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Imagen tomada de devandhost.com |
Veamos
otro caso. Si lo que se encuentra en cuestión es la pertinencia del
endurecimiento del articulado del Código Penal para determinados delitos de
especial gravedad, a la manera de Godwin se podría sentenciar que “la
probabilidad de que te pregunten que qué harías tú si la víctima fuese tu hijo
tiende a uno”.
La
pregunta tiene un vicio de origen: presupone que la respuesta a un hecho
delictivo ha de partir de la víctima. Si así fuere, nuestro derecho no
diferiría del Código de Hammurabi. En cualquier caso, para que la cuestión no
quede en vacío, respondo. Si por mí fuera, si en mis manos cayese el individuo
que hubiera cometido alguna atrocidad contra mi hijo, yo sería aún más
inmisericorde que aquellas leyes mesopotámicas. Ahora bien, en este momento,
con distancia, sin calor, entiendo que una sociedad que admita la rabia y la ira
innatas de la víctima como el baremo de medida penal solo puede conducirse
hacia un abismo de violencia. Por eso, por salvaguardar los pasos que hemos
recorrido en el camino de la civilización, es bueno que existan instrumentos
que me defiendan de mí mismo, de lo que pudiera ser capaz en un caso tan
extremo. Por idéntico motivo, es profundamente irresponsable el tratamiento que
algunos programas de televisión realizan de los sucesos más escabrosos rascando
víscera y corazón, azuzando una mal entendida empatía que solivianta el ánimo y
desconecta la razón. Por lo mismo, y más agravado por la responsabilidad que
debiera ser inherente a su función, es dañino que el Gobierno, al albur de
hechos coyunturales, espolee esos ánimos previamente aventados proponiendo
medidas penales al ritmo de ese calor. Medidas cuyo único objetivo, como el de quien suelta la palabra ‘Hitler’ en
medio de una conversación, consiste en que no se hable de otra cosa para así
tapar sus propias miserias.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 08-02-2018
Gracias, un saludo.
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