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Imagen tomada de Abc |
El próximo martes, ni te cases ni te embarques, se activarán por tercera
vez en la historia del Parlamento español los mecanismos que ponen en movimiento
una moción de censura. Como en las dos anteriores, la censura solo llegará de
palabra porque, a efectos prácticos inmediatos, nace condenada a convertirse en
un apunte en el cuaderno de bitácora del Congreso. Como en las dos intentonas
anteriores, por tanto, el objeto de quien presenta la moción, Unidos Podemos en
este caso, no será derrocar el gobierno, los números cantan, sino sembrar para
recoger más adelante.
Tanto González en el 80, como Hernández Mancha en el 87 quisieron mostrar
sus credenciales como alternativa solvente. Ambos consiguieron la unanimidad
pública: con el primero, tanto propios como extraños se percataron inmediatamente
de que más temprano que tarde saldría elegido presidente; en el segundo, todos también,
percibieron la imagen de un sepulturero empeñado con cada palabra en hundir un poco
más el azadón en su propia tumba.
Las reacciones ante apuesta de Iglesias serán diferentes. Él mismo es
consciente, supongo, de que no ocurrirá ni una cosa ni otra: recabará encendidas
alabanzas de los suyos, a la par que hiperbólicos vituperios provenientes de los
ajenos. Después se votará y seguiremos en las mismas. Así las cosas, cabe
preguntarse por la pertinencia de la moción. La respuesta queda envuelta en el
vestido de las dudas. Aun entendiendo que es insostenible un gobierno que, más
allá de la corrupción económica que rodea al partido que lo sostiene, pretende
apropiarse para su beneficio de diversas instituciones del Estado, no parece
que este debate le vaya a provocar siquiera un rasguño. El día después, Rajoy
podrá seguir alentando esa imagen de no enterarse de nada de la que tantos
réditos obtiene.
En estas condiciones, la moción inofensiva tiene un triple sentido
interno y un gran objetivo externo: por un lado, asumir un protagonismo que
afiance a su organización, consolidar un liderazgo que soterradamente se empieza
a cuestionar y aglutinar para cohesionar después unas huestes que muestran
síntomas de dispersión; por otro, retratar al PSOE para darle el mordisco
necesario y así adelantarle cuando las urnas se vuelvan a abrir. Que Pablo Iglesias
lo consiga es otro cantar cuya letra solo se desvelará en los próximos meses.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 08-06-2017
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