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Imagen tomada de 20minutos.es |
No existe frase que haya sido preámbulo de más tormentas que
“esto no es lo que parece”. Digo preámbulo y no desencadenante ya que esa media
docena de palabras, en realidad, no desencadenan nada de nada, simplemente
aparecen en el interregno entre el hecho descubierto y sus previsibles
consecuencias como una torpe petición de tregua, como forma de ganar ese tiempo
necesario para encontrar una excusa barata. No suele surtir efecto, lo evidente
de la escena suele dejar poco margen para que el subterfugio consiga que amaine
la sucesión de rayos y truenos que se ciernen sobre la sala. Más aún, no suele surtir efecto porque la
persona agraviada con lo que acaba de descubrir no se halla muy por la labor de
creerse ninguna patraña. En efecto, más que por la verosimilitud de la
historieta, el asunto acaba de mejor o peor forma en función de la voluntad de
la persona agraviada por creerse la milonga; una voluntad que depende -entre
otras cosas- de las consecuencias que crea que tenga para ella, de cómo se
ajuste el relato al estilo de vida que lleva, que pretende seguir llevando.
Tengo la sensación, no encuentro otra explicación, de que
como sociedad nos hallamos en ese mismo punto: escuchamos de los dirigentes
políticos continuas mentiras y, de entre ellas, nos creemos las que más se
ajustan a lo que previamente pensábamos, las que refuerzan nuestro ‘tener
razón’. No hablo de mentiras
emocionales, sirva como ejemplo la generación de expectativas que el ponente
sabe falsas, no. Me refiero a mentiras factuales, a argumentar con base en hechos que ni
ocurren, ni han ocurrido, pero que se toman como ciertos. ¿Y cómo consiguen esa
aparente hipnosis colectiva? Creando mentiras a medida del escuchante, lanzando
bulos que sirvan al colectivo al que se dirigen para fortalecer su
argumentario, trolas que reforzarán la apariencia de ‘tener razón’ frente a las
personas que en mi entorno piensen de manera diferente.
En su momento pensé que sería una idea estupenda, con la
cantidad de medios con los que hoy contamos para confirmar o desmentir
afirmaciones, que estaría muy bien un programa de entrevistas -en tele o radio-
con escudriñadores de las palabras, con un personal revisando instantáneamente
cada afirmación y rebatiéndola cuando lo dicho sea falso. Al poco me di cuenta
de que tal intento no tendría ningún sentido. Cada cual, me temo que excepto
una minoría, se cree lo que a priori está dispuesto a creerse, aunque vaya
después de un “esto no es lo que parece”.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 07-03-2019
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