![]() |
Imagen tomada de diariodesevilla.es |
Quiso el azar que una noticia recentísima haya venido a apostillar la
reflexión expuesta en el artículo que publiqué en este mismo espacio la pasada semana. Entonces, mis letras incidían en la necesidad de que la política penal
tuviese un componente que sirviera para resarcir a las víctimas por el daño
recibido pero que no podían ser estas las que, en función de una ira y una
rabia naturalmente humanas, marcasen las pautas de lo escrito en los códigos.
Que de avanzar por ese camino llegaríamos al lugar en que la venganza se
convertiría en la dovela central del edificio del derecho. Un territorio
embarrado del que logramos -lograron nuestros antepasados- salir tiempo atrás.
Una noticia, decía, ha vuelto a poner el foco en el mismo punto: el
Tribunal Europeo de Derechos Humanos condena a España por trato inhumano y
degradante a los terroristas de la T4. Los hechos nos remiten a 2008. Entonces,
Igor Portu y Mattin Sarasola, acusados como responsables de la explosión de una
furgoneta bomba en uno de los aparcamientos del aeropuerto de Barajas por la
que murieron dos personas, fueron detenidos. Posteriormente denunciaron los
hechos que ahora dan lugar a la sentencia. Y choca. Choca que quien es capaz de
atentar contra otras vidas se pongan en manos del derecho para defender la
integridad de la suya. El resorte mental salta y, con un “más hicieron ellos”,
nos sitúa en posición de justificar aquel trato que condena el TEDH. Pero
conviene frenar el muelle. Por más que hicieran, responder así nos convertiría
en ‘ellos’ y si hemos reprochado, o mucho más que eso, su forma de hacer es por
no compartirla. La sociedad tiene otros medios distintos y salirse de esos
márgenes es abocarnos a ser lo mismo que decimos despreciar.
Existe, además, otro factor que va más allá de cualquier debate moral.
Tiendo a desconfiar del poder, de cualquier poder. Una desconfianza que parte
de la certeza empíricamente comprobada de que quien lo detenta siempre, si las
circunstancias lo requieren, está dispuesto a llegar al límite de lo que le es
posible. Minusvalorar, naturalizar por el desprecio que nos puedan producir
estos denunciantes, lo que el TEDH ha considerado “trato inhumano y degradante”
es abrir una puerta peligrosa, la de la impunidad de quien tiene en su mano el
monopolio de la violencia.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 15-02-2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario