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Foto "El Norte de Castilla" |
El campesino Muley, con la desesperación contenida, la rabia
refrenada, la angustia en los ojos, se dirige al arrogante hombre del traje que
acaba de comunicarle, a él y a su familia, que tiene que abandonar lo que
siempre fueron sus tierras, su casa. Le
cuesta levantar la mirada, quizá por esa vergüenza propia de muchas gentes del
campo que les lleva a apocarse ante los trajeados de ciudad. Le cuesta,
incluso, alzar la voz a pesar de que lo que está escuchando, “te tienes que
ir”, rompe por completo su existencia,
destroza toda expectativa vital. Argumenta, explica su situación límite
extensiva a todos sus vecinos, pero es incapaz de torcer el designio. El recién
llegado, sin bajar del coche, altanero, se justifica, “yo no puedo hacer nada,
solo cumplo órdenes […], no hay por qué enfadarse conmigo, yo no tengo la
culpa. […] El dueño de la tierra es la compañía”. Y la compañía no es nadie; luego,
nadie es responsable. Es del banco, pero en el banco solo está un apoderado que
solo cumple lo que se le encomienda desde Nueva York. No hay salida. Todo
ocurre pero no se sabe de quién es la responsabilidad. Y Muley, expulsado de
sus tierras, necesita un culpable, “Entonces, ¿a quién matamos?”. Ahora sí,
cuando todo está perdido, el campesino levanta la voz… ante los sordos oídos
del visitante que arranca el auto y se va con la tranquilidad de quien ha cumplido
con su cometido.