martes, 13 de diciembre de 2016

CANASTA DE CONCEIÇÃO

Quizá fuese el silencio más estruendoso de la historia del deporte. El uruguayo Ghiggia, cuando comprobó que Barbosa, el portero brasileño, en su intento de cerrar la línea de pase, había dejado al descubierto un espacio entre él y el primer palo, golpeó virulentamente el balón que terminaría alojándose en la red. Maracaná, 200.000 personas, que eran todo Brasil, festejando lo que a buen seguro habría de ser, súbitamente calló.
Esa máquina brasileña de hacer fútbol hubiera tenido suficiente con un simple empate: aquel partido no era propiamente una final del mundial, sino el último encuentro de una liguilla de cuatro, un simple formalismo previo a la recepción de la copa de campeón. No es que lo esperado fuese la victoria, es que el público asistió para celebrar el avasallamiento a los uruguayos. Obdulio Varela, el ‘Negro Jefe’ de la celeste, así lo reconocía: “…si ese partido lo jugábamos otras 99 veces las perdíamos, pero ese día nos tocó el cien”.
Tras ese gol, el segundo de los charrúas que servía para remontar el tanto inicial brasileño, otro negro, el portero Moacir Barbosa, dejó de existir en la memoria de sus compatriotas. “Llegué –explicó después- a tocarla y creí que la había desviado al tiro de esquina, pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar hacia atrás”. A partir de ese gol, el desprecio cubrió su vida.  “En Brasil, la condena máxima es de 30 años. La mía fue perpetua”.
Aquel episodio de 1950 fue denominado, y así quedo grabado para la posteridad, como el ‘Maracanazo’. Desde aquel momento en que dos negros se repartieron la gloria y el vilipendio, cualquier resultado trascendente en el ámbito deportivo que contradiga los pilares de la lógica, más aun si ocurre en la casa del favorito derrotado, adquiere con carácter definitivo un nombre propio rematado con el sufijo ‘azo’.
Cuarenta y dos años después, la selección española de baloncesto se aprestaba para competir en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Esa generación de jugadores había conseguido inundar España de baloncesto, eran casi los mismos que ocho años antes, en la final olímpica de los Ángeles, habían retado a la selección norteamericana del propio Michael Jordan. Pero los años habían pasado y no en vano. El 31 de julio era la fecha señalada para enfrentarse a la ‘débil’ Angola, la perita en dulce del grupo. Los angoleños habrían de pagar los platos rotos de las derrotas previas frente a Croacia y Alemania.

Angola era África y África no era nada. Es cierto que, cosas de la vida y de la posguerra, en 1949 una selección africana, la de Egipto, había conseguido alzarse con el título de campeona de Europa de selecciones de baloncesto pero aquello había ocurrido en la prehistoria. Tan era así que aquel campeonato sui generis se celebró en El Cairo y solo participaron siete selecciones entre las que se encontraban Líbano, Siria, Turquía y el propio equipo anfitrión. Es cierto, igualmente, que eran multitud los africanos que habían destacado en diversos ámbitos deportivos. Sin ir más lejos, en el propio baloncesto, el nigeriano Hakeen Olajuwon era una de las principales figuras. En otros casos, el colonialismo rompía determinados orígenes como en el caso del futbolista Eusebio da Silva quien es considerado – pese a haber nacido en Maputo (Mozambique) y tener allí todas sus raíces- como el mejor futbolista portugués de la historia.
Pero una cosa era que hubiera deportistas de renombre y otra que un equipo pudiera hacer frente a las potencias europeas. Eso no estaba escrito. Que Angola fuese la campeona de África era poca cosa, al fin y al cabo, los equipos africanos tenían poca tradición –de hecho, la mayor parte de sus países no existían como estado hasta hacía cuatro días- y eran considerados rivales de menor entidad. Pero ese día los Epi, Villacampa, Jiménez o Biriukov, vieron como un grupo desconocido de africanos comandado por Jean Jacques Conceição bien secundado por Guimaraes y Dias se fue imponiendo hasta concluir el partido con una diferencia de veinte puntos. El Palau Olimpic de Barcelona, como antaño Maracaná, escuchó el silencio producido por ese ‘Angolazo’.
 La selección española no se clasificó para la lucha por las medallas y tuvo que jugar el partido por el noveno puesto frente a… Angola. En esa revancha, los jugadores españoles, debía ser que habían digerido mal el primer trago, rozaron lo extradeportivo. Ese día, el propio Conceição relató que "no ha sido un partido de baloncesto, sino de fútbol americano". España se impuso por tres puntos en un partido demasiado accidentado cuyo colofón fue una pelea al finalizar el partido. Un partido que puso fin a una generación de extraordinarios jugadores españoles y marcó el fin de ciclo de Antonio Díaz Miguel al frente de la selección, un campeonato que marcaría el comienzo de una hegemonía en el baloncesto africano: la de la selección angoleña que, salvo una, la de 1997, ha disputado todas las finales de los doce campeonatos africanos celebrados desde entonces, imponiéndose, además, en nueve de ellas.

Publicado en la revista UMOYA 

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1 comentario:

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