martes, 30 de enero de 2024

TAMBORES Y VIOLINES

El refranero, en cuanto acúmulo de «sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios» si damos por buenas las palabras que Cervantes escribiera para que su Quijote las proyectara hacia la posteridad, se enriquece paulatinamente absorbiendo las imágenes que cada presente difunde. El fútbol, religión profana del siglo XX, mercancía invasiva e invasora en el XXI, no podría quedar al margen de esta recopilación de sentencias, habría de reclamar un espacio, un renglón, en el que copar protagonismo. Y encontró su hueco en el refranero precisamente debido a que la extensión del fenómeno futbolístico no dejaba a nadie indiferente. Así, «de futbol y de medicina todo el mundo opina» nos recuerda la facilidad con que se nos calienta la boca para sentenciar sobre materias de las que, creyendo controlar, desconocemos hasta los rudimentos. Pero creemos saber y respondemos con la misma suficiencia con la que contesté a un camarero que nos atendió el día que, en un viaje a Roma organizado por los Hermanos de San Juan de Dios con motivo de la beatificación de Benito Menni, puse el pie en Italia. Viendo mi plato vacío tras haber engullido algo que me recordaba una tortilla francesa aplanada, se aprestó para recogerlo.

–Ha finito?

Creí entender, claro. La traducción de la palabra resultaba evidente. La soberbia adolescente, y mi particular voracidad, consumó la escena.

–La 'veritá' es que sí, que era 'molto finito il tortillo', ¿podría repetir?

El mismo Pucela 'finito' que supo a poco en los partidos precedentes, prácticamente repitiendo alineación, ha ensanchado hasta proponer frente al Racing un menú sustancioso. Se atribuye a Albert Einstein erróneamente –al parecer, la frase apareció por primera vez en 1983 en la novela 'Sudden Death'de la pensilvana Rita Mae Brown– una definición de locura: «hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes». La damos por buena olvidando que el agua y el viento, insistiendo en su inexorable comportamiento aparentemente inocuo, logran desgastar las rocas más firmes por más que estas, envanecidas, desprecien el soplido inicial o las primeras gotas que les caen. ¿Será erosión lo que busca Pezzolano con su insistencia? No parece que haya contado con tiempo suficiente para que la machaconería cause mella en los rivales. ¿Qué ha cambiado pues? Con todas las dudas que me genera esta sensación de no entender nada, me atrevería a apuntar que la separación de los instrumentos musicales. En vez de pretender armonizar el equipo mediante la fusión de los sonidos de percusión y cuerda, tambores y violines se han dispuesto en tiempos diferentes. Con rock duro de inicio, el Pucela se impuso en cada disputa. De esta manera, arrastrado el balón a las inmediaciones de la portería rival, cualquier accidente en forma de gol habría de ser, y fue, a su favor. Estadística, lo dicen. El Racing, sobrepasado, encontró en el vestuario el tiempo y la palabra para acompasar la respuesta:apretaron el pie en la contienda. Igualaron, lo cual siempre aporta un prurito, una ventaja. Entendieron que la pieza no modificaría la estructura. Erraron. Pezzolano intrudujo los delicados violines y el sonido del Pucela, acariciando el oído de los propios, derribó, al modo de las trompetas de Jericó, los muros santanderinos.

Moro, violín, trompeta y martillo pilón, desvencijó el armazón una y otra vez. El regate que dio origen al tercer gol, néctar prerrogativa de unos pocos. Otra modificación: los mismos recursos que en la izquierda se acumulaban como adornos estériles, semejan ahora, por la derecha, letales cuchillos. Falta por saber si Pezzolano persistirá o recambiará el cambio para volver al Pucela 'finito'.

Publicado en "El Norte de Castilla" el 30-01-2024

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