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Imagen tomada de afp.com |
No recuerdo ni a quién ni donde leí aquella frase que en sus
pocas palabras concentraba toda una lección de historia: “Cuando la Revolución
Francesa se hizo, la Revolución Francesa ya estaba hecha”. Vamos, que ese decenio comprendido entre 1789
y 1799 no fue sino el corolario de una serie de procesos que se fueron
alargando a lo largo de la segunda mitad siglo XVIII; que aunque marquemos la
imagen de la Toma de la Bastilla como ese punto académico que pone fin al capítulo del Antiguo Régimen
y abre la Edad Contemporánea, fueron las razones aportadas por los Ilustrados
las que socavaron el viejo edificio. La Revolución no fue más que el viento que
derrumbó un edificio previamente carcomido. Si un periódico de aquella época hubiera tenido a bien entrevistar a Diderot o Montesquieu,
sus contemporáneos, para leerla, habrían tenido que avanzar hasta las páginas
de la sección de Cultura. En las de política, mientras tanto, habrían ido dando
cuenta de las pequeñeces del día a día. Hoy, aquellas menudencias de la
política cotidiana nos resultan apenas intrascendentes; tomamos por ciegos a
quiénes no fueron capaces de entender que se acababa el mundo en el que vivían
-ejemplificado por ese “si no tienen pan que coman tortas” atribuido a María
Antonieta meses antes de perder literalmente la cabeza-, de forma que actuaban
como si nada fuera a cambiar nunca, como si las estructuras fueran eternas,
imperecederas y entendemos que en las páginas escritas por aquellos autores es
donde se hablaba de política en mayúsculas.
Me viene esta imagen a la cabeza cuando tengo frente a mí
imágenes del Parlamento y del Tribunal Supremo. Con la debida distancia, que por
supuesto es enorme, tengo la sensación de que estamos -de nuevo, como siempre-
más pendientes del ruido que hace el árbol cuando cae que del silencio con el
que crece la hierba.
El ruido está en ese banquillo en el que se sienta una
docena de políticos catalanes; en las hirpebáricas declaraciones,
concentraciones y demás que parten de esa derecha escatológica; en los fuegos
fatuos provenientes de un gobierno que desde cerca huele a muerto. La hierba
que creció en silencio es una desafección con difícil arreglo. Media sociedad
catalana, en silencio, al margen de los ruidos del día a día, se ha ido
constituyendo en sujeto político. Quienes de forma justiciera andan deseando
una sentencia ejemplar –dicho así como eufemismo de dura- se alegrarán si una
resolución así se produce sin ser conscientes de que ese texto sería abono para
el césped.
De no hallarse solución, dentro de unos años alguien
levantará acta: “Cuando la independencia de Cataluña se hizo, la independencia
de Cataluña ya estaba hecha”. Que coman tortas, se oirá decir de fondo.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 14-02.2019
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