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Imagen tomada de www.zendalibros.com |
Los estudiosos de la hermenéutica tienen la difícil tarea de extraer de
los textos la información no escrita. Su labor consiste en bucear entre las
palabras para encontrar algún tipo de mensaje que ni los autores de los pasajes
que investigan tuvieron presente cuando los escribieron. Para realizar este
ejercicio de interpretación, el receptor del texto se introduce en la piel del
emisor tratando de, por ejemplo, conocer el contexto o averiguar las
motivaciones. Así, una parte de este estudio consiste en analizar en
profundidad el sentido de las palabras utilizadas. Visto de esta manera, cada
uno de esos vocablos transmite mucho más que lo que su estricto significado define.
Esta función, que parece propia de eruditos, debería sernos obligatoria
cuando, dispuestos a leer, nos encontramos con palabras en principio
desconocidas, con términos recién acuñados. Más aun si esas palabras, de
repente, aparecen una y otra vez como si fueran un producto patrocinado. Un
ejemplo de esto es ‘empleabilidad’. Este neologismo tiene apenas veinte años.
Inicialmente solo aparecía en algún texto escrito en jerga especializada. Ahora
se cuela por todos los lados. ‘Empleabilidad’ se puede definir como “La
capacidad de una persona de acceder a un puesto de trabajo, mantenerse en él y
reorientarse profesionalmente en otro…”. Un
análisis hermenéutico, sin embargo, nos diría que el uso de esta palabra va más
allá de su propia definición, que quien la utiliza está realizando una
declaración de principios políticos, poniendo de manifiesto una visión del
mundo que nos aboca a entender todo desde la perspectiva del trabajo. La
virtualidad del neologismo consiste en envolver dicha filosofía con un ropaje
novedoso para vender un mensaje interesado. Así, poco a poco, a la par que la
palabra se asienta en páginas, el mensaje invade territorios hasta llegar al
definitivo: la educación. De esta forma nos parece normal escuchar eso de
‘orientar la formación en términos de empleabilidad’; cuando, en realidad, ahí
se esconde una voluntad de achatar el conocimiento potencial hasta
circunscribirlo solo al territorio de la utilidad, como si las semanas del
futuro solo tuvieran las 40 horas laborables en vez de todas
sus 168. Con esa filosofía que parece sonar tan bien, casi sin darnos cuenta,
dejaríamos a un lado el concepto global de formación para convertir las
aulas en centros de adiestramiento.
Las palabras, nos dijeron, abren muchas puertas. Algunas, sin embargo,
parece que fueron inventadas para cerrarlas.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 16-11-2017
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