
En la mismísima Francia, hemos comprobado como -a la vez que los viejos
órganos (políticos) se han ido atrofiando al no haberse mostrado útiles para desarrollar
las funciones que se les requería- han surgido nuevas plataformas o se han
fortalecido otras que parecían menores. Las dos personas que aspiran a ocupar
la presidencia son reflejo de a esta mutación orgánica aunque cada una de ellas
aporta una respuesta diferente a la misma situación. Mientras Macron es el vino
nuevo en odres viejos, la nueva cara de esas fuerzas de la naturaleza política que
no cuestionan los equilibrios previos; Le Pen es el vino viejo en odres nuevos,
la respuesta atrabiliaria a los miedos y desamparos que otra vez vuelve a
sufrir la sociedad.
Los franceses, la mitad de ellos que no ha votado ni a uno ni a otra,
tienen que elegir entre la política que ha generado la situación actual o la
respuesta más ofuscada, entre las causas o la enfermedad, entre mantener el
sistema o abrir las puertas al neofascismo.
Contra las causas, por difícil que sea dejar un vicio, se puede seguir
trabajando; la enfermedad, sin embargo, puede ser irreversible. Por muy lejos
que esté políticamente de Macron, la izquierda francesa cometería un acto de
irresponsabilidad si se coloca de perfil, si permite que en esta función se
cree un órgano pernicioso. Hay momentos en que la dejación solo sirve para
esconder la mayor cobardía.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 27-04-2017
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