domingo, 25 de octubre de 2026

ESPERANDO EL REGALO AL RECIÉN NACIDO

 

Foto: Francisco Neyra-Factoría 9

Pese a que ya unos trescientos años antes de nuestra era, el filósofo griego Teofrasto en su tratado ‘Sobre las piedras’ se había servido del mismo criterio, a principios del siglo XIX –cuando el geólogo alemán Carl Friedrich Christian Mohs publicara una clasificación de la dureza de los minerales sustentada en esa pauta: considerar más duro al que dispone de la capacidad de rayar visiblemente a otro–  se estableció una escala de valores en la que asignaba los números del uno al diez a un listado de minerales de referencia. El décimo lugar clasificatorio reconoce al diamante como el mineral más duro. Por contra, el primer lugar, el vencedor del trofeo al más blando de los elementos inorgánicos de la naturaleza, el mineral al que todos podrían rayar sin temer ser raspado en cualquier contrataque, corresponde al talco que, de tan blando, hasta una uña puede dejar marca –dislocación no elástica–.

La escala de Mohs mantiene su vigencia pese a que las evidencias han mostrado al menos dos casos que destierran al talco de lo alto del podio. Un siglo después, el poeta moguereño Juan Ramón Jiménez creó al burrico Platero, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”. Hubo que esperar otra centuria para que un equipo de fútbol, el Real Valladolid, mostrase indicios que inducen a pensar que no puede raspar ni al tierno asno onubense. A ratos, el equipo vallisoletano juega –aparentemente– bien. Al menos, tal vez nos engañamos los profanos, bien parecido, pintón. Sin ir más lejos, la puesta en escena en Granada resultó más que aceptable. Pretendió asumir el protagonismo y lo logró. Procuró generar peligro y rondó la portería rival hasta el punto de gestar una ocasión ‘infallable’. Intentó hender a los nazaríes, pero el marcador solo se alteró un par de minutos después del yerro a bocajarro de Abed. Huelga hablar de merecimientos cuando las cualidades deciden quién raya, quién es rayado. Un leve roce, un centro en soledad por desajuste, un remate del que se incorpora sin impedimentos, y el aterciopelado material blanquivioleta ya mostraba sus visibles rasguños. Lo habíamos visto la semana anterior: un gol accidental derrumba el buen quehacer previo, imposibilita la continuidad, detiene en seco la pequeña inercia. Se repite en la presente: al inicio decente, le opaca rotundamente el primer contratiempo. Y menos mal que Aceves limitó los males.
En un arreón imprevisto en el tratado de Mohs, el blando Pucela, genialidad mediante de un Garriel previamente mullido en el gol rival, rasga a un Granada que, tras adelantarse, ‘pacheteaba’ –bien conocimos aquí esos conformistas enjuagues tácticos pretendiendo que el tiempo transcurriese sin más–. Pues ni con eso. Aun con el ánimo espoleado, otra rayadura desoló el recién recompuesto cuerpo blanquivioleta.  Da igual –ya sé que no, pero para lo que vamos– el planteamiento táctico, el dibujo posicional, si un rombo o dos rombos. Si un jugador centra solo y otro jugador igual de solo se apresta a rematar, casi indefectiblemente el encargado del marcador tendrá trabajo. En cualquier caso, por el esquema o por los jugadores; por errores puntuales o por descoordinación, hasta el talco, ya digo, se muestra más duro, menos complaciente, que el habitual desempeño defensivo –que no solo es responsabilidad de la defensa– blanquivioleta.
Y así, semana tras semana, mes tras mes, hemos sobrepasado los tres cuartos de año sin que el Pucela logre los tres puntos en un encuentro lejos de Zorrilla. Si pensamos en una pareja deseosa de traer un bebé al mundo que aquel diecisiete de enero, aún en tiempos de Tevenet, tras el 0-3 en Ceuta, decidiera conmemorar el logro dedicando con fortuna un rato al empeño gestacional, tendremos que asumir que la criatura habrá nacido sin que la celebración de un triunfo a domicilio haya sobresaltado su sosiego uterino. De ser así, de existir el caso, no estaría de más que la pareja propusiese a Escribá, y este aceptase, la tarea de ejercer de padrino.

Con un poco de suerte, en la fiesta de presentación o en el bautizo, se lo podría regalar ese ansiado triunfo.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 25-10-2026

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