Foto: Rodrigo Jiménez
No precisaré quién, porque anhelo volver y no pretendo
arriesgarme a soportar aviesas miradas cada vez que nos crucemos, pero la
última vez que fui a mi pueblo, al coincidir en la calle con la persona
referida, me saludó alzando un poco el brazo a la vez que articulaba un
estruendoso «ehhhh, Juaqui» gutural. Como corresponde a cualquier encuentro –al
menos en esa parte de la Castilla rural–, mi devolución del saludo consistió en
repetir la fórmula escuchada, vocativo incluido. Así, al «apa», le responde un
«apa»; al gesto silencioso, un gesto silencioso, y al «buenas tardes, Fulano»,
un «buenas tardes, Mengana». Viene al caso aquella situación porque la
interlocutora siempre ha vivido en esa comunidad central. Allí dirige una
oficina bancaria. Allí la supongo estrictamente formal –en lenguaje y
gesticulación– adecuando las palabras y las formas a cada cliente.
Allí. Pero una vez que deja atrás el pinar que
antecede al cementerio, que a su vez precede al pueblo, se sitúa aquí y
modifica el registro: la educación altera su apariencia, el paisanaje precisa
menos formalismos, el cuerpo le pide otra cosa. Al fin y al cabo, cada lugar,
cada momento, requiere un lenguaje y un proceder.
El Pucela de Escribá anda en ello. De la primera parte
–en cada lugar–, el equipo ha progresado más que adecuadamente. Tan cierto es
que la perceptible mejora, pese a su aspecto integral, se sostiene en la fase
ofensiva como que la defensa carece de fiabilidad, como que apenas soporta las
embestidas rivales. Pero al menos el equipo no se pierde en filigranas. A un
defensa –en la zona trasera del campo– se le exige un expeditivo «ehhhh,
balón», y así saluda al delantero rival. Al centrocampista –cuando recibe
alejado de una y otra portería– se le demanda una seductora «buenos días,
señora pelota, adelante» y de esta manera conduce, dirige, aproxima y facilita.
Al delantero –en esa circunstancia de apremio por cercanía al portero rival– se
le reclama un concluyente «siéntese y firme aquí», una acomodación definitiva
que cierre el contrato entre la pelota y la red. Hasta el defenestrado Latasa
ha encontrado con el técnico valenciano la forma de adecuar sus características
al juego del equipo. Y no lo digo tanto por el gol como por su intervención en
el de Marcos André.
De la segunda –en cada momento–, ¡ay!, no albergo aún
garantías. De la misma forma que en Málaga el Pucela no encontró la respuesta
adecuada al empellón inicial de un local que acudía altanero a la cita empujado
por su dinámica de juego y resultado, ante el Leganés los blanquivioleta –tras
una relevante primera mitad– se despersonalizaron tras el descanso. La exigua
ventaja entreveró vetas de desconfianza que atenuaron la mordiente e indujeron
la indecisión hasta difuminar el juego en la indefinición. No supo el Pucela si
le correspondía ser gato o ratón, caballo o caballero, chicha o 'limoná'. Y a
punto estuvo de pagarlo. Pero al igual que antes la cosa estaba en que no,
ahora la respuesta siempre conduce al sí. Y que le den al tal Murphy. «Ehhhh».
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 15-03-2026