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Imagen tomada de publico.es |
La realidad demoscópica es tozuda. La tendencia general en esta parte del
planeta que llamamos ‘occidente’ camina en dirección al pasado, y no
precisamente a lo mejor del pasado. En este embarrado escenario en el que la
incertidumbre, una incertidumbre que bien podría ser un eufemismo del miedo, se
ha convertido en la banda sonora que nos acompaña, se manejan con soltura las
opciones que llamamos ‘de derechas’, y no precisamente lo mejor de las
derechas. No es de extrañar.
En estas, en periódicos y revistas se suceden sesudos artículos o en los
anaqueles de las bibliotecas aparecen profundos libros proponiendo reflexiones sobre
qué ha ocurrido. En todos ellos existe un denominador común que nos muestra un
reflujo social auspiciado por ese miedo en busca de una mayor seguridad.
En estas, lo que llamamos ‘izquierda’ empieza a constatar que emprendió
un camino y se olvidó de mirar a su espalda, que su pensamiento y sus
correspondientes propuestas fueron avanzando sin percatarse de que lo que
dejaba atrás no era terreno conquistado sino un espacio desguarnecido.
Sustituyó las preocupaciones por el comer por otras igualmente legítimas,
igualmente necesarias. El error, claro, no fue abordar estas, sino ‘sustituir’
en vez de complementar. De esta manera, perdieron las luchas abandonadas y con
ello, mientras litigaban en otras batallas, fueron conscientes de que con aquel
abandono minoraron sus capacidades. Así, ni una ni otra, de derrota en derrota.
El error, claro, comenzó cuando esta izquierda pensó que la historia era lineal
y que lo conquistado era irreversible.
Pero era tan reversible que podemos ver al calendario caminando hacia atrás.
No, insisto, no es España, no solo España. La sociedad occidental se encuentra como
un adolescente tras una mala noche. Quiso salir en busca de experiencias,
desoyó las recomendaciones y ahora busca acomodo bajo el edredón con cara aún
de miedo, un ojo morado y una resaca demoledora. Un edredón, claro, como
refugio; una cama, claro, en casa de los padres. Ese edredón en el que nuestras
sociedades buscan refugio se llama ‘nacionalismo’, una vuelta a casa, un
regreso en busca de la parte de seguridad que proporciona el recuerdo del
estado-nación, un retorno del ‘ciudadanos del mundo’ al ‘yo soy español,
español –o lo que sea en cada sitio-‘, un viaje a la cueva, un acomodo en la posición fetal. Un territorio esencialista propicio para
la hegemonía de las ‘derechas’, y no precisamente lo mejor de las derechas.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 22-02-2018
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