Los animales, para preservar su vida y la de sus
congéneres, responden ante los devenires de su día a día con unas pautas de
comportamiento heredadas de sus ancestros a las que conocemos como instintos.
En el ser humano el desarrollo de la razón fue arrinconando dicho manantial.
Sin embargo, en determinadas respuestas sociales, sobre todo cuando el miedo
acecha, da la sensación de que algo queda de ese primigenio generador de estímulos
ya que el hombre busca respuestas contundentes y alejadas de cualquier
racionalidad ante problemas sibilinos. El primer paso siempre consiste en
presentar una enmienda a la totalidad porque entiende que la sociedad que antes
no cuestionó ya no le sirve de abrigo. Es una enmienda vacía, que no percibe
matices en ese todo que cuestiona y no aporta
más alternativa que un conjunto de generalidades vanas.
De repente una mañana, nada más levantarte, miras por la ventana y ves la fachada del edificio de enfrente por primera vez en nueve días. El sol luce majestuoso, te animas y sales a la calle habiendo dejado la bufanda en el armario, hasta que pones el pie en la calle, resoplas y decides subir a por la bufanda, los guantes y el gorro. La niebla ha levantado pero sigue siendo invierno. Desde esa misma ventana pudiste comprobar que el día había amanecido refulgente con un gol por la escuadra. Poco precaución sembraba en ti un fenómeno atmosférico llamado Alcorcón, menos tras haberte deleitado saboreando esos rayos de luz que, tras atravesar el cristal, acariciaron tu cara.
Pero seguía siendo invierno. Lo supiste cuando un golpe de viento seco y frío te hizo recordar tantas otras veces en que los deseos tuvieron más fuerza que la realidad y, tantas ganas tenías de dejar ropa en casa, confundiste un rayo de sol con una mañana primaveral. Porque no era una ventisca pasajera, ni llegaba sola, en su soplar había arrastrado negros nubarrones con los peores presagios.