martes, 25 de agosto de 2026

SI DURA, NO SE TRATA DE UNA FLOR

 

Foto: Carlos Gil-Roig


La potente voz de Rocío Jurado elevó a una cima musical la canción compuesta por Manuel Alejandro 'Se nos rompió el amor'. En ella, la intérprete chipionera refiere los detalles de una relación sentimental que se difumina, describe los límites temporales de una pasión amorosa en primer lugar con una aséptica expresión prosaica, sin adornos, «las cosas tan hermosas duran poco», posteriormente engalanando la misma percepción con una elegante metáfora, «jamás duró una flor dos primaveras».

En ambas frases, el autor reduce la certeza de dicha fugacidad a las emociones deseables. No cualquier cosa se apaga rauda, él se ciñe a asegurar tal peculiaridad tan solo de las hermosas, de las flores. Al final, nada que no supiéramos, medio milenio antes, Jorge Manrique había escrito «Cuán presto se va el placer». El placer. El resto, lo desagradable, lo desdeñable, puede encontrar acomodo definitivo a nuestra vera. Si acaso, irse poco a poco, alejarse sin prisa.

El juego del Pucela no puede, ni por Manuel Alejandro ni por nadie, definirse como una flor. Por eso, el doliente desempeño blanquivioleta pervive sin aparente interrupción. La afición –de nuevo se superará ampliamente la cifra de 20.000 abonados– ansía el fin del oscuro peregrinar, fantasea con que tampoco duren más las circunstancias carentes de belleza, suspira añorando pretéritos más o menos idealizados. Pero los cauces se secan en cuanto la pelota se pone en marcha. El Mallorca, por gallito; el Eibar, por gorrión, han esterilizado sin apenas dificultad los esfuerzos blanquivioletas por truncar una hiel que amenaza con perpetuarse.

Dos partidos, cero goles. Cero ideas. Existen miles de maneras de no marcar a lo largo de un partido. La que hemos visto del Pucela se sustenta en la notoria ausencia de ocasiones. Ocasiones inviables por incapacidad de mostrar siquiera un plan. En un momento ya final del partido, un rótulo de la retransmisión indicaba que el Valladolid había efectuado cinco lanzamientos a puerta. El Eibar, uno. Y fue gol. Atendiendo a esos datos, podríamos pensar –si no hubiéramos visto el partido– que la derrota nació envuelta en una anomalía estadística, en uno de esos ardides con los que el fútbol nos sorprende cerrándose con resultados incomprensibles dado el desarrollo de los juegos. Pero no. El Eibar, en aquel momento, había disparado una sola vez, pero de verdad. A los cinco del Pucela, la locución 'salva de artificio' les resulta excesiva. Ni pirotecnia. A los números en fútbol les sirve el aforismo de Juan Carlos Onetti en su novela 'El pozo': «Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos».

A diferencia de la derrota en Mallorca, esta en el feudo armero duele porque la comparación obliga a rebajar alguna expectativa. El Pucela tiene por delante una labor –tomando el epíteto utilizado por Michaleen Flynn en la película de John Ford 'El hombre tranquilo'– homérica. Urge armarse de esa tranquilidad, sorber dosis de paciencia, y desear, una vez pasen los meses, escuchar a 'álguienes' reprocharme con un «Joaquín, te precipitaste. Tenemos la flor. Y durará».



Artículo publicado en El Norte de Castilla el 24-08-2026

 

martes, 18 de agosto de 2026

SIN EMBARGO, AQUÍ ESTOY

 

Foto: Factoría 9

Recién registrado el Mundial -la futbolera hipertrofia de los nacionalismos de cualquier laya- en los anales de la historia, sin apenas tiempo para el sosiego, sin cuerpo para digerir el comienzo, sin clima propicio para adecuar cabeza y contexto, una porción de la rutina irrumpe importunando la placidez estival: el fútbol cotidiano embiste en medio de agosto para recordarnos una finitud que de sobras conocemos. El fútbol acomete de forma tal que se precipita contra sí mismo; se obliga a comenzar cuando las plantillas no se han cerrado, cuando no ha habido (o no se ha encontrado) siquiera margen para la pertinente inscripción de jugadores. Huelga recordar que arremete contra sí mismo en su empeño por adueñarse hasta de los menores resquicios para expandir un negocio que desprecia los límites. Los puntos, con cuerpo o sin él, con plantilla cerrada o a medio pespunte, contarán lo mismo cuando se complete la suma.

El citado Mundial, incluso para quienes se amparan en el tópico de los veintidós tíos en calzoncillos, ha mostrado el poder simbólico -el poder del poder- del fútbol. Ya en aquel deseo aparentemente inocuo de “separar política del deporte” encontramos la primera trampa: el poder reside en quienes detentan la potestad de trazar la frontera entre lo que la política engloba y lo que permanece fuera. Además, el fútbol por sí solo expresa el sentido de las realidades en las que se enmarca: relata líneas de geopolítica, informa sobre cada tiempo concreto (el levantamiento porque sí de la sanción al estadounidense Balogun reverbera un pasado que creímos haber abandonado, épocas pretéritas en las que lo arbitrario no necesitaba disimulos; la imposición de los cuatro tiempos para distorsiones publicitarias…). También explica la pequeña política de cada territorio, los resortes que articulan el poder económico: la Segunda División española explicó la temporada pasada la separación, Madrid al margen, entre centro y periferia. Los tres clubes ascendidos más los tres que accedieron a la promoción se sitúan en provincias con mar; los cuatro descendidos se asientan en territorios interiores.   

El Pucela, aspirante a todo, conseguidor de nada el curso pasado, enfoca la presente temporada, al menos debería, con las orejas tiesas. Escriben los teóricos sociales que cada dos o tres generaciones, tras la desaparición física de los testigos, en el momento en que la memoria colectiva olvida una tragedia, cuando el dolor propio se transforma en una evocación etérea de los nuevos protagonistas, la vulnerabilidad retorna. Pocos en Valladolid recuerdan el paso del equipo por la tercera categoría, tanto que ni el riesgo se tenía en cuenta. Imposible, pensaban, pensábamos. Hasta que la temporada pasada dio el primer aviso. El primer aviso y una muestra significativa: el Zaragoza. Aunque, advierten en los pueblos, de poco vale: “nadie escarmienta en cabeza ajena”.  A ver si la experiencia, el miedo reciente, dota al grupo de cautela, no vaya a ser.  

En Mallorca se escribió un primer capítulo que se celebra por haber aguantado a un favorito. Primera lectura: favoritos son otros; o sea... Segunda: tan baja se situaba, al menos de momento, la expectativa que una hora sin recibir se asume como buen síntoma. Una hora sin recibir y todo un partido cual martillo de plastilina sin siquiera poder amenazar.

Alguna temporada atrás, en inicio en fechas semejantes, utilicé la celebración católica de la Asunción, la elevación al cielo en cuerpo y alma de María como alegoría de la aspiración blanquivioleta. Esta, más medroso, me acerco al día posterior, el de San Roque, para recurrir a esa copla tradicional que el Nuevo Mester de Juglaría popularizó: “Arrímate a mi viña que soy San Roque, que si viene la peste que te toque”.

Claro que en la leyenda de este santo del siglo XIV se puede leer que, cuando le acechó la misma enfermedad que a otros él sanaba, un perro le acercaba mendrugos de pan para que se alimentara. Un animal al que la tradición le convirtió en protagonista de un trabalenguas: “el perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Ramón, pero en este caso Martínez, cortó de cuajo cualquier aspiración pucelana. Un mal día. 

Tampoco -insisto, es el primer día- el Pucela ha de permitir a la cautela convertirse en amilanamiento, al riesgo en inmovilidad. A lo mejor, así, “cantando al sol como la cigarra” de la canción de Mercedes Sosa, “después de un año bajo la tierra” entona ufano “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí; sin embargo, aquí estoy, resucitando”.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 17-08-2026

 

 

miércoles, 1 de julio de 2026

RETORNO PARA MIRAR ADELANTE

 

Foto: Rodrigo Jiménez

Calor. Exceso de calor. Mataría -metafóricamente, aclaro como necesidad en estos tiempos en que ningún nivel de burrada puede dejar de tomarse en serio-, mataría, digo, a quienes asocian ‘calor’ con ‘buen tiempo’. En mi cabeza, la correspondencia siempre fue otra: la establecida entre ‘verano’ y ‘pueblo’. Las visitas en otra época del año se convierten en leves digresiones, silencios de apenas unas horas, comas en la oración del año, pausas breves para dar y recibir esas sonrisas que, pese a mantenerse presentes desde la infancia, necesitan apuntalarse.  

 

En verano muda la consideración. El regreso -porque no se trata de un viaje sino de un retorno- no se encamina a un lugar, se ramifica hacia diversos tiempos del atrás. Cada rostro con el que topas, cada rutina en la que te acomodas, cada fecha que transcurre, la fiesta de tal o cual pueblo, lanza una mirada hacia atrás en la que te reconoces. Una mirada que, pensaba, te acercaba al pasado; que, en realidad, te aleja del presente, te muestra el camino transitado. Por ti mismo y por el barco en el que viajamos, por este mundo en el que zozobran todos los círculos concéntricos. Un apego que me posibilita conocer raíces, un arraigo al que impido refugiarme en la identidad.  

 

No sé si por más o menos días, tornaré a ese tiempo de viejas reglas, de decoros añejos. Veré a mi madre y me acordaré del día que un concursante en la televisión ignoraba una respuesta que ella conocía. ¿A qué van a la tele si no saben algo que sé hasta yo?, -preguntaba-. Por dinero o por salir en la tele, -respondió mi hermano-. Pues yo -sostuvo ella- ni por todo el oro del mundo iría a quedar como una ignorante delante de toda España. 

 

Por más o menos días, como Rantés, el protagonista de la película de Eliseo Subiela ‘Hombre mirando al sudeste’, me quedaré quieto, con la mirada perdida en el infinito, intercambiando información siquiera conmigo mismo. Llorando las sucesivas Venezuelas. La vida, la muerte, la vida. Aprendiendo que la naturaleza no sorprende porque sorprende despiadadamente con inusitada frecuencia. El presente espera.   

Publicado en El  Norte de Castilla el 30-06-2026

miércoles, 17 de junio de 2026

BAJAS MIRADAS

 

Foto: Ep

Se acabó la guerra entre los Estados Unidos e Irán. Al menos, ambos países han anunciado un acuerdo. Una buena noticia, un rictus de preocupación. Que se detengan las hostilidades, a excepción de para quienes sustentan riqueza y poder en el negocio armamentístico, supone motivo de regocijo. Pero el contexto, ay, el contexto, impide la celebración. Por un lado, la historia de la cabeza imperial -y la de su aliado en estas contiendas- demuestra una desacomplejada adicción bélica. Por otro, se mantiene vigente la alerta que el presidente de China, Xi Jinping, anunció al de los Estados Unidos, Donald Trump: ‘La trampa de Tucídides’, la explicación del historiador griego que 2500 años atrás relató cómo el progreso de Atenas/China generó el miedo de Esparta/Estados Unidos desatando la Guerra del Peloponeso. Acaba la guerra, pero no la sensación de que asistimos al preámbulo del abatimiento de un nuevo Francisco Fernando, al instante previo a la chispa que detonará la hecatombe. Eso sí, cosas del corrimiento de los poderes, el baleado no será archiduque ni europeo.

A otro nivel, bajando la mirada, el teatro patrio sustenta sus representaciones en el triste desempeño de los correspondientes representantes -los depositarios del poder ejecutivo y sus entornos- ante sus representados. ¿Qué les queda a estos cuando pretenden defender electoralmente un modelo garantista de estructura social cobijadora? La antisepsia, en estas circunstancias, resulta demasiado insuficiente ante heridas extensas y profundas. Lamentable orfandad. ¿A quién votan quienes consideran desalmada la expulsión masiva de emigrantes, los pacientes oncológicos que temen los abrazos de dirigentes locales con los Mileis de turno, las apologías de las teologías de la prosperidad?

La mirada más abajo nos presenta a un Mañueco presidencial. Entusiasmo de la nada, no solo por la continuidad sino por la asunción de que no aspiramos a más que la gestión de esa nada. Tan nada, que la propia población, aun consciente de ella, la sigue eligiendo ante su alternativa de menos que nada.

Quien ha reclamado alzar la mirada, el papa Prevost, tuvo que marcharse abrumado de España. A nadie complació, todos le aplaudieron. Al menos, ninguno le acusó de pretender dividir esta comunidad en dos con la elección del nombre pontifical: mucho mejor hubiera sido Castilla y León XIV.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 16-06-2026

miércoles, 3 de junio de 2026

LA NOTA DE CORTE

 

Foto: José C. Castillo

Una nota, un número adosado, una aspiración viva o un anhelo que se desvanece. Una centésima delinea la frontera entre un éxito o un fracaso autoinfligido. La Selectividad -perdón, hablo en pesetas- como linde inexistente entre la dicha por poner el pie en la carrera que a buen seguro (de eso me han convencido, en eso he construido el relato de mi futuro) me garantizará la felicidad y la desventura de sentir el fracaso, el amargor de asumir una vida, de tan distante a lo soñado, un poco ajena. Una presión insoportable. Una competencia contra sí mismo -surgida de un modelo que casi desde la cuna nos configura con las etiquetas ‘winners and losers’, ganadores y perdedores- con poder destructor. Como si supiéramos, con la vida recién estrenada, dónde únicamente sí merece la pena y dónde solo cabe la resignación.    

‘Winners and losers’ para todo, tiempos donde los ‘losers entre los losers’, los que a simple vista discuerdan de lo que el imaginario define (impone) como ‘ser de aquí’, no caben en el territorio. El ‘winner’ por acogerse a una ‘prioridad nacional’ acota un primer rechazo que le permite mantenerse en el equipo ‘de los buenos’ junto a una mayoría. Se erige exponente de esa mayoría inicial a la que se le pretende instalar una mentalidad de víctima para que reaccione ofendida ante la minoría excluida. La historia recuerda que, posterior e inexorablemente, el pretendido ganador tornará a perdedor de consecutivos repudios. Así, quienes gracias a ellos alcanzaron el poder, planteando otra acotación de ‘prioridad’ que sonará bien aún a muchos, aplicarán a los ahora señalados las mismas recetas que, mirando hacia abajo, ellos habían exigido antes para otros. Ha sido así tantas veces… Niemöller, ¿recuerdan? Primero fueron tales, pero yo no era. Círculos concéntricos que solo preocupan cuando desaparece el trazo del que nos cobijaba por detrás.  Prioridad nacional, bosquejo de un ‘nacionalindividualismo’, un lazo ficticio de identidad que encubre el ‘sálvese quien pueda’. Una planta que crece fertilizada por el nitrógeno procedente de la inmundicia de un presente que, en los espacios de decisión, apesta.

La chavalería atosigada ahora por la Selectividad tendrá la siguiente palabra. Suerte.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 2-06-2026

 

martes, 2 de junio de 2026

FIN…POR FIN

 

Foto: Marian León


Semana arriba, semana abajo, en idéntica tesitura, el año pasado por estas fechas me acordaba de mi tío Pedro, el cura hermano mayor de mi madre que, aprovechando el descanso veraniego, sustituía al párroco titular. Recapitulo: tan larga y tediosa resultaba la liturgia eucarística por él celebrada que los feligreses, como respuesta a la despedida «podéis ir en paz», circunscribían el 'demos gracias a Dios' a una exclamación de alivio, a un clamor de desahogo, a un ostensible 'gracias a Dios' que aunaba el compromiso de aguantar hasta el final con el afán de que terminase. 'Gracias a Dios' podemos replicar al silbatazo del árbitro que dio por concluida esta temporada, la segunda de la agonía; como lo pudimos exclamar tres fines de semana atrás cuando el Pucela –'¿habrá otro –entre sí decía– más pobre y triste que yo?'– 'el rostro volvió y halló la respuesta' en ese Zaragoza que recogía las hierbas que los blanquivioletas arrojaban. Desde entonces, tres partidos, tres celebraciones ajenas, que hemos sentido como tres responsos añadidos a la inmisericorde temporada. Tres semanas de nada, para nada y por nada... por nada más que cumplir el expediente, para evitar así los preceptivos castigos por incomparecencia limitando la presencia a lo somático, lo estrictamente corpóreo. Porque de aquello de 'en cuerpo y alma' como alegoría del esfuerzo, del compromiso, poco quedó tras aquel partido referido, tras aquel suspiro que espantaba al miedo. Desde entonces, la afición del Pucela permanece callada. Y en este caso no cabe inferir que el que calla otorga. Más bien, el silencio es la respuesta. La respuesta por lo pasado, la tensión de la expectativa por lo venidero.

 

Así, desenganchados de la tensión presente, pendientes de todo menos del fútbol, el mutismo solo se rompe con grotescos lamentos a peripecias irrelevantes ajenas al propio devenir del equipo. Sea como ejemplo que el copresidente haya tenido que justificarse por acudir a un estadio para disfrutar de un partido ajeno a los del Pucela. Una protesta, minoritaria, pero protesta, que cuestiona más la situación que el hecho concreto. No deja de ser una réplica de lo mil veces ocurrido: si el equipo sobrepasa las expectativas, el aficionado se fotografía con el futbolista que se encuentra de fiesta a las tantas de la madrugada en vaya usted a saber qué local; si se amontonan las derrotas, se acusa al jugador –entre calificativos más sonoros– de mercenario. Resulta difícil encontrar un terreno en el que la inestabilidad emocional se prodigue tanto como en el fútbol. Acudiera para disfrutar de otro equipo, para acompañar a otra persona o confundido por un sintagma polisémico (al escuchar a Mbappé hablar de 'cuarto delantero' pudo creer que, en vez del escalafón atacante, se refería a la más sabrosa de las partes en que se divide al lechazo), Solares –agua o terrenos destinados para edificar– asistió a donde le pareció, porque quiso y sin cometer, que se sepa, delito alguno.

Volvamos a lo sustantivo, al fútbol en este caso. La temporada ha ofrecido una barbaridad de limones. En estos casos corresponde preparar una limonada. Es lo que hay y desde aquí se parte. Lo demás, será engañarnos. Al punto final del episodio de la temporada le sucede un punto que esta vez no deberá ser ' y seguido' sino 'y aparte'. Conviene reflexionar antes de continuar con la escritura.

Por mi parte, un placer compartir esta ventana con ustedes. Cada jornada, cada temporada.... Y van dieciocho. Nos hacemos viejos.


Artículo publicado en El Norte de Castilla el 1-06-2026

 

martes, 26 de mayo de 2026

CONVIDADOS… Y DE PIEDRA

 

Foto: Carlos Espeso


Pues de la misma manera y por idénticos tres motivos que apenas una semana atrás celebré que una afición –por más que no la nuestra– festejara, corresponde alegrarse siquiera un poco por la visión del rebosante regocijo de una multitud de aficionados –y no tanto– al fútbol; en este caso de la hinchada del Deportivo de la Coruña. Sea también enhorabuena.

 

La casualidad ha unido en el ascenso a dos clubes cuyas últimas y pertinaces peripecias se han desarrollado en terrenos alejados de los de sus mejores días. Una circunstancia que resalta otro valor del fútbol; además del arraigo social, propicia un enraizamiento generacional: cualquier logro retrotrae a otros momentos históricos, a cuando los padres eran los hijos; los abuelos, los nietos; aquella gente, nosotros.

También es casualidad –y esta tal vez nunca se haya producido– el hecho de que los dos equipos que han dejado atrás la arena de esta traicionera Segunda División hayan dado el último paso en dos semanas consecutivas y frente al mismo rival. Vaya, que desde la perspectiva pucelana, se ha contemplado la imagen de los propios ejerciendo sin solución de continuidad la ingrata labor de convidados de piedra. En realidad, este papel de invitado inerte, que asignara Tirso de Molina en 'El burlador de Sevilla' a Gonzalo de Ulloa, se ha repetido con demasiada frecuencia a lo largo de la temporada. Al menos, este pétreo Gonzalo blanquivioleta, si no pudo enviar a ningún don Juan a ningún infierno, recobró en algún momento algo de aliento, el suficiente para sobreponerse a la agonía, para sobrevivir aun siendo consciente de que la travesía del desierto puede alargarse mucho más de lo inicialmente previsto. Mucho mejor, claro, que ceder el esqueleto para festín de buitres, chacales e hienas.

El campo poco ha mostrado más allá de lo previsible en un partido en el que el mejor contiende con una aspiración y el peor abdica ante la ausencia de propósito. Tanto que se ha limitado a cumplir con la obligatoriedad de presentarse a unos partidos que le sobraban. No cupo ni la posibilidad de que el paso del tiempo se aliase con ese peor, huelga aclarar que es el nuestro, atenazando el sistema nervioso del aspirante: con el partido apenas estrenado, el Deportivo ya había anotado el relajante gol. No cupo ni la posibilidad de contemplar el juego de Carvajal, el chico que debutó con gol en el último partido en Zorrilla, que apareció en el once inicial en Santander y que hoy ha tenido que esperar al descanso para recibir el plácet que le permitiera jugar.

Aquel tanto ilusionó, pero requiere confirmación. No vaya a ocurrir como a un paisano, un chaval –ya no tanto– de cuyo nombre no quiero acordarme que en un partido ante el equipo de un pueblo vecino salió a jugar los últimos minutos. Según se reanudó el encuentro, le llegó un balón botando, lo pateó con todas sus fuerzas, la pelota golpeó el travesaño por abajo y se incrustó en la portería. Mientras todos cantábamos el gol, él se fue al banquillo solicitando ser cambiado. Ante las miradas de extrañeza, comentó: «si no juego más se van a pensar que soy bueno». Carvajal obviamente apunta a poder serlo. Mejor será para él y para el Pucela de la temporada que viene, «pero –como repetía el cantinero Moustache en la película dirigida por Billy Wilder 'Irma la Dulce'– esa es otra historia».

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 25-05-2026

miércoles, 20 de mayo de 2026

LA REPRODUCCIÓN DEL GATOPARDO

 

Foto: Valerio Merino


Alguna vez llegué a pensar que mi generación -entendida esta en sentido amplio- podría atribuirse la mayor quiebra generada entre dos antecesoras. No tanto por la presunción de una significación histórica, por esa visión que coloca nuestra realidad en el centro de cualquier encrucijada, sino porque engulló una serie de revoluciones tecnológicas -ese tractor que determinó el éxodo rural-, de cambios socioeconómicos que configuraron un mundo alejadísimo del que habían vivido nuestros padres cuando se convirtieron en nuestros padres. Tanto, que entendimos que sus conocimientos poco podrían acompañarnos en nuestra peripecia vital, más industrial, más urbana, más ilustrada… más democrática. Asumimos inmodestamente que no se produciría un desenganche similar con nuestros hijos. Error, para variar.

Con observar a mi hijo, a su entorno, con escucharlos; con leerlos y analizar siquiera someramente sus anhelos, sus miedos, sus cosmovisiones, se constata la colosal grieta que nos separa. Nos creímos distintos por reformular nuestro mundo previo; ellos ni reformulan, crean uno diferente: se relacionan distinto, han modificado códigos gastados. De primeras, se han reducido a casi nada las relaciones intergeneracionales, los espacios de encuentro. Nos supusimos comienzo de algo, asumimos ahora el rol de bisagras.  

Desde nuestra atalaya catalogamos a las personas de esta nueva generación -también tomada en sentido amplísimo- como débiles y acríticos, como ‘de cristal’. Simplemente su realidad es más compleja, carecen de ese centro de gravedad permanente que reclamaba Battiato. Tendemos a explicar su mundo sobre las bases de lo que fue el nuestro, a creer que sirve lo que nos sirvió cuando el capital reclamaba más personas formadas en derecho, medicina, ingeniería, arquitectura… de los que la élite económica disponía. Una coyuntura que propició una cierta permeabilidad social, una porosidad ahora apenas perceptible.

Diógenes de Sinope, que vivía en una tinaja, tenía que salir con su candil a la calle en busca de un hombre honesto y honrado; con las nuevas tecnologías, ya no tan nuevas, se han generado tinajas tan enormes que contienen miles de mundos, no hace falta calle. Universos que, por desconocimiento, no me atrevo a juzgar. Eso sí, me temo que el gatopardo se sigue reproduciendo. El poder se adapta siempre.  

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 19-05-2026

lunes, 18 de mayo de 2026

OTRAS VECES FUIMOS NOSOTROS

 

Foto: César Ortiz-Factoría 9

Celebro la alegría desbordada del mundo racinguista, más que nada porque ensalzo el valor en sí de la alegría, la alegría en sí como valor. La simple constancia de su existencia endulza el desarrollo vital de cualquiera: siempre, incluso cuando uno siente que habita en sus antípodas, cuando cada uno de sus antónimos –de la tristeza al desconsuelo, de la pena a la desolación– se apodera de nosotros, el agarradero de la alegría posible, el soporte de la alegría que fue, nos permite soportar fatigas, sobreponernos a penalidades. Con frecuencia recordamos –y le otorgamos categoría de argumento de razón– aquello de que 'la esperanza es lo último que se pierde'. Bien, la alegría potencial, la certeza de su existencia, la confianza de que algún camino nos permitirá toparnos con ella, conforma el circuito eléctrico que alimenta la bombilla de esa esperanza. Y no conviene que esa luz se apague.

Celebro, decía, la alegría desbordada del mundo racinguista primero por ellos. No sobran, de hecho nunca sobran, imágenes de gente expresando su júbilo. Disfruten, nunca se sabe cuándo habrá una nueva ocasión. Segundo, porque participar en una competición deportiva supone asumir euforias y decepciones; la alegría de otros, desde este prisma, muestra la esencia misma del juego, del fútbol; implica la pervivencia de un hecho que nos apasiona, también en las malas. Sea enhorabuena pues. Y finalmente porque otras veces fuimos nosotros los que nos revestimos de entusiasmo. Porque su dicha presente nos rememora aquellos momentos, porque su entusiasmo reabre el anhelo de repetir aquellos 'días de vino y rosas' por más que seamos conscientes de su carácter efímero, por más que Ernest Dowson dejara escrito que «No duran mucho tiempo, los días de vino y rosas:/ como desde un vago sueño/el camino surge un instante, luego se pierde/ en el interior de un sueño», por más que Jack Lemmon y Lee Remick dirigidos por Blake Edwards desarrollaran, en la película así titulada, la transmutación de la ventura en pesadilla. En paralelo, y esto puede servirnos de consuelo, tampoco se eterniza el llanto; aunque a veces sea la propia asunción de una realidad prolongada la que propicia una inopinada calma. Incluso, pequeñas, casi vergonzantes, alegrías. Hemos aprendido que en alcanzar la permanencia en Segunda División también cabe un atisbo de alegría aunque en este caso sea tan perecedera que al instante se ahogó en el fango del desencanto.

El presagio del alborozo del Racing había convertido al Pucela en mera comparsa informativa, su protagonismo no excedía del 'pasaba por aquí' en una fiesta ajena. Menos para sus propios, los que ven (vemos) el mundo futbolístico a través de una mirilla blanquivioleta. El desempeño, a estas alturas, ha sorprendido para bien. A buenas horas, dijimos, asumiendo en el fondo la distancia entre lo que creímos en agosto y la caja destapada a lo largo del resto de los meses. Asumiendo que ha dado inicio la temporada que viene. Asumiendo que el nombre, la historia y demás componentes etéreos pueden modificar la realidad presente, pero muy poquito, tirando a casi nada.


Artículo publicado en El Norte de Castilla el 17-05-2026

lunes, 11 de mayo de 2026

DE SILBAR AL MIEDO A RESOPLAR LA TENSIÓN LIBERADA

 

Foto: Carlos Espeso


Cuando se avistan los desenlaces de las temporadas, ante cualquier tesitura que me estruje las meninges: un texto que cae en mis manos, una conversación de tono reflexivo, una canción de letra reconocible envolviendo el ambiente...; mi cabeza dispersa, si bien –creo– en silencio, con discreción, tan solo para mí mismo, entra en modo guiñol de Jesulín y recurre a unas metáforas que introduce con un «yo lo veo un poco, no sé, como un Pucela, ¿no?» para desplegar a continuación la relación pertinente. Así, hace un par de días me llamó la atención el título de un artículo en la web del National Geographic que rezaba 'El pueblo de Castilla y León donde dos reyes pactaron la paz y que hoy sobrevive con 70 vecinos y una catedral inesperada' porque deduje que se refería a Támara de Campos, una localidad palentina con la que mi bicicleta se topó porque se ubica, entre Piña de Campos y Frómista, en las inmediaciones del canal de Castilla. Por cierto, si pueden, no se la pierdan. Antes de leer el artículo, recordé, claro, la sensación que me produjo la primera visita, la visión de un minúsculo poblado cuyo conjunto cabría en el interior de un imponente templo, la iglesia de San Hipólito el Real. Pese a su aparente pequeñez, en su término existió el Hospital de Peregrinos o de San Juan de Jerusalén y, aún hoy, pateando el exiguo callejero podemos observar algunas construcciones que reclaman atención. En cuanto fijé la mirada en la página, al observar la primera foto que ilustraba el texto, mi cabeza, ya digo, se desubicó. «Bueno, esto es… como un Pucela», un equipo que con el tiempo se ha empequeñecido, que aún conserva algunos jugadores que vagamente recuerdan un poco lo que pudo ser –lo que pudieron ser, lo que pudieron haber sido– y un jugador central, Chuki, que emerge, se alza, destaca... que a leguas se nota su presencia, pero que no termina de crear más armonía con el entorno que la que se deposita en el etéreo rincón del 'podría ser'.

 

Y poco antes del partido, cuando ya me aprestaba a venir a la redacción, salta la noticia (metafórica) de que la iglesia catedralicia se ha hundido; de que en la previa del encuentro que podría evitar el derrumbe del menguado club, unas molestias musculares han abatido a Chuki, el templo en cuyas botas cabía el equipo.

Encima, Yepes, en su reparto de hojas en sucio para tomar notas, me entrega una que sirvió de prueba para una página de esquelas. Menos mal que uno no cree en designios ni presagios, y que si creyera, cotejando a los dos contendientes, asignaría al Real Zaragoza la desventura de encabezar con su nombre el texto del recordatorio. Una especie «EL SEÑOR Don Real Zaragoza S. A. D ha fallecido...». El miedo es libre, claro, como demostraron los silbidos del público cuando el consuelo del 1-0 parecía evanescente ante el deseo maño y la rigidez blanquivioleta. En la página de esquelas, se temía, hay hueco para dos y cualquier gol blanquillo podría añadir una simétrica compañía: «EL SEÑOR Don Real Valladolid S. A. D ha fallecido...». Por suerte para el Pucela, el Zaragoza resultó aún peor y más triste que cualquiera de las peores y más tristes versiones de este Real Valladolid a lo largo de esta interminable temporada que, en lo que a este equipo respecta, parece –más allá de la dignidad requerida para los tres partidos de posdata pendientes– haber llegado a su fin. Incluso, cinco minutos antes del pitido final gracias a que el primer balón que cayó en los pies del debutante Carvajal terminó alojado en la red. Mi cabeza, desparramada, ya les digo, se fijó en el dorsal, el 38. Y me acordé de Salazar, aquel chaval que ahora, cedido por el portugués G. D. Estoril Praia en el Eldense, anotó a finales de 2023 su primer gol pucelano también con el 38, lo que me permitió contarles cómo en 1996 me quedé sin el jamón, el vino y el cuadro de Manolo Sierra que obtenía el agraciado con la porra del añorado bar El Pala.

Al Pucela, desde ya, le corresponde buscar una guía que le aleje del rumbo que apunta a condenar a la nave zaragocista. En las oficinas del club sonará Enrique Morente invocando al destino: «Si yo encontrara la estrella que me guiara / yo la metería muy dentro de mi pecho. [...] Estrella, llévame a un mundo/ con más verdades [...] Romperemos las nubes negras/ que nos engañan/ que nos acechan». Todo sea para que no se vuelva a repetir esta condena.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 10-05-2026

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

LA FIESTA EN PAZ

 

Foto: Reuters

Hace apenas una semana, este nuestro ‘Norte’ titulaba ‘La mitad de los jóvenes ve con buenos ojos las políticas autoritarias y una dictadura’ un artículo en el que daba cuenta de una encuesta de la Fundación SM cuyo objeto de estudio fueron los españoles de 15 a 29 años. Partamos de una obviedad: la otra mitad no hace ojitos a ese mantra que crece adquiriendo forma de profecía autocumplida. Y de otra evidencia: las encuestas, así, “tomadas de una en una -arrogándome palabras de José Agustín Goytisolo- son como polvo, no son nada”, una simple fotografía, estática por definición, que solo adquiere valor observada rodeada de otros sondeos idénticos previos, transformándose en fotograma para componer la película de la evolución.

Sorprende que sorprenda el desarrollo del guion. Marx dejó escrito -y esta indicación se admite por marxistas y no marxistas como utensilio sociológico básico- que “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”. Las necesidades, reales o percibidas, subordinan -o adecúan- el pensamiento de cada momento. Y la vida actual traza sus caminos sobre agua, delinea vías inestables, efímeras, estructuras carentes de solidez que amenazan con desvencijarse y arrastrarte en la caída. Hasta la palabra carece de valor, la única verdad admitida sentencia que ya ni la verdad existe. Tal vez no existió nunca, pero circulaban mentiras tomadas como certezas. Dado que casi siempre se está dispuesto a ceder algo de lo que se dispone de nacimiento a cambio de solventar las carencias, insisto, reales o percibidas, parece poco precio la permuta de aceptar mano dura -que se suele entender para los demás- recibiendo lo mismo que ansiaba Jarcha medio siglo atrás “su pan, su hembra -entiéndase compañía y afecto- y la fiesta en paz”. Un cobijo, al fin y al cabo.

Sumemos que la vida actual se desarrolla en un mundo en el que la hidalga Europa languidece vestida de chaqué observando que se imponen los que se amparan en el uso de la fuerza, interna y externa. Y la chavalería toma nota y, sin pretenderlo, homenajea al director argentino recientemente fallecido Adolfo Aristarain, buscando ‘un lugar en el mundo’.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-05-2026

UN EXTRAÑO PRIVILEGIO

 

Foto: Carlos Pérez-Factoría 9

El martes pasado acudí al Clínico a la correspondiente consulta con mi –permítanme el posesivo– oncólogo. No recuerdo si de inicio, para enyesar empáticamente el encuentro, o como amable recurso de despedida, Ricardo –que así se llama– me lanzó un jacarandoso «Joaquín, ¿qué?, ¿cómo ves al Pucela?, ¿nos salvamos?».

Sonreí perfilando un ademán a medio camino entre el reflejo del miedo y un desdén aderezado de condescendencia bobalicona. Mal, pensé, pero de esta se librará. Y como si me topase con esta pantalla ansiosa de palabras al finalizar cualquier partido, como si me enfrentase al espacio en blanco pendiente de la historia que lo habrá de recubrir, se me ocurrió utilizar una metáfora propia del contexto propiciatorio del encuentro que satisfaría las dudas lanzadas al aire por el médico. Ojalá –le comenté– la oncología dispusiera del privilegio propio de esta endiablada Segunda División donde, al final, el número de bajas se limita a cuatro, y los demás equipos, sea cual sea su diagnóstico, por enojoso que haya resultado el proceso, por agresivo que se haya manifestado el tratamiento, subsisten. Y al poco, en cuanto cierre la temporada, se sacudirán el polvo, se erguirán y se prepararán para un nuevo periplo en el que las vicisitudes del pasado se habrán transformado –si existe voluntad y cerebro– en vacuna.

Entiéndanme, mejor sería, claro, que la oncología tuviera la posibilidad de evitar la travesía por los nueve círculos concéntricos de dolor y de pecado, de eludir los dantescos descensos a los infiernos. Pero la realidad es la que es –una espada como la de Damocles, una amenaza colgada del techo sujeta por un solo pelo, un filo de acero apostado sobre nuestras cabezas –, no la que anhelaríamos. Al menos de momento.

Sonreímos, ahora los dos, compartiendo una mueca que traslucía un rotundo ¡ojalá!, dejando apuntada la esperanzadora situación del Pucela pese al rosario de síntomas inquietantes, pese a la concatenación de datos desazonadores... emplazándonos para el próximo mes, no para hablar tan solo de fútbol.

La siguiente escala de la tortura blanquivioleta conducía a Las Palmas. El conjunto de la información corroboró la metáfora. Una efervescencia final más propiciada por el inopinado miedo del equipo grancanario que por el desempeño blanquivioleta no puede desenfocar la mirada de un partido, de nuevo, lamentable de un equipo que, de tanto asumir su inferioridad, hiede a derrota. Transmite, alineación incluida, la impresión de que coloca todos sus huevos en el único canasto del partido ante el Zaragoza. Pero, para su bien, para su triste bien, el relato informativo de este penoso deambular se completa con el fantasmagórico vagar de los cinco últimos: los cuatro en los que se confía más el comodín del Cádiz.  

La verdad es que resulta complicado traducir los entresijos de una categoría que suple la carencia del máximo nivel futbolístico con acendradas dosis de emoción en cada uno de los tramos clasificatorios. Explica a un inglés, comentaba socarronamente un conocido en una de esas improvisadas tertulias que se conforman en la barra de esos bares de barrio que despiden un suculento aroma a pasados de moda; explica, a un inglés que ‘me voy a ir yendo’, la concatenación de tres tiempos diferentes del verbo ‘ir’, pretende en realidad buscar una excusa para quedarse. Explica esta competición a la gente que se limita a seguir las peripecias de la Primera División en la que el título se disputa entre dos equipos y medio, en que resulta sorprendente que un recién ascendido no recorra el camino de reingreso a la categoría que apenas un año antes jubilosamente abandonó, en que las sorpresas sorprenden porque no se han convertido en pan nuestro de cada día.

Cuatro partidos y la temporada habrá dictado sentencia. La derrota del Pucela le deja –pendientes del partido por disputar del Mirandés– en mejor situación que la de veinticuatro horas antes: el mismo colchón, una semana menos. Un riesgo latente, sin embargo, tintinea: de tanto jugar con fuego, puede arder el colchón. Y sería demasiado tarde para pensar en la llegada de algún bombero. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-05-2026

lunes, 27 de abril de 2026

DESDE ENTONCES YA EL PUCELA…

 

Foto: Alberto Mingueza

Césped del estadio José Zorrilla, 23 de abril. Con motivo de la conmemoración comunera en Villalar, el Pucela felicita la efeméride mediante la difusión de un vídeo rematado con un «orgullosos de lo nuestro» en el que el joven, permítame el calificativo, cantante Dulzaro interpreta aquellos versos que cierran 'Los comuneros', el romance escrito por Luis López Álvarez y que el Nuevo Mester de Juglaría acercara imperecederamente a nuestros oídos: el 'Castilla, canto de esperanza'. Aquellos versos, digo, que, de inicio, se duelen de la derrota villalarina para, posteriormente, lamentar –elevando el rango de aflicción– la desidia, la inoperancia... la suma de componentes intrínsecos y extrínsecos que han postrado a este territorio hasta el punto de que «no se ha vuelto a levantar». Peor, para atribularse porque –añorando un mesías, esperando un milagro– decaiga la vida, se apague una tierra que pervive muriendo, muere perviviendo.

 

Césped del estadio José Zorrilla, 25 de abril. Si la cosa fuera de efemérides, cabría recordar la 'Revolução dos Cravos' que derrocó la dictadura del Estado Nuevo y que enorgullece a (no todos, supongo) nuestros vecinos portugueses; la 'festa della Liberazione' que festeja el final de la ocupación nazi en Italia; la fecha en que un terraplén se interpuso en el trayecto de mi bicicleta y no sé qué más ocurrió, porque cuando horas después abrí los ojos estaba tumbado en una cama del Clínico... Pero no, ni de Portugal, ni de Italia, ni de topetones contra el suelo: este 25 de abril, tras lo visto en el césped del estadio José Zorrilla, la cosa va de supervivencia, de un canto de esperanza. Se ha lamentado, si no la desidia, sí la inoperancia de un equipo postrado al que nos conformamos con pedirle, si no que se alce, al menos que no caiga en un foso aún más profundo.

Cualquier aficionado podría fijar un «entonces» desde el cual, el club, «en manos de» una sucesión alternativa «de rey bastardo o de regente falaz, no se ha vuelto a levantar». El Pucela culebrea a escasos centímetros del despeñadero. A escasos centímetros, a expensas de un empujón, de una bocanada de aire, pero aún sobre suelo firme.

El desempeño auspiciaba un acercamiento al precipicio. Ninguna premisa aventuraba salir indemne de la porfía, ningún argumento excepto la decisión del travieso dios del fútbol que se empeñó en revestir de surrealismo el desenlace del partido: tras el perdón en boca de gol del donostiarra Mikel Rodríguez, dos personajes secundarios del elenco pucelano, Biuk y Sanseviero, construyeron un inesperado gol que, al menos, permite soñar que las llamas blanquivioletas «otra vez crepitarán». Al fin, «si los pinares ardieron, aún nos queda el encinar».

Un encinar que refugie, que aporte madera, para lo que es imprescindible, previamente, que seamos conscientes de su existencia. «Que el árbol no impida ver el bosque», me han repetido por distintos canales. Sí, respondí: el bosque, después; de momento es suficiente con no estamparse contra el árbol. Esquivado el peligro, gracias diosito, corresponderá prender la yesca. Metafóricamente, se entiende, que estamos en tiempos necesitados de matices.

Artículo publicado el 26-4-2026

 

miércoles, 22 de abril de 2026

EL CALLEJÓN DEL GATO

 


Callejón del Gato. Foto: José González

A resultas de la gobernabilidad en varias comunidades autónomas -la nuestra incluida-, contemplamos acercamientos, intentos de acuerdo o alianzas ya cerradas. En el frontis del edificio político relatado se sitúa el desaire de premisa, el repudio como efecto, de miles de realidades diversas agrupadas en un concepto unívoco: emigrantes. Añadan el relativo que quieran, no sería más que el intento de atenuar un eco procurando que no chirríe.

A rebufo de MAGAs imperiales -consignas que envuelven de orgullo rancio una voluntad de privilegio, valleinclanescos callejones del Gato que en sus espejos deformantes devuelven el esperpento de corpachones que presumen de coraje y no son más que el reflejo de un miedo atávico a lo que cuestiona su primacía- se ampara un discurso que refuerza una preeminencia -por más que asumido (tanto el discurso como la preeminencia) por quien lo enuncia o por quienes aclaman tal prédica- que suena impostado a la luz de cualquier razón humana. Más que a rebufo, diría que el argumento, vacuo pero intimidador, toma impulso en el más potente de los trampolines. Galopando a lomos del altavoz dominante, traducen/reducen/infieren el ‘grande’ del lema no a un territorio, ni al Estado referido en cada caso o a las personas que allí habitan -ni siquiera a todas las que disponen de nacionalidad-, sino a una tipología concreta de seres idénticos, a un subgrupo -por más que mayoritario, que anteriormente exclusivo- de personas que relatan historias similares, de habitantes, al fin, de una homogeneidad.

Miro a los ojos a los (primeros) señalados como responsables -perdón por la ironía- de tanto mal ajeno, a quienes serían (los primeros) sufridores de la exclusión, y me acuerdo de una frase maravillosa brotada del impulso de una partida de tute por parejas. Mi compañero, tras concluir un juego, miró la libretilla en la que uno de los contrincantes apuntaba el marcador jalonando con cruces (cinco por cuatro en aquel momento) a ambos lados de una línea que dividía la hoja en dos partes encabezadas con los epígrafes ‘ellos/nosotros’. Ante la duda derivada de la igualdad, inquirió al apuntador: “ellos somos nosotros, ¿no?”. Ellos somos nosotros, sí; solo que ellos son los primeros.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 21-04-2026

martes, 21 de abril de 2026

OPTIMISMO EMPEÑADO

 

Foto: Martín Silva-Factoría 9

Mezclemos dos ingredientes: el traqueteo de mi cabeza, el propio del cerebro de un tipo con problemas de atención que se dispersa incluso sin necesidad de excusa, y la indecorosa puesta en escena del Pucela en el desolado escenario del Nou Estadi d'Encamp. Tengamos en cuenta el tubo de ensayo en el que se combinan los elementos: la imperiosa búsqueda de un subterfugio para alentar una traza de optimismo –descartado en esta ocasión el entusiasmo irracional, una veta siquiera– sin la cual la labor de cualquier aficionado carecería de sentido. Este, por definición, se aferra a cualquier señal conveniente por grotesca que parezca, deposita algún exvoto en cualquier altar imaginario con la pretensión de doblar los designios de la lógica, se empeña con oblaciones esperando que los dioses cumplan la parte de un tratado que jamás firmaron. Actúa así, incluso, el catastrofista histórico, el derrotista con ínfulas, el eterno agonías o el agorero ventajista incapaz de apearse del 'ya lo decía yo'. Bueno, de este último no estoy seguro porque antañazo escuché una conversación entre un joven mi padre, laudando a un paisano octogenario su buen aspecto, y este anciano replicando su mala sensación vital.

–No termino el año, lo has de ver –apostilló cabizbajo.

–No fastidie, hombre, no tiene pinta –atenuó mi padre el tremendismo–.

Contradicho, el anciano se vino arriba.

–Apuéstate lo que sea.

–Te conozco de sobra –cerró mi padre–, eres tan cabezota que con tal de ganar eres capaz de colgarte.

Cuando tiempo después, leí de Delibes en 'El disputado voto del señor Cayo' un pasaje idéntico, aunque llevado a término por 'el señor Paulino, echador de cartas', que 'las dobló' en la fecha señalada, tuve la certeza de que para determinada gente 'tener la razón', que no la razón, supone su bien más preciado, gente –alguna incluso generosa– capaz de dar todo menos la razón.

Mi desparramada cabeza, decía, al lamentar el indecente arranque blanquivioleta, se acordó de unas clasificaciones sectorizadas en las que el Pucela aparecía como tercero teniendo en cuenta los enfrentamientos con los seis primeros de esta Segunda División y decimoctavo cuando los rivales eran los seis colistas. Bien, pensé: se le da mejor a este equipo contraponerse a los buenos que le colocan en el campo que, impelido a generar, enfrentarse a los colistas. Bien, me incidí: el FC Andorra, aunque no forme parte del sexteto patricio, a buen seguro porque le penaliza cierta inconsistencia, destaca por su calidad técnica y posicional; nos colocará, aguantaremos y aprovecharemos alguna.

Bien, me insistí: se cumple la tesis, pasan los minutos y no encajamos, ya asustaremos. Y pasan, y pasan. Hasta que dejaron de pasar. No los minutos, que el correr del tiempo no frena, sino las premisas: el rival nos colocó, pero ni se aguantó, ni se aprovechó nada porque nada hubo de aprovechar.

Hasta el optimismo quimérico, ese de carácter inmarcesible que siempre encuentra motivos incluso en el disparate, se apagó antes de tiempo: los gritos de dolor de Ohio –ojalá el daño sea menor de lo que parece– nos devolvieron a una triste realidad que no empeora por el melodramático hecho de que hay suficientes realidades aún más tristes, un quinteto de equipos que, como el señor Paulino, se empeñan en no sobrevivir al día de marras.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 20-04-2026

 

miércoles, 15 de abril de 2026

MIEDO REPARTIDO, MIEDO QUE REPARTE

 



 

Foto: Rodrigo Jiménez

Entreviendo la muerte de cerca, el profesor de Literatura en la Universidad de California en Berkeley, el gijonés Antonio Miguel Albajara regresa, tras muchos años alejado –obligado a distanciarse físicamente primero, apartado mentalmente como personal consecuencia después– en todos los sentidos, a la que fuera su tierra de infancia. En su recorrido catártico, en su ‘Volver a empezar’ arrebatado de añoranzas, quizá, casi seguro, revisitando, con unos ojos entornados dispuestos a abrir la puerta del alma, las imágenes de la vida que pudo haber sido, que no pudo ser, atraviesa –conjugando entereza y agitación– la bocana de los vestuarios de El Molinón. Ahora, recién atravesada la línea sobre el césped que delimita el terreno de juego en el que, aún barbilampiño, aspiraba a destacar en eso del fútbol vistiendo la camiseta blanquirroja de su Sporting de Gijón, quieto, contempla el estadio vacío, ese ‘esqueleto de multitud’ que precisara Mario Benedetti. Coteja la obra de ampliación que muestra la penetración social de aquel juego en la sociedad española, y a su vez la apertura al mundo de un país que se aprestaba a organizar el siguiente Mundial, el del 82, con El Molinón como una de sus sedes. Recrea carreras, hilvana pases, trenza jugadas, vislumbra remates, anota goles... que nunca ocurrieron. Levanta la vista, de derecha a izquierda, en un giro de 180 grados, su cabeza recorre pausadamente la grada, recoge los aplausos que nunca le permitieron recibir, que siente que le hurtaron; que qué más da, se consuela. Al final de la requisa, la mirada del ya premio Nobel de Literatura interpretado por Antonio Ferrandis se topa con la colada –camisetas pantalones, toallas, medias, chándales– de cualquier día entresemana colgada de un tendal anclado en un fondo.

Cada vez que escucho ‘jornada retro’, además de removerme por la sensación de impostura, me asalta esta escena de la oscarizada película que dirigiera Garci. Los tiempos me desmienten, pero siempre entendí que revisitar nuestra peripecia vital no consiste tanto en poner camisetas en el escaparate cuanto en recordar lo que fuimos, en asumir que la vida ha seguido su curso y que lo que llamamos ‘evolución’ no era entonces más que un camino entre otros muchos que no se tomaron. La actual espectacularización de cualquier empresa supone el resultado de un progreso entendido como «Acción de ir hacia delante», no necesariamente como «Avance, adelanto, perfeccionamiento».

Y una certeza. En nada, este tiempo será retro para el que inexorablemente se acerca. Al final, para Ferrandis aquel Rubio llamado Maceda proyectaba la idea del fútbol moderno frente al suyo de medio siglo atrás.

Con una camiseta (similar a la) de antaño o con la blanquivioleta habitual en estos plúmbeos y afligidos años, el Pucela disputó un partido que –así nos temíamos apenas hace una semana– podría haber comenzado con el equipo situado de lleno en zona de descenso. No solo se disiparon los temores, sino que, además, arrancó con la garantía de que la distancia al descenso, esos cinco puntos escondidos bajo el colchón, no disminuiría. Aun así, el miedo le despojó de cualquier intento osadía y el Pucela se condujo como las familias de mi pueblo cualquier lunes de aguas que amenace precisamente con aguas: la cesta en la mano, pero los pies quietos, atenazados, ni ‘p’alante’, ni ‘pa'trás’, no vaya a ser que...

La SD Eibar, con no menos pánico, dejó de lado la etiqueta de ‘mejor equipo de la segunda vuelta’ para limitarse a contener, no errar y, si acaso, cazar alguna. Será que la camiseta, el nombre, amedrenta y por aquella zona de Guipúzcoa, el Valladolid aún impone respeto. En esta categoría veremos en lo que queda muchos partidos así. Miedo repartido, miedo que reparte.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 15-04-2026