miércoles, 18 de febrero de 2026

CAPILLA DEMASIADO REAL

 

Foto: F. Neyra

Otro cadáver relacionado con estas tierras derramó su pútrido hedor a orillas del río Genil. En este caso, a diferencia de mi casi paisana, la Trastámara reina Isabel, en cuyas últimas voluntades, testadas en Medina del Campo, instó a sus deudos a que su cuerpo fuera sepultado en la ciudad de Granada; a diferencia de Fernando, desposado en Valladolid con la madrigaleña, que tras renegar –infructuosamente a efectos prácticos– del objeto de su proyecto matrimonial, Germana de Foix mediante, procuró yacer, siquiera bajo la lápida, con su primera esposa; a diferencia de Felipe, cuyos restos nada ‘hermosos’, tras su macabro peregrinaje en comitiva encabezada por la reina Juana, descansaron por fin al lado de los de sus suegros; a diferencia de la propia Juana que, una vez fallecida, pudo encontrar la quietud al lado de su marido; los despojos del Real Valladolid no reposan en la Capilla Real granadina.

La muerte, aunque no fuera aún consciente de ella, le sobrevino tiempo atrás en una fecha indeterminada. El ceremonial celebrado en el Estadio Nuevo Los Cármenes se sostuvo en el tan incesante como vano intento de buscar el pulso en el exánime cuerpo blanquivioleta. El rival, sin más empeño, certificó un deceso que nos negamos a creer amparados en unas matemáticas que no formularán lo que pretendemos por más que las estrujemos, que las amenacemos, que las disfracemos –aprovechamos la celebración de las carnestolendas–, hasta el inevitable día inevitable. Casi como recurso psicológico, nos negamos a verbalizarlo, pero en la calle ya se alzan temerosos murmullos que recuerdan la peripecia de históricos como el Tenerife, el Dépor, el Málaga o el Oviedo que dieron con sus huesos en los abismos que se ciernen bajo el infierno de la Segunda División. Temerosos... y optimistas, me digo, porque rastrean el reflejo en clubes que enderezaron el curso, que se reimpulsaron para revivir lustres pasados. Pero, ¿y si al Pucela le da por emular a un Hércules?; peor, ¿y si no le queda resuello para erguirse, para embravecerse con un arrebato de orgullo, para ponerse un poquito en pie?  

Aquel Sporting de la 97-98, el que obtuvo los históricos trece puntos que marcan la peor clasificación de un equipo en la máxima categoría del fútbol español –tan baja que ni el Pucela de la temporada pasada logró empeorar–, se rehízo y en el curso siguiente alcanzó cincuenta y nueve puntos, una cifra quimérica desde la perspectiva de un actual Real Valladolid decadente que enlaza fiascos, que anuda temporadas lacrimógenas.

Hace no tanto, medio en broma medio en serio, he escuchado a varias personas fieles a Zorrilla, ahítas de los malhadados topetazos en las temporadas de Primera División, reconocer que disfrutaban más de las campañas en Segunda, dando por descontado que el número de alegrías resultaba suficiente para templar el invierno mesetario. Mejor, resaltaban, cabeza de ratón que cola de león. Hasta este momento en que la elección ha perdido el sentido. Ratón –si por tal bicho metaforizamos la categoría actual–, sí pero nada de cabeza. La nueva disyuntiva, la que dolorosamente se abre, nos sitúa en la tesitura de debatir entre las ventajas que aporta ser cola de ratón o cabeza de mosca.

Ojalá antes de que concluyan las dieciséis jornadas pendientes, incluso aunque haya que esperar al último minuto del último partido, el fútbol regale al Pucela una de esas resurrecciones insospechadas. Y que, también a diferencia de Isabel y Fernando, de Juana y Felipe, al fin vuelva a caminar entre los vivos. Y que, entonces, alguien tome para sí las palabras del escritor mexicano Juan Ruiz de Alarcón, se me plante de frente, me mire a los ojos y, socarrona, retadoramente, me espete eso de «los muertos que vos matáis gozan de buena salud», y entierre con desdén este maldito texto.

Publicado en El Norte de Castilla el 17-02-2026