La ideología futbolística de Mourinho, el entrenador del Real Madrid, se sustenta en una reflexión similar, razón por la que se aleja de lo táctico para incidir en los resortes más oscuros de los seres humanos. Las dos caras, la exitosa como técnico y la desagradable como personaje, son de la misma moneda, una y otra se complementan para infundir miedo, para marcar territorio emocional y para condicionar a su favor todo lo que gire cerca de él. Tácticamente, ya digo, no es nada, entre otras cosas porque el fútbol le interesa bastante menos que su contexto o porque entiende que el fútbol es solo su contexto. Para que esta filosofía sea efectiva requiere de grandísimos futbolistas que, aunque colectivamente no propongan gran cosa, peleen sin desmayo, puedan resolver con una genialidad y tengan el olfato afilado para detectar sangre en forma de error del oponente. Así va ganando partidos y dejando a los rivales con la sensación de haber muerto sin saber ni cómo, ni por qué.
Años después, Subiela dirigió ‘El lado oscuro del corazón’, película prologada por unos versos de Dylan Thomas: «La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo». Mourinho los suscribe aunque su lectura sea antagónica a la del poeta galés. Mientras este deseaba, supongo, alargar la infancia hasta el infinito, el otro pretende atemorizar al rival con balonazos. Ayer casi no le sale. El Pucela, balón al suelo, templó y mandó. Aunque murió, sin saber ni cómo, ni por qué.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 09-12-2012
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