miércoles, 8 de abril de 2026

VUELTA COMO HUIDA

 

Foto: A. Ojosnegros

Mi cabeza no me deja más remedio, cada vez que me detengo unos días por el pueblo, ella -que de por sí da vueltas sin parar-, gira su foco de atención y me inunda de unas imágenes que desvían de la temática habitual. No olvido, ¿cómo?, las vicisitudes de un mundo cáustico, quemante de un pasado que aparentaba estable, de una coyuntura amenazante que abre abruptamente un futuro ignoto para el que carecemos de más pista que la propia ausencia de indicios, a excepción de los proporcionados por las miserias de la condición humana. No olvido, claro, pero las emociones, los pensamientos que se arremolinan y me baten se ciernen en ese pequeño espacio en el que fui niño y del que de alguna manera me escapé. Y por primera vez percibo que algo está cambiando. Por rigor apunto que lo reciente no es tanto la percepción como el asiento de esta. El pueblo que recobraba vida apenas unas quincenas en verano, ebulle cada vez más en vacaciones, burbujea muchos fines de semana.

Sabedor de que una tesis consistente no se consolida sobre andanzas que dan razón a nuestras querencias sino con la acumulación de datos que la confirmen, me limito a constatar el hartazgo provocado en mis paisanos por el modo de vida actual de unas ciudades -más cuanto más grandes- en las que la inercia se ha convertido en la fuerza imperativa generadora de los movimientos rutinarios. Una inercia que arrastra cuerpos y esconde vida, que fuerza ritmos y silencia relatos sobre raíces o entorpece sentidos de comunidad.  

Las ciudades, tampoco las muy grandes, no siempre respondieron a este patrón. Pero, al parecer, no me atrevo a garantizar, esta deriva despersonalizadora se impone y son cada vez más las personas que recurren a esta periferia de la periferia en busca del saludo diario, la conversación en las plazuelas, las inopinadas charlas intergeneracionales, los paseos sin destino, las cotidianas cartas o el bingo cotidiano, como excusa para verse y distraerse en común…

Regreso a la ciudad, mi cabeza volverá a sus cosas. Eso sí, cada vez más me aumenta el deseo del retorno. Y sí, ya sé que la realidad rural no es tan bucólica. Pero…

Publicado en El Norte de Castilla el 07-04-2026

 

 

 

  

 

lunes, 6 de abril de 2026

LA GALLINA Y EL CERDO, LOS HUEVOS Y EL CHORIZO

 


Foto: Carlos Gil-Roig

Cualquier tesitura incuba el riesgo de degenerar, encierra en sí la susceptibilidad de empeorar. Definir como calamitosa la temporada del Pucela se puede considerar un eufemismo para suavizar el ánimo del emisor del dictamen cuando el equipo acude a León a cubrir un indigno expediente. Y no, no me refiero al resultado a secas. Se puede 'perder' y 'perdeeeer', dicho así, canturreando, mientras los dedos de ambas manos dibujan en el aire unas etéreas comillas imitando las inicuas maneras que sus compañeros pretendieron enseñar a Marge Simpson, la protagonista de la popular serie, en el capítulo en que ella comienza a trabajar como agente inmobiliaria, a utilizar el lenguaje de una forma embaucadoramente críptica.

Se puede perder, digo, si el rival te supera por calidad técnica, capacidad física, competencia en la lectura del partido o –esto es fútbol– suerte. Se puede perder aunque el contendiente acumule cuatro meses sin paladear una triste alegría que mitigue la concatenación de decepciones. Se puede perder porque en ninguna tabla sagrada aparece escrita la inexorabilidad de la victoria. Se pierde porque el fracaso nos es consustancial, porque en cualquiera de sus facetas se convierte, desde que nacemos, en un inseparable compañero de vida. Pero, ¿'perdeeeer' inserto en un dócil entrecomillado?, ¿'Perdeeeer' sin un atisbo de rebeldía frente a la derrota? ¿'Perdeeeer' sin presionar más allá de con la mirada, sin desasosegar a la línea defensiva del rival, sin chicha ni limoná teniendo en cuenta las urgencias clasificatorias? Hace unas temporadas escuché que este equipo no pierde ocasión de perder una ocasión, y oye, en cada ocasión se empeña en confirmar la tesis.

Para lograr cualquier reto complejo se precisa querer, poder y saber. En mi cabeza deambula guerrero un suceso del siglo pasado del que permanece aún pendiente una resolución que me retire un poco de indignidad. Cuando quise, no pude; cuando quise y pude, no supe. Y ahora que a buen seguro quiero y de alguna manera sabría, ya no puedo, no sé poder o simplemente podría, pero ya no sé. El Pucela, al menos eso me transmite con demasiada frecuencia, simplemente –antes de verificar si puede o constatar si sabe– directamente no quiere en el estricto sentido de la tercera acepción del término 'querer' en el DLE: «Tener voluntad o determinación de ejecutar algo».

'Pánfilo' he llegado a oír como calificativo de este grupo de futbolistas. Lo suscribo. Conforman un equipo silente, que no recurre al taco ni a la blasfemia, ejecutan cada acción porque es su trabajo y la entrenan, conocen los fundamentos y los desarrollan, pero sin convicción. No me refiero a los esfuerzos contables, esos están, sino a ese poner pie en pared que sobrepasa la resistencia racional. Para preparar unos huevos fritos con chorizo necesitamos tanto la aportación del cerdo como de la gallina. De ambos, pero no por igual: la gallina contribuye; el cerdo se compromete. A lo mejor es pedir demasiado. A lo mejor. Pero echo de menos esa impresión.

Publicado en El Norte de Castilla el 06-04-2026

 

viernes, 3 de abril de 2026

CITA DE SUPERVIVENCIA

 

Foto: A. Mingueza

Allá por junio o julio, cuando fuera que se presentase el calendario de la temporada, la visita del Cádiz CF a Valladolid fijada en el anuario liguero para la Semana Santa sonaba a cita grande: dos equipos cuyos nombres retrotraen a épocas de lascivias futbolísticas; dos clubes cuyas camisolas han engalanado el cuerpo de algunos jugadores de los que conforman, si no la crema, al menos el bizcocho de la tarta histórica; dos sociedades que no reniegan de sus historias para aspirar al espacio que ocuparon apenas un suspiro atrás; dos ciudades que crecieron sintiéndose un centro que concentraba y ahora pretenden evitar el inexorable -al menos todo lo inexorable que concede la tornadiza historia- destino de ejercer de una periferia que dispersa.

Cita grande datada a una altura trascendente de la competición: apuntada quedó para la primera de esas últimas diez jornadas en las que, a tenor de las palabras de Luis Aragonés admitidas como axioma futbolístico, se definen los resultados de la contienda. En juego pues los primeros tres puntos de los treinta definitorios. Se define la nota del curso, sí, pero una vez que la temporada ha limitado el objetivo de tales cálculos. Porque, en esta decena de partidos, tanto el Pucela como el Cádiz no podrán culminar las aspiraciones que vislumbraban cuando se cerró el calendario. Ni las que aún mantenían -y fueron dilapidando- en agosto, septiembre, octubre… Desde esta perspectiva, el axioma desciende a la categoría de dogma para crédulos que alimenta la fe del carbonero.

Aquel partido pretendido grande, con el paso de las jornadas, se ha cerrado en una contienda espectral de dos cadáveres. La Semana Santa perfilaba, además, el contexto lúgubre del encuentro: una Santa Compaña de dos almas que pretenden -y para eso les quedan los diez últimos partidos- agarrarse a la sustancia carnal de una categoría que, denostada al principio como refugio de torpes del que se pretende escapar, te mantiene en el listado de los vivos. Más que previsiblemente, uno de los dos escuchará el sonido de una procesión semanasantera entonando aquella canción compuesta por Cesáreo Gabaráin que también se canta en la iglesia de mi pueblo cuando un paisano concluye el recorrido: “Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino”. Un resueno inesperado e inexplicable a priori, temido y demasiado entendible a día de hoy.  

De la batalla espectral, los amarillos salieron muy malparados, no aguantaron la comparación ni siquiera con este afligido Pucela que aspira a mantenerse en vida más porque la guadaña se limita a cortar cuatro pescuezos que por los méritos alcanzados. Podría ser que -en el caso de que el Zaragoza se imponga el jueves al Leganés- la separación blanquivioleta de la línea de corte se mantenga estable. Poco consuelo en principio, huir de la quema para avistar el fuego desde la misma distancia, pero no: además de la fuerza del impulso, el avance de estos tres puntos introduce a más gente en la pista de baile. Mal de muchos, consuelo de los que libran la cabeza. Y hoy el Pucela respira mejor, al menos mejor que otros. Mañana veremos, ya será otro día.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 02-04-2026

lunes, 30 de marzo de 2026

EL ¿Y SI ESTA VEZ SÍ? RESPONDE ‘NO’

 

 Foto: Carlos Espeso

En uno de esos mentideros cibernéticos constituidos en torno a cualquier tipo de afinidad grupal, algún miembro daba por sentado que la obligada ausencia de Peter Federico traería consigo el pan debajo del brazo de la restitución de Alejo a la posición de extremo derecho. Cabía otra opción, claro: que el vallisoletano se mantuviera en el lateral y en la vacante del sancionado se desempeñara otro jugador. Más cábalas, más manduca para el mentidero.

Las premisas de contexto recordaban que el jugador hispano-dominicano no aparecía en la alineación titular del enfrentamiento anterior, la del mustio partido de Miranda. Pero del movimiento rectificador de Escribá aquella tarde –la devolución a Peter del puesto de extremo diestro, el acercamiento de Chuki al centro de la ofensiva– quisimos entender que el entrenador pucelano había admitido la certeza asumida por toda la ciudad futbolera: la prestancia del de 'la Vitoria' se capitidisminuye cuando se le deporta a la banda. Quisimos entender. Olvidamos, sin embargo, aquel enunciado escrito por el francés Alphonse Karr y que ya apareció en esta ventana referido al escaqueado Almada: «Nos gusta llamar testarudez a la perseverancia ajena, pero le reservamos el nombre de perseverancia a nuestra testarudez». Y Escribá, erre que erre, perseverante desde su punto de vista, inmoló de nuevo a Chuki en el costado. Y resolvió el debate sobre si Alejo jugaría de lateral o de extremo enviándolo al banquillo.

Conocemos tan solo la realidad acontecida. El recurso de la ucronía aporta dosis de consuelo siquiera porque tiende a darnos la razón: al fijar el punto de partida en una modificación alentada por nuestra querencia, insertamos la realidad alternativa deseada, el final feliz convenido con nosotros mismos. Carece de sentido, pues, invocar vanas certidumbres alrededor de 'qué hubiera ocurrido si...'. Ahora bien, resulta complicado estimar que cualquier propuesta esperada hubiera empeorado la que nuestros ojos han contemplado. En medio de estos tostones, siempre me asalta el retruécano del inicio de la novela de Dickens 'Historia de dos ciudades' –«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos»– cuando no puedo evitar contraponer el fútbol al fútbol: qué hermosas y qué espantosas versiones abarca.

Me preguntaba hace apenas tres semanas «¿y si esta vez sí?» espoleado por el esperanzador arranque de la etapa Escribá. Mantengo el sí, porque la dinámica previa desahuciaba. Porque con los puntos logrados se puede tejer un salvavidas. Hasta ahí. No hay más. Salvar el culo, sobrevivir, como única esperanza. Puntos logrados, anoto, a partir de un juego en el que, antes de conseguir los resultados, destacaba la forma de alcanzarlos. A la «primavera de la esperanza» de una ciudad, le sucede «el invierno de la desesperación» de la otra. Un canto a la monotonía, una oda a la nada. Tiempo de ucronías en busca de desahogos, de futuros menos imperfectos, de que se den por cumplidas las escasas expectativas que se mantienen: las de no caer aún más abajo.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 29-03-2026

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

AÑORADA MONOTONÍA

 

Foto: El Norte

Las páginas del periódico se disocian, se desapegan o como quiera que se denomine ese efecto consistente en desligar las partes que confluían modelando un todo armónico. Sí, cada sección se diferenciaba del resto, pero uno, al abrir el diario, tenía la sensación de enfrentarse a una realidad conformada como una sucesión de círculos concéntricos, redondeles de más diámetro cuanto mayor fuera el ámbito narrable, pero anclados al mismo punto. A las noticias referidas a una colisión sin víctimas o a las declaraciones del alcalde de turno desplegadas en ‘local’ o ‘provincia’ le sucedían las que daban cuenta de la rutina cuasi administrativa de la política autonómica o de algún hecho de cierta enjundia sucedido en provincias de la comunidad. Inmediatamente saltábamos a las más floridas páginas de ‘España’, distintas, pero no tan distantes. Y a ‘internacional’ donde leíamos sobre algún conflicto lejano, alguna amenaza imperial - EE.UU lleva en guerra la práctica totalidad de su existencia, no puede sobrevivir sin alimentar el conflicto-, los acuerdos y desacuerdos en la burocrática y fingidamente cándida UE... Sumemos algún sobresalto de cuando en vez, un poco (o un mucho) de ’Deporte’, la arrinconada ‘Cultura’ y el periódico se volvía a doblar con un “mañana será otro día”.

De repente, un hilo roto descose la cotidianeidad de unas secciones de la tenebrosidad de otras. Un abismo separa la construcción de la estación de trenes o los vericuetos de las negociaciones ‘mañuecas’ de la encrucijada civilizatoria en Irán a la que nos han (hemos) sometido. Un mismo periódico, dos existencias paralelas.

Tras décadas de aprendizaje, en esta parte del mundo, al respecto de lo que las cosas deberían ser, nos asalta la realidad que efectivamente es; nos enseñaron que se cruza cuando el semáforo está en verde sin prevenirnos de, aun así, mirar previamente no vaya a ser que un coche se lo salte. El todo vale para obtener lo que se pretende se va de las manos, en lo del ‘todo vale’ y ‘en lo que se pretende’. 

“Comeremos mierda”, concluían los optimistas. ¿Ya habrá para todos?, interpelaban los (no tan) agoreros. Y doblamos el periódico sin certezas de que mañana vaya a ser otro día.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 24-03-2026

martes, 24 de marzo de 2026

MORDER BALAS, TRAGAR SAPOS

Foto: Carlos Gil-Roig-Factoría 9

Las personas angloparlantes recurren a la expresión «bite the bullet/muerde la bala», así, enunciada en imperativo, cuando para enfrentarse a una coyuntura tan desagradable como necesaria, tan perentoria como aplazada, requieren de coraje, entereza, estoicismo e, incluso, resignación. Imagino que el origen de la locución se encuentre en alguna trinchera excavada un par de siglos atrás cuando los soldados habían de recurrir a apretar con los dientes una bala para atenuar el inmenso suplicio ocasionado por las pertinentes cirugías efectuadas sin anestesia. En castellano, bien que recurriendo al infinitivo, en situaciones análogas nos valemos de «hacer de tripas corazón» o «tragar sapos y culebras». Faena la una, dieta la otra, recurrentes para cualquier aficionado del Pucela, cuya dentadura, ¡qué remedio!, ha signado centenares de balas a lo largo de los años en que despliega su pasión. Y que –el veneno del fútbol– por más que el devoto pucelanista lo asuma cuando corresponde, no asimila la posibilidad dos horas antes. Una dinámica ascendente, unos resultados que cargan de razón al cambio de entrenador, a las medidas que dispone, un juego grato a la vista, una revalorización de la estima preasignada a los jugadores, un pasado que parece quedar atrás, un partido propicio para certificar todo lo anterior y...

En 1975, el director Richard Brooks se apropió de la expresión, 'Muerde la bala', para titular la película en la que relata una carrera a caballo que se extendía a lo largo de más de mil cien kilómetros en el oeste estadounidense. Durante el desarrollo de la contienda aflora toda la escala de comportamiento humano, desde la claridad de los tonos más leales y altruistas a las negruras de la abyección. En medio de las tensiones, Sam Clayton (Gene Hackman), apelando a su vieja amistad, reconviene a su camarada Luke Matthews (James Coburn) –no descarto que la conversación se produjera en sentido inverso– por una felonía. Este, ladino, le replica precisando el concepto 'traición': «si no fueras mi amigo, no te podría traicionar».

...Y tal cual, el Pucela traiciona cualquier ilusión, derrumba cualquier expectativa. Duele, claro, no por el hecho, sino porque el sentimiento arraigado hacia el Pucela transforma el comportamiento, la derrota, el mal juego, el decaimiento de la propuesta, en una puñalada flamígera.

Pasadas las horas, templado el poso de resquemor, asumido que el vínculo no se desvanece, que el veneno ingerido prevalece, corresponde observar desde otra perspectiva, la descrita por Joxean Artze en su poema 'Txoria txori/El pájaro pájaro es' musicalizado por Mikel Laboa y publicado en 1974 en un disco con título de resultado futbolístico, 'Bat-Hiru/Uno-Tres'. La letra –va en castellano– asimila que el amor solo tiene sentido admitiendo la realidad: «Si le hubiera cortado las alas/ habría sido mío /no se me habría escapado./ Pero así,/habría dejado de ser pájaro./Y yo.../yo lo que amaba era el pájaro».

El Pucela de esta época es el que es, y si se pretende quererlo conviene saber que así es. Que apenas vuela.

Publicado en El Norte de Castilla el 23-03-2026

lunes, 16 de marzo de 2026

Y QUE LE DEN AL TAL MURPHY

 

Foto: Rodrigo Jiménez

No precisaré quién, porque anhelo volver y no pretendo arriesgarme a soportar aviesas miradas cada vez que nos crucemos, pero la última vez que fui a mi pueblo, al coincidir en la calle con la persona referida, me saludó alzando un poco el brazo a la vez que articulaba un estruendoso «ehhhh, Juaqui» gutural. Como corresponde a cualquier encuentro –al menos en esa parte de la Castilla rural–, mi devolución del saludo consistió en repetir la fórmula escuchada, vocativo incluido. Así, al «apa», le responde un «apa»; al gesto silencioso, un gesto silencioso, y al «buenas tardes, Fulano», un «buenas tardes, Mengana». Viene al caso aquella situación porque la interlocutora siempre ha vivido en esa comunidad central. Allí dirige una oficina bancaria. Allí la supongo estrictamente formal –en lenguaje y gesticulación– adecuando las palabras y las formas a cada cliente.

 

Allí. Pero una vez que deja atrás el pinar que antecede al cementerio, que a su vez precede al pueblo, se sitúa aquí y modifica el registro: la educación altera su apariencia, el paisanaje precisa menos formalismos, el cuerpo le pide otra cosa. Al fin y al cabo, cada lugar, cada momento, requiere un lenguaje y un proceder.

El Pucela de Escribá anda en ello. De la primera parte –en cada lugar–, el equipo ha progresado más que adecuadamente. Tan cierto es que la perceptible mejora, pese a su aspecto integral, se sostiene en la fase ofensiva como que la defensa carece de fiabilidad, como que apenas soporta las embestidas rivales. Pero al menos el equipo no se pierde en filigranas. A un defensa –en la zona trasera del campo– se le exige un expeditivo «ehhhh, balón», y así saluda al delantero rival. Al centrocampista –cuando recibe alejado de una y otra portería– se le demanda una seductora «buenos días, señora pelota, adelante» y de esta manera conduce, dirige, aproxima y facilita. Al delantero –en esa circunstancia de apremio por cercanía al portero rival– se le reclama un concluyente «siéntese y firme aquí», una acomodación definitiva que cierre el contrato entre la pelota y la red. Hasta el defenestrado Latasa ha encontrado con el técnico valenciano la forma de adecuar sus características al juego del equipo. Y no lo digo tanto por el gol como por su intervención en el de Marcos André.

De la segunda –en cada momento–, ¡ay!, no albergo aún garantías. De la misma forma que en Málaga el Pucela no encontró la respuesta adecuada al empellón inicial de un local que acudía altanero a la cita empujado por su dinámica de juego y resultado, ante el Leganés los blanquivioleta –tras una relevante primera mitad– se despersonalizaron tras el descanso. La exigua ventaja entreveró vetas de desconfianza que atenuaron la mordiente e indujeron la indecisión hasta difuminar el juego en la indefinición. No supo el Pucela si le correspondía ser gato o ratón, caballo o caballero, chicha o 'limoná'. Y a punto estuvo de pagarlo. Pero al igual que antes la cosa estaba en que no, ahora la respuesta siempre conduce al sí. Y que le den al tal Murphy. «Ehhhh».

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 15-03-2026

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

ADAPTADITOS

 

Humo en una refinería de petróleo de Shahran tras un ataque aéreo en Teherán. Efe

De nuevo, un sobresalto bélico: la tan insensata como codiciosa astracanada en Irán.  De nuevo la escenificación de este mundo perenne siempre en manos de un grupúsculo que, en su afán por acumular poder, impone al resto la obligación de matarse.

Y mientras, ese resto se viste argumentalmente acomodándose los calzoncillos por encima de los pantalones: primero observo dónde me coloco/colocan; posteriormente, rebusco/memorizo premisas justificadoras; para concluir debatiendo/recitando sartas de consignas o -perdón por el eufemismo- letanías de distorsiones.

Aun consciente de esta realidad, aun previendo que los habré de escuchar, algunos pareceres -los que supeditan al mero interés la decisión de involucrarse en una guerra- me rechinan. Envuelto el discurso -bien por contradicción, mera apariencia o mal disimulado miedo- en el boato de la valentía, oír la conveniencia de apuntarse al carro ganador para evitar represalias del imperial, me provoca por este orden pasmo y recelo. Entonces acude a mí la certidumbre de que los que a la par se muestran tan fuertes con los débiles como débiles con los fuertes se consideran a sí mismos fuertes sin detenerse a constatar su naturaleza de vasallos ensoberbecidos. Encaramados estos en el peldaño de una pretendida consideración, cuestionan a quienes apuntalan su vigor frente los poderosos mientras traslucen su delicadeza ante los vulnerables. Al final, esa actitud desmonta su estructura mental y les deja en evidencia. Esa actitud y no otras, porque tanto al poder como a sus adláteres no les preocupan quienes ofrecen debilidad ante los débiles -falsos compasivos- y débiles contra los fuertes -cobardes llegado el caso-. Tampoco les incomodan quienes expresan tanta animadversión contra débiles como contra fuertes. Les mostrarán como tarados a los que, albergando buenas ideas e intenciones, se les va la olla.

Tampoco comparto, aun coincidiendo en el hecho de no respaldar la embestida militar, que la decisión resulta adecuada para evitar que, como país, tengamos que volver a sufrir otro infausto 11-M.  A veces -insisto, ni por forma, ni por intenciones estamos en este caso- corresponde retribuir con un alto precio la defensa de los valores. Sobreviven los que se adaptan, sí; pero una cosa es eso y otra empequeñecerse compitiendo en la adaptación.   

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 10-03-2026

 

 

martes, 10 de marzo de 2026

Y SI ESTA VEZ SÍ…

 

Foto: Carlos Gil-Roig

Aunque sepamos, ¡cómo no!, que sobre el fútbol se apila un mastodóntico negocio -que, como tal, se ciernen sobre su entorno sospechas de turbios contubernios en los andamios del poder, barruntos de irregularidades en la gestión, recelos sobre designaciones y actuaciones arbitrales y suspicacias al respecto de las decisiones de los diversos comités- aún sustentamos la convicción de que en el verde se mantiene un algo de esa sugerente verdad que tanto atrae. Tampoco albergamos una ingenuidad pueril como para asumir acríticamente que el campo no alberga fraudes, que al balón no le mueven asechanzas, pero –al menos a mí– me envuelve la certeza de que ahí, en el propio desarrollo del juego, existe el poco de materia salubre en este muladar.  

 

El poco de verdad y, de tanto en vez, de hermosura. De ese encanto que bien aprendió a discriminar ‘postura’ entre tanta ‘impostura’; que destierra la apariencia para acoger a la sencilla esencia. No resulta imprescindible para ello acudir a escenarios deslumbrantes, ni se requiere alinear a futbolistas a cuya notoriedad se acude como moscas al panal, basta con disponer de jugadores capaces de manejar los arcanos de su profesión, de entrenadores aptos para comprender y transmitir las complejidades de un modelo de juego –como indica el catón: avezados para elegir a los mejores, para colocarlos de la manera que mejor rindan y mantener dispuesto y, a ser posible, contento al mayor número de los peloteros del resto del plantel– y de una voluntad compartida por todos los protagonistas de respetar el espíritu de un deporte que tanto se encuadra en un juego como desempeña la declaración simbólica de una representación.

 

Viene a cuento esta reflexión rumiada a lo largo del partido en que el Pucela rendía visita al Málaga C.F. porque, desde la atalaya blanquivioleta cimentada en los dos últimos años, apenas hubo ocasión para –más allá de los efímeros festejos por alguna inusitada victoria– observar un desempeño que posibilitara regocijarse con la verdad de la propuesta, espoleara el aplauso a la convicción en la porfía y estimulara al paladear la belleza de la puesta en escena. Una miscelánea de gratas sensaciones que no requirieron –por más que hubiera sido deseable– el colofón de los tres puntos para acicalar una noche de reconciliación entre la mentira vestida de blanquivioleta que, tras los dos años antes recordados, aspira a dejar de serlo y una afición famélica, hambrienta -a la manera de ese hombre del sur protagonista del ‘Asturias’ de Víctor Manuel- “de pan y horizontes” tras subsistir sometida a una dieta de “polvo, sol, fatiga y hambre”.

 

Y todo ello pese a que, apenas transcurrido un cuarto de hora, quien más, quien menos, entendía amortizado el efecto provocado por la llegada de Escribá al banquillo, asumía que los saberes del nuevo técnico no estiraban más que para aprovechar el efecto suflé propio de la aportación de un recién llegado. Craso error por partida doble. De una parte, por la impaciencia inherente al aficionado, más obviamente la referida al resignado devoto pucelanista poco habituado a gratas perplejidades. De otra, debido a que, en el fútbol, un mandoble inicial puede amilanar al más pintado sin que de forma necesaria quede invalidada su propuesta. Pues bien, muy al contrario, el presto arrebato blanquivioleta desterró inquietudes: cuando más se temía el retorno a la nada, el equipo se expandió para ofrecer la mejor media hora de fútbol en mucho tiempo. Un ‘creer para remontar’ que no impidió perseverar en las acometidas pese a que, una tras otra, negaban la conversión del esfuerzo y la demostración de aptitud en algo contable. Cuando el gol llegó, la ‘reilusión’ ya se había corporeizado.    

 

Y todo ello pese a una retaguardia transparente, negada en la labor de evitar el peligro en cualquier acercamiento rival, una defensa capaz de arrojar cubos de agua al fuego recién descubierto.

 

Y pese a todo ello, el Pucela esquivó la derrota y, sobre todo, transformó la imagen ofrecida, reconformó la consciencia de sí mismo. Un ‘remontar para creer’ con potestad para cerrar -siquiera por esta vez- un largo ciclo aciago. Demasiado largo. Demasiado aciago.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 09-03-2026