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Imagen tomada de elcorreo.com |
Miro. En una plaza que puede ser cualquiera de cualquier ciudad, tres
chavales, dos chicos y una chica, se encuentran sentados en un banco. Sus culos
reposan sobre la parte alta del respaldo; los pies, en la zona destinada a los
culos; sus torsos, levemente inclinados hacia adelante; las piernas, juntas y
la mirada, como abstraída, dirigida a sus manos con las que sostienen un móvil.
Detrás, un bar, uno de los bares de los que conocen la contraseña para acceder
al wifi.
El mundo, todo su mundo, parece, eso creemos, que se esconde debajo de
esa pantalla. Parece, eso pensamos, que cada cual está a lo suyo como si fueran
tres entes aislados. De vez en cuando, sin embargo, alguno levanta la cabeza,
sonríe e, inmediatamente, el resto ‘complicea’ sonriendo. Al rato, otro miembro
del grupo se gira hacia los otros dos, toca la pantalla del móvil y les muestra
el descubrimiento.
Miro, digo, y me resulta extraño su comportamiento. Al fin y al cabo, la
única vara de medir es la comparación conmigo cuando transitaba por su edad y
nada, al parecer, insisto, tiene que ver.
Escucho. La gente de mi generación cae -caemos- en la tentación de los
viejos: explicar a los jóvenes qué y cómo tienen que hacer las cosas. Intentar,
entendiendo que es lo óptimo, que sean como nosotros pero sin cometer las
equivocaciones que cometimos. Craso error. Cabe, en todo caso, ayudar en el qué
para que elijan el cómo o colaborar en algún detalle del cómo si han elegido el
qué. Y con modestia, porque ellos y nosotros, en lenguaje, tenemos poco que
ver. Son extranjeros de nuestro territorio analógico. Somos extraños en su
mundo digital. Sí, por más que no empeñemos, su lenguaje, para nosotros, será
aprendido, nos manejaremos con frases sencillas de sujeto
verbo y predicado.
Hemos sido protagonistas del mayor cambio en la historia de la humanidad.
Antes, siglos atrás, una generación era igual, o casi, a la anterior. Ahora,
entre las tres-cuatro generaciones que han realizado el tránsito del siglo XX y
esta de principios del XXI no existen casi puntos de semejanza. Al
parecer, recalco, porque al fin y al
cabo todos los humanos hemos buscado a lo largo de la historia, de una u otra
manera, más o menos las mismas cosas.
Pienso. ¿Cómo educar a mi hijo? Caigo en que ni mi madre ni mi padre me
enseñaron a usar un ordenador y, sin embargo, aprendí todo de ellos.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 30-11-2017
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