Foto: Pablo Gallardo/Factoría 9
Un dúo hasta entonces apenas
conocido más allá del sevillano barrio de Triana irrumpió en la escena musical
patria adobando el flamenco clásico con sazones propias de otros géneros
pujantes en aquella actualidad. Remozándolo, vamos; lo que –asimilando el
aforismo de Gustav Mahler, «la tradición no es la adoración de las cenizas,
sino la preservación del fuego»– supuso dotar de nueva vida a la esencia del cante
jondo. Desde ese momento, el icónico año 75 en el que presentaron su primer
disco, Lole y Manuel copan ineludiblemente algunas páginas del acervo musical
patrio. A ellos les debemos melodías que, al menos a quienes desarrollamos
nuestra infancia o juventud en los estertores de los setenta, en los
encarecidos ochenta, aún resuenan en nuestra memoria. De repente, un resultado trunca
la tan aciaga como resbaladiza racha negativa del Pucela, siente que el
panorama disipa la negrura, adivina algún tono cálido y, sin más,
instintivamente tararea «todo es de color, todo es de color». ¿Qué se va a
hacer? Nos deja una muestra más de esos ataques de bipolaridad inherentes a los
futboleros que nos trasladan tan presurosamente de la desesperanza a la euforia
como nos devuelven en un recorrido inverso al punto de partida.
Me arranco con la letra: «Todo
el mundo cuenta sus penas/pidiendo la comprensión. /Quien cuenta sus
alegrías/no comprende al que sufrió». Freno súbitamente. Por ahí, no. Puede que
al lamento, con demasiada frecuencia, no le falte razón; pero no en este caso.
La alegría en casa del pobre, huelga decir que el Pucela lo es, además de durar
poco, no aísla, no anula el entendimiento, la comprensión de un dolor que nos
acompañó, que se agazapa ahora esperando la segura oportunidad de volver. Quizá
por eso se celebra más, por falta de costumbre, por la capacidad de valorar ese
esqueje de alegría, por si se aleja la nueva ocasión.
La canción prosigue con una
encomienda al «Señor de los espacios infinitos», una advocación, en este caso
sí, muy oportuna. En Ceuta –mire usted por donde, ciudad en la que nació
Manuel; además de intérprete, el autor de la canción– el Pucela espantó temores
galopando sobre el inacabable descampado sito tras la espalda de la defensa
'caballa'. Una vez su equipo adquirió ventaja, Tevenet, ¿reminiscencia de sus
tiempos al rebufo de Simeone?, dispuso 'atortugarse', esconder la cabeza bajo
un caparazón. El equipo ceutí, necesitado, ansioso, desguarneció –paradójico
tratándose de la ciudad que se trata– la retaguardia. Chuki, erigido en ese
'Señor', atendió la súplica derramando, en vez de «la paz que tiene entre las
manos», la pericia con la que golpean a la pelota sus pies. Su juego enseña «lo
bello de la vida», ayuda como «consuelo en todas las heridas». Y eso que ha
sufrido en silencio –«el cardo siempre gritando/ y la flor siempre 'callá'»–
demasiados banquillazos por dictamen técnico.
Aquel primer disco de Lole y
Manuel que incorporaba el 'Todo es de color' se tituló 'Nuevo día'. Ojalá estas
dos palabras revivan como una metáfora premonitoria.
Publicado en El Norte de Castilla el 18-01-2026
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