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Foto "El Norte" |
De niño, como casi todos, fantaseaba con ser futbolista, con
que lo era. Tanto en los partidos mixtos que jugaba en los recreos con mis
compañeros de escuela, como cuando pateaba el balón solo en el corral de casa,
narraba -de forma desmesuradamente hiperbólica, claro- mis hazañas. Así, el
patio de la escuela bien podría ser Maracaná y el disparo contra la trasera
cualquier martes a las seis y pico de la tarde, el lanzamiento a puerta en el
último minuto de la prórroga de la final de un Mundial que España acababa de
ganar con ese postrer gol mío. Más aun cuando el ayuntamiento mandó hacer al
herrero un par de porterías reglamentarias y las colocó bien asidas al suelo en
un terreno frente a las escuelas. La ilusión se nos desbordó, fue tan grande como la frustración sobrevenida el
maldito día que el ayuntamiento, por la denuncia de una medio rica de la
comarca que tenía unas tierras al lado de nuestro ‘estadio’, hubo de
retirarlas. Nunca insulté, ni lo volvería a hacer, con tanta rabia, desde tan
dentro, como cuando, al poco, ella pasó a mi lado con su coche.
- ¡Ladrona de porterías!
Frenó y me comí -tragando toda la bilis como guarnición,
pero era una persona mayor y habíamos aprendido que no se les debía contestar-
la reprimenda.
-
Y se lo voy a decir a tu padre –concluyó.
Mi padre me riñó por la convención, así tenía que hacerlo, pero
en realidad la liviandad de la bronca me dejó claro que en el fondo me daba la
razón.
Con porterías o sin ellas, jugaba fantaseando y relataba la
fantasía. Pero algo, una circunstancia, me
desasosegaba: ¿cómo harían los profesionales para que les salieran tan bien las
repeticiones? Yo, por más que lo intentaba, no conseguía que dos tiros fueran
al mismo sitio y ellos, todos, eran capaces de hacer una y otra vez exactamente
–a veces más deprisa, a veces más despacio- lo mismo.
Otra cosa me sorprendía, cómo, siendo capaces de aquello tan
inverosímil, era posible que luego errasen en circunstancias mucho más
proclives. No lo entendía. Cogía el balón, me colocaba a unos diez pasos de la
portería –o de lo que de ella hiciese- y, a diferencia de Cardeñosa frente a
Brasil, siempre metía gol pese a los intentos de cualquiera de mis amigos.
Cuando ellos lo intentaban, el resultado era irremisiblemente el mismo. Gol.
No lo entendía aunque algún mayor me respondió con una frase
enigmática. “Hay que estar ahí”, repetía sin aclararnos qué diferencia podía
haber entre ahí y aquí si el balón era igual de redondo y la portería igual de
gigantesca.
Verde, aunque haya sido niño mucho después que yo, a buen
seguro que lustró su infancia con fantasías similares.
Él, sin embargo, está más cerca de hacerlas reales. El árbitro ha pitado
penalti cuando el partido está concluyendo y su equipo pierde. Toma el balón, lo mima, lo acaricia como si fuera su propia
cabeza de niño. Fija la mirada. Conoce la importancia de romper una mala
dinámica, tiene presente que los cinco anteriores terminaron mal. Es su
momento. En su cerebro va relatando la jugada. Últimos minutos, Verde se
dispone a lanzar el penalti, toma carrerilla…
Publicado en "El Norte de Castilla" el 18-03-2019
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