Aunque
sepamos, ¡cómo no!, que sobre el fútbol se apila un mastodóntico negocio -que,
como tal, se ciernen sobre su entorno sospechas de turbios contubernios en los
andamios del poder, barruntos de irregularidades en la gestión, recelos sobre
designaciones y actuaciones arbitrales y suspicacias al respecto de las
decisiones de los diversos comités- aún sustentamos la convicción de que en el
verde se mantiene un algo de esa sugerente verdad que tanto atrae. Tampoco
albergamos una ingenuidad pueril como para asumir acríticamente que el campo no
alberga fraudes, que al balón no le mueven asechanzas, pero –al menos a mí– me
envuelve la certeza de que ahí, en el propio desarrollo del juego, existe el
poco de materia salubre en este muladar.
El poco de
verdad y, de tanto en vez, de hermosura. De ese encanto que bien aprendió a
discriminar ‘postura’ entre tanta ‘impostura’; que destierra la apariencia para
acoger a la sencilla esencia. No resulta imprescindible para ello acudir a
escenarios deslumbrantes, ni se requiere alinear a futbolistas a cuya
notoriedad se acude como moscas al panal, basta con disponer de jugadores
capaces de manejar los arcanos de su profesión, de entrenadores aptos para
comprender y transmitir las complejidades de un modelo de juego –como indica el
catón: avezados para elegir a los mejores, para colocarlos de la manera que
mejor rindan y mantener dispuesto y, a ser posible, contento al mayor número de
los peloteros del resto del plantel– y de una voluntad compartida por todos los
protagonistas de respetar el espíritu de un deporte que tanto se encuadra en un
juego como desempeña la declaración simbólica de una representación.
Viene a cuento
esta reflexión rumiada a lo largo del partido en que el Pucela rendía visita al
Málaga C.F. porque, desde la atalaya blanquivioleta cimentada en los dos
últimos años, apenas hubo ocasión para –más allá de los efímeros festejos por
alguna inusitada victoria– observar un desempeño que posibilitara regocijarse
con la verdad de la propuesta, espoleara el aplauso a la convicción en la
porfía y estimulara al paladear la belleza de la puesta en escena. Una
miscelánea de gratas sensaciones que no requirieron –por más que hubiera sido
deseable– el colofón de los tres puntos para acicalar una noche de
reconciliación entre la mentira vestida de blanquivioleta que, tras los dos
años antes recordados, aspira a dejar de serlo y una afición famélica,
hambrienta -a la manera de ese hombre del sur protagonista del ‘Asturias’ de
Víctor Manuel- “de pan y horizontes” tras subsistir sometida a una dieta de
“polvo, sol, fatiga y hambre”.
Y todo ello
pese a que, apenas transcurrido un cuarto de hora, quien más, quien menos,
entendía amortizado el efecto provocado por la llegada de Escribá al banquillo,
asumía que los saberes del nuevo técnico no estiraban más que para aprovechar el
efecto suflé propio de la aportación de un recién llegado. Craso error por
partida doble. De una parte, por la impaciencia inherente al aficionado, más
obviamente la referida al resignado devoto pucelanista poco habituado a gratas
perplejidades. De otra, debido a que, en el fútbol, un mandoble inicial puede
amilanar al más pintado sin que de forma necesaria quede invalidada su
propuesta. Pues bien, muy al contrario, el presto arrebato blanquivioleta
desterró inquietudes: cuando más se temía el retorno a la nada, el equipo se
expandió para ofrecer la mejor media hora de fútbol en mucho tiempo. Un ‘creer
para remontar’ que no impidió perseverar en las acometidas pese a que, una tras
otra, negaban la conversión del esfuerzo y la demostración de aptitud en algo
contable. Cuando el gol llegó, la ‘reilusión’ ya se había corporeizado.
Y todo ello
pese a una retaguardia transparente, negada en la labor de evitar el peligro en
cualquier acercamiento rival, una defensa capaz de arrojar cubos de agua al
fuego recién descubierto.
Y pese a todo
ello, el Pucela esquivó la derrota y, sobre todo, transformó la imagen
ofrecida, reconformó la consciencia de sí mismo. Un ‘remontar para creer’ con
potestad para cerrar -siquiera por esta vez- un largo ciclo aciago. Demasiado
largo. Demasiado aciago.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 09-03-2026
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