miércoles, 20 de mayo de 2026

LA REPRODUCCIÓN DEL GATOPARDO

 

Foto: Valerio Merino


Alguna vez llegué a pensar que mi generación -entendida esta en sentido amplio- podría atribuirse la mayor quiebra generada entre dos antecesoras. No tanto por la presunción de una significación histórica, por esa visión que coloca nuestra realidad en el centro de cualquier encrucijada, sino porque engulló una serie de revoluciones tecnológicas -ese tractor que determinó el éxodo rural-, de cambios socioeconómicos que configuraron un mundo alejadísimo del que habían vivido nuestros padres cuando se convirtieron en nuestros padres. Tanto, que entendimos que sus conocimientos poco podrían acompañarnos en nuestra peripecia vital, más industrial, más urbana, más ilustrada… más democrática. Asumimos inmodestamente que no se produciría un desenganche similar con nuestros hijos. Error, para variar.

Con observar a mi hijo, a su entorno, con escucharlos; con leerlos y analizar siquiera someramente sus anhelos, sus miedos, sus cosmovisiones, se constata la colosal grieta que nos separa. Nos creímos distintos por reformular nuestro mundo previo; ellos ni reformulan, crean uno diferente: se relacionan distinto, han modificado códigos gastados. De primeras, se han reducido a casi nada las relaciones intergeneracionales, los espacios de encuentro. Nos supusimos comienzo de algo, asumimos ahora el rol de bisagras.  

Desde nuestra atalaya catalogamos a las personas de esta nueva generación -también tomada en sentido amplísimo- como débiles y acríticos, como ‘de cristal’. Simplemente su realidad es más compleja, carecen de ese centro de gravedad permanente que reclamaba Battiato. Tendemos a explicar su mundo sobre las bases de lo que fue el nuestro, a creer que sirve lo que nos sirvió cuando el capital reclamaba más personas formadas en derecho, medicina, ingeniería, arquitectura… de los que la élite económica disponía. Una coyuntura que propició una cierta permeabilidad social, una porosidad ahora apenas perceptible.

Diógenes de Sinope, que vivía en una tinaja, tenía que salir con su candil a la calle en busca de un hombre honesto y honrado; con las nuevas tecnologías, ya no tan nuevas, se han generado tinajas tan enormes que contienen miles de mundos, no hace falta calle. Universos que, por desconocimiento, no me atrevo a juzgar. Eso sí, me temo que el gatopardo se sigue reproduciendo. El poder se adapta siempre.  

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 19-05-2026

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