miércoles, 4 de noviembre de 2026

PORQUE SÍ, Y PUNTO

 

Foto: A. Mingueza

Hay partidos, como tantas circunstancias en la vida, que se resuelven con el mismo argumento que esgrimían nuestros padres en el pleistoceno de nuestra infancia cuando, renuentes a acatar alguno de sus mandatos, recurríamos a un «por qué»: «porque sí». Y en ese punto concluía el esbozo de conversación. Porque sí, el Pucela ha ganado porque sí, como porque sí podría haber perdido.

El relato del encuentro ofrece centenares de matices que relatan, pero no explican, al menos no del todo. Centenares de circunstancias, una sucesión de pericias e impericias que podrían haber volteado, e incluso recontravolteado, la asignación de puntos se ha saldado como se ha saldado: los tres para el Valladolid.

 

Se podrán esgrimir análisis tácticos –que obviamente corresponde estudiar–, se podrá valorar el cambio de posicionamiento defensivo que transformó el manido rombo con el que se arrancó en una disposición más simétrica, alguien podría añadir el dato irrefutable de que se encajaron tres goles... Al final del todo, Aceves con sus paradas, o los delanteros del Leganés con su empeño en rematar al muñeco, han revertido la consecuencia más probable una vez cotejados los números de una estadística demasiado preocupante por lo que demuestra que se concede al rival.

En cualquier caso, decía, tras varios partidos, Escribá ha dado un paso atrás ante esa propuesta cuadrilátera. Lejos de tildar ese acto de desdecirse de cobardía, entiendo el valor de cuestionar sus propuestas cuando la realidad se empeña en rebatirle. La flexibilidad avala una pervivencia que la rigidez cuestiona. No sobreviven los más fuertes, sino los que mejor se adaptan. El descreído personaje del capitán Enrique de las Morenas, encarnado por Eduard Fernández en la película '1898: Los últimos de Filipinas', sentenciaba que «en la guerra hay dos tipos de militares: los que quieren medallas y los que quieren volver». Una reflexión similar, «el problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles, sino importantes», se atribuye a esa máquina de acuñar sentencias para la posteridad llamada Winston Churchill. Pues bien, Escribá no podría presumir de su abigarrado currículum si hubiera preferido colgarse medallas a mantenerse vivo, si se hubiera pavoneado de su valía olvidando que su labor –y con ella la permanencia en el escaparate– se mide por lo provechoso de su ejecutoria. Sin más. Y en este caso corre el riesgo de que su retaguardia –y ojo, que la del Leganés, visto lo aquí visto, hace parecer buena a la pucelana–, su diáfano entramado defensivo, anule el desempeño ofensivo y, con ello, dificulte cualquier logro.

Escribá dormiría a pierna suelta si consigue solidificar el bloque defensivo y procurar –¡qué recuerdo a Pezzolano!– la aparición de un gol propio en cualquier contingencia. Dos goles, como en este encuentro, en dos córneres surten de la misma placidez que un sueño húmedo. Placidez sin necesidad de festejo. Como si le reclamaran a Escribá acudir a una fiesta para comer o bailar.

–No bailo nunca –apuntaría–.

–Vente pues a comer.

–Para comer no necesito fiesta.

Le habría faltado concluir con un «ganamos porque sí y ya está».


Artículo publicado en El Norte de Castilla el 3-11-2026

 

MAÑANA AÚN SERÁ AYER TODAVÍA

 

Foto: Efe


 

Cualquier declaración -más allá de los dictámenes técnicos- emitida a rebufo de una tragedia, proferida en un tiempo en el que a la sociedad receptora le revuelve la zozobra, le desbarata la congoja, se deposita en mi cerebro como asiento maquillado de interés. Palabras de las que me preservo cerniéndolas por el tamiz del ‘cui prodest’, cotejándolas con otras pronunciadas cuando el protagonismo recaía en manos diferentes, parangonándolas con la conveniencia del emisor.

Me declaro incapaz -asumiendo, eso sí, que la fatalidad de continuo ronda lo cotidiano- de aventurar siquiera qué pudo suceder para desencadenar la infausta secuencia ferroviaria. Admito mi torpeza para encontrar palabras -siempre me resulto tardo y desacertado- ante un hecho luctuoso.

Entonces, mi cabeza dispersa rastrea las periferias. Con frecuencia vivo con la sensación de que la vaca España aparenta gorda cuando no está sino implada. Lo construido se observa, se disfruta, de ello se puede alardear; el mantenimiento resulta frío, aséptico, funcional… y costoso. ‘No me regales El Escorial -cuentan que antaño le respondió una chica a su novio- que me tocará a mí limpiar los cristales’. Tal vez solo sea impresión, pero intuyo que mucho de lo bueno se sostiene por la buena voluntad de los trabajadores.    

En otra vuelta mental, respecto al debate acerca de la responsabilidad humana o el fallo tecnológico, colapso. El humano supervisa la máquina que vigila al humano pendiente de la máquina atenta al humano responsable de la máquina que controla… Al final nuestra vida se deposita en manos de otro humano desconocido, de su pericia, de su sensatez. Se lo digo desde mi bici tras leer la noticia de los cuatro fallecidos en el accidente de Zamora.

Solo me sale pedir -exigir es demasiado- a los responsables políticos valor para evitar buscar de primeras a quien te salve el culo y respeto para no caer en la tentación de emitir juicios acomodados a sus propios intereses.

Días de Santos y Difuntos. Rasueros, el pueblo vacío se llena de gente consciente de que la muerte engendra vida, de que vivimos sobre lo que los muertos nos legaron. Y se les visita. Mañana aún será ayer todavía.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 3-11-2026