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Foto "El Norte de Castilla"
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Algunas fotos panorámicas se asemejan demasiado a la
escenografía de un espectáculo de prestidigitación: los encuadres están
perfectamente ajustados para que el espectador crea que lo que ve es la
realidad, lo sustantivo de la realidad, cuando en verdad lo que el artista,
fotógrafo o mago, ofrece a la vista no
es más que un ejercicio de distracción bajo el que se esconden las cartas
marcadas, los tejemanejes. Bien pensado, algo no muy diferente al presente de
nuestra cotidianeidad política, ejecutada por unos actores más pendientes de
transmitir una imagen -un relato, dicho en lengua snob- que en enfrentar, desde
las diferentes perspectivas analíticas, la situación compleja que se observa.
En este ejercicio de simplificación, la foto panorámica
cuenta con el marco como aliado: así, se permite el lujo de ofrecer una imagen
que aparenta una visión general a la vez que esconde lo que no le apetece
mostrar, con la simple artimaña de dejar esto al otro lado de la linde que
separa lo que aparece de lo que no. En
un partido reglamentario de fútbol, árbitros aparte, se cuentan veintitrés
protagonistas: los veintidós que lo juegan y el balón. Pues bien, nuestra foto,
con alta densidad de futbolistas, con poses recias o expectantes, actitudes
físicamente activas o pasivas, muecas naturales o artificiosas, deja fuera del
perímetro vallado a las dos estrellas más refulgentes del encuentro disputado
ayer: el balón, que lo es por definición, y Roberto. Sin la actuación brillante
del portero pucelano, el equipo se hubiera venido del Prepirineo con media
docena de agachadas al fondo de la portería y ¡chitón!, aquí paz y después
gloria. Cuando ocurre al revés y elevamos a categoría de internacional al
portero rival, la lengua se nos va a que la fatalidad nos persigue, a que tal,
cual y que el fútbol es injusto. Lo es. Y lo es también cuando el destino se
pone de nuestra parte.