La enfermera tumba cuidadosamente al bebé
sobre la mesa, le estira su cuerpecito, mide su altura y toma nota mientras
enuncia la cifra. Con el mismo
esmero, le posa ahora sobre la báscula, memoriza la cifra apuntada en el visor,
recoge a la criatura, vuelve a su asiento y repite el ritual de anotar e
informar. Ceremonial que repite una tercera vez tras incorporar al mocoso y
calibrar la longitud de la circunferencia de su cabeza. Concluidas las
mediciones, tomo al muchacho en brazos, su madre y yo, esperando la valoración,
nos sentamos frente a la enfermera, mientras ella marca las tres mediciones en
sendas tablas de percentiles.
Algo, de repente, me
descuadra. Si bien las dos primeras gráficas certificaron que, tanto en peso
como en estatura, las mediciones respondían a lo estadísticamente esperable,
observo que el punto que indica comparativamente el perímetro cefálico se eleva
en demasía sobre el tono azul que refleja, deduzco, el territorio entre los
percentiles 3 y 97. Vamos, la zona que excluye al tres por ciento que, por
defecto o exceso, se escapan de los valores que no alertan sobre alguna
anomalía. Receloso, asustado, con cierta circunspección, interrumpo el silencio
de la consulta.
–Veo que la indicación del
tamaño de la cabeza está por encima de lo que se puede considerar normal.
¿Podría sufrir el niño algún modelo de macrocefalia? ¿A qué se debe ese
desfase?
Sin alterar el gesto, la
enfermera alzó la vista, enfrentó su mirada con la mía, graduó visualmente la
cabeza que tenía ante ella y, circunspecta, sin pretender denostar, me insultó
a la vez que me relajó.
–Genético.
Nunca me llamaron cabezón de
forma tan elegante ni nadie suprimió mis miedos requiriendo menos palabras. El
crío, cosas de ser hijo de su padre, sin más, sin problema añadido, nació
dotado de una testa relevante.
En este sentido, este Pucela –en ocasiones honra no
merece quien a los suyos se parece– es hijo de todos los anteriores 'Pucelas'
en cuanto a su poder balsámico de equipo aspirina, es hermano de los 'Pucelas'
de la última media docena de años en cuanto al funesto desempeño. De lo
primero, ya no sorprende la asunción del aficionado: pretendía esta semana en
algunas conversaciones infundir cierto optimismo ante la situación del equipo
ceutí y siempre recibí como respuesta esa certeza: quitamos cualquier tipo de
dolor a los rivales. De lo segundo, puf, otro chasco. Y no (solo) por el
desolador final. La alineación –seis cambios respecto a la previa– transmitía
la sensación de pretemporada, de entrenador probando alternativas o soplando
buscando la casualidad que hiciera sonar la flauta. En el transcurso, los
cambios desmejoraron –más– la práctica del equipo. Al final, un gol rival evitó
el triunfo blanquivioleta. Al final, pero no fruto de la casualidad... ni de la
injusticia futbolera. Ocasiones provocó el equipo caballa para haber logrado
las tablas tiempo atrás. ¿Se puede esgrimir que el Valladolid pudo haber
goleado antes? Sí y no. Sí, por una contabilidad obvia. No, porque hemos
observado que, tras atinar una, las huestes de Escribá se cobijan, se encogen.
Me da que, de no mediar fallo en alguna ocasión anterior, no se hubieran
generado las posteriores.
A este paso saltaremos, sin
solución de continuidad, de la pretemporada al post-Escribá. Y tal vez,
mientras nada estructural se modifique, tampoco se solucione nada.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 21-09-2026