![]() |
Foto "El Norte de Castilla" |
No solo; cuando andaba alguna clase por cobrar, me fiaban las bravas o la tortilla que mataban el hambre: “ya me lo darás”. Escucho a gente reclamándose orgullosos de que nadie les haya regalado nada. Desconfío. Que nadie te haya dado nada es, de por sí, un desdoro. Quien tal afirma nunca hizo mérito para recibir, nunca nada va a ofrecer.
La ciudad sin bares es un espacio triste, un escenario
aséptico, fantasmagórico. Deambulamos sin hacer parada en un espacio común.
Común, comunicarse. Todos cerrados a la vez supone lo dicho y un drama
económico; el cierre de cada uno, un pellizco emocional. A ello ya íbamos: cada
día había un bar menos. La pandemia solo ha acelerado un proceso inexorable: la
desaparición de los locales de corto y chato; su sustitución por otros mucho
más impersonales.
Sea la lágrima por uno de ellos: Juan, el del Medayo. A su
vera y a la de Charo empecé a desentrañar los hilos que componen un barrio.
Alguna pena y mucha hambre calmé gracias a ellos en la calle Perpendicular. La
enfermedad le hizo dejar el bar, ahora nos ha dejado él.
Se acabó Juan. Se acabó, Juan. Ojalá tras la vida hubiera un
sitio en que pudieras recibir lo que ofreciste. No acabaría.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 18-11-2020
No hay comentarios:
Publicar un comentario