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La democracia no es más que un, por más que complejo, simple
ejercicio de abstracción a la manera de un mapa: un papel en el que se han
trazado líneas y escrito indicaciones que nos sirve para tener una somera idea
de dónde nos encontramos, para saber cómo movernos dentro de un determinado
territorio si queremos avanzar hacia algún sitio. Un papel que se conserva en
la medida en que es cierta la relación entre el dibujo y la realidad, entre lo
que entendemos y lo que es. Si, cuando creemos estar a punto de alcanzar una
plaza arbolada tras haber seguido las directrices pautadas en el mapa, nos
encontramos en un gris callejón sin salida, maldecimos en alto, hacemos del
papel una pelota y la pateamos. La democracia es así de delicada, cuando el
trazo deja de representar la realidad, la desconfianza hace nido en el hueco. El
plano se vuelve papel inútil y nos colocamos al albur de cualquier patada que
lo lance a la nada.
No es España un país en el que la tradición democrática sea
secular. No. Llegó, como a casi todo en los últimos tres o cuatro siglos, tarde
y a remolque. Un par de generaciones no son suficientes para consolidar una
cultura, por eso, cuando el trazo del mapa falla, cuando las instituciones
defraudan las expectativas, el riesgo va más allá de lo aparente.
Viene esto a colación del traído asunto del máster de
Cristina Cifuentes. Se señala en este caso como significativo el hecho de que el
currículum de la presidenta madrileña aparezca hinchado por un título que parece
que ni cursó. Siendo así, sería poco más que una triquiñuela, una forma de
adornar su biografía. Pero no, la gravedad no se encuentra en que aparezcan dos
o tres líneas más en su expediente académico;
el riesgo parte de la constatación del abuso de poder, de la caprichosa
e inicua utilización de una institución, la Universidad, para conseguir fines
ilegítimos.
No olvidemos, sin embargo, un detalle. El mapa de la
democracia no se delinea a secas desde las instancias políticas, no es una
gracia conseguida, sino el resultado de un empeño colectivo. Se cuenta que en
Alemania o en Inglaterra, ante una situación semejante, el político cazado
hubiera tardado dos minutos en dimitir. Es cierto, pero no porque los políticos
sean mejores. Sencillamente no habría ninguna parte de la sociedad que
aplaudiese al ínclito cazado en renuncio. Así, sin miedo a modificar el mapa, es
como este no pierde valor.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 12-04-2018
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