
De repente, ya en
Barcelona durante el día señalado, la gran riada. Decenas de miles de personas
toman las calles hasta convertir estas en verdaderas ramblas humanas, en
torrentes de niños, abuelas y viceversa. Tiras la caña y escuchas. Lo que podría parecer una masa homogénea
de personas sugestionadas por algún chamán se abre en un abanico de aspiraciones diversas e incompatibles.
El futuro nunca perfecto de unas personas nada tiene que ver con el que exponen
otras y, sin embargo, todas están allí, paseando al sur de la Diagonal.
De alguna manera, unos y otras
han aparcado la tensión interna para un hipotético
momento posterior; de momento, una aspiración común conforma, vista desde fuera, una tan aparente como
falsa uniformidad. Han escrito un discurso cuyas ramas enlazan con el mismo tronco
que sirve para dar sombra a aspiraciones diversas, un relato, y de ahí su
potencial creciente, que engloba
muchos relatos y que se narra en términos constructivos. Ya no es 'no queremos' sino
'hacemos'.
Un 'hacemos' que
entronca con una realidad que acosa por arriba y se muestra a la defensiva por
abajo. El progresivo proceso de desarticulación social que comenzó en los
ochenta ha generado una sociedad de ganadores y de perdedores, cierto, pero
sobre todo ha abierto una enorme brecha de inseguridad, de incertidumbre, en
toda la capa intermedia. Todo es fugaz y los miedos nos atormentan. El recurso
habitual, el que lleva años tomando cuerpo en Europa, consiste en
encastillarse, en fruncir el ceño, en todo lo contrario a 'hacer'.
Más
adelante será lo
que tenga que ser, pero, en estas condiciones, esa forma de 'hacer' no podrá ser frenada con 'no proyectos', con más de lo mismo. Aviso a navegantes: imponer no valdrá.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 13-09-2018
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