El entusiasmo, la ilusión, las ganas y el tesón son buenos aditamentos, pero no pueden ser la sustancia de nada. Sin un proyecto que las respalde, componen un ejercicio de voluntarismo que arrastra a la impotencia, a la desesperación, a las prisas por llegar a un destino que se emprende desconociendo el camino. El «échale huevos» que se oye en las gradas sirve cuando hay un cómo; las gónadas, sin plan, son un colgajo inútil para este menester. De hecho no es discutible el esfuerzo -otra cosa es la calidad- de la mayoría de los jugadores, lo que no han conseguido ha sido saber qué tenían que hacer. Sin estilo definido, ha sido imposible generar dinámicas, crear automatismos, buscar complicidades. Si la alineación variaba de un día a otro, si el estilo de quienes entraban era el opuesto al de los que salían, se convertía en quimérico que el guiso posara. Ahí, en la ausencia, habita la madre de un fracaso que en esta ventanilla no se mide por los resultados. Al fin y al cabo, en cualquier faceta de la vida, nada existe que garantice la consecución de algún logro. Las tres noches sin dormir del estudiante suelen, salvo milagro, terminar en suspenso. El de Rubi ha sido mayúsculo. Finalizó el examen y sigue sin responder a la pregunta sobre el fútbol que propone.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 14-06-2015
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