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Foto "El Norte de Castilla" |
Tras el fallecimiento de mi tocayo el dibujante Quino, proliferaron las imágenes de su más icónica creación: Mafalda. En muchos casos, tal vez por el momento de duelo, le acompañaba una frase de ese estilo atribuida a la niña, “detengan el mundo, que me bajo”. Tiempo atrás, el propio Quino apuntó que se trataba de una viñeta adulterina; su Mafalda, la genuina, nunca hubiera deseado dejar el mundo. Su potente curiosidad, su visión crítica de la sociedad, eran causa y efecto de una monomanía: la pretensión de que el mundo mejore.
A otro icono del siglo XX sí que le podemos asignar un
“paren el mundo que yo me bajo”. Pero claro, todos sabemos que a Groucho Marx
no se le podía tomar demasiado en serio. O tal vez en este caso sí. Al fin y al
cabo, su nombre, Groucho, nos orienta por este lado: significa Cascarrabias.
Más adelante, el cantautor Víctor Manuel, se apropió del
mismo instrumento verbal, pero lo hizo en lenguaje condicional: en el amor y en
la guerra está todo permitido y él, en una de sus letras, pretendía camelar a
alguna moza haciéndole ver que sin ella la vida carecería de sentido.
El mundo no se está quieto, pero si existe un momento en que
la sensación se parece bastante al tiempo detenido, este se produce en el
instante previo al lanzamiento de un penalti en un partido de fútbol. Todo es
expectación y expectativa. Hasta que se produce el golpeo. En el caso de ayer,
Masip, vencido a un lado, solo pudo observar el desenlace de lo inevitable. El
mundo comenzaba a girar pero con peor aspecto para los intereses del Real
Valladolid: el poco tiempo que faltaba, lejos de convertirse en una espera para
certificar el trámite de la victoria, amenazaba con una tormenta de las que
dejan secuelas. No fue y no hubo que lamentar más daños al menos en lo
numérico, pero si en Villarreal las sensaciones finales atenuaron el hambre de
puntos, ayer ocurrió justo lo contrario: se sobrevivió pero (casi) nadie quedó
satisfecho.
Cada cambio era un paso atrás, cada decisión de Sergio era
una pistola que apuntaba al propio pie. Algún conspiranoico podría encontrar
argumentos para justificar la teoría de que Sergio se quiere ir. Por extensión,
en su chaladura, podría referir la actuación de Unai Simón: el portero del
Athletic, consciente de que también son candidatos a descender, se dejó batir
para que la agonía de Sergio se prolongue y así obtener ellos un beneficio a
medio plazo. Evidentemente esto es tan imposible como que el mundo frene. Lo
seguro es que lo que se detiene, al menos por un par de semanas, es la liga y
con ella el ruido en torno al Pucela. O tampoco.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 09-11-2020
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