El día de santa Lucía, tras haber
concluido la escritura del enésimo artículo cimentado en una derrota del
Pucela, regresaba a casa. Con frecuencia aprovecho estos caminos de vuelta para
llamar por teléfono a mis padres. En aquella ocasión, dado que en algún momento
tan incierto como remoto la mártir de Siracusa fue investida como patrona de
Rasueros, la llamada se tornaba inexcusable. Más allá de una conversación
manida con sus consuetudinarios intercambios de ‘qué tales’, la celebración
introducía algún elemento novedoso. Al fin y al cabo, el trece de diciembre
figura en el exiguo listado de ‘días señalaitos’ que se celebran con cierto
boato, al menos con el que se puede permitir una localidad con un censo
decreciente y una población envejecida. Antaño, en mi infancia, por ejemplo,
para celebrar la ocasión las puertas de la escuela permanecían tres días
cerradas. Una labor ahora innecesaria: no se puede cerrar lo que nunca abre.
Por cierto, además de a Rasueros, debido a que la leyenda relata que en su
martirio le fueron arrancados los ojos, la Iglesia ha extendido el patronazgo
de santa Lucía a coyunturas y profesiones relacionadas con la vista:
invidentes, oculistas, fotógrafos, ópticos, personal de sastrería... En su
imaginería, incluida su imagen rasuereña, Lucía sostiene una bandeja en la que
porta desmembrados ambos ojos. De ahí aquello de ‘que santa Lucía te conserve
la vista’.
Decía que había rematado el relato
de otra derrota; ‘un bucle dentro de un bucle’ lo titulé. Decía que llamé a
casa, al fijo, el que manejan. Pues bien, contestó mi padre y tras los saludos
y descripciones de ubicación me preguntó por el resultado. «Mal –dije–, después
de haber ganado la semana anterior fuera de casa, tenía la esperanza de que el
equipo mantuviera una buena línea. Y nada. Perdieron contra unos que ni sé el
tiempo que llevaban sin ganar». «Coño, parece que ese equipo sufre las fiebres
tercianas». Nunca había escuchado tal nombre de enfermedad. Le pregunté, claro.
Y me explicó la existencia de unas fiebres intermitentes que, tras haberse
marchado, reaparecen al tercer día. Al llegar a casa, busqué información al
respecto y descubrí que se denominaba así a la malaria, al paludismo. La
recurrencia de la enfermedad corresponde a las andanzas multiplicadoras del
parásito: cada cuarenta y ocho horas, la invasión de ‘Plasmodium’ consuma su
ciclo reproductor destrozando los glóbulos rojos de la persona infectada.
Será esta, pensé, la jornada febril:
corresponderán ahora, en cuanto haya pasado el berrinche, dos días -semanas en temporización
futbolera- los que, pese a mantenerse la sensación de fatiga, un cierto
malestar o una intensa sudoración, sin haber aún completado la sanación
clasificatoria, recorrerá nuestro cuerpo un cierto cosquilleo de bienestar.
Pero no. La fiebre no bajó tan
súbitamente como indicaba el presagio de mi padre. No fue hasta un mes más
tarde, en Ceuta, cuando el Pucela logró otra victoria que le pusiera el cuerpo
a los 36 grados y medio. Y vuelta a las andadas. El tercianario blanquivioleta
padecía una malaria, sí, pero a la inversa. En su caso, ternaria, cuartana -o,
de existir, quintana, sextana… - se refieren al apacible sosiego afebril que
disfruta entre el juego afligido de los tres, cuatro, cinco partidos en que se
presenta enfebrecido.
En este último caso, el Pucela
podría aducir que el árbitro no se había encomendado a santa Lucía, razón por
la cual ejerció su labor sin la vista conservada. Comprensible, el desacierto
nos persigue a los humanos. El problema del encargado del VAR, sin embargo, no
pudo ser la ceguera. Hasta un ciego pudo apreciar el yerro del colegiado cuando
resolvió expulsar a Juric. Eso sí, sería contraproducente la evasiva, el
considerar a los árbitros los mosquitos anófeles que provocan con sus picaduras
estas malditas fiebres.
Artículo publicado en El Norte de castilla el 02-02-2026