05-10-2026

martes, 29 de septiembre de 2026

CENAR CALLOS COMO RESULTADO DE PRUEBAS

 

Foto: A. Mingueza


Una bofetada tras un desconcierto, un desbarajuste tras una bofetada, un estacazo tras un desbarajuste, una desilusión tras un estacazo..., y así, eslabón tras eslabón, el Pucela engarza una cadena en la que intercala fiascos y desencantos. La afición, en su mohíno transitar, arrastra los pies dibujando su pesar sobre el polvo del camino. Cuando el entrenador de turno se envuelve con telas de vanas palabras, se agazapa tras discursos desvaídos, peroratas carentes de fondo, prédicas desprovistas de coherencia formal... cuando, sea el caso, se escuda en el 'barullo' para evadir una responsabilidad, los dolientes condenados a sufrir el penar del Real Valladolid padecen, además, la aflicción del desamparo: a los adversos resultados suman una especie de desprecio añadido, una desatención que obvia unas palabras de autocrítica, que elude un esfuerzo –siquiera capcioso– en alentar la voluntad.

Mal, pese a que aún es muy pronto, pintaban las cosas en un Pucela inconcreto, incapaz de sortear el listón de las más mínimas expectativas. Escribá –sí, el que se justifica en esas aguas revueltas, en 'los barullos'; el que no recuerda dónde se encuentra la ganancia de los pescadores–, percibe por los oídos el soniquete propio de quien se sabe en entredicho. Captación que (debería) acompaña(r) a Orta, el reclutador de jugadores, ante la perpetua apreciación de que la suma de los rendimientos no se adecúa a lo que, tras escucharle, quisimos creer. Los jugadores, por su parte y con excepciones, mientras aparecen y desaparecen de las alineaciones, permanecen protegidos por un halo de enigma que les ubica en un espacio indefinido situado entre lo que podemos suponer y lo que ofrecen en el campo. Melones sin abrir, tomates sin enrojecer.

Peor aún cuando, con el partido por estrenar, un gol del Córdoba desalentaba cualquier optimismo, alimentaba la intuición de que a la séptima tampoco sería la vencida. Miguel Rubio, el hombre, se marcaba el gol en un aciago rebote. No fue su día. Ni él ni su camiseta aguantaron los noventa minutos. En su haber, eso sí, se apunta un despeje bajo el larguero que impidió una nueva desventaja... y a saber qué más.

Y de repente, surgen asociaciones sugestivas. Un Ponceau habitualmente desasistido y desaprovechado con un Arnu que amenazaba estancarse. El propio Arnu con un Víctor en cruenta pelea por ser él mismo. Y de repente, un Barberá escondido en el banquillo muestra un colmillo ausente en tantas alineaciones blanquivioletas. Y de repente, por primera vez en meses, el equipo a la vez gana y merece ganar. Me gustaría creer que asistimos a un cambio de tendencia, a un reseteo. Me encantaría, pero en este anhelo, a lo largo de la temporada pasada hemos desgastado demasiado la expresión 'punto de inflexión', incluso cuestionando su pertinencia metafórica: en nuestro hablar cotidiano consideramos que el cambio de tendencia –de abajo hacia arriba– se produce tras cruzar un mínimo, el punto más bajo. Tanto desgaste que me niego a decretar fiesta por ver una bombilla encendida en la plaza.

Dicho lo cual, el marcador y el desempeño relajan tanto como cuando llamo a mis padres (85 y 86) por la noche y me cuentan que están cenando callos. Sin más análisis, de momento no hace falta ir al médico.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 28-09-2026