En esas arenas movedizas en las que el aficionado al
fútbol acomoda el contorno emocional propio de esta vertiente del alma, se
conforma una fraseología colmada de hipérboles. Al fin, la variación de su
viscosidad anímica caracteriza tanto al aficionado en condición de tal como a
esos traicioneros arenales. De un día a otro, una variación apenas perceptible
de algún pormenor modifica sustantivamente el campo de visión del aficionado,
su visión del campo; a partir de ahí, se le altera la pastosidad del material
en que se envuelve; para concluir arrastrado a las desmesuras en un sentido
opuesto al anterior.
Por eso, recurrimos –me incluyo, obviamente– a la
exageración para elegir calificativos, a la grandilocuencia para definir
circunstancias, a la desproporción para adivinar futuros. De esta manera, cada
año se disputan media docena de partidos del siglo, se cierne el abismo tras
una serie de derrotas o se acaricia –cuando no se toca de lleno– la gloria
cuando se logra un objetivo clasificatorio. Quizá por inesperado debido al
prestigio de la entidad, tal vez por la costumbre –labrada a lo largo de los últimos
once lustros– de observar al Pucela vadear entre las dos máximas categorías sin
hundirse en fangos de menor nivel, la aparición del nombre del Real Valladolid
en una de esas cuatro posiciones que, al final de temporada, conducirían a ese
lodazal largamente evitado, ha alterado los temores. Apenas dos meses y medio
atrás, maldecíamos el desempeño de Almada por no lograr establecer al equipo en
el término clasificatorio que permite el ascenso. Ahora, más allá del
irremisible desplante del técnico que impide cualquier añoranza personal, sí
podemos tararear con Kiko Veneno «Echo de menos/ la cama revuelta/ ese zumo de
naranja/ y las revistas abiertas», y recordar lo que en su momento nos parecía
un escaso bagaje: «... lo mismo te echo de menos, lo mismo/que antes te echaba
de más...».
Ahora, nomás setenta y cinco días después, antes de
enfrentarse al Huesca, tras un excesivo movimiento anímico, las emocionales
arenas movedizas se compactaron dificultando la salida mental del aficionado.
Impelido por la situación, inducido por las hipérboles, entendió que el
siguiente paso, el próximo partido, sería cuestión de vida o muerte. No da para
tanto, podría replicar una mente fría apelando a cálculos matemáticos: ni
obtener la victoria garantiza la vida en el fútbol de élite, ni la derrota condena
a la muerte del balompié semiprofesional. No le faltaría razón... 'ma non
troppo'. De hecho, pese a que el fútbol carece de verosimilitud, a que nos
sorprende de tanto en tanto con guiones improbables, la realidad acuciaba de
una manera –sin caer en la hipérbole– más inquietante, presentando un dilema
que ofrecía 'muerte' o 'no muerte', ahogamiento o la eventualidad de continuar
nadando sobre las tenebrosas aguas del mismo piélago. Una derrota, insisto,
numéricamente no definitiva, encharcaba los pulmones. La victoria permitiría
mantener la expectativa de sobrevivir, la obligación de seguir braceando.
Fue que sí como pudo ser que no. En un tiroteo de
carabinas de Ambrosio –aquel labrador sevillano que resolvió cambiar el surco
por los caminos, y que malogró su carrera de bandolero por el poco respeto que
imponía su arma de ataque, por su impericia intimidatoria, por su incapacidad
de atinar con el disparo–, fue Marcos André, un blanquivioleta, el que atinó
con la diana. Fue, por tanto, «no muerte». Supervivencia. Agua por delante.
Mucho nadar pendiente, esperando que tras varios episodios de 'no muerte' se
abra la vida. Tiempo habrá después para valorar, para tratar de entender, tarea
que, nos recordó Hannah Arendt, «no es lo mismo que perdonar».
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 01-03-2026
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