No
sé si tiene que ver con la cacería que se ha iniciado contra algunos servidores
de internet o con mi propia torpeza al enfrentarme a cualquier aparato que
tenga botones, en los once años que llevo viviendo en esta misma casa no he
cambiado ni una vez el programa de la lavadora, el caso es que he sido incapaz
de ver el partido en el ordenador. Como la persistencia tampoco es lo mío, pasados
los quince minutos decidí cerrar los ojos y viajar al Pedro Escartín encaramado
en las distintas voces de los compañeros que lo narraban a través de la radio. La
alfombra mágica se desplazaba plana y sin sobresaltos sobre una llanura extensa
en una tarde soleada. Sin ninguna cordillera que modificase el ritmo narrativo,
ni una neblina que nos hiciera apretar el botón de alerta. Pero, como si de un
Moncayo se tratase, apareció de repente un pico, solo y exento, que modificaba
el paisaje. Cuando menos se esperaba, casi sin darnos cuenta, Óscar conseguía
hacer diana con el primer dardo. El parte meteorológico indicaba que el día iba
a estar despejado y la vista mostraba una ruta cuesta abajo. Ni uno ni otra nos
engañaron.
De repente una mañana, nada más levantarte, miras por la ventana y ves la fachada del edificio de enfrente por primera vez en nueve días. El sol luce majestuoso, te animas y sales a la calle habiendo dejado la bufanda en el armario, hasta que pones el pie en la calle, resoplas y decides subir a por la bufanda, los guantes y el gorro. La niebla ha levantado pero sigue siendo invierno. Desde esa misma ventana pudiste comprobar que el día había amanecido refulgente con un gol por la escuadra. Poco precaución sembraba en ti un fenómeno atmosférico llamado Alcorcón, menos tras haberte deleitado saboreando esos rayos de luz que, tras atravesar el cristal, acariciaron tu cara.
Pero seguía siendo invierno. Lo supiste cuando un golpe de viento seco y frío te hizo recordar tantas otras veces en que los deseos tuvieron más fuerza que la realidad y, tantas ganas tenías de dejar ropa en casa, confundiste un rayo de sol con una mañana primaveral. Porque no era una ventisca pasajera, ni llegaba sola, en su soplar había arrastrado negros nubarrones con los peores presagios.
