Entreviendo la
muerte de cerca, el profesor de Literatura en la Universidad de California en
Berkeley, el gijonés Antonio Miguel Albajara regresa, tras muchos años alejado
–obligado a distanciarse físicamente primero, apartado mentalmente como
personal consecuencia después– en todos los sentidos, a la que fuera su tierra
de infancia. En su recorrido catártico, en su ‘Volver a empezar’ arrebatado de
añoranzas, quizá, casi seguro, revisitando, con unos ojos entornados dispuestos
a abrir la puerta del alma, las imágenes de la vida que pudo haber sido, que no
pudo ser, atraviesa –conjugando entereza y agitación– la bocana de los
vestuarios de El Molinón. Ahora, recién atravesada la línea sobre el césped que
delimita el terreno de juego en el que, aún barbilampiño, aspiraba a destacar
en eso del fútbol vistiendo la camiseta blanquirroja de su Sporting de Gijón,
quieto, contempla el estadio vacío, ese ‘esqueleto de multitud’ que precisara
Mario Benedetti. Coteja la obra de ampliación que muestra la penetración social
de aquel juego en la sociedad española, y a su vez la apertura al mundo de un
país que se aprestaba a organizar el siguiente Mundial, el del 82, con El
Molinón como una de sus sedes. Recrea carreras, hilvana pases, trenza jugadas,
vislumbra remates, anota goles... que nunca ocurrieron. Levanta la vista, de
derecha a izquierda, en un giro de 180 grados, su cabeza recorre pausadamente
la grada, recoge los aplausos que nunca le permitieron recibir, que siente que
le hurtaron; que qué más da, se consuela. Al final de la requisa, la mirada del
ya premio Nobel de Literatura interpretado por Antonio Ferrandis se topa con la
colada –camisetas pantalones, toallas, medias, chándales– de cualquier día
entresemana colgada de un tendal anclado en un fondo.
Cada vez que
escucho ‘jornada retro’, además de removerme por la sensación de impostura, me
asalta esta escena de la oscarizada película que dirigiera Garci. Los tiempos
me desmienten, pero siempre entendí que revisitar nuestra peripecia vital no
consiste tanto en poner camisetas en el escaparate cuanto en recordar lo que
fuimos, en asumir que la vida ha seguido su curso y que lo que llamamos
‘evolución’ no era entonces más que un camino entre otros muchos que no se
tomaron. La actual espectacularización de cualquier empresa supone el resultado
de un progreso entendido como «Acción de ir hacia delante», no necesariamente
como «Avance, adelanto, perfeccionamiento».
Y una certeza.
En nada, este tiempo será retro para el que inexorablemente se acerca. Al
final, para Ferrandis aquel Rubio llamado Maceda proyectaba la idea del fútbol
moderno frente al suyo de medio siglo atrás.
Con una
camiseta (similar a la) de antaño o con la blanquivioleta habitual en estos
plúmbeos y afligidos años, el Pucela disputó un partido que –así nos temíamos
apenas hace una semana– podría haber comenzado con el equipo situado de lleno
en zona de descenso. No solo se disiparon los temores, sino que, además,
arrancó con la garantía de que la distancia al descenso, esos cinco puntos
escondidos bajo el colchón, no disminuiría. Aun así, el miedo le despojó de
cualquier intento osadía y el Pucela se condujo como las familias de mi pueblo
cualquier lunes de aguas que amenace precisamente con aguas: la cesta en la
mano, pero los pies quietos, atenazados, ni ‘p’alante’, ni ‘pa'trás’, no vaya a
ser que...
La SD Eibar,
con no menos pánico, dejó de lado la etiqueta de ‘mejor equipo de la segunda
vuelta’ para limitarse a contener, no errar y, si acaso, cazar alguna. Será que
la camiseta, el nombre, amedrenta y por aquella zona de Guipúzcoa, el Valladolid
aún impone respeto. En esta categoría veremos en lo que queda muchos partidos
así. Miedo repartido, miedo que reparte.