Alguna vez llegué a pensar que mi generación -entendida esta
en sentido amplio- podría atribuirse la mayor quiebra generada entre dos
antecesoras. No tanto por la presunción de una significación histórica, por esa
visión que coloca nuestra realidad en el centro de cualquier encrucijada, sino
porque engulló una serie de revoluciones tecnológicas -ese tractor que
determinó el éxodo rural-, de cambios socioeconómicos que configuraron un mundo
alejadísimo del que habían vivido nuestros padres cuando se convirtieron en
nuestros padres. Tanto, que entendimos que sus conocimientos poco podrían
acompañarnos en nuestra peripecia vital, más industrial, más urbana, más
ilustrada… más democrática. Asumimos inmodestamente que no se produciría un
desenganche similar con nuestros hijos. Error, para variar.
Con observar a mi hijo, a su entorno, con escucharlos; con
leerlos y analizar siquiera someramente sus anhelos, sus miedos, sus
cosmovisiones, se constata la colosal grieta que nos separa. Nos creímos
distintos por reformular nuestro mundo previo; ellos ni reformulan, crean uno
diferente: se relacionan distinto, han modificado códigos gastados. De primeras,
se han reducido a casi nada las relaciones intergeneracionales, los espacios de
encuentro. Nos supusimos comienzo de algo, asumimos ahora el rol de bisagras.
Desde nuestra atalaya catalogamos a las personas de esta
nueva generación -también tomada en sentido amplísimo- como débiles y
acríticos, como ‘de cristal’. Simplemente su realidad es más compleja, carecen
de ese
centro de gravedad permanente que reclamaba Battiato. Tendemos a explicar su mundo
sobre las bases de lo que fue el nuestro, a creer que sirve lo que nos sirvió cuando el capital
reclamaba más personas formadas en derecho, medicina, ingeniería, arquitectura…
de los que la élite económica disponía. Una coyuntura que propició una cierta permeabilidad
social, una porosidad ahora apenas perceptible.
Diógenes de Sinope, que vivía en una
tinaja, tenía que salir con su candil a la calle en busca de un hombre honesto
y honrado; con las nuevas tecnologías, ya no tan nuevas, se han generado
tinajas tan enormes que contienen miles de mundos, no hace falta calle. Universos
que, por desconocimiento, no me atrevo a juzgar. Eso sí, me temo que el
gatopardo se sigue reproduciendo. El poder se adapta siempre.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 19-05-2026
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