Cuando apenas hace unos minutos que el
árbitro ha señalado el final del partido del Pucela, con la maqueta –que en un
rato referirá un texto
relacionado con la primera victoria blanquivioleta– aún en blanco, me quedo con
ganas de evadir una respuesta a la manera del padre Velasco, el cura amigo de
Francisco Galván de Montemayor, el protagonista de la película 'Él' dirigida
por Luis Buñuel en 1953. Los comensales de una cena de la alta sociedad
mexicana disertan, inducidos por el afán enfermizo de Francisco, sobre las
diferentes perspectivas desde las que enfocan el amor. Mientras tanto –Gloria,
doliente receptora de la perversa visión del amor que no es sino cobarde
sentido de la posesión– calla. El cura, en su pretensión de difuminar alguna
arista de una diatriba tan refinada en formas como agreste en el fondo, apunta
un suave cuestionamiento, un leve condicional, un «y si ella no te quisiera...».
Atónito ante la vehemencia –y el desalmado convencimiento– de la respuesta, del
«tendría que quererme» formulada como una inexorable obligación, el cura opta
por apartarse de la conversación, evita de esta forma contrariar al anfitrión.
Sin embargo, quizá con la voluntad de que Francisco se callase, por el anhelo
de escuchar un parecer opuesto al de este o debido a la simple inconsciencia,
otro comensal se empeña en devolver la palabra al padre Velasco.
–¿Qué opina usted, padre
Velasco?
El hombre, pusilánime,
acobardado –cobarde de por sí–, sabedor de la procedencia de su aventajado
estatus, abre los ojos como platos, fuerza un gesto candoroso, un ademán afable
y concluye.
–Pues yo opino sobre el amor
que este pavo está muy bueno.
Me quedo con ganas, decía un poco más arriba, de
evadir la respuesta. Cuenta –escucho con demasiada frecuencia, y no solo en lo
entroncado con el fútbol– sin más, el resultado. El 'cómo' –cuando se gana y
cuando se pierde– ocupa un espacio marginal. Un hijo bastardo de aquel «ganar,
ganar y volver a ganar» que proclamó Luis Aragonés ha devenido axioma. Luis, su
carrera parece confirmarlo, pretendía ganar siempre; a buen seguro, para su
paladar, la literatura de la derrota no la transformaba en dulce por más que
hubiera resultado inmerecida... pero de la misma forma, me cuesta creer que un
triunfo pírrico, que la suma de tres puntos sustentada en el azar, le
complaciese, no le impeliese a desmenuzar las razones por las que –triunfo al
margen– su equipo resultó zarandeado en el campo.
–¿Qué opina usted, Robledo,
del partido del Real Valladolid?
–Pues yo opino sobre el
triunfo del Pucela que este pavo está muy bueno. Y que ha ganado porque el hado
estadístico se ha empeñado. De todos los remates de cabeza de los jugadores del
FC Andorra, el único que traspasó la línea de gol fue el que Alende, al fin y
al cabo lució en su momento la elástica blanquivioleta, realizó contra su
propio portero. A partir de ahí, la nada, el desarrollo de la vieja táctica del
murciélago: todos colgados del larguero.
Una consideración, De Rooij,
uno de los mejores en Cádiz, recibe la retribución en forma de banquillo. Ítem
más, de primeras, cuando el jugador que ocupaba su puesto fue sustituido,
tampoco compareció. O sufría algún problema físico o qué decir: que este pavo
está muy bueno. Los tres puntos también, claro, riquísimos. Pero...