lunes, 26 de enero de 2026

ALARMA, GRIETAS EN EL ASFALTO

 

Foto: C. Espeso

A diario, Sansón, Rafa Vega, 'ilustra' en el doble sentido del término: adorna este periódico con sus viñetas y contribuye a dar (nos) luz al entendimiento. Su destreza perfila las escenas, delinea los trazos; su perspicacia fragua deltas y bocadillos, compone en pocas palabras –bien de forma directa, bien recurriendo a la ironía, la caricatura, la antítesis, la paradoja y demás figuras retóricas– una profunda reflexión, una crítica mordaz, un estímulo intelectual. Así, sea el caso, el pasado viernes, como quien no quiere la cosa, uno de sus personajes arguye: «yo soy partidario de multiplicar el gasto en defensa, como nos exige Trump, para que nadie pueda destruir todas esas infraestructuras que seremos incapaces de conservar cuando aumentemos el gasto en defensa». Y te quedas como de un aire dando vueltas a si el resultado de la exigencia trumpiana –la incapacidad del mantenimiento– se emplaza en el listado de las indeseadas consecuencias o habrá de figurar en el registro de causas, en el deseo de origen.

Rafa Vega, Sansón, –también aquí, en este caso cada semana– ilustra sin ilustrar, esclarece sin más apero que la palabra escrita, de tal forma que sus consideraciones, adecuadas en principio para una materia, se expanden a dominios ni siquiera adyacentes. Refiriéndose –en principio– al viaducto de Arco de Ladrillo, escribía el miércoles catorce: «Las grietas encienden todas las alarmas en las estructuras construidas sobre malos cimientos». En principio, al viaducto, porque nos servirían de igual manera vinculadas al Real Valladolid. Tras la victoria en Ceuta, como ocurrió poco más de un mes antes cuando el equipo blanquivioleta obtuvo los tres puntos en Huesca, pudimos creer, incautos –iba a escribir 'pensar', pero no, 'pensar' es otro quehacer muy diferente al de 'creer'–, digo, pudimos creer que (por mor de un nuevo entrenador, de un nuevo desarrollo) se habrían restañado las fisuras. Rafa Vega, ya había desalentado la vana esperanza: «No todas ellas [las grietas] pueden cegarse con una capa caliente de brea. A veces hay que dejar que evolucionen».

Los discursos entusiastas –esas ventas de humo travestidas en análisis técnico-tácticos, dimanadas desde las oficinas del club en presentaciones y demás saraos– tendrán como objeto alentar o complacer, pero vez tras vez se descabalan en cuanto chocan con la realidad. El próximo 'nada por aquí, nada por allá, ¡alehop!' previo a la exposición de los últimos fichajes servirá como subterfugio, desgastado me temo, para arrancar renovadas dosis de ilusión. Apuntará, ¿verdad Rafa?, a «un empeño infructuoso e inútil, como el de alguien que se afanase en atiborrar de bótox, maquillaje y cremas antiarrugas la piel apergaminada de Ramsés II». Si llegado el caso, los actuales dirigentes se escudan en etapas previas, cabrá recordar que «no todas las grietas son tan superficiales; no todas son fruto de la vejez».

Mientras continúe la escalada hacia abajo, solo nos queda el recurso de invocar al dios del fútbol con humildes plegarias: «Benditas sean las [grietas] que rompen muros infranqueables», «benditas sean las que muestran la verdad oculta bajo capas de cal y pintura, de propaganda y demagogia». Y con Rafa y Leonard Cohen esperar con la certeza de que «hay una grieta en todas las cosas por donde entra la luz».

Publicado en El Norte de Castilla el 25-01-2026


 

lunes, 19 de enero de 2026

SEÑOR DE LOS ESPACIOS INFINITOS

 

Foto: Pablo Gallardo/Factoría 9

 

Un dúo hasta entonces apenas conocido más allá del sevillano barrio de Triana irrumpió en la escena musical patria adobando el flamenco clásico con sazones propias de otros géneros pujantes en aquella actualidad. Remozándolo, vamos; lo que –asimilando el aforismo de Gustav Mahler, «la tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego»– supuso dotar de nueva vida a la esencia del cante jondo. Desde ese momento, el icónico año 75 en el que presentaron su primer disco, Lole y Manuel copan ineludiblemente algunas páginas del acervo musical patrio. A ellos les debemos melodías que, al menos a quienes desarrollamos nuestra infancia o juventud en los estertores de los setenta, en los encarecidos ochenta, aún resuenan en nuestra memoria. De repente, un resultado trunca la tan aciaga como resbaladiza racha negativa del Pucela, siente que el panorama disipa la negrura, adivina algún tono cálido y, sin más, instintivamente tararea «todo es de color, todo es de color». ¿Qué se va a hacer? Nos deja una muestra más de esos ataques de bipolaridad inherentes a los futboleros que nos trasladan tan presurosamente de la desesperanza a la euforia como nos devuelven en un recorrido inverso al punto de partida.

Me arranco con la letra: «Todo el mundo cuenta sus penas/pidiendo la comprensión. /Quien cuenta sus alegrías/no comprende al que sufrió». Freno súbitamente. Por ahí, no. Puede que al lamento, con demasiada frecuencia, no le falte razón; pero no en este caso. La alegría en casa del pobre, huelga decir que el Pucela lo es, además de durar poco, no aísla, no anula el entendimiento, la comprensión de un dolor que nos acompañó, que se agazapa ahora esperando la segura oportunidad de volver. Quizá por eso se celebra más, por falta de costumbre, por la capacidad de valorar ese esqueje de alegría, por si se aleja la nueva ocasión.

La canción prosigue con una encomienda al «Señor de los espacios infinitos», una advocación, en este caso sí, muy oportuna. En Ceuta –mire usted por donde, ciudad en la que nació Manuel; además de intérprete, el autor de la canción– el Pucela espantó temores galopando sobre el inacabable descampado sito tras la espalda de la defensa 'caballa'. Una vez su equipo adquirió ventaja, Tevenet, ¿reminiscencia de sus tiempos al rebufo de Simeone?, dispuso 'atortugarse', esconder la cabeza bajo un caparazón. El equipo ceutí, necesitado, ansioso, desguarneció –paradójico tratándose de la ciudad que se trata– la retaguardia. Chuki, erigido en ese 'Señor', atendió la súplica derramando, en vez de «la paz que tiene entre las manos», la pericia con la que golpean a la pelota sus pies. Su juego enseña «lo bello de la vida», ayuda como «consuelo en todas las heridas». Y eso que ha sufrido en silencio –«el cardo siempre gritando/ y la flor siempre 'callá'»– demasiados banquillazos por dictamen técnico.

Aquel primer disco de Lole y Manuel que incorporaba el 'Todo es de color' se tituló 'Nuevo día'. Ojalá estas dos palabras revivan como una metáfora premonitoria.

Publicado en El Norte de Castilla el 18-01-2026

miércoles, 14 de enero de 2026

LOS BAILES DEL DESDECIRSE

 

Foto: Reuters

Si resulta compleja la relación con nosotros mismos, si nos sorprenden -y a veces avergüenzan- nuestras propias reacciones, ya no digo cuando en el asunto se mezclan dos, tres… asombra que pretendamos circunscribir a relatos de buenos y malos, peliculitas de indios y vaqueros -de cuando considerábamos buenos a los vaqueros y malos a los indios-, los entresijos de un mundo enrevesado en el que confluyen una conjunción de historias e Historias dispares, en el que se entremezclan intereses alambicados, en el que los acuerdos y desacuerdos armonizan o corroen cualquier tipo de vínculo. 

El relato oficial, ese que siempre engloba al emisor entre los buenos, diferencia entre ‘malos malísimos’ y ‘malos entre comillas’ a entes -sean personas, países…- semejantes en función de si, además de considerarlo malo en esencia, rinde servicio o se enfrenta al poderoso de turno, de si hablamos de ‘nuestro hijo de puta’ (Franklin D. Roosevelt) o no. Incluso, se justificará -todo lo más, recibirá algún pellizco de monja- al propio cuando su maldad exceda al penúltimo de nuestros límites porque sobre sus antecesores se sobrepasó el último.

Puede, incluso, que el contradictor -no sé, una paisana de Hamlet lejana a comportamientos perversos, sin regir una tiranía ni amparar el narcotráfico, el crimen de Estado…- sea catalogado como tal por conveniencia de quien ostenta el poder y, valga la redundancia, alimenta al testigo, impone la visión universal desde su perspectiva. No será un ‘hijo de puta’ pero convendrá que lo parezca. Nadie soporta sin mácula el escrutinio de una vida pasada.

Cabe que existan malos a los que no se les anota en el listado de malos porque arredran; cabe que descubramos que el propio relator, lo que viene a ser ‘los nuestros’, lo sea. Cabe el salto de uno a otro listado, se llame Delcy o la España del siglo pasado, Eisenhower mediante. Cabe que malos de antaño, pese a haber empeorado, no consten como malos por malos que sean para ellos mismos.

Nada puede sorprender, el futuro deparará giros de guion y, tras cada cual, sonrojará el ridículo de los defensores a ultranza. Y comenzarán los bailes del desdecirse. 

Publicado en El Norte de Castilla el 13-01-2026

martes, 13 de enero de 2026

NI GRANJA, NI TORRE, NI HERMOSA

 

Foto: Alberto Simón-Factoría 9

 

Prosigue la escalada del Pucela; escalada, sí, porque de la misma forma que los pobladores del Botxo profesan un incongruente y disparatado alarde de humildad cuando jactanciosos ponderan la modestia de Jesús quien «pudiendo haber nacido en Bilbao, lo hizo en Belén», los blanquivioletas, semana tras semana, pudiendo elevarse hacia la cúspide, optan por trepar hacia abajo, por encumbrarse al subsuelo, por subir como les sale de..., dejémoslo aquí.

 

Esta vez en Leganés, esta vez en apenas 300 segundos. En apenas cinco minutos, y contemplando el encuentro disputado –es un decir– en aquellas tierras que no tanto tiempo atrás surtían de pepinos a la capital, recordé a mi tía Ana Mari. Ella se estableció junto a su marido, mi tío Ricardo, en Zarzaquemada, un distrito de expansión leganense que recogió la emigración procedente de Andalucía, Extremadura –como ella, pacense de la frontera con Córdoba– y Castilla –como él, abulense del límite con Salamanca o Valladolid–, para asentar en un terreno periférico la mano de obra requerida por la metrópoli, enterrándose así, bajo el asfalto, aquellas huertas pepineras. Mi tía, cuando en los veranos se acercaba al pueblo, destacaba en el entorno familiar por la suavidad de su acento, por envolver las 'eses' con la seda del ceceo, por confrontar involuntariamente su dulzura dialectal frente a la reciedumbre del 'perfecto', ejem, castellano. Con ese tono meloso, nos refería su origen en Granja de Torrehermosa, el pueblo de las tres mentiras, subrayaba: ni es granja, ni refulge su torre, ni es hermosa. Por mi parte, como 'el Ovejas' en la serie 'El pueblo', «ni confirmo, ni desmiento»; la visita aún se mantiene el catálogo de materias pendientes. Tenga o no sentido el lacerante aserto, en este punto –recuerdo, a los 300 segundos– mi cabeza se desplazó del partido de Butarque a mi tía leganense. ¡En qué gran mentira se ha convertido, o tal vez ya lo fuese y no quisiéramos creerlo, este equipo! La indecente acción que provocó el primer penalti, esa 'mano' de Alejo, carecía de sentido en tiempos preVAR, te cazaban casi siempre. Ahora, con las camaritas de omnipresentes 'testigas', la penalización resulta inexorable. ¿Dónde habitaba la concentración requerida a un profesional? Después, Jaouab, al desubicarse, se autoinflige un gol; mancilla el ejercicio de la defensa al olvidar la atención al balón y el emplazamiento de su portería. ¿Dónde reposaban los recursos técnicos y tácticos requeridos a este nivel? En general, y a lo largo del partido –de tantos partidos–, cuando el Pucela se adueñaba del balón, la intentona se topaba con la verdad del fútbol: poseer la pelota sin capacidad para dotar de sentido al juego engaña a la vista, aparentemente amenaza, pero la circunstancia se torna inofensiva, se transforma en un juego de sistematismo protocolario.

Entre las mentiras cabe resaltar la labor de un colegiado reprobado en las tres ocasiones en las que tomó una decisión. Carne de pescuezo al por mayor.

Mentira, tras mentira, tras mentira. En Granja de Torrehermosa, que ahora se enfrenta a la amenaza de la instalación de una macroplanta de biogás, al menos, se alza una torre. No sé a qué se puede agarrar el Pucela...

Artículo publicado en El NOrte de Castilla el 12-01-2026

lunes, 5 de enero de 2026

EL ÁNIMO PENDULAR

 

Foto: Carlos Espeso

Nada más llegar a las instalaciones de El Norte de Castilla, al entrar en la sala de televisión desde la que realizamos el seguimiento de los partidos del Pucela tanto para materializar la transmisión online como para tomar las notas preparatorias de los artículos que conforman el paginado referido al encuentro, me topo en la pantalla con el pitido final del partido precedente en esta misma Segunda División, un Almería-Granada que enfrentaba a un puntero local con un visitante clasificatoriamente lánguido. El resultado final –un tres a dos que encarama, siquiera provisionalmente, al club indálico a un puesto de ascenso directo y zambulle a los nazaríes en la zona abisal– mostró de súbito las dos ópticas extremas y antagónicas en las que se alinea la afición del Real Valladolid: la idealizadora y la agorera. Y no tanto una parte a un lado y otra, inmiscible con aquella, al otro. No. En muchos casos, la misma persona se dispone en una u otra condición en función de la hora del día, del día de la semana, de forma que cualquier minucia pendulea su disposición anímica.

–Buen resultado para el Pucela –apuntó alguien cuyo nombre omitiré por no escribir que fui yo.

–¿Qué dices? Si el Almería va delante, nos favorece que pinche –corrigió alguien al alguien de antes.

–Ya –apostilló el que no diré que era yo–, pero si el Granada hubiera vencido, además de sumarse al listado de los que habrían alcanzado al Pucela, hubiera elevado la línea de agua que marca la salvación.

–A estas alturas me niego a mirar hacia abajo –cerró el interlocutor optimista.

Claro, bien está, pensé en ese momento justo en el que la conexión televisiva nos desplazaba a Zorrilla, que los de fuera contribuyan, pero de poco sirve el auxilio si el Pucela no cumple, para más o para menos, con su cometido. Entrenador nuevo, además. ¿Aire renovado o más de lo mismo? Veremos. Y vimos. El péndulo, oscilante por definición, a lo suyo. Al desaliento de la primera mitad, este cuento ya lo habíamos visto, le sucedió el denuedo de la segunda en la que la hueste blanquivioleta amilanó al minutos antes jactancioso Racing. Le amilanó y le hirió con un gol ejecutado gracias a la táctica del despiste. Tras lanzar tres córneres consecutivos en los que la pelota no sobrepasó la altura de la rodilla, dos de ellos ni la del tobillo, el inmediato cuarto alcanzó la altura precisa. Así, mientras los defensas del equipo cántabro se acostumbraron a defender el subsuelo, un blanquivioleta, conocedor del ardid, se impulsó hasta el cielo para rematar expedito y elevar la masa pendular a la altura de la euforia.

Euforia que se desvaneció, mediante árbitro, VAR mediante, cuando el colegiado, tras consultar la maquinita, auspiciado por un ya sólito espíritu rigorista, señaló penalti tras un contacto leve e intrascendente para el desarrollo posterior de la jugada. Decisión pertinente, incluso atinada, de haber sido pitada a la primera, en el instante preciso. Un desbarre contra la esencia del juego, cuando la resolución admite estudio.

Otra semana más en la que el movimiento ondulatorio desasosegará a la perdida masa pucelana.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 4-01-2026

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

FELIZ AÑO PARA LOS VENCIDOS

 

Foto: E. Press


Noche de noche, noche tras noche; y, tras la noche, otra noche más. Noches sin apenas día, días sin apenas paz. Un apenas que, en esta parte del mundo, nos ha mentido, un sosegado interludio -breve para el engranaje narrativo de los libros de Historia, prolongado en nuestra vital proporción-, que sucedió al eterno estruendo de los cañones, que precede a una siguiente parte que, ensimismados con la apacible piececita instrumental, pensamos que nunca jamás arrancaría. Lo pensábamos olvidando que en otros lares financiábamos estallidos.

El ansia nunca se detiene, ni siquiera se contrae. En estas, cuando nos sorprende una nueva guerra, cuando la amenaza nos atemoriza, insistimos en aquello de que ‘el hombre nunca aprende’, en lo otro de que ‘en una guerra salimos todos perjudicados’. Y no. Muchos sí aprenden, son conscientes de que, situados en el punto adecuado, una guerra produce réditos. Por cierto, no solo a los demás. Nuestra azarosa ubicación en el mapa geopolítico nos ha aportado, además de la quietud apuntada, una rica bolsa de caudales. Pero hemos dejado de ser centro y observamos con recelo ese cambio de aires. Los momentos de profundo desinterés alientan los deseos de quien tiene un interés profundo, y viceversa.

Estos días nos desearemos -y vaya si se lo deseo a ustedes, a quienes dedican un minuto a leer estas notas tomadas al pie de un café- un feliz año. Lo haremos con la sensación de que podemos trocear el tiempo como si la realidad no fuese un continuo; al menos, con el ánimo de salir indemnes del proceso. Un continuo, decía, que ahora nos dirige por una senda desconocida que no presagia nada bueno; ni al menos mejor del ya de por sí desapacible territorio de partida.

Entre la incertidumbre, una certeza, la de Aute: la guerra que vendrá será la más hortera de todas las guerras que ha habido y habrá. Bueno, y la de Brecht: Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también.  

Madre, en la puerta permanece el niño de la semana pasada. Mientras, plácidos, aguardamos el no sé qué. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 30-12-2025

 

 

 

 

 

 

(Versión un pelín más larga, dos frases)

Noche de noche, noche tras noche; y, tras la noche, otra noche más. Noches sin apenas día, días sin apenas paz. Un apenas que, en esta parte del mundo, nos ha mentido, un sosegado interludio -breve para el engranaje narrativo de los libros de Historia, prolongado en nuestra vital proporción-, que sucedió al eterno estruendo de los cañones, que precede a una siguiente parte que, ensimismados con la apacible piececita instrumental, pensamos que nunca jamás arrancaría. Lo pensábamos olvidando que en otros lares financiábamos los estallidos que provocaban el temblor de unas tierras que nunca permitimos que fueran del todo de sus habitantes.

El ansia nunca se detiene, ni siquiera se contrae. En estas, cuando nos sorprende una nueva guerra, cuando la amenaza nos atemoriza, insistimos en aquello de que ‘el hombre nunca aprende’, en lo otro de ‘en una guerra salimos todos perjudicados’. Y no. Muchos sí aprenden, son conscientes de que, situados en el punto adecuado, una guerra produce réditos. Por cierto, no solo a los demás. Nuestra azarosa ubicación en el mapa geopolítico nos ha aportado, además de la quietud apuntada, una rica bolsa de caudales. Pero hemos dejado de ser centro y observamos con recelo ese cambio de aires. Hemos vivido bien amparados en el mundo de “las cosas son así” y, efectivamente, las cosas son así. Los momentos de profundo desinterés alientan los deseos de quien tiene un interés profundo, y viceversa.

Estos días nos desearemos -y vaya si se lo deseo a ustedes, a quienes dedican un minuto a leer estas notas tomadas al pie de un café- un feliz año. Lo haremos con la sensación de que podemos trocear el tiempo como si la realidad no fuese un continuo; al menos, con el ánimo de salir indemnes del proceso. Un continuo, decía, que ahora nos dirige por una senda desconocida que no presagia nada bueno; ni al menos mejor del ya de por sí desapacible territorio de partida.

Entre la incertidumbre, una certeza, la de Aute: la guerra que vendrá será la más hortera de todas las guerras que ha habido y habrá. Bueno, y la de Brecht: Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también.  

Madre, en la puerta permanece el niño de la semana pasada. Mientras, plácidos, aguardamos el no sé qué.  

 

 

 

lunes, 22 de diciembre de 2025

PARAÍSO DE LO INVEROSÍMIL

 

Foto: C. Gil-Roig

Cuando nos adentramos en los entresijos de una ficción, cine, teatro, literatura, buceamos en las aguas de un universo que no se rige necesariamente con las mismas reglas de la lógica con la que interpretamos nuestra materialidad. En estas obras, un humano puede viajar en el tiempo, volar, poseer una fuerza descomunal o una inteligencia prodigiosa, regresar de la muerte o esquivarla a lo largo de varios siglos... y tal circunstancia no alcanza a sorprender a ninguna de las personas que se acerquen al relato en cuestión. Se admiten desde el inicio los códigos propuestos por el autor por más que disten de la realidad, se procede a la inmersión en la ‘ilusión de verdad’ y ya. Mientras se respete la coherencia interna, espectadores y lectores procederán encantados a la suspensión de su incredulidad, al depósito del escepticismo en la antesala de la creación artística. Así, el reto de quien escribe o dirige consiste en no romper el acuerdo tácito establecido con el público, en no pintar fuera del contorno propuesto durante ese transcurso temporal en el cual el público se subsume en el universo de ficción: en respetar la apariencia de credibilidad, la verosimilitud.

   
Aunque la propia realidad se empeñe en imitarlo procurando tramas que cualquier productora cinematográfica o editorial literaria desecharía por absurda, el fútbol continúa ostentando el título de paraíso de lo inverosímil. Nos lo creemos por la única razón de que se presenta ante nuestros ojos. Tanto lo que observamos en el campo... como, cada vez más, lo que ocurre en su periferia: por lo que concierne últimamente al Pucela, en su ámbito –iba a escribir ‘directivo’, pero no– de propiedad.


Huelga repetir las vicisitudes del trasiego de Almada desde que hace apenas una semana la afición congregada en Zorrilla solicitara su marcha hasta su desembarco en Oviedo previo desaire al Valladolid. Se ha pasado de repudiarle a sentir la orfandad del ¿y ahora qué? Pateo generalizado en la platea si el sainete, tramado por el alumnado de una escuela de teatro, se hubiera representado en el Calderón. Es todo tan de mentira, aunque sea verdad, que si yo fuera un futbolista del Oviedo, en la primera charla motivacional de este nuevo ex, en cuanto pronunciase la palabra ‘compromiso’ o cualquiera de sus sinónimos, me entraría la risa floja y le mandaría a freír espárragos.

 
Y en medio del marasmo, le corresponde a Sisi el marrón –por más que él lo entendiera como “un regalo caído del cielo”– de aguantar el tipo mientras dure el interregno. Y a la primera, toma ya verosimilitud, el bueno de Sisinio asume las riendas del relato y le da por pintar fuera de los márgenes presupuestos. Un interino no dispone de tiempo para modificar lo trabajado, para incorporar una nueva propuesta, efímera por definición. No le compete inventar; todo lo más, realizar algún ajuste para reforzar la estructura dañada. Supongo que le pudo la ilusión, el afán de mostrar su sello. Las pretensiones de revolución, cuando no disponen de tiempo ni de base sociológica, no superan el concepto de algarada. El marrón fue marrón y el técnico eventual, supongo que desencantado, se habrá comido buena parte de lo que no debería haber recaído en su estómago.

Mientras Sisi digiere el desengaño, los dueños escriben una obra sin aparente coherencia interna. Recalco el ‘aparente’. La carencia de lógica se deriva del desconocimiento del público, de los renglones que no han visto la luz. Si pudiéramos atar todos los cabos, descubriríamos la lógica de los entramados, oscura, pero, a la vez, verosímil y real. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 21-12-2025

miércoles, 17 de diciembre de 2025

SEÑOR, SÍ SEÑOR

 

Ibarrola


He escuchado con frecuencia anhelos de transformación enunciados con frases sustentadas en un condicional que habita a medio camino entre apuntalar el deseo y señalar una carencia categórica. Corolarios aspiracionales labrados bajo premisas hipotéticas e irreales del estilo “si la gente supiera la verdad, reaccionaría”. Cada vez -de forma general y no excluyendo la afectación a un grupo humano minoritario– lo creo menos. Lo que ocurre no difiere de lo que a lo largo de la historia sucedió, los hechos concretos aportan solo un matiz. Al menos, la esencia se conoce. El humano responde como un animal gregario, manso, dócil que -insisto, por lo general- manifiesta su fuerza cuando obedece al dueño del local. Porteros de discoteca con ínfulas.

Sumisos en escala ante líderes en escala: primero, ante el investido cabeza del grupillo, que a su vez obedece e impone obedecer al del grupo…  y así sucesivamente hasta responder al vasallaje del mandamás del grupo más fuerte. Así, hasta que, total o parcialmente, se desmorona la estructura. Circunstancia que no elimina la cadena de mando, la sustituye. “Échame pan y llámame perro”, reclamó alguien y el imperativo fraguó fortuna, alcanza nuestros días. Da igual si corres el riesgo de recibir una patada; el éxito consiste en saberla esquivar para, si es necesario, dársela después a otro que reclamó pan aceptando humillaciones. Como réplica, otro refrán recomienda no servir a quién sirvió. Lo entendemos como advertencia ante el riesgo de que el antaño subordinado haya perdido el encuadre. En realidad, el proverbio avisa de lo contrario, el ascendido ya miraba desde aquella perspectiva: fue manso para exigir mansedumbre. Con el añadido de que ahora se atribuye mérito por haber alcanzado posición, se convence de su merecimiento.

Sumisos a un modelo, también a escala. Hablamos de flexibilidad para recibir inversión, de rebajar cualquier exigencia. Al fin, doblegarnos, adquirir ductilidad para arquear el espinazo, para ejecutar con apariencia digna la genuflexión. Más pan, más perros. Hablamos de guerras, de presupuestos de defensa, como si la voluntad, el interés, la decisión, fuese nuestra. Adaptarnos evolutivamente consiste en eso: cambios etológicos, fisiológicos y morfológicos para gritar “señor, sí señor”.

Artóculo publicado en El Norte de Castilla el 16-12-2025

 

lunes, 15 de diciembre de 2025

UN BUCLE DENTRO DE UN BUCLE

 

Foto: Carlos Espeso

La decepción después de una ilusión que sucedió al desencanto sobrevino tras la esperanza que había sucedido a un desengaño producido tras la euforia que a su vez había relevado al chasco que se originó luego de aquel lejano alborozo inmediato a la decepción después de... y así, en bucle dentro un bucle, caminamos por la vida: entreveramos nuestras jornadas aprendiendo que los días de mucho son vísperas de nada; que en los días de nada, por más que llueva, siempre escampa. Y por si se nos olvida, siempre aparece el fútbol, descarnado en su esencia, para recordárnoslo.

Acudía el Pucela a Zorrilla tras dos previas decepciones consecutivas enfoscadas ya, tras el cemento de la esperanza preparada con la hormigonera del triunfo en Huesca, en algún ignoto muro del cerebro. De repente, de temblar mirando hacia abajo, un resultado pintón a resultas de un notable desempeño, vuelca la imagen, modifica las expectativas... distorsiona la realidad de un cuarto de hora antes y nos encontramos descontando en nuestro futuro perfecto la distancia que nos separa de los de arriba, de los que ocupan la posición que allá por mayo repartirá primarios regocijos, amnésicos deleites, antesalas que encubrirán venideras frustraciones.

En los mentideros blanquivioletas se debatía -como si las indisposiciones padecidas ya no afectasen, como si no pudiera aparecer ni el efecto de una secuela- acerca de si el equipo había encontrado (definitivamente) el juego o se limitó a plasmar un juego del que ya era depositario, por medio de la eficacia, en resultado. Que si tendencias rectificadas, que si inflexiones apuntadas, que si mínimos relativos indicadores del fin de un declive, del comienzo de un remonte... que si nada: ni ocasiones sin gol, ni goles sin apenas ocasión; ni juego sin eficacia, ni eficacia hija o no del juego. Diez minutos duró el impulso, la expectativa, la ilusión en su acepción de «concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos». De nuevo a sufrir los estragos del deambular en bucle, del volver a la fase depresiva.

Si el Pucela hubiera ganado al FC Andorra, como daba por descontada la citada inercia levemente despuntada una semana atrás, el triunfo hubiera contribuido a olvidarse de vulnerabilidades, a apretar el paso por ese mundo que olvida el riesgo del derrumbe. Quizá, perdón por la disrupción, la holgada distancia a los puestos de descenso se asemeja a la tranquilidad, la relajación, que aporta un modelo de sanidad pública aun a los sanos por la certeza que les otorga la garantía de que no existe la línea del descalabro. Quizá, perdón por la disrupción, campañas como la de recogida de alimentos efectuadas en ese Zorrilla al que acudía el Pucela pretenden sumar al menos un punto en la clasificación de las personas más vulnerables, un punto que les aleja algo de la línea del descenso al último círculo del infierno. Por más que uno cuestione determinados usos interesados, la disposición y el empeño de muchas personas del común en alejar siquiera un poco la línea de la necesidad merecen el apunte, un remate final para que no se olvide, para saber dónde estamos, para recordarnos que el bucle vital nos puede conducir a una situación similar a la que se pretende combatir.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 14-12-2025