martes, 3 de febrero de 2026

COMO LA MALARIA, PERO AL REVÉS

 

Foto: Fran Pérez-Factoría 9

El día de santa Lucía, tras haber concluido la escritura del enésimo artículo cimentado en una derrota del Pucela, regresaba a casa. Con frecuencia aprovecho estos caminos de vuelta para llamar por teléfono a mis padres. En aquella ocasión, dado que en algún momento tan incierto como remoto la mártir de Siracusa fue investida como patrona de Rasueros, la llamada se tornaba inexcusable. Más allá de una conversación manida con sus consuetudinarios intercambios de ‘qué tales’, la celebración introducía algún elemento novedoso. Al fin y al cabo, el trece de diciembre figura en el exiguo listado de ‘días señalaitos’ que se celebran con cierto boato, al menos con el que se puede permitir una localidad con un censo decreciente y una población envejecida. Antaño, en mi infancia, por ejemplo, para celebrar la ocasión las puertas de la escuela permanecían tres días cerradas. Una labor ahora innecesaria: no se puede cerrar lo que nunca abre. Por cierto, además de a Rasueros, debido a que la leyenda relata que en su martirio le fueron arrancados los ojos, la Iglesia ha extendido el patronazgo de santa Lucía a coyunturas y profesiones relacionadas con la vista: invidentes, oculistas, fotógrafos, ópticos, personal de sastrería... En su imaginería, incluida su imagen rasuereña, Lucía sostiene una bandeja en la que porta desmembrados ambos ojos. De ahí aquello de ‘que santa Lucía te conserve la vista’.

Decía que había rematado el relato de otra derrota; ‘un bucle dentro de un bucle’ lo titulé. Decía que llamé a casa, al fijo, el que manejan. Pues bien, contestó mi padre y tras los saludos y descripciones de ubicación me preguntó por el resultado. «Mal –dije–, después de haber ganado la semana anterior fuera de casa, tenía la esperanza de que el equipo mantuviera una buena línea. Y nada. Perdieron contra unos que ni sé el tiempo que llevaban sin ganar». «Coño, parece que ese equipo sufre las fiebres tercianas». Nunca había escuchado tal nombre de enfermedad. Le pregunté, claro. Y me explicó la existencia de unas fiebres intermitentes que, tras haberse marchado, reaparecen al tercer día. Al llegar a casa, busqué información al respecto y descubrí que se denominaba así a la malaria, al paludismo. La recurrencia de la enfermedad corresponde a las andanzas multiplicadoras del parásito: cada cuarenta y ocho horas, la invasión de ‘Plasmodium’ consuma su ciclo reproductor destrozando los glóbulos rojos de la persona infectada.

Será esta, pensé, la jornada febril: corresponderán ahora, en cuanto haya pasado el berrinche, dos días -semanas en temporización futbolera- los que, pese a mantenerse la sensación de fatiga, un cierto malestar o una intensa sudoración, sin haber aún completado la sanación clasificatoria, recorrerá nuestro cuerpo un cierto cosquilleo de bienestar.

Pero no. La fiebre no bajó tan súbitamente como indicaba el presagio de mi padre. No fue hasta un mes más tarde, en Ceuta, cuando el Pucela logró otra victoria que le pusiera el cuerpo a los 36 grados y medio. Y vuelta a las andadas. El tercianario blanquivioleta padecía una malaria, sí, pero a la inversa. En su caso, ternaria, cuartana -o, de existir, quintana, sextana… - se refieren al apacible sosiego afebril que disfruta entre el juego afligido de los tres, cuatro, cinco partidos en que se presenta enfebrecido.

En este último caso, el Pucela podría aducir que el árbitro no se había encomendado a santa Lucía, razón por la cual ejerció su labor sin la vista conservada. Comprensible, el desacierto nos persigue a los humanos. El problema del encargado del VAR, sin embargo, no pudo ser la ceguera. Hasta un ciego pudo apreciar el yerro del colegiado cuando resolvió expulsar a Juric. Eso sí, sería contraproducente la evasiva, el considerar a los árbitros los mosquitos anófeles que provocan con sus picaduras estas malditas fiebres.

Artículo publicado en El Norte de castilla el 02-02-2026

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 28 de enero de 2026

A NUESTRO RITMO

 

Foto: A. G. Barriada

De adolescente, estudiando la Historia de aquella manera en que saltábamos de siglo con solo pasar página, deduje que vivíamos en una época demasiado aburrida; al fin y al cabo no se ‘descubrían’ continentes, las guerras sonaban efímeras -nunca alcanzaban los cien, ni los ochenta, ni siquiera los treinta años- y las fronteras que teníamos más a mano permanecían inmutables. ¡Qué envidia del pasado!, clamaba en silencio. Craso error, me contradije al poco, antes incluso de la apertura en canal de los Balcanes. Después leí que Winston Churchill, reseñando su presente, amparándose en el pasado, apercibió de lo venidero, cuando advirtió de que en los Balcanes se “produce más historia de la que se puede consumir”.

Huelga decir que en este presente estamos desencadenando jirones de incidentes, escribiendo páginas, a un ritmo que satura al mundo, que acelera a ojos vista los procesos de producción, que dirige a un colapso -cada día más inevitable- por incapacidad de digerir tamaña deglución de historia.

Un ritmo desaforado que nos arranca de un pasado reconocible por definición y nos traslada a un futuro que, si bien -y también por definición- nunca pudo predecirse-, nace con las huellas borradas, con los mapas desvencijados, sin ‘gepeeses’ vitales. 

Un ritmo consecuente de la vorágine cotidiana de unas sociedades exangües por exigentes, competitivas, que no necesariamente competentes, y depredadoras a un límite tendente a infinito con el que se sobrepasa diariamente cualquier cota de ‘todovalismo’.  Sociedades que se desprenden paulatinamente de lo imprescindible, que cuestionan -la propia aceleración impele a cuestionar- los recursos imprescindibles para una mínima armonía, mientras obliga para la subsistencia a trabajar innumerables horas en labores grotescas. Sociedades ahormadas, hasta el punto de que Max Weber se llevaría las manos a la cabeza, por una ahormada ética protestante al nuevo espíritu del capitalismo. El imperio impone, aun calladamente.

Mientras, eso sí, una comunidad autónoma poblada por irreductibles castellanos y leoneses resiste, todavía y como siempre, al frenetismo invasor. Quieta, tranquila, haciendo como si nada pasara por más que ocurra, espera que se abran las urnas para que cierren y todo siga igual. O más o menos.

Publicado en El Norte de Castilla el 27-01-2026

 

 

lunes, 26 de enero de 2026

ALARMA, GRIETAS EN EL ASFALTO

 

Foto: C. Espeso

A diario, Sansón, Rafa Vega, 'ilustra' en el doble sentido del término: adorna este periódico con sus viñetas y contribuye a dar (nos) luz al entendimiento. Su destreza perfila las escenas, delinea los trazos; su perspicacia fragua deltas y bocadillos, compone en pocas palabras –bien de forma directa, bien recurriendo a la ironía, la caricatura, la antítesis, la paradoja y demás figuras retóricas– una profunda reflexión, una crítica mordaz, un estímulo intelectual. Así, sea el caso, el pasado viernes, como quien no quiere la cosa, uno de sus personajes arguye: «yo soy partidario de multiplicar el gasto en defensa, como nos exige Trump, para que nadie pueda destruir todas esas infraestructuras que seremos incapaces de conservar cuando aumentemos el gasto en defensa». Y te quedas como de un aire dando vueltas a si el resultado de la exigencia trumpiana –la incapacidad del mantenimiento– se emplaza en el listado de las indeseadas consecuencias o habrá de figurar en el registro de causas, en el deseo de origen.

Rafa Vega, Sansón, –también aquí, en este caso cada semana– ilustra sin ilustrar, esclarece sin más apero que la palabra escrita, de tal forma que sus consideraciones, adecuadas en principio para una materia, se expanden a dominios ni siquiera adyacentes. Refiriéndose –en principio– al viaducto de Arco de Ladrillo, escribía el miércoles catorce: «Las grietas encienden todas las alarmas en las estructuras construidas sobre malos cimientos». En principio, al viaducto, porque nos servirían de igual manera vinculadas al Real Valladolid. Tras la victoria en Ceuta, como ocurrió poco más de un mes antes cuando el equipo blanquivioleta obtuvo los tres puntos en Huesca, pudimos creer, incautos –iba a escribir 'pensar', pero no, 'pensar' es otro quehacer muy diferente al de 'creer'–, digo, pudimos creer que (por mor de un nuevo entrenador, de un nuevo desarrollo) se habrían restañado las fisuras. Rafa Vega, ya había desalentado la vana esperanza: «No todas ellas [las grietas] pueden cegarse con una capa caliente de brea. A veces hay que dejar que evolucionen».

Los discursos entusiastas –esas ventas de humo travestidas en análisis técnico-tácticos, dimanadas desde las oficinas del club en presentaciones y demás saraos– tendrán como objeto alentar o complacer, pero vez tras vez se descabalan en cuanto chocan con la realidad. El próximo 'nada por aquí, nada por allá, ¡alehop!' previo a la exposición de los últimos fichajes servirá como subterfugio, desgastado me temo, para arrancar renovadas dosis de ilusión. Apuntará, ¿verdad Rafa?, a «un empeño infructuoso e inútil, como el de alguien que se afanase en atiborrar de bótox, maquillaje y cremas antiarrugas la piel apergaminada de Ramsés II». Si llegado el caso, los actuales dirigentes se escudan en etapas previas, cabrá recordar que «no todas las grietas son tan superficiales; no todas son fruto de la vejez».

Mientras continúe la escalada hacia abajo, solo nos queda el recurso de invocar al dios del fútbol con humildes plegarias: «Benditas sean las [grietas] que rompen muros infranqueables», «benditas sean las que muestran la verdad oculta bajo capas de cal y pintura, de propaganda y demagogia». Y con Rafa y Leonard Cohen esperar con la certeza de que «hay una grieta en todas las cosas por donde entra la luz».

Publicado en El Norte de Castilla el 25-01-2026


 

lunes, 19 de enero de 2026

SEÑOR DE LOS ESPACIOS INFINITOS

 

Foto: Pablo Gallardo/Factoría 9

 

Un dúo hasta entonces apenas conocido más allá del sevillano barrio de Triana irrumpió en la escena musical patria adobando el flamenco clásico con sazones propias de otros géneros pujantes en aquella actualidad. Remozándolo, vamos; lo que –asimilando el aforismo de Gustav Mahler, «la tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego»– supuso dotar de nueva vida a la esencia del cante jondo. Desde ese momento, el icónico año 75 en el que presentaron su primer disco, Lole y Manuel copan ineludiblemente algunas páginas del acervo musical patrio. A ellos les debemos melodías que, al menos a quienes desarrollamos nuestra infancia o juventud en los estertores de los setenta, en los encarecidos ochenta, aún resuenan en nuestra memoria. De repente, un resultado trunca la tan aciaga como resbaladiza racha negativa del Pucela, siente que el panorama disipa la negrura, adivina algún tono cálido y, sin más, instintivamente tararea «todo es de color, todo es de color». ¿Qué se va a hacer? Nos deja una muestra más de esos ataques de bipolaridad inherentes a los futboleros que nos trasladan tan presurosamente de la desesperanza a la euforia como nos devuelven en un recorrido inverso al punto de partida.

Me arranco con la letra: «Todo el mundo cuenta sus penas/pidiendo la comprensión. /Quien cuenta sus alegrías/no comprende al que sufrió». Freno súbitamente. Por ahí, no. Puede que al lamento, con demasiada frecuencia, no le falte razón; pero no en este caso. La alegría en casa del pobre, huelga decir que el Pucela lo es, además de durar poco, no aísla, no anula el entendimiento, la comprensión de un dolor que nos acompañó, que se agazapa ahora esperando la segura oportunidad de volver. Quizá por eso se celebra más, por falta de costumbre, por la capacidad de valorar ese esqueje de alegría, por si se aleja la nueva ocasión.

La canción prosigue con una encomienda al «Señor de los espacios infinitos», una advocación, en este caso sí, muy oportuna. En Ceuta –mire usted por donde, ciudad en la que nació Manuel; además de intérprete, el autor de la canción– el Pucela espantó temores galopando sobre el inacabable descampado sito tras la espalda de la defensa 'caballa'. Una vez su equipo adquirió ventaja, Tevenet, ¿reminiscencia de sus tiempos al rebufo de Simeone?, dispuso 'atortugarse', esconder la cabeza bajo un caparazón. El equipo ceutí, necesitado, ansioso, desguarneció –paradójico tratándose de la ciudad que se trata– la retaguardia. Chuki, erigido en ese 'Señor', atendió la súplica derramando, en vez de «la paz que tiene entre las manos», la pericia con la que golpean a la pelota sus pies. Su juego enseña «lo bello de la vida», ayuda como «consuelo en todas las heridas». Y eso que ha sufrido en silencio –«el cardo siempre gritando/ y la flor siempre 'callá'»– demasiados banquillazos por dictamen técnico.

Aquel primer disco de Lole y Manuel que incorporaba el 'Todo es de color' se tituló 'Nuevo día'. Ojalá estas dos palabras revivan como una metáfora premonitoria.

Publicado en El Norte de Castilla el 18-01-2026

miércoles, 14 de enero de 2026

LOS BAILES DEL DESDECIRSE

 

Foto: Reuters

Si resulta compleja la relación con nosotros mismos, si nos sorprenden -y a veces avergüenzan- nuestras propias reacciones, ya no digo cuando en el asunto se mezclan dos, tres… asombra que pretendamos circunscribir a relatos de buenos y malos, peliculitas de indios y vaqueros -de cuando considerábamos buenos a los vaqueros y malos a los indios-, los entresijos de un mundo enrevesado en el que confluyen una conjunción de historias e Historias dispares, en el que se entremezclan intereses alambicados, en el que los acuerdos y desacuerdos armonizan o corroen cualquier tipo de vínculo. 

El relato oficial, ese que siempre engloba al emisor entre los buenos, diferencia entre ‘malos malísimos’ y ‘malos entre comillas’ a entes -sean personas, países…- semejantes en función de si, además de considerarlo malo en esencia, rinde servicio o se enfrenta al poderoso de turno, de si hablamos de ‘nuestro hijo de puta’ (Franklin D. Roosevelt) o no. Incluso, se justificará -todo lo más, recibirá algún pellizco de monja- al propio cuando su maldad exceda al penúltimo de nuestros límites porque sobre sus antecesores se sobrepasó el último.

Puede, incluso, que el contradictor -no sé, una paisana de Hamlet lejana a comportamientos perversos, sin regir una tiranía ni amparar el narcotráfico, el crimen de Estado…- sea catalogado como tal por conveniencia de quien ostenta el poder y, valga la redundancia, alimenta al testigo, impone la visión universal desde su perspectiva. No será un ‘hijo de puta’ pero convendrá que lo parezca. Nadie soporta sin mácula el escrutinio de una vida pasada.

Cabe que existan malos a los que no se les anota en el listado de malos porque arredran; cabe que descubramos que el propio relator, lo que viene a ser ‘los nuestros’, lo sea. Cabe el salto de uno a otro listado, se llame Delcy o la España del siglo pasado, Eisenhower mediante. Cabe que malos de antaño, pese a haber empeorado, no consten como malos por malos que sean para ellos mismos.

Nada puede sorprender, el futuro deparará giros de guion y, tras cada cual, sonrojará el ridículo de los defensores a ultranza. Y comenzarán los bailes del desdecirse. 

Publicado en El Norte de Castilla el 13-01-2026

martes, 13 de enero de 2026

NI GRANJA, NI TORRE, NI HERMOSA

 

Foto: Alberto Simón-Factoría 9

 

Prosigue la escalada del Pucela; escalada, sí, porque de la misma forma que los pobladores del Botxo profesan un incongruente y disparatado alarde de humildad cuando jactanciosos ponderan la modestia de Jesús quien «pudiendo haber nacido en Bilbao, lo hizo en Belén», los blanquivioletas, semana tras semana, pudiendo elevarse hacia la cúspide, optan por trepar hacia abajo, por encumbrarse al subsuelo, por subir como les sale de..., dejémoslo aquí.

 

Esta vez en Leganés, esta vez en apenas 300 segundos. En apenas cinco minutos, y contemplando el encuentro disputado –es un decir– en aquellas tierras que no tanto tiempo atrás surtían de pepinos a la capital, recordé a mi tía Ana Mari. Ella se estableció junto a su marido, mi tío Ricardo, en Zarzaquemada, un distrito de expansión leganense que recogió la emigración procedente de Andalucía, Extremadura –como ella, pacense de la frontera con Córdoba– y Castilla –como él, abulense del límite con Salamanca o Valladolid–, para asentar en un terreno periférico la mano de obra requerida por la metrópoli, enterrándose así, bajo el asfalto, aquellas huertas pepineras. Mi tía, cuando en los veranos se acercaba al pueblo, destacaba en el entorno familiar por la suavidad de su acento, por envolver las 'eses' con la seda del ceceo, por confrontar involuntariamente su dulzura dialectal frente a la reciedumbre del 'perfecto', ejem, castellano. Con ese tono meloso, nos refería su origen en Granja de Torrehermosa, el pueblo de las tres mentiras, subrayaba: ni es granja, ni refulge su torre, ni es hermosa. Por mi parte, como 'el Ovejas' en la serie 'El pueblo', «ni confirmo, ni desmiento»; la visita aún se mantiene el catálogo de materias pendientes. Tenga o no sentido el lacerante aserto, en este punto –recuerdo, a los 300 segundos– mi cabeza se desplazó del partido de Butarque a mi tía leganense. ¡En qué gran mentira se ha convertido, o tal vez ya lo fuese y no quisiéramos creerlo, este equipo! La indecente acción que provocó el primer penalti, esa 'mano' de Alejo, carecía de sentido en tiempos preVAR, te cazaban casi siempre. Ahora, con las camaritas de omnipresentes 'testigas', la penalización resulta inexorable. ¿Dónde habitaba la concentración requerida a un profesional? Después, Jaouab, al desubicarse, se autoinflige un gol; mancilla el ejercicio de la defensa al olvidar la atención al balón y el emplazamiento de su portería. ¿Dónde reposaban los recursos técnicos y tácticos requeridos a este nivel? En general, y a lo largo del partido –de tantos partidos–, cuando el Pucela se adueñaba del balón, la intentona se topaba con la verdad del fútbol: poseer la pelota sin capacidad para dotar de sentido al juego engaña a la vista, aparentemente amenaza, pero la circunstancia se torna inofensiva, se transforma en un juego de sistematismo protocolario.

Entre las mentiras cabe resaltar la labor de un colegiado reprobado en las tres ocasiones en las que tomó una decisión. Carne de pescuezo al por mayor.

Mentira, tras mentira, tras mentira. En Granja de Torrehermosa, que ahora se enfrenta a la amenaza de la instalación de una macroplanta de biogás, al menos, se alza una torre. No sé a qué se puede agarrar el Pucela...

Artículo publicado en El NOrte de Castilla el 12-01-2026

lunes, 5 de enero de 2026

EL ÁNIMO PENDULAR

 

Foto: Carlos Espeso

Nada más llegar a las instalaciones de El Norte de Castilla, al entrar en la sala de televisión desde la que realizamos el seguimiento de los partidos del Pucela tanto para materializar la transmisión online como para tomar las notas preparatorias de los artículos que conforman el paginado referido al encuentro, me topo en la pantalla con el pitido final del partido precedente en esta misma Segunda División, un Almería-Granada que enfrentaba a un puntero local con un visitante clasificatoriamente lánguido. El resultado final –un tres a dos que encarama, siquiera provisionalmente, al club indálico a un puesto de ascenso directo y zambulle a los nazaríes en la zona abisal– mostró de súbito las dos ópticas extremas y antagónicas en las que se alinea la afición del Real Valladolid: la idealizadora y la agorera. Y no tanto una parte a un lado y otra, inmiscible con aquella, al otro. No. En muchos casos, la misma persona se dispone en una u otra condición en función de la hora del día, del día de la semana, de forma que cualquier minucia pendulea su disposición anímica.

–Buen resultado para el Pucela –apuntó alguien cuyo nombre omitiré por no escribir que fui yo.

–¿Qué dices? Si el Almería va delante, nos favorece que pinche –corrigió alguien al alguien de antes.

–Ya –apostilló el que no diré que era yo–, pero si el Granada hubiera vencido, además de sumarse al listado de los que habrían alcanzado al Pucela, hubiera elevado la línea de agua que marca la salvación.

–A estas alturas me niego a mirar hacia abajo –cerró el interlocutor optimista.

Claro, bien está, pensé en ese momento justo en el que la conexión televisiva nos desplazaba a Zorrilla, que los de fuera contribuyan, pero de poco sirve el auxilio si el Pucela no cumple, para más o para menos, con su cometido. Entrenador nuevo, además. ¿Aire renovado o más de lo mismo? Veremos. Y vimos. El péndulo, oscilante por definición, a lo suyo. Al desaliento de la primera mitad, este cuento ya lo habíamos visto, le sucedió el denuedo de la segunda en la que la hueste blanquivioleta amilanó al minutos antes jactancioso Racing. Le amilanó y le hirió con un gol ejecutado gracias a la táctica del despiste. Tras lanzar tres córneres consecutivos en los que la pelota no sobrepasó la altura de la rodilla, dos de ellos ni la del tobillo, el inmediato cuarto alcanzó la altura precisa. Así, mientras los defensas del equipo cántabro se acostumbraron a defender el subsuelo, un blanquivioleta, conocedor del ardid, se impulsó hasta el cielo para rematar expedito y elevar la masa pendular a la altura de la euforia.

Euforia que se desvaneció, mediante árbitro, VAR mediante, cuando el colegiado, tras consultar la maquinita, auspiciado por un ya sólito espíritu rigorista, señaló penalti tras un contacto leve e intrascendente para el desarrollo posterior de la jugada. Decisión pertinente, incluso atinada, de haber sido pitada a la primera, en el instante preciso. Un desbarre contra la esencia del juego, cuando la resolución admite estudio.

Otra semana más en la que el movimiento ondulatorio desasosegará a la perdida masa pucelana.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 4-01-2026

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

FELIZ AÑO PARA LOS VENCIDOS

 

Foto: E. Press


Noche de noche, noche tras noche; y, tras la noche, otra noche más. Noches sin apenas día, días sin apenas paz. Un apenas que, en esta parte del mundo, nos ha mentido, un sosegado interludio -breve para el engranaje narrativo de los libros de Historia, prolongado en nuestra vital proporción-, que sucedió al eterno estruendo de los cañones, que precede a una siguiente parte que, ensimismados con la apacible piececita instrumental, pensamos que nunca jamás arrancaría. Lo pensábamos olvidando que en otros lares financiábamos estallidos.

El ansia nunca se detiene, ni siquiera se contrae. En estas, cuando nos sorprende una nueva guerra, cuando la amenaza nos atemoriza, insistimos en aquello de que ‘el hombre nunca aprende’, en lo otro de que ‘en una guerra salimos todos perjudicados’. Y no. Muchos sí aprenden, son conscientes de que, situados en el punto adecuado, una guerra produce réditos. Por cierto, no solo a los demás. Nuestra azarosa ubicación en el mapa geopolítico nos ha aportado, además de la quietud apuntada, una rica bolsa de caudales. Pero hemos dejado de ser centro y observamos con recelo ese cambio de aires. Los momentos de profundo desinterés alientan los deseos de quien tiene un interés profundo, y viceversa.

Estos días nos desearemos -y vaya si se lo deseo a ustedes, a quienes dedican un minuto a leer estas notas tomadas al pie de un café- un feliz año. Lo haremos con la sensación de que podemos trocear el tiempo como si la realidad no fuese un continuo; al menos, con el ánimo de salir indemnes del proceso. Un continuo, decía, que ahora nos dirige por una senda desconocida que no presagia nada bueno; ni al menos mejor del ya de por sí desapacible territorio de partida.

Entre la incertidumbre, una certeza, la de Aute: la guerra que vendrá será la más hortera de todas las guerras que ha habido y habrá. Bueno, y la de Brecht: Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también.  

Madre, en la puerta permanece el niño de la semana pasada. Mientras, plácidos, aguardamos el no sé qué. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 30-12-2025

 

 

 

 

 

 

(Versión un pelín más larga, dos frases)

Noche de noche, noche tras noche; y, tras la noche, otra noche más. Noches sin apenas día, días sin apenas paz. Un apenas que, en esta parte del mundo, nos ha mentido, un sosegado interludio -breve para el engranaje narrativo de los libros de Historia, prolongado en nuestra vital proporción-, que sucedió al eterno estruendo de los cañones, que precede a una siguiente parte que, ensimismados con la apacible piececita instrumental, pensamos que nunca jamás arrancaría. Lo pensábamos olvidando que en otros lares financiábamos los estallidos que provocaban el temblor de unas tierras que nunca permitimos que fueran del todo de sus habitantes.

El ansia nunca se detiene, ni siquiera se contrae. En estas, cuando nos sorprende una nueva guerra, cuando la amenaza nos atemoriza, insistimos en aquello de que ‘el hombre nunca aprende’, en lo otro de ‘en una guerra salimos todos perjudicados’. Y no. Muchos sí aprenden, son conscientes de que, situados en el punto adecuado, una guerra produce réditos. Por cierto, no solo a los demás. Nuestra azarosa ubicación en el mapa geopolítico nos ha aportado, además de la quietud apuntada, una rica bolsa de caudales. Pero hemos dejado de ser centro y observamos con recelo ese cambio de aires. Hemos vivido bien amparados en el mundo de “las cosas son así” y, efectivamente, las cosas son así. Los momentos de profundo desinterés alientan los deseos de quien tiene un interés profundo, y viceversa.

Estos días nos desearemos -y vaya si se lo deseo a ustedes, a quienes dedican un minuto a leer estas notas tomadas al pie de un café- un feliz año. Lo haremos con la sensación de que podemos trocear el tiempo como si la realidad no fuese un continuo; al menos, con el ánimo de salir indemnes del proceso. Un continuo, decía, que ahora nos dirige por una senda desconocida que no presagia nada bueno; ni al menos mejor del ya de por sí desapacible territorio de partida.

Entre la incertidumbre, una certeza, la de Aute: la guerra que vendrá será la más hortera de todas las guerras que ha habido y habrá. Bueno, y la de Brecht: Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también.  

Madre, en la puerta permanece el niño de la semana pasada. Mientras, plácidos, aguardamos el no sé qué.  

 

 

 

lunes, 22 de diciembre de 2025

PARAÍSO DE LO INVEROSÍMIL

 

Foto: C. Gil-Roig

Cuando nos adentramos en los entresijos de una ficción, cine, teatro, literatura, buceamos en las aguas de un universo que no se rige necesariamente con las mismas reglas de la lógica con la que interpretamos nuestra materialidad. En estas obras, un humano puede viajar en el tiempo, volar, poseer una fuerza descomunal o una inteligencia prodigiosa, regresar de la muerte o esquivarla a lo largo de varios siglos... y tal circunstancia no alcanza a sorprender a ninguna de las personas que se acerquen al relato en cuestión. Se admiten desde el inicio los códigos propuestos por el autor por más que disten de la realidad, se procede a la inmersión en la ‘ilusión de verdad’ y ya. Mientras se respete la coherencia interna, espectadores y lectores procederán encantados a la suspensión de su incredulidad, al depósito del escepticismo en la antesala de la creación artística. Así, el reto de quien escribe o dirige consiste en no romper el acuerdo tácito establecido con el público, en no pintar fuera del contorno propuesto durante ese transcurso temporal en el cual el público se subsume en el universo de ficción: en respetar la apariencia de credibilidad, la verosimilitud.

   
Aunque la propia realidad se empeñe en imitarlo procurando tramas que cualquier productora cinematográfica o editorial literaria desecharía por absurda, el fútbol continúa ostentando el título de paraíso de lo inverosímil. Nos lo creemos por la única razón de que se presenta ante nuestros ojos. Tanto lo que observamos en el campo... como, cada vez más, lo que ocurre en su periferia: por lo que concierne últimamente al Pucela, en su ámbito –iba a escribir ‘directivo’, pero no– de propiedad.


Huelga repetir las vicisitudes del trasiego de Almada desde que hace apenas una semana la afición congregada en Zorrilla solicitara su marcha hasta su desembarco en Oviedo previo desaire al Valladolid. Se ha pasado de repudiarle a sentir la orfandad del ¿y ahora qué? Pateo generalizado en la platea si el sainete, tramado por el alumnado de una escuela de teatro, se hubiera representado en el Calderón. Es todo tan de mentira, aunque sea verdad, que si yo fuera un futbolista del Oviedo, en la primera charla motivacional de este nuevo ex, en cuanto pronunciase la palabra ‘compromiso’ o cualquiera de sus sinónimos, me entraría la risa floja y le mandaría a freír espárragos.

 
Y en medio del marasmo, le corresponde a Sisi el marrón –por más que él lo entendiera como “un regalo caído del cielo”– de aguantar el tipo mientras dure el interregno. Y a la primera, toma ya verosimilitud, el bueno de Sisinio asume las riendas del relato y le da por pintar fuera de los márgenes presupuestos. Un interino no dispone de tiempo para modificar lo trabajado, para incorporar una nueva propuesta, efímera por definición. No le compete inventar; todo lo más, realizar algún ajuste para reforzar la estructura dañada. Supongo que le pudo la ilusión, el afán de mostrar su sello. Las pretensiones de revolución, cuando no disponen de tiempo ni de base sociológica, no superan el concepto de algarada. El marrón fue marrón y el técnico eventual, supongo que desencantado, se habrá comido buena parte de lo que no debería haber recaído en su estómago.

Mientras Sisi digiere el desengaño, los dueños escriben una obra sin aparente coherencia interna. Recalco el ‘aparente’. La carencia de lógica se deriva del desconocimiento del público, de los renglones que no han visto la luz. Si pudiéramos atar todos los cabos, descubriríamos la lógica de los entramados, oscura, pero, a la vez, verosímil y real. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 21-12-2025