Dos
bramidos recorren las calles de nuestras ciudades, dos gemidos clamando
silencio perpetuo a las armas: “No a la Guerra” y “ETA no” son esperanzas que
manan desde el fondo herido de la mayoría de nuestras gentes, las que sueñan
con desterrar a la violencia como medio de cualquier fin, las que no están
dispuestas a comprar nada a precio de una vida. Sin embargo alguien pretende
confundirnos enfrentando a esos dos sentimientos, anteponiendo uno sobre otro.
Cuando el mundo del cine, en su fiesta, reclama al gobierno español que, ante
la crisis en Oriente Medio, encamine sus esfuerzos hacia una solución pacífica
son acusados de no haber realizado el mismo gesto ante ETA. Se equivocan. En
primer lugar porque lo han hecho –en la gala de 1.998, tras el asesinato de
Ascensión García Ortiz y de su marido, el concejal sevillano Alberto Giménez
Becerril- y en segundo porque no es lo mismo. Mientras ETA no nos representa,
nos asigna el papel de víctimas potenciales y eso produce un legítimo miedo por
que estamos al otro lado del gatillo, frente a sus ansiosas pistolas, en la
dirección de sus balas, el gobierno nos impele a asumir el papel de sayones de
decenas de miles de civiles irakíes. A mi también me da miedo ser víctima, por eso
no quiero ser verdugo.
Blog sin más pretensión que la de poner un poco de orden en mi cabeza. Irán apareciendo los artículos que vaya publicando en diversos medios de comunicación y algunas reflexiones tomadas a vuelapluma. Aprovecharé para recopilar artículos publicados tiempo atrás.
lunes, 10 de febrero de 2003
lunes, 3 de febrero de 2003
DONALD EN LA VIEJA EUROPA
Existen personas cuya biografía es un predestino desde el momento en que
sus padres les marcan con un nombre. Es el caso del secretario de defensa
estadounidense, el señor Rumsfeld, Donald. Una vida dedicada a honrar a su homónimo:
Donald, Pato. Ese polichinela metepatas –nunca mejor dicho-, de verbo
ininteligible y que no pierde ocasión de pisar un charco con tal de salpicar.
Ambos cuentan con la ventaja de saberse inmunes ya que sus respectivos
guionistas conspiran para que los acontecimientos discurran acorde sus
intereses; trazan una maniquea semblanza de los figurantes de la historieta:
una horda de islamocomumunistas malos con petróleo que sueñan con apropiarse de
todo y, para salvar al mundo –a pesar del mundo-, unos patitos buenos a los que
dotan del potencial que ceden las viñetas a sus
héroes con objeto de cerrar, invariablemente victoriosos, cada aventura
para mayor gloria de las arcas del Tío Gilito.
En su última correría intenta recabar el
apoyo de Europa y al no conseguirlo, desairado, la desprecia “Vieja Europa”.
Insulto que aquí recibimos con halago, la joven Europa fue un manantial de caudalosos ríos de
muerte, un desgarro rojo, un campo de batalla de guerras sin fin que gestaron
imperios a costa de la vida de millones de hombres. Hemos aprendido que los
golpes inocuos del cómic se reparan en la viñeta siguiente pero la sangre
derramada no vuelve a corretear por vena alguna.
miércoles, 29 de enero de 2003
LA HORA DE LOS VALIENTES (actores en la calle)
El que por miedo decide callar no tardará en ahorrarse el esfuerzo de pensar para no sentirse silenciado.
Un oficial victorioso embutido en su reluciente
uniforme ejerce de improvisado guía en ese Museo del Prado que olía a sangre
reciente en el Madrid de la posguerra. Entre cuadro y cuadro rememora sus
hazañas bélicas con esa hinchazón huera capaz de transformar en epopeya la más
abyecta traición. De sopetón interrumpe su paso y muestra un lienzo, el autorretrato
desde el que Goya lleva dos siglos observándonos, ufano relata como unos
soldados falangistas rescataron ese cuadro cuando “unos rojos” pretendían
destruirlo. Es la penúltima escena de la película “La hora de los valientes”
(Antonio Mercero, 1988).
Goya había retratado al pueblo de Madrid como
víctima de los devastadores Desastres de la Guerra, guerra sin héroes ni
gestas, guerra como triunfo del fanatismo, de la crueldad y de la avaricia,
ante el valor de la razón. Goya supo desmadejar el nudo formado por la retórica
liberal del discurso napoleónico y los estragos causados por el ejército
francés (Carga de los mamelucos o Fusilamientos del tres de mayo). Goya sufrió
la carnicería, que toda guerra es, soportando en sus carnes el nacionalismo
cerril que toda guerra de invasión produce. Derrotado el imperio, que no supo
defenderse de usos bélicos desconocidos hasta entonces (la guerrilla), se reestableció el antiguo régimen y Goya tuvo que retirarse a Carabanchel y
exiliarse poco después.
Mientras sus pinturas hablaban, él ha mantenido su
pose inerte. Hasta el otro día. Un grupo de actores, conscientes de la sordera
del de Fuendetodos repitió hasta la extenuación un grito: “No a la guerra” y el
maestro sonrió. Esa sacudida despertó de un prolongado letargo a una buena
parte de la sociedad que, suscribiendo la proclama, no encontraban la forma de
hacerse oír y, a la vez, agrió el gesto de un gobierno no demasiado proclive a
aceptar disonancias.
Por que esa es otra, y al cabo lo que me interesa en
este artículo, estamos en manos de un gobierno que miente y manipula para
acallar las críticas a su gestión e insulta a quien las plasma negro sobre
blanco. Hasta ahora la respuesta de los agraviados se difuminaba en un olvido
ramplón, pero hoy quiere manchar nuestras manos de sangre so pretexto de
liberar a un país de su tirano y eso son palabras mayores.
Una sociedad que se autodefine adulta tiene como
obligación ineludible denunciar las componendas de un presidente que anula el
debate parlamentario fundiendo en su persona al poder ejecutivo con el
legislativo, que arrastra a un estado soberano a una guerra cuando cuatro de
cada cinco de sus conciudadanos se opone, que anula el debate social en los
medios de comunicación públicos impidiendo la aparición de voces discrepantes o
sesgando la información difundida y que, en vez de tener voz propia, se limita
a acatar subordinadamente las ordenes que llegan del otro lado del Atlántico.
Que mejor oportunidad para esa denuncia que aprovechar los micrófonos de una gala
emitida por televisión.
Pues a partir de ahí la de dios es cristo. Junto a
palabras legítimamente críticas reprobando la actitud de la gente del cine,
hemos asistido a un espectáculo de desconche de la liviana capa de pintura
democrática que recubre el afán totalizador de miembros del gobierno y de sus
palanganeros. Sobra con analizar sus comentarios. Veamos:
Los más simples –piensa el ladrón...- adjetivan como
manipulados a quienes criticaron al gobierno. ¿Eso no es insultar?. Quizá si la
frase de marras no hubiese manado de más de cuatro bocas habría sido merecedora
del aplauso como el recibido por Almodóvar, quien vino a decir lo mismo tras
recibir un globo de oro, sin embargo una respuesta unánime que va mucho más
allá de lo que puede ser una gracia de algún “farandulero retroprogre” se les
torna insufrible
Acusan de desleales a los organizadores por no haber
entregado el guión previamente a los responsables de TVE. Mienten. La dirección
del ente tenía en su mano el guión, no así las intervenciones de los premiados
que, obviamente, son una incógnita sin despejar hasta que son impelidas.
Embuste aparte, ¿cabe un más explícito reconocimiento de censura?. En
televisión, por primera vez en mucho tiempo, no nos dijeron lo que tenemos que
pensar; se enteraron de lo que pensamos la inmensa mayoría. Dicho sea entre
paréntesis, las imágenes que TVE cedió al resto de cadenas de televisión
omitían cualquier referencia a estos hechos.
Critican a los cineastas que con el alboroto sólo
consiguieron que no se hablara de cine. Me callo y que responda Fernando León
de Aranoa, a la postre el principal perjudicado: “nunca antes se había hablado
menos de la película más premiada y, sin embargo, no podía importarme menos”.
Los formalistas se escandalizan por la utilización
de un foro para fines que no le son propios. La política para los políticos,
vienen a decir, los actores a actuar y el papa a decir misa. Son los mismos
que, en la gala de 1998, bendijeron a José Luis Borau, presidente entonces de
la Academia, cuando levantó sus manos pintadas de blanco y labró un discurso
que merece la pena recordar: “nadie, nunca, jamás, en ninguna circunstancia,
bajo ninguna ideología ni creencia, nadie puede matar a un hombre”. La sangre
de Ascensión García Ortiz y de su marido, el concejal sevillano Alberto Giménez
Becerril, estaba fresca. Habían sido vilmente abatidos por pistoleros de ETA.
Nadie acusó a Borau de extralimitarse, ni de estar fuera de lugar.
El Salón puesto en pie haciendo suyo el gesto
de Borau desmantela el argumento de los
que piensan que el cine español no asume una postura tan clara cuando de la
violencia de ETA se trata. Pero si les parece poco que vayan a ver películas
como Yoyes, Días contados, asesinato en febrero...: Hay, en cualquier caso un
matiz que no conviene dejar correr. Cuando ETA asesina nos convierte en
víctimas, cuando el gobierno decide que se arrase a otro país nos convierte en
verdugos. Y se puede decidir no ser verdugo, la decisión de no ser víctima está
más lejos de nuestra voluntad.
Argumentos hasta mil con el objeto de robarnos la
opinión, negando la realidad e intentando convencernos de que España es el país
de nunca jamás que cada tarde a las tres nos muestra una tele que debiera ser
de todos y es sólo su tele. Se han despistado un ratito y, de la misma forma
que una grieta puede hundir a un Prestige, una ranura de libertad puede ser
suficiente para domeñar el ardor guerrero de nuestro gobierno, un vientecillo
puede esparcir la semilla de la dignidad y devolvernos el orgullo arrebatado
por un presidente que ha rendido vasallaje a la ultraderecha norteamericana.
Con engaños y silencios han lustrado su currículo.
Como el oficial de la película citada al comienzo, pueden repetir hasta la
saciedad que rescataron el autorretrato de Goya, pero en realidad bombardearon
al Museo del Prado. Pueden acusar de intentar destruir al cuadro a quién murió
por defenderlo. Pueden... pero cuando el oficial abandona la sala, en la última
escena de la película, una mujer y un niño se acercan al cuadro, saludan a Don
Francisco con la familiaridad de quien ha compartido tres años de miseria en
medio de una guerra. Los tres seguían vivos
pero echaban de menos a su marido, a su padre, a su compañero. Sufren su
ausencia, pero sufren más el baldón de la infamia. Y Goya desde su pedestal de
El Prado sigue advirtiéndonos de los desastres de la guerra y de las mentiras
que a ella llevan.
lunes, 27 de enero de 2003
RAZÓN Y PASIÓN
Estamos en la vigilia de la apoteósica arenga en la que George Bush
demostrará que el régimen tiránico iraquí
posee armamento biológico, químico y nuclear, para ello exhibirá al
mundo unas pruebas irrefutables. Podría ahorrarse circunloquios si utilizase el
método intuitivo de mi frutera, dice a quien le quiere oír: “Joaquín tiene
plátanos en casa”, sonríe y presenta copia de la factura. En cualquier caso la
sociedad española se muestra renuente a dejarse convencer pese al apoyo
incondicional del gobierno al órdago bélico y se está organizando en cada
ciudad para elevar el anhelo a imperativo. En Valladolid diversos colectivos
han creado una plataforma que, además de convocarnos en manifestación el
próximo domingo 16, ha organizado una conferencia (hoy martes 4 a las 19.30 en
la Casa Revilla) en la que Carlos Taibo desmenuzará la situación geopolítica
del conflicto. Taibo es uno de los imprescindibles en definición de Brecht.
Nada le importa que las causas de sus luchas aparezcan perdidas; nada que otros,
que cortejaban a las mismas damas, sólo cuidaran de si mismos, es un caudal de
conocimientos puestos al servicio de su integridad ética. Conviene oírle.
Dorará de razón a la pasión del no a la guerra
miércoles, 15 de enero de 2003
RECETAS MÉDICAS
El forense que se hizo cargo del
exánime R. Valladolid cuando fue abandonado a su suerte por un equipo médico
que a mitad de operación se quedó sin oxígeno ha fijado su diagnóstico; el
cadáver tiene vida. Le quedan secuelas a largo plazo pero sus órganos vitales
funcionan, eso sí, lánguidamente. Tras este acceso de catalepsia subyace una
reflexión: más allá de que el Pucela pertenezca a una serie de empresas que
dicen representar al sentir de los aficionados, éstos han de estar alerta y
conocer lo que ocurre en los consejos de administración, juntas de
accionistas... y exigir a la vez que ofrecer desde el acuerdo o el desacuerdo.
Y para ser partícipes en el sendero por el que se transita es necesaria la
información, a partir de ahí que cada cual obtenga sus conclusiones y actúe.
Los noventa minutos del partido son para disfrutar mas conformarse con eso es
una veredita cómoda que conduce a la muerte a medio plazo. Del Valladolid o de
la condición de personas libres. Quien diga, como el presidente de la junta
castellano y leonesa, que no quiere involucrarnos en problemas internos de su
partido merma nuestros derechos. El manto de armiño se lo hemos de quitar
nosotros o seremos los próximos en la mesa del forense y ya sin milagro médico
que nos salve.
lunes, 13 de enero de 2003
OLOR A NAFTALINA
Hay armarios con cajones furtivos, tan
recónditos que sólo se abren si quienes han permanecido ocultos en ellos
golpean sus tablas de inquisición hasta que, deshechas, les permitan asomarse
libres de miedos. Armarios como ventanas que, al abrirse de par en par, orean
un aire rancio de sacristía, avientan el putrefacto olor a cirio impuesto por
cada dormitorio que se tiene por alcoba de bien. De otros armarios quienes
salen no deparan ningún desconcierto, son armarios que han permanecido
perennemente abiertos, su contenido se ha ofrecido diáfano al albur de
cualquier mirada y, sin embargo, desprenden olor a naftalina. Armarios como
botellas de zotal que, cuando se destapan, esparcen su líquido nauseabundo en
barracones, emanando efluvios fétidos entre los hacinados para proteger de
piojos la cabeza del general.
De uno de estos armarios ha emergido
Ana Botella, arrastra tras de sí el olor que desprendieron sus palabras cuando
justificaban delitos como el del ex-alcalde de Ponferrada, acusado y condenado
por acoso sexual, cuando estigmatizaban a las parejas homosexuales o
relacionaban emigración y delincuencia aparcando la realidad marginal de muchos
de los que aquí llegan.
Se postula hoy como concejala de
bienestar social quien ayer dijo: “hoy una mujer llega a casa y le dice a su
marido, cariño he comprado un coche”. No aclaró si todos los días. Está tan
lejos de la realidad que por mucho que pretenda acercarse tardaría años en
sentirla.
Eso sí, no empeora lo que hay.
martes, 7 de enero de 2003
REYES MAGOS
La, ya de por sí, escasa superficie de
la casa en la que amo y dudo se ha visto reducida súbitamente. Una cohorte de
primas, tíos, amigos y abuelas tras la trinchera de unas falsas pelucas y un
mantón de armiño, han dejado para Diego una cantidad de juguetes que no creo
que pudieran acarrear tres corrientes camellos. El crío, inerme, va y viene de
un juguete a otro desplegando su caudal de energía, me los muestra todos
mientras yo bastante hago con no pisar un coche o un robot marciano que mea a
la vez que baila el aserejé. Mañana de mañanita quedará un rescoldo de ilusión
y pasado mañana, a más tardar el jueves, millones de juguetes deambularan como
saco de huesos en busca de su inhumación. Vendrán otros que avivarán el ciclo.
La noche de reyes encuentra su sentido en una cultura de la escasez, pero en
nuestra caverna de neón exalta lo cotidiano: un niño abre la boca pidiendo un
coche y se la tapamos con el coche -a ser posible mayor que el del vecino-.
Hemos pasado de la abuela con veinte nietos, al nieto con veinte abuelas.
El tiempo de disfrute de un juguete es
directamente proporcional al tiempo que se le ha anhelado. Un juguete, como un
cumpleaños, deja de ser objeto de gozo si se celebra a diario. Ya no se desea;
se ve, se pide, se tiene, se amontona, se tira. Ilusión es el fetiche del día,
pero ilusión es el sueño de conseguir algo muchas veces negado, ilusión es
creer que una zapatilla es un barco y el pasillo el mar.
(Ilusión, para dos de cada tres niños,
es comer a diario; pero eso no hay rey mago que lo consiga).
lunes, 30 de diciembre de 2002
EL PISUERGA
Recuerdo como si
fuera ayer la primera vez que la palabra Pisuerga se cruzó en mis oídos niños
ávidos de curiosidad. Tenía cinco años y en la tele del blanco y negro vi como
un profesor, anciano y cansado, se acercaba con su costal de ternura a un niño
enfermo quien, en su postrer lecho, si la ciencia sueca no lo remediaba, se
abrigaba entre las mantas raídas de hambre de posguerra, y le preguntaba cual
era el río que pasaba por Valladolid. El niño espetó “el Pisuerga” ante la
sonrisa del viejo maestro. Ese vocablo nunca se me olvidó. Yo, de ríos, sólo
conocía al Trabancos de mis juegos, de mis amigos de Rasueros, de las broncas
de mi madre cansada de lavar barro...y había oído, en boca de los hombres del
pueblo, que depositaba sus pocas aguas en manos del Duero. Le imaginaba tan ancho como el prado
de mi pueblo. Pero del Pisuerga... Pregunté a Maribel, hija de la diáspora
rural, que vivía en Valladolid y desde sus ojos de niña engendró en mí la
leyenda de ese río enorme, hijo predilecto del padre Duero, padre del sueño
Canal de Castilla. Pisuerga de mis nostalgias. Hoy escribo perdiendo mi mirada
en sus aguas tranquilas deslizándose bajo el Puente Mayor mientras un
estruendoso río de coches ahoga sus canciones. Recuerdo mi primer tropiezo con
el Pisuerga, aquella película era “Historias de la radio”. Hoy la radio vuelve
a hablar del Pisuerga, de un cauce de 7.500 gargantas que, despertando de su
letargo, ahogaron a un gigante blaugrana. Valladolid fue feliz protagonista de
su destino por un día. La leyenda Pisuerga continúa.
lunes, 23 de diciembre de 2002
COMPRAR LA VERDAD
La verdad no existe, de existir sería mutable y
polifónica, si fuera eterna sería inaccesible para nuestra humilde razón.
Aunque la mentira exista, la verdad no y su vacío ha de ser ocupado por algo,
una paraverdad escolástica en cuya base la teología prima sobre la filosofía.
Los dueños de Dios son los amos de la verdad creída. Un dios domesticador que
soporte, y nos permita soportar, nuestras propias contradicciones; todo es
parte de un proceso velado para los ojos humanos y, como tal, resignados, lo
damos por bueno. La verdad como poder no es, por tanto, un proceso reciente.
Falso o cierto, verdad es lo que admitimos como verdad. Éste es el axioma que
provee sentido a la publicidad. Una musiquilla machacona, un lema reiterado,
una marca -insustanciales en sí- aprecian el valor de un objeto frente a otro
que es el mismo sin alharacas. La verdad que grita en cada villancico nuestra
bondad navideña enriquece al comerciante, la verdad que mana ilusión genera una
especie de ludopatía transitoria colectiva que nos lleva a llenar el bolso de
décimos de lotería. El que puede dictar la verdad nos esclaviza, su dinero
compra las voluntades hechas palabras de los que escriben convirtiendo sus
opiniones en música cautivadora de flautista de Hamelin. Lo sabe Bush, el que
compra y el Gran Wyoming que no tiene
precio.
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