Foto: José C. Castillo
Una nota, un
número adosado, una aspiración viva o un anhelo que se desvanece. Una centésima
delinea la frontera entre un éxito o un fracaso autoinfligido. La Selectividad
-perdón, hablo en pesetas- como linde inexistente entre la dicha por poner el
pie en la carrera que a buen seguro (de eso me han convencido, en eso he
construido el relato de mi futuro) me garantizará la felicidad y la desventura
de sentir el fracaso, el amargor de asumir una vida, de tan distante a lo
soñado, un poco ajena. Una presión insoportable. Una competencia contra sí
mismo -surgida de un modelo que casi desde la cuna nos configura con las
etiquetas ‘winners and losers’, ganadores y perdedores- con poder destructor. Como
si supiéramos, con la vida recién estrenada, dónde únicamente sí merece la pena
y dónde solo cabe la resignación.
‘Winners and losers’
para todo, tiempos donde los ‘losers entre los losers’, los que a simple vista
discuerdan de lo que el imaginario define (impone) como ‘ser de aquí’, no caben
en el territorio. El ‘winner’ por acogerse a una ‘prioridad nacional’ acota un
primer rechazo que le permite mantenerse en el equipo ‘de los buenos’ junto a
una mayoría. Se erige exponente de esa mayoría inicial a la que se le pretende
instalar una mentalidad de víctima para que reaccione ofendida ante la minoría
excluida. La historia recuerda que, posterior e inexorablemente, el pretendido
ganador tornará a perdedor de consecutivos repudios. Así, quienes gracias a ellos alcanzaron
el poder, planteando otra acotación de ‘prioridad’ que sonará bien aún a
muchos, aplicarán a los ahora señalados las mismas recetas que, mirando hacia
abajo, ellos habían exigido antes para otros. Ha sido así tantas veces… Niemöller,
¿recuerdan? Primero fueron tales, pero yo no era. Círculos concéntricos que
solo preocupan cuando desaparece el trazo del que nos cobijaba por detrás. Prioridad nacional, bosquejo de un
‘nacionalindividualismo’, un lazo ficticio de identidad que encubre el ‘sálvese
quien pueda’. Una planta que crece fertilizada por el nitrógeno procedente de
la inmundicia de un presente que, en los espacios de decisión, apesta.
La chavalería
atosigada ahora por la Selectividad tendrá la siguiente palabra. Suerte.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 2-06-2026
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