Foto: Francisco Neyra-Factoría 9
Pese a que ya unos trescientos años antes de
nuestra era, el filósofo griego Teofrasto en su tratado ‘Sobre las piedras’ se
había servido del mismo criterio, a principios del siglo XIX –cuando el geólogo
alemán Carl Friedrich Christian Mohs publicara una clasificación de la dureza
de los minerales sustentada en esa pauta: considerar más duro al que dispone de
la capacidad de rayar visiblemente a otro– se estableció una escala de
valores en la que asignaba los números del uno al diez a un listado de minerales
de referencia. El décimo lugar clasificatorio reconoce al diamante como el
mineral más duro. Por contra, el primer lugar, el vencedor del trofeo al más
blando de los elementos inorgánicos de la naturaleza, el mineral al que todos
podrían rayar sin temer ser raspado en cualquier contrataque, corresponde al
talco que, de tan blando, hasta una uña puede dejar marca –dislocación no
elástica–.
La escala de Mohs mantiene su vigencia pese a que las
evidencias han mostrado al menos dos casos que destierran al talco de lo alto
del podio. Un siglo después, el poeta moguereño Juan Ramón Jiménez creó al
burrico Platero, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría
todo de algodón, que no lleva huesos”. Hubo que esperar otra centuria para que
un equipo de fútbol, el Real Valladolid, mostrase indicios que inducen a pensar
que no puede raspar ni al tierno asno onubense. A ratos, el equipo vallisoletano
juega –aparentemente– bien. Al menos, tal vez nos engañamos los profanos, bien
parecido, pintón. Sin ir más lejos, la puesta en escena en Granada resultó más
que aceptable. Pretendió asumir el protagonismo y lo logró. Procuró generar
peligro y rondó la portería rival hasta el punto de gestar una ocasión
‘infallable’. Intentó hender a los nazaríes, pero el marcador solo se alteró un
par de minutos después del yerro a bocajarro de Abed. Huelga hablar de
merecimientos cuando las cualidades deciden quién raya, quién es rayado. Un
leve roce, un centro en soledad por desajuste, un remate del que se incorpora
sin impedimentos, y el aterciopelado material blanquivioleta ya mostraba sus
visibles rasguños. Lo habíamos visto la semana anterior: un gol accidental
derrumba el buen quehacer previo, imposibilita la continuidad, detiene en seco
la pequeña inercia. Se repite en la presente: al inicio decente, le opaca
rotundamente el primer contratiempo. Y menos mal que Aceves limitó los males.
En un arreón imprevisto en el tratado de Mohs, el blando Pucela, genialidad
mediante de un Garriel previamente mullido en el gol rival, rasga a un Granada
que, tras adelantarse, ‘pacheteaba’ –bien conocimos aquí esos conformistas
enjuagues tácticos pretendiendo que el tiempo transcurriese sin más–. Pues ni
con eso. Aun con el ánimo espoleado, otra rayadura desoló el recién recompuesto
cuerpo blanquivioleta. Da igual –ya sé que no, pero para lo que vamos– el
planteamiento táctico, el dibujo posicional, si un rombo o dos rombos. Si un
jugador centra solo y otro jugador igual de solo se apresta a rematar, casi
indefectiblemente el encargado del marcador tendrá trabajo. En cualquier caso,
por el esquema o por los jugadores; por errores puntuales o por
descoordinación, hasta el talco, ya digo, se muestra más duro, menos
complaciente, que el habitual desempeño defensivo –que no solo es
responsabilidad de la defensa– blanquivioleta.
Y así, semana tras semana, mes tras mes, hemos sobrepasado los tres cuartos de
año sin que el Pucela logre los tres puntos en un encuentro lejos de Zorrilla.
Si pensamos en una pareja deseosa de traer un bebé al mundo que aquel
diecisiete de enero, aún en tiempos de Tevenet, tras el 0-3 en Ceuta, decidiera
conmemorar el logro dedicando con fortuna un rato al empeño gestacional,
tendremos que asumir que la criatura habrá nacido sin que la celebración de un
triunfo a domicilio haya sobresaltado su sosiego uterino. De ser así, de
existir el caso, no estaría de más que la pareja propusiese a Escribá, y este
aceptase, la tarea de ejercer de padrino.
Con un poco de suerte, en la fiesta de presentación o
en el bautizo, se lo podría regalar ese ansiado triunfo.
Artículo publicado en El Norte de Castilla el 25-10-2026

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