lunes, 2 de marzo de 2026

NADAR PARA SEGUIR NADANDO

 

 Foto: Rodrigo Jiménez

En esas arenas movedizas en las que el aficionado al fútbol acomoda el contorno emocional propio de esta vertiente del alma, se conforma una fraseología colmada de hipérboles. Al fin, la variación de su viscosidad anímica caracteriza tanto al aficionado en condición de tal como a esos traicioneros arenales. De un día a otro, una variación apenas perceptible de algún pormenor modifica sustantivamente el campo de visión del aficionado, su visión del campo; a partir de ahí, se le altera la pastosidad del material en que se envuelve; para concluir arrastrado a las desmesuras en un sentido opuesto al anterior.

Por eso, recurrimos –me incluyo, obviamente– a la exageración para elegir calificativos, a la grandilocuencia para definir circunstancias, a la desproporción para adivinar futuros. De esta manera, cada año se disputan media docena de partidos del siglo, se cierne el abismo tras una serie de derrotas o se acaricia –cuando no se toca de lleno– la gloria cuando se logra un objetivo clasificatorio. Quizá por inesperado debido al prestigio de la entidad, tal vez por la costumbre –labrada a lo largo de los últimos once lustros– de observar al Pucela vadear entre las dos máximas categorías sin hundirse en fangos de menor nivel, la aparición del nombre del Real Valladolid en una de esas cuatro posiciones que, al final de temporada, conducirían a ese lodazal largamente evitado, ha alterado los temores. Apenas dos meses y medio atrás, maldecíamos el desempeño de Almada por no lograr establecer al equipo en el término clasificatorio que permite el ascenso. Ahora, más allá del irremisible desplante del técnico que impide cualquier añoranza personal, sí podemos tararear con Kiko Veneno «Echo de menos/ la cama revuelta/ ese zumo de naranja/ y las revistas abiertas», y recordar lo que en su momento nos parecía un escaso bagaje: «... lo mismo te echo de menos, lo mismo/que antes te echaba de más...».

Ahora, nomás setenta y cinco días después, antes de enfrentarse al Huesca, tras un excesivo movimiento anímico, las emocionales arenas movedizas se compactaron dificultando la salida mental del aficionado. Impelido por la situación, inducido por las hipérboles, entendió que el siguiente paso, el próximo partido, sería cuestión de vida o muerte. No da para tanto, podría replicar una mente fría apelando a cálculos matemáticos: ni obtener la victoria garantiza la vida en el fútbol de élite, ni la derrota condena a la muerte del balompié semiprofesional. No le faltaría razón... 'ma non troppo'. De hecho, pese a que el fútbol carece de verosimilitud, a que nos sorprende de tanto en tanto con guiones improbables, la realidad acuciaba de una manera –sin caer en la hipérbole– más inquietante, presentando un dilema que ofrecía 'muerte' o 'no muerte', ahogamiento o la eventualidad de continuar nadando sobre las tenebrosas aguas del mismo piélago. Una derrota, insisto, numéricamente no definitiva, encharcaba los pulmones. La victoria permitiría mantener la expectativa de sobrevivir, la obligación de seguir braceando.

Fue que sí como pudo ser que no. En un tiroteo de carabinas de Ambrosio –aquel labrador sevillano que resolvió cambiar el surco por los caminos, y que malogró su carrera de bandolero por el poco respeto que imponía su arma de ataque, por su impericia intimidatoria, por su incapacidad de atinar con el disparo–, fue Marcos André, un blanquivioleta, el que atinó con la diana. Fue, por tanto, «no muerte». Supervivencia. Agua por delante. Mucho nadar pendiente, esperando que tras varios episodios de 'no muerte' se abra la vida. Tiempo habrá después para valorar, para tratar de entender, tarea que, nos recordó Hannah Arendt, «no es lo mismo que perdonar».

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 01-03-2026