Casi cada vez que me encamino al
pueblo –casi cada vez que del pueblo regreso–, mi bici transita frente a una
fachada lateral del madrigaleño convento agustino de Extramuros; de lo que fuera, porque
debido a un modelo de desamortización en el que primó el beneficio económico
que –consecuentemente– desatendió el componente cultural, dilapidó buena parte
del patrimonio histórico, artístico... y medioambiental, en 1844 el cenobio fue
convertido en almacén de grano. Su ruina estaba escrita. Duele levantar la
vista y observar el convento desvencijado –bien que con algún punto de sutura
que al menos pretende que el deterioro no avance–; duele, aunque a fuerza de
transitar una y otra vez –¿será cosa del cansancio por el pedalear? – juego a
imaginarme alguna escena allí desarrollada en 1591 cuando Fray Luis de León
accedió al cargo de prior provincial de Castilla de la orden agustina poco más
de una semana antes de su fallecimiento en ese mismo lugar. Sugestionado por mi
trayecto, por ser mi ciudad, por vivir allí mi vida, tanteo relaciones de Fray
Luis con Valladolid, sus primeros años que supongo gratos, su lustro en prisión
pucelana tras ser denunciado ante la Inquisición por traducir al castellano el
'Cantar de los Cantares', tiempo menos placentero, seguramente, aunque el
fraile aprovechó las horas para dar forma a alguna de sus obras literarias. De
la cárcel vallisoletana volvió a la enseñanza. De sobra conocemos la
(¿leyenda?) de sus primeras palabras al reanudar su labor docente: «Como
decíamos ayer...».
Unas palabras que adquieren otro sentido, diría que
antagónico, cuando nos referimos al Pucela. Tras cada partido, nuestra mente
enlaza con el anterior y esa coletilla vaga por el cerebro. «Decíamos ayer»,
como conector de orden para preparar el relato posterior demasiado similar a
los precedentes. «Decíamos ayer», como fundamento de resignación, de
asimilación de una naturaleza inexorable. «Decíamos ayer», como reemplazo de un
anodino «volver a las andadas» que brota cuando un falsario partido previo nos
llega a hacer creer que las cosas podrían ser de otra manera. De hecho, cabe
añadir que lo peor del partido en Gran Canaria resultó una primera mitad que
abundó en ese engaño.
En el descanso, salvo por el miedo
connatural del aficionado, no temimos por el desenlace: el marcador parcial se
le había quedado corto a los blanquivioletas. Pero en la segunda parte, el
pánico –él lo llamará prudencia– hizo acto de presencia en las decisiones del
banquillo. Paso atrás, primero para aguantar la victoria, después porque el
punto parecería bueno... Escribá mide el riesgo como don Mendo en la escena de
las siete y media de la obra de Pedro Muñoz Seca: «Que o te pasas o no llegas.
Y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasa y eres del otro deudor. Mas
¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!». El técnico valenciano sufre
estoicamente el dolor del que no llega. Se niega a pasarse a consecuencia del
riesgo. En cuanto sumó cinco, se plantó. Y como le ocurrió a Fray Luis en el
convento de Madrigal, ya no dijo más.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 05-10-2026