La potente voz de Rocío Jurado elevó a
una cima musical la canción compuesta por Manuel Alejandro 'Se nos rompió el
amor'. En ella, la intérprete
chipionera refiere los detalles de una relación sentimental que se difumina,
describe los límites temporales de una pasión amorosa en primer lugar con una
aséptica expresión prosaica, sin adornos, «las cosas tan hermosas duran poco»,
posteriormente engalanando la misma percepción con una elegante metáfora,
«jamás duró una flor dos primaveras».
En ambas frases, el autor
reduce la certeza de dicha fugacidad a las emociones deseables. No cualquier
cosa se apaga rauda, él se ciñe a asegurar tal peculiaridad tan solo de las
hermosas, de las flores. Al final, nada que no supiéramos, medio milenio antes,
Jorge Manrique había escrito «Cuán presto se va el placer». El placer. El
resto, lo desagradable, lo desdeñable, puede encontrar acomodo definitivo a
nuestra vera. Si acaso, irse poco a poco, alejarse sin prisa.
El juego del Pucela no puede, ni por Manuel Alejandro ni por nadie, definirse como una flor. Por eso, el doliente desempeño blanquivioleta pervive sin aparente interrupción. La afición –de nuevo se superará ampliamente la cifra de 20.000 abonados– ansía el fin del oscuro peregrinar, fantasea con que tampoco duren más las circunstancias carentes de belleza, suspira añorando pretéritos más o menos idealizados. Pero los cauces se secan en cuanto la pelota se pone en marcha. El Mallorca, por gallito; el Eibar, por gorrión, han esterilizado sin apenas dificultad los esfuerzos blanquivioletas por truncar una hiel que amenaza con perpetuarse.
Dos partidos, cero goles. Cero ideas. Existen miles
de maneras de no marcar a lo largo de un partido. La que hemos visto del Pucela
se sustenta en la notoria ausencia de ocasiones. Ocasiones inviables por
incapacidad de mostrar siquiera un plan. En un momento ya final del partido, un
rótulo de la retransmisión indicaba que el Valladolid había efectuado cinco
lanzamientos a puerta. El Eibar, uno. Y fue gol. Atendiendo a esos datos,
podríamos pensar –si no hubiéramos visto el partido– que la derrota nació envuelta
en una anomalía estadística, en uno de esos ardides con los que el fútbol nos
sorprende cerrándose con resultados incomprensibles dado el desarrollo de los
juegos. Pero no. El Eibar, en aquel momento, había disparado una sola vez, pero
de verdad. A los cinco del Pucela, la locución 'salva de artificio' les resulta
excesiva. Ni pirotecnia. A los números en fútbol les sirve el aforismo de Juan
Carlos Onetti en su novela 'El pozo': «Se dice que hay varias maneras de
mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad,
ocultando el alma de los hechos».
A diferencia de la derrota en
Mallorca, esta en el feudo armero duele porque la comparación obliga a rebajar
alguna expectativa. El Pucela tiene por delante una labor –tomando el epíteto
utilizado por Michaleen Flynn en la película de John Ford 'El hombre
tranquilo'– homérica. Urge armarse de esa tranquilidad, sorber dosis de
paciencia, y desear, una vez pasen los meses, escuchar a 'álguienes'
reprocharme con un «Joaquín, te precipitaste. Tenemos la flor. Y durará».
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 24-08-2026
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