Mostrando entradas con la etiqueta Último Cero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Último Cero. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de mayo de 2013

¿De qué hablan cuando hablan?

No hace tanto, o quizá sí, de aquellos tiempos en que sólo había dos cadenas de televisión. Podíamos elegir entre la primera y la uhacheefe pero rara vez lo hacíamos porque estábamos la mayor parte del tiempo en la calle. Cuando llegábamos a casa era para cenar y dormir. Menos los viernes que, al no haber escuela al día siguiente, se ensanchaba un poco, no mucho, la manga y, tras la cena, veíamos el Un, Dos, Tres. Entre preguntas y canciones, entre multiplicaciones y calabazas, aparecía, cada día con un disfraz, Antonio Ozores. Hablaba pero no se le entendía y de eso hizo profesión. Arrancaba carcajadas con un humor con un cierto barniz surrealista. Sus absurdos monólogos quedaron almacenados en mi subconsciente de tal forma que ese recuerdo aparece cuando escucho a muchos santones de la política o de la economía. Hablan en un lenguaje tan artificioso que resulta ininteligible, sus explicaciones del por qué pasa lo que pasa, son como las intervenciones de Antonio Ozores pero sin hacer reír. Lían sus discursos como un gato una madeja. Podríamos pensar que no somos lo suficientemente listos para comprender pero no es el caso, en realidad ocurre que han encontrado un lenguaje capaz de engullir palabras sin aportar nada, un idioma en el que pueden decir a la vez so y arre y convencernos de la coherencia de las dos órdenes dadas al mismo tiempo. De esta forma evaden su responsabilidad, esconden los errores de sus análisis previos y, sin rubor, se erigen en portavoces de la única verdad verdadera. Pero resulta que su oficio es –debería ser- el contrario: explicar con nitidez las cosas que afectan al común para que pudiéramos decidir con un criterio más formado. Pero date, eso nos convertiría en más soberanos y menos masa. Luego no (les) conviene.

jueves, 14 de febrero de 2013

BRASEROS DE AUTOCOMPLACENCIA


Las voces llegan a mi habitación, levanto la persiana y observo una muchedumbre que grita frases que empiezan por NO. No a esto, no a aquello. Abro la ventana, me asomo y leo las pancartas. Todas, casi todas, empiezan por un NO. No a esto, no a aquello. Espero, cuando la manifestación (¿Desfile? ¿Procesión?) ha terminado me pongo el abrigo, hace frío hasta en casa, y salgo a la calle. No tengo un destino definido, camino, solo camino y miro los rostros de las personas con las que me cruzo. No percibo chispa en sus ojos, no intuyo un gramo de ilusión, camino. Pienso en alguna palabra que pudiera turbar esa triste sensación que no es tristeza sino desesperanza, una frase que pudiera romper esa monótona desazón que no es desazón sino derrota. Pienso, pero no doy con ella. Tengo las manos heladas, entro en un bar, necesito un café que caliente las manos y la garganta, una sonrisa que caliente el día.
A mis oídos llegan cenizas de una conversación que mantienen dos hombres y una mujer que comparten la mesa de al lado. No puede ser, dicen, no podemos seguir así. Me giro. La tele está encendida pero sin volumen. Un subtítulo enmarca las palabras inaudibles de la presentadora: los indignados toman nuevamente las calles.
Vuelvo a casa. Leo un periódico, me sobresalta el titular. En España hay más de 6 millones de parados, los mismos que había en Alemania, con una mayor población, cuando Hitler ganó las elecciones. ¿Es posible, me pregunto, que aquí, ahora, pueda ocurrir algo parecido? Me desasosiega la respuesta. La que doy a la pregunta y la que veo en la calle. Hartazgo de noes y de indignaciones, toneladas de rabia y miedo que de la mano provocan gestos temerarios pero solo gestos, miles de personas con la fuerza intacta pero sin saber hacia dónde, ni cómo dirigirla.
Veo también personas, organizaciones, que anticiparon esta situación, no son pocas, nunca estuvieron quietas. Antes fueron llamados catastrofistas, ahora, medio con orgullo por haber sido capaces de prever, medio con pánico ante tanta incertidumbre, se preguntan qué hacer. El problema es que se lo preguntan en cenáculos autocomplacientes, reductos en los que todos se dan la razón o se pierden en discusiones bizantinas, burbujas de corrección política en los que nadie se sale del librillo, pequeños braseros, abrigos raídos. A veces surge una respuesta y se ponen manos a la obra, pero tampoco esa obra sale del círculo. Mientras, en la calle, crece el hastío. Miro por la ventana. No la abro, hace frío.

Publicado en "Ultimo Cero" el 31-01-2013

sábado, 22 de diciembre de 2012

LA HISTORIA ES PLANA…EPPUR SI MUOVE

Nuestros padres eran más cerrados que nosotros y nuestros abuelos iban más a misa que nuestros padres. Así visto, así parecía, cada generación daba un paso más en una línea recta. Nos convencieron de que la historia permanece inmóvil y somos nosotros los que avanzamos sobre ella. Sin vuelta atrás, sin parapetar lo conseguido, sin miedo, por tanto, a perderlo, sin consciencia, sin memoria. De repente, vuelta atrás. Y ahora nos preguntamos cómo hemos llegado hasta aquí, hasta un punto desconocido que, sin embargo, se parece demasiado a lo descrito en las novelas del pasado. Fortunata busca en los contenedores mientras los hombres cercanos a Jacinta ejercen de dueños de todo, de todos y de todas.

Volvemos, digo. La parte de la sociedad que se denomina ‘indignada’ reclama algo tan ‘revolucionario’ como transparencia, exige algo tan ‘radical’ como que los gobernantes cumplan lo que proponen en los programas electorales, reivindica algo tan ‘rompedor’ como participar. Todo aquello que ya creíamos tener, todo aquello que nunca pensamos que se pudiera perder. De nuevo a la casilla de salida, de nuevo con la puerta cerrada. De nuevo a la calle para pedir lo elemental, un decálogo de buenas intenciones, no robarás, no matarás. Nada por soñar, nada por transformar. Demasiado y, a la vez, demasiado poco. Las mil revoluciones pendientes siguen pendientes porque, entre otras cosas, están en la carpeta de asuntos para más tarde, como si la historia fuera lineal, como si después de esto fuera a llegar necesariamente lo otro, como si no tuviésemos, ya, nada nuevo que decir, nada distinto que proponer, ningún camino más allá en el que luchar.  

Publicado en "Último Cero" el 22-12-2012