En uno de esos mentideros cibernéticos
constituidos en torno a cualquier tipo de afinidad grupal, algún miembro daba
por sentado que la obligada ausencia de Peter Federico
traería consigo el pan debajo del brazo de la restitución de Alejo a la
posición de extremo derecho. Cabía otra opción, claro: que el vallisoletano se
mantuviera en el lateral y en la vacante del sancionado se desempeñara otro
jugador. Más cábalas, más manduca para el mentidero.
Las premisas
de contexto recordaban que el jugador hispano-dominicano no aparecía en la
alineación titular del enfrentamiento anterior, la del mustio partido de
Miranda. Pero del movimiento rectificador de Escribá aquella tarde –la
devolución a Peter del puesto de extremo diestro, el acercamiento de Chuki al
centro de la ofensiva– quisimos entender que el entrenador pucelano había
admitido la certeza asumida por toda la ciudad futbolera: la prestancia del de
'la Vitoria' se capitidisminuye cuando se le deporta a la banda. Quisimos
entender. Olvidamos, sin embargo, aquel enunciado escrito por el francés
Alphonse Karr y que ya apareció en esta ventana referido al escaqueado Almada:
«Nos gusta llamar testarudez a la perseverancia ajena, pero le reservamos el nombre
de perseverancia a nuestra testarudez». Y Escribá, erre que erre, perseverante
desde su punto de vista, inmoló de nuevo a Chuki en el costado. Y resolvió el
debate sobre si Alejo jugaría de lateral o de extremo enviándolo al banquillo.
Conocemos tan
solo la realidad acontecida. El recurso de la ucronía aporta dosis de consuelo
siquiera porque tiende a darnos la razón: al fijar el punto de partida en una
modificación alentada por nuestra querencia, insertamos la realidad alternativa
deseada, el final feliz convenido con nosotros mismos. Carece de sentido, pues,
invocar vanas certidumbres alrededor de 'qué hubiera ocurrido si...'. Ahora
bien, resulta complicado estimar que cualquier propuesta esperada hubiera
empeorado la que nuestros ojos han contemplado. En medio de estos tostones,
siempre me asalta el retruécano del inicio de la novela de Dickens 'Historia de
dos ciudades' –«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos»–
cuando no puedo evitar contraponer el fútbol al fútbol: qué hermosas y qué
espantosas versiones abarca.
Me preguntaba
hace apenas tres semanas «¿y si esta vez sí?» espoleado por el esperanzador
arranque de la etapa Escribá. Mantengo el sí, porque la dinámica previa
desahuciaba. Porque con los puntos logrados se puede tejer un salvavidas. Hasta
ahí. No hay más. Salvar el culo, sobrevivir, como única esperanza. Puntos
logrados, anoto, a partir de un juego en el que, antes de conseguir los
resultados, destacaba la forma de alcanzarlos. A la «primavera de la esperanza»
de una ciudad, le sucede «el invierno de la desesperación» de la otra. Un canto
a la monotonía, una oda a la nada. Tiempo de ucronías en busca de desahogos, de
futuros menos imperfectos, de que se den por cumplidas las escasas expectativas
que se mantienen: las de no caer aún más abajo.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 29-03-2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario