![]() |
Imagen tomada de theaustralian.com |
Los Mamoudou Gassama son negros, negros. Sociológicamente,
negros, negrísimos. Tan negros que se mimetizan con la noche para volverse
transparentes como estrategia para evitar ser, siquiera, percibidos. Porque
ser, lo que se dice ser, son; son porque piensan y viven, son tanto que cada
minuto están obligados a pensar qué hacer para parecer que no son, a vivir sin
que se perciba que viven.
Bajo la piel de Mamoudou Gassama, el concreto Mamoudou
Gassama, circula un torrente de sangre roja, roja. Sangre viva que aún no se
‘ahorchatado’ por los efectos narcóticos de nuestra civilización. Sangre
instintiva que le urge a acudir en auxilio de quien lo necesita sin parar a
decidir si el acto entraña algún riesgo o no, si es peor el remedio que la
enfermedad, si no será mejor grabarlo para conseguir seguidores en las redes
sociales.
Mamoudou Gassama, el concreto Mamoudou Gassama, en una
antesala del Palacio del Elíseo, espera una llamada para acudir al encuentro
con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien quiere reconocerle su
heroico gesto otorgándole la carta de nacionalidad y un trabajo. Vamos, todo lo
que días atrás ansiaba. Aun así, en esos instantes de demora, un poso gris le
amargaba la saliva. No entendía muy bien qué había de extraño en aquel trance.
Le consideran un héroe pero, él, al fin y al cabo, solo hizo lo que tenía que hacer.
Pensaba en sus amigos, en su familia, en
los otros Mamoudou Gassama, condenados a
mantenerse como sombras. Aceptar, tal vez, sería una forma de traición. Un
héroe no seré, pero gilipollas tampoco. ¿En qué les ayudaría negarme? Lo
entenderán.
Micron -¿o era Macron?- sonríó mientras le felicitaba.
Francia, -dijo-, no puede dar papeles y bla, bla, bla. Pero este caso es
excepcional. Ha hecho méritos -parece querer explicar- para merecer ser
considerado de los nuestros, de los visibles, de los que no se tienen que
esconder.
A Macron -¿o era Micron?-, entre miles de felicitaciones, le
han acusado de mostrar la mala conciencia de Europa. Pero que va, si hay algo en
esta parafernalia es transparencia, una nítida demostración del paradigma que
paulatinamente se ha impuesto. Uno entre millones es capaz de salir de la
miseria a la que parecía predestinado, uno que se convierte en símbolo de que
es posible salir del infortunio. A él, micrófono, propaganda; a
los demás, silencio. A la próxima, en vez de pedir dignidad en forma de
papeles, habrá que reclamar niños colgados del barandal de un balcón para
todos.
Publicado en "E Norte de Castilla" el 31-05-2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario