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Imagen tomada de elpais.com |
La sangre de la que nacimos nos vuelve a dar vida. Las calles de nuestras
ciudades, venas de agua, vías de tránsito entre dos puntos de la nada cotidiana,
las mismas que parecían muertas o aletargadas, vuelven a ser espacio de encuentro
y reivindicación, a mostrar pulso y aportar impulso. En ellas se oye de nuevo
el ruido propio de miles de personas que no quieren callar más. Voces que ya
saben que el silencio suena a un dejar hacer, que han comprendido que quien
detenta el poder confunde –-siempre y de forma intencionada–- el ‘callar’ con
un ‘otorgar’ que entienden a su favor. A su favor y en beneficio de quienes no
necesitan gritar para ser escuchados en Palacio porque los palacios son suyos.
Ellas, la sangre de la que todos nacimos, tomaron las calles el ocho de
marzo. Millones de mujeres, de voces, de experiencias, de formas de sentir; millones
de aspiraciones, mitad comunes, mitad diversas; millones de mensajes a veces
contradictorios pero suyos, de ellas, de todas ellas, que denunciaban lo que
nosotros ni hemos sido capaces de ver. La fusión de todas esas voces nos pide
abrir los ojos y derribar esos esquemas mentales con pirograbados de un mundo
macho. Como hijo, exmarido, pareja, amigo… me siento interpelado. Quiero seguir
escuchando para seguir aprendiendo; quiero seguir aprendiendo para seguir
creciendo.
Ellas y ellos, las manos agrietadas que nos acariciaron, nos enseñaron a
caminar y pusieron los libros entre las nuestras; los brazos cuarteados que
trabajaron desde la infancia para respaldar la supervivencia de sus familias, que
siguieron trabajando de adultos para mantener a su prole y que, al llegar a la
edad que les permitía dejar de trabajar, se vieron obligados a sostener a esa
misma prole -apenas hace de esto cuatro días- cuando eso que llamaron crisis
esquilmó el resultado de su trabajo de toda una vida; la
sangre sobre la que se cimentó el crecimiento y el bienestar de esta España;
las caras ajadas que pensábamos que tenían fuerza para soportar todo lo que les
echasen encima; han dicho basta. A fuerza de tirar, se ha roto hasta la cuerda
de una paciencia infinita. No son migajas lo que piden, porque mientras ven
como sus facturas crecen, las pensiones
no lo hacen en la misma proporción. Y así, un año tras
otro. Estas generaciones que levantaron un país no han aguantado que les echen
la culpa.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 15-03-2018
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