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Foto El Norte de Castilla |
Empujar la enorme piedra
por la ladera con la
intención de subirla
hasta la cima. Una vez
logrado el objetivo, la piedra, cosas
de la gravedad, rueda cuesta
abajo hasta el pie de la montaña.
Y vuelta a empezar. Así una y otra
vez; así la sangre se pudre y el sudor
se derrama en una labor tan estéril
como absurda; así el ciego Sísifo gastaba sus días. Un mito de la
Grecia Clásica que sirvió de referencia
a Albert Camus para reflexionar
sobre el (sin)sentido de la
existencia. En ese subir la piedra
sabiendo que la propia naturaleza
impondrá su caída, en esa obligación
de emprender de nuevo la subida,
se muestra la consciencia de
lo absurdo de la vida. No es de extrañar
que la reflexión del filósofo
nos enfrente al abismo de nuestra
existencia, «No hay sino un problema
filosófico realmente serio:
el suicidio».
El caso es que por
uno u otro motivo –por más que
estemos condenados a madrugar
para ponernos temprano a empujar;
por más que el comer solo sirva
para reponer fuerzas y así continuar
elevando la pesada roca;
por más que el dormir solo responda
a la necesidad de descansar
para acumular fuerzas que
nos permitan volver a cumplir
con la fatigosa tarea– nos empeñamos
en mantenernos vivos.
El fútbol está muy bien inventado
hasta en sus menudencias.
Tras cada gol, el balón vuelve al
punto de inicio y desde ahí se ejecuta
otro saque idéntico al original.
De esta forma, se transmite
la sensación de un nuevo intento.
Hemos corrido, chocado, peleado,
saltado... y volvemos a empezar
para volver a correr, chocar,
pelear, saltar. Mata y Anuar,
como Sísifo, han visto rodar hacia
abajo la piedra del gol en contra.
De nada sirvió su trabajo previo.
Toca volver a empujar. El
uno, más viejo, agacha la cabeza
con aire de resignación. Volverá a
reemprender su labor pero parece
costarle encontrar la fe en que
el partido no será otro absurdo
más. El otro, observa el balón con
la misma tristeza con la que Sísifo,
desde arriba, veía la piedra
caer. Una tristeza de rostro alto,
la que ve los azotes de la vida
como un simple contratiempo y
muestra el deseo de reemprender
otro intento que aún cree que
será el definitivo. Tiempo habrá,
pero bueno será que el Pucela
acepte el consejo que el poeta
griego Píndaro se dio a sí mismo
y que Camus recoge para introducir
su obra: «No te afanes, alma
mía, por una vida inmortal, pero
agota el ámbito de lo posible».
Publicado en "El Norte de Castilla" el 10-02-2018
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