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domingo, 5 de junio de 2016

VENTA O DEJACIÓN

Si algo permite al capitalismo vencer sus crisis, sobrevivir cuando parece herido de muerte, reinventarse y mostrar un nuevo rostro refulgente, es la facilidad con que sus diversos relatos cuajan, la sencillez con la que sus mitos se incorporan al imaginario colectivo. Naturalmente, existe también una estructura que sustenta estos relatos, que los transmite y los presenta como si fuesen la palabra revelada. Mas la base en que se cimenta la resistencia de este modelo económico es la fuerza intrínseca de sus sencillos mensajes. Una sencillez y una potencia que logra al no interpelar a ningún valor de carácter ético, más bien al contrario:el capitalismo apela a las debilidades del ser humano, de cada ser humano tomado de forma individual. Sin envidia, sin avaricia, sin egoísmo, el sistema caería. Su discurso dominante se desliza, por tanto, sin fricción. Cualquier alternativa, sea esta luego la que sea o muestre la cara que muestre, requiere un discurso ético y una explicación global, lo que convierte a su narrativa en un tocho farragoso y, por tanto, mucho más inaccesible.

lunes, 30 de mayo de 2016

RADIO Y PESADILLA

En apenas dos versos, «el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos», Pablo Milanés comprime las sensaciones de quienes empiezan a darse cuenta de que en el viaje de la vida no hay marcha atrás ni billete de vuelta. El tiempo corre y con su pasar el mundo va haciendo camino en espiral. Pero hay algo inmutable: tome el mundo la ruta que tome, nosotros, cada uno, vamos poniéndonos viejos y mirando el pasado para huir, comparar o añorar. Dos relojes, el del mundo y el particular, que no siempre llevan la hora acompasada. Hace unos años, sea el caso,un par de señoras muy enseñoradas nos increpó a un amigo y a mí a la salida de una manifestación. Una de las mujeres tras lanzarnos una sarta de vituperios que para ella debían de ser ofensivos, remató la diatriba con aquello de que «con Franco se vivía mejor».. Mi amigo empezó a acalorarse con ánimo de responder, yo pensé que no merecía la pena. Sonreí y le di la razón: «Claro que sí, señora; seguro que entonces usted caminaba con más garbo, podía comer de todo y no le dolía nada. No dudo que entonces viviese mejor». Sin embargo, a veces, ese transcurrir del tiempo nos gasta una broma y se empeña en arrancarnos un arrebato de nostalgia. Ayer, sentado en la misma silla en que lo hago cada domingo que el Pucela juega fuera de Zorrilla, presto para ver el partido, la tele no terminaba de tomar la dirección de Elche.

miércoles, 25 de mayo de 2016

LO NORMAL ES ESTO

El Roto
Aunque haya sobrepasado con creces los trescientos artículos, que son eco de más de tres centenares de partidos del Real Valladolid, sigo poniéndome nervioso cuando veo el hueco vacío. Me levanto, converso, voy, un café, vengo, un cigarro...y así una y otra vez para desesperación de esta buena gente de la redacción. En uno de estos 'ires y venires', hace unos años cayó en mis manos la portada de ‘El Norte’ del día después. No recuerdo el tenor literal, pero venía a decir que el presupuesto del ayuntamiento de la ciudad para el año siguiente sería de unos sesenta millones de euros menos de lo normal. Hablando de ello en un corrillo, se me ocurrió comentar que desde mi perspectiva la lectura que mostraba el titular era errónea, que si bien era cierto el hecho -la reducción presupuestaria- no lo era tanto la introducción del término ‘normal’. Argumentaba que los años de la burbuja nos habían trastocado de tal manera las miradas que habíamos convertido en cotidiano lo que no era más que una situación tan excepcional como nefasta. En realidad, decía, el presupuesto ‘normal’ es el de ahora; el de los años precedentes venía artificialmente hinchado por fondos europeos que tocaron su fin y por el dinero recaudado de asuntos relacionados con aquel hipertrofiado sector de la construcción. Aquella década fue la excepción que generalizó la creencia de que se había convertido en regla. Era la época de «qué bonito han dejado el centro» que sirvió para que todos los alcaldes pudieran gozar de reelección tras reelección. Con dinero en las arcas es difícil -como se demostró- perder en las urnas. El tiempo les pondrá en su sitio. De repente llegó la realidad y nos atropelló.

domingo, 22 de mayo de 2016

¡QUÉ LARGO SE HACE!

A mí me sonó raro. El gobierno de la Junta aprueba un decreto ley que modifica el Reglamento de espectáculos taurinos suprimiendo la excepción del Toro de la Vega a la prohibición de matar en público animales en espectáculos taurinos. Pero ‘eh’ dice el consejero de Presidencia, la decisión se toma para lograr mantener la tradición. Raro suena, ya digo. Se prohíbe algo para mantenerlo. Puede que De Santiago-Juárez tenga razón y el tiempo se la dé, como defendía Carlos Blanco el pasado viernes en estas páginas, pero yo no consigo cuadrar el círculo: si el Toro de la Vega es un torneo que consiste en que un grupo de humanos desatados alanceen un toro hasta darle muerte y en el que gana el que lo mata (o el toro, si consigue sobrepasar no sé qué límites), evitar la muerte a priori es, entiendo, suprimir el torneo. Vale, en Tordesillas podrán soltar un toro cuando llegue la fecha, podrán llamarlo de la misma manera, pero será otra cosa. El discurso del consejero suena raro por su inconsistencia, porque no existe argumento que pueda sostener a la vez algo y su contrario. Esta decisión es una de esas -cada vez más frecuentes- que pretenden, giros retóricos de ‘bienqueda’ mediante, hacer creer a todas las partes enfrentadas en un conflicto que han salido victoriosas. El Toro de la Vega se puede permitir o prohibir, lo demás es mala literatura. No vale con llamar a las cosas de una manera para que estas sean lo que queramos que sean. No se puede, siguiendo la terminología del filósofo de moda, Ernesto Laclau, convertir a tantas palabras en significantes vacíos: hay cosas que son, simplemente lo que son.

domingo, 15 de mayo de 2016

LA PARCA CARA A CARA

Aún recuerdo la cara de muerta de la ‘señá’ Paca. El cura había hecho una seña y, a la orden, algún hombre del pueblo levantó la tapa del ataúd. Allí estaba ella, quieta, peinada, ajena a todo lo que pasaba a su alrededor; con el mismo gesto de relajación que todas esas otras veces que la había visto traspuesta en el sillón. Yo, que apenas levantaba un palmo del suelo, también estaba allí, viendo, por primera vez, un cadáver. Aquel hecho no era extraño, no hace tanto, se miraba a la muerte cara a cara. Se la miraba y se hablaba de ella sin remilgos, sin pudores, sin eufemismos, con la naturalidad de cualquier hecho natural. Cada vez que una persona del pueblo fallecía, mi madre, venía a mí y me decía: “Se ha muerto fulanito” y ya, sin plantearse si me iba a generar algún tipo de trauma porque, efectivamente, no hay trauma que valga cuando la relación con la vida, y la muerte es parte de la esencia misma de la vida, se afronta, desde el principio, en su totalidad. Me lo decía como me decía: “Menganita tiene un cáncer” o “A Zutanito le ha dado un ataque de corazón y está en la UVI”. Hoy la enfermedad se recluye en hospitales y la muerte, directamente, se esconde. No existe el contacto con ese corolario de la vida, como si enfermar o morirse fuera algo de mal gusto. Pero la parca está ahí, preparada para venir sin que sepamos con qué prisa. Puede llegar cuando menos te lo esperas, como no llegar por más que parezca anunciarse. Morir, al fin, es tan fácil como difícil. Y bueno es saberlo. Un ‘bueno’ que no planteo con el sentido moral que destila la parábola del Evangelio de Mateo de las 10 doncellas, cinco necias y cinco sensatas, que salieron a esperar al esposo; no hablo de ‘preparación ante’ sino de ‘consciencia de’.

lunes, 9 de mayo de 2016

NENÚFARES

Los estanques se llenan de color, de todos los colores, cuando los nenúfares florecen. Esta exhibición de hermosura no va más allá de los cuatro o cinco días, pues ese es el tiempo que dura su efímera vida.  Una especie de tapete verde cubre el agua y sirve de tenue soporte a tan delicadas flores. Si la vida de la flor es corta; la del tapete, no. Este permanece enraizado en las tierras del fondo del estanque.
En el jardín de la casa que adquirió el pintor parisino Claude Monet en Giverny dejó espacio para un estanque en el que habrían de enseñorearse estas flores. Monet fue capaz de atrapar esos instantes de belleza y perpetuarlos por medio del óleo.

lunes, 2 de mayo de 2016

VAMOS, QUE 'LALIAO' PARDA

Hubo un tiempo, muy anterior al nuestro, en el que ‘fama’ y ‘prestigio’, sin ser lo mismo, se parecían demasiado. El matiz que separaba ambos términos tenía que ver con un par de restricciones del segundo respecto al primero: por un lado, el prestigio, aunque pueda extenderse a una población en general, venía apuntado por el notorio reconocimiento entre las gentes de un mismo ámbito; por otro, siempre nacía en torno a un hecho o una trayectoria reconocidos socialmente como positivos. Eso era antes, ahora la distancia que les separa es abismal y ello, pese a que el ‘prestigio’ sigue significando, más o menos, lo mismo. El sentido de ‘fama’, sin embargo, ha efectuado un viaje que le ha cargado de connotaciones negativas:ahora es, sin más, el hecho de ser conocido por multitud de personas sin que sea necesario que se recuerde la razón de dicho conocimiento. Es así hasta el punto de que ser famoso se ha convertido en una categoría en sí mismo. El prestigio; al fin, se labra con el cincel del trabajo callado y, como las letras esculpidas en mármol, perdura por un largo tiempo;la fama suele ser más evanescente porque se logra con gritos a través de un altavoz. Todavía queda la posibilidad de adquirir esa pretendida fama como simple corolario de un prestigio adquirido por el buen hacer, sin embargo, es más corto y tentador el atajo que se llama publicidad. En muchos casos, esta fama no es más que la coartada para satisfacer carencias personales, para poder presumir de algo; en no pocos, es una excusa para enriquecerse. Existen otros casos en que la fama llega de forma involuntaria, simplemente sobreviene a alguien por estar en el sitio preciso, en el momento indicado y acertar sin pretenderlo con lo que suelta por esa boquita. Así le ocurrió, por ejemplo, un mal día del verano de 2008 a aquella socorrista cuyo nombre no pretendo recordar. La mujer se equivocó y vertió en la piscina el líquido que no debía provocando una nube tóxica. Hasta ahí un accidente sin más. La explicación de la susodicha, sin embargo, le otorgó esos quince minutos de fama que preconizó aquel supuesto artista de lo vacuo llamado Andy Wharhol. Ella, delante de la cámara, con cara a medio camino entre asustada y colocada, explicó de forma surrealista lo que había pasado y las consecuencias en bien pocas palabras: «Me he equivocado de producto (...), ha hecho una reacción (...). Vamos, que ‘laliao’ parda».

lunes, 25 de abril de 2016

FUERZAS CONTRA FUERZAS


Si desde el piso de arriba cayese una piedra, y fotografiase la ventana en el preciso instante en que dicho pedrusco estuviese a la altura de mi cabeza, podría decir, al ver la imagen, que la piedra está a la misma distancia del cuarto piso que del segundo. Pero, con ser cierta la afirmación, no serviría para explicar nada. Habría que añadir, si se pretende entender qué está ocurriendo, un estudio de fuerzas y concluir que la piedra se mueve en una dirección, hacia abajo, debido a la implacable ley de la gravedad. Nuestra piedrecita está condenada a caer a menos, eso sí, que otra fuerza mayor se interponga en su camino. Las fotografías, como los análisis acomodaticios, solo visualizan un instante concreto, sin contar cómo se llegó a producir, sin prever qué ocurrirá o, llegado el caso, qué se podría plantear para que ese algo inexorable no se llegue a producir. Frente a la estática fotografía caben, pecando de lo contrario, secuencias de imágenes cuyo movimiento se opone a las inmutables leyes físicas, idealizaciones que no se pueden sostener más que en escenarios oníricos o en los dibujos animados. Aquellos, por conservadores, yerran al centrarse en lo que existe dejando de lado las dinámicas sociales; estos, por ilusos, al hacerlo de lo que sueñan, dejando de lado lo que hay.

domingo, 17 de abril de 2016

SEGUIR EXCAVANDO

El maestro Gila, en uno de sus monólogos cuando aún no se llamaban así, relataba la historia de su vida. Una historia de mucha pena, como le gustaba advertir. A vuelapluma, que no hay tiempo para más, transcribo uno de los episodios de esta azarosa biografía: «En la mesa éramos doce; a saber, nueve hermanos, mi papá, mi mamá y un señor de marrón. Tantos, que estábamos deseando que se casara mi hermana la mayor para que nos tocase más en el reparto, pero cuando se casó pasamos a ser trece y esperábamos a otro». Vamos, que en la familia de don Miguel, como en casi todas, se convertía en inexorable la Ley de la fatalidad de Murphy: si algo puede salir mal, no lo duden, saldrá mal. Puede sonar a gracieta, pero lo cierto es que, por unos motivos o por otros, cuando algo se tuerce parece que atrae a todas las desgracias de su signo. Parte de la explicación tiene que ver, solo en parte, con la percepción; esto es, que tal vez no sea así en realidad pero así lo percibimos ya que tendemos más a recordar esos males cuando llegan encadenados como cuentas de rosario que cuando suceden de forma aislada y se intercalan entre las buenas noticias. Sin embargo, también hay otra parte de la explicación que se asienta en los hechos tal y como son y es tan simple como que una mala noticia infiere en nuestro estado de ánimo de manera que nos predispone a malencarar los acontecimientos venideros. Sea, por ejemplo, una mala noticia en el territorio laboral, el ánimo decae, el ritmo adquirido se modifica, las relaciones personales empeoran porque a uno le apetece menos la tertulia y cuando le apetece se muestra más irascible y, entonces, es el resto el que se aleja. Podemos añadir que en tal estado es más fácil enfermar, etc, etc. Aun cuando te esfuerzas por romper esa dinámica, cualquier pequeño traspiés te devuelve a la penumbra.

domingo, 10 de abril de 2016

REPETIR O TIRAR

Cualquier estudiante sabe que un curso se puede aprobar, en primera instancia, salvando las evaluaciones o, en segunda, superando unos exámenes finales. En el caso de no lograrlo ni en una ni en otra, queda una última bala que se disparará allá por el mes de septiembre. Pero, no son pocos los alumnos que, a pesar de la triple oportunidad, no logran aprobar el número requerido de asignaturas y se ven en la tesitura de tener que repetirlo un año después. Por aquello de tener que sobrevivir impartiendo clases de apoyo y por mi faceta de padre, he podido escuchar las sensaciones de unos cuantos chavales que veían sus respectivos cursos como un muro tan alto que se sentían incapaces de saltarlo. En algún momento, cariacontecidos, cabizbajos, te espetaban que repetirían curso y que, por tanto, no merecía la pena ni un solo esfuerzo más. El cuerpo, para motivar, te pide exponer el catálogo de frases hechas, que si no hay nada imposible, que si querer es poder, que si tal, pero con el tiempo te das cuenta de que no producían efecto alguno ya que, aunque en principio pudiera parecer que sí, al primer revolcón posterior, volvíamos a las andadas. Era mejor mirar el fracaso de frente para sobreponerse y salvar algún mueble del naufragio. El problema no era repetir, un trago por el que han tenido y tendrán que pasar un ingente número de adolescentes, sino que ese golpe pueda generar un agujero insondable. Repetir curso, lejos de lo que pueda parecer, no facilita que la nueva intentona vaya a resultar más sencilla; de hecho, en muchos casos, suele ser al revés: los resultados del segundo desempeño son peores que los del primero menoscabando las posibilidades de reenganche. Ahora, cuando algún chaval me dice que da el curso por acabado, le respondo que una cosa es no pasar curso y otra, bien distinto, tirarlo. Que si no quiere verse, un año después, en las mismas circunstancias, tiene que mantener el hábito de estudio y adquirir el mayor número de conceptos que le faciliten la posterior tarea. Y ¿quién sabe? a lo mejor suena la flauta y se salta el muro. No es fácil asumirlo pero permite modificar el contexto para encauzar los años venideros.


lunes, 4 de abril de 2016

HE SIDO YO, HE SIDO YO


Empecemos por el final. Lo que otrora, no hace tanto, se tuvo, pongamos por caso la estabilidad laboral acompañada de unos ciertos derechos, de repente, se ha esfumado, no es más que un vaporoso recuerdo. La gente sufre impávida estos reveses como si nada pudiera hacer; como si la solución, de haberla, estuviera en manos de otros. Asisten desesperanzados, observan los acontecimientos con absoluto descreimiento, no albergan sensación alguna que les haga intuir que algo, lo que sea, pueda voltear la situación. Sus rostros denotan cierto hartazgo, incluso se podría decir desafección. Lo que podría haber parido rabia ha engendrado, sin más, anonadamiento. Ya ni se piensa en cómo fue antes, en cómo pudo haber sido. Ni, por supuesto, se cuestiona cómo se ha llegado hasta aquí. Insertos en esta situación, cualquier cosa que la mejore -o la prometa mejorar- se convierte en el clavo en el que se agarra la esperanza. Cualquier cosita, un pequeño cambio, se celebra como si fuera la panacea. Los que se consideran a sí mismos protagonistas necesarios para haber obtenido esas migajas se enseñorean ufanos dispuestos para recibir los aplausos del tendido. Hasta que, ya en frío, caemos en la cuenta de que lo que se ha conseguido, todo lo más, es celebrar que no se va a mucho peor.

lunes, 28 de marzo de 2016

TAMBORRADA EN MIRANDA


En la provincia de Albacete, situada en la carretera que une su capital con la de Murcia, está la localidad de Tobarra. Allí dicen que su Semana Santa es mundialmente conocida y debe ser cierto ya que, no en vano, sus celebraciones están declaradas de interés turístico regional y nacional. El que yo no hubiese oído hablar de ellas hasta hace unos días no resta valor a ese 'mundialmente'. El desconocimiento era debido más a mi torpeza que a otra cosa. El caso es que, ahora sí, estoy en condiciones de situar a Tobarra en el mapa, ya me ha llegado la onda. Ya sé que cada año, llegadas las cuatro de la tarde del Miércoles Santo, miles de tobarreños -a la vez- se aprestan a aporrear el tambor y la tamborrada no ceja hasta las doce de la noche del Domingo de Resurrección. Alguien contó las horas y salían 104. Pues bien, institucionalizaron las fechas y los números, de forma que miércoles a las cuatro es miércoles a las 16, domingo a las doce es domingo a las 24 y 104 son 104, ni una más ni una menos. Pero, mire usted por dónde, este año tocaba el adelanto de hora en medio de la efeméride, lo que conllevaba un recorte y eso sí que no -104 son 104 y 103 es un coñac-, que por otros recortes no nos movilizamos pero las costumbres son las costumbres y si hace falta quemamos las calles y ¡muera Esquilache! El ayuntamiento, que otra cosa no hará, se rebeló contra la imposición centralista y editó un bando haciendo saber que allí cambiaban el reloj cuando querían y a esa hora, no querían. Lo dejaban, pues, para más tarde.

domingo, 20 de marzo de 2016

VIVOS Y SIN BOFETADAS

En los años setenta no se estilaba lo de «papá, el maestro me ha pegado». Si aún eras un renacuajo, las actitudes quejicosas no te salían rentables. Digamos que lo que ahora es una queja, antes se convertía en un autoinculpamiento que conllevaría, con absoluta seguridad, la sentencia lapidaria de tu padre en forma de otra bofetada siempre adornada con aquella imprecisa -pero definitiva- condena: «Algo habrás hecho». Varias eran las manos adultas que se sentían legitimadas para ser estampadas en una tierno rostro infantil. Un día de entonces temí que, una tras otra, todas ellas fuesen repicando sobre el mío. Había estado en el ‘petril’. Enfrente se apostó una furgoneta de la que salió un forastero que venía a realizar una instalación en la iglesia, abrió la puerta lateral y se agachó de tal forma que puso ante mis ojos su culo en pompa. No lo pude evitar: le pateé y el hombre cayó dentro de su furgón. Salió con frenesí persecutorio lanzando al aire todo tipo de improperios. Yo corría con la certeza de que no conseguiría alcanzarme, conocía cada recoveco del pueblo, cada escondite de las afueras, y él no; por lo que le daría esquinazo. Pero no era menor otra certeza: no sabría cómo escapar de aquel listado de manos autorizadas a golpear y que, a buen seguro, más temprano que tarde habrían de conocer los hechos. La noticia corrió más rápido aun de lo que imaginé y cuando salí de mi escondrijo lo sabía ya todo el pueblo. Me fui encontrando, de uno en uno y por este orden, con el cura, el maestro y mi padre. La escena se repitió tres veces: me preguntaron -como si no lo supieran- que qué había hecho. Yo, obviamente, decía que nada y cuando esperaba la bofetada, les asaltaba una carcajada. Adulto que se ríe no pega, pensaba, y así fue. Una tras otra se fueron quedando en los bolsillos y me acosté con la grata sensación de impunidad, de haber salido vivo.

domingo, 13 de marzo de 2016

TIBA A MEDIO PLAZO



Desde que Carlos I, pongamos por caso, firmaba una orden hasta que esta se aplicaba en el punto más recóndito de ‘sus dominios, podían pasar meses. Hoy, sin embargo, si un concejal de cualquier villorrio eructa en un pleno por la mañana, toda España habrá visto las imágenes antes de la hora de comer. La tercera revolución industrial, la que ha permitido que la comunicación de cualquier hecho en tiempo real, ha permitido cambios de tal enjundia que han configurando una nueva sociedad, un nuevo tipo de ciudadanos. Como consecuencia, los dirigentes políticos tienen que responder a otros patrones también modelados por la inmediatez; esto es, que están más pendientes de la respuesta momentánea que de la virtualidad de las medidas que puedan tomar. Así, apostarán por iniciativas que sean tangibles al minuto de ser aplicadas en detrimento de los verdaderos cambios estructurales y primarán que su presentación tenga todos los componentes pintureros que sean posibles. Vamos, que escuchado el consejo que hace siglo y medio apuntara el novelista francés Victor Hugo: «Abrid escuelas para cerrar prisiones», harán oídos sordos y elegirán el camino opuesto. Al fin y al cabo, una apuesta decidida por la educación vertería sus efluvios años después, serán otros los que presuman de sus resultados. Con la apertura de cárceles (o el endurecimiento de los códigos penales), sin embargo, se puede en marcha la maquinaria de hacer demagogia desde el primer minuto.

lunes, 7 de marzo de 2016

FALTA DE TENSIÓN

El papel lo soporta todo. Sobre un folio puede defenderse una cosa y su opuesta de forma tan brillante que, tras su lectura, podemos compartir una teoría y su contraria. En cada uno de ellos, sin embargo, más allá de lo que aparece escrito, viven escondidos otros significados, otras lecturas que desvelan secretos ocultos incluso para el propio autor. En esa segunda lectura se desnuda el texto privándole de su ropaje retórico para exhibir cada uno de los materiales que forman el vestido. Para ello, se toma un texto, se separan las partes que lo forman, se estudia cada una de ellas y se recompone uno nuevo que desvela otro significado. El objetivo es encontrar lo que se esconde debajo del papel. En el ámbito filosófico, esta práctica de nudismo conceptual recibe el nombre de deconstrucción. Este término ha encontrado su protagonismo en la gastronomía, aquí también deconstruir es separar los ingredientes con que se prepara un plato para, posteriormente, combinarlos de otra forma. Quienes han escuchado esta semana las intervenciones de los líderes políticos en los debates de no investidura tienen material suficiente para una desconstrucción profunda o para una mucho más liviana, de esas que se limitan a descifrar qué quieren decir cuando dicen lo que dicen.

lunes, 29 de febrero de 2016

PIANO PIANO NON SI ARRIVA LONTANO

No creo que exista un idioma en que no se relacione la lentitud con la consecución de los objetivos mediante un aforismo. Algunos de esos dichos hacen fortuna y se cuelan en otros territorios lingüísticos. No es infrecuente, por ejemplo, que es esta tierra recurramos al italiano ‘piano, piano, si arriva lontano’ para calmar al que se acelera. El consejo no suele caer en saco roto en muchas de las facetas de nuestra vida en las que hay tiempo de sobra; en otras, cuando el reloj apremia, ese ‘despacio, despacio’ solo sirve para no llegar a sitio alguno.

Hace años, cuando al que ganaba un partido de fútbol le otorgaban dos puntos, el punto obtenido por un empate tenía el sabor de media victoria. Tan es así que, en el territorio en que se inventó esto del balompié, se ajustó el ritmo que debería mantener un equipo que pretendiera conseguir el título de liga: habría de vencer en los partidos de casa y empatar en los que jugase en campo rival. En conjunto, tres puntos cada dos partidos. Un ritmo al que se denominó ‘media inglesa’. Este alto valor del empate condujo a la proliferación de unos planteamientos futbolísticos cada vez más cicateros. Al fin y al cabo, siempre fue más sencillo destruir que crear. Había que idear algo para fomentar el juego más imaginativo, las apuestas más osadas y se encontró una sencilla solución numérica: mantener el punto por la igualada pero otorgar tres al que obtuviese la victoria. Desde entonces, el empate no es sino un mal menor, un pequeño consuelo que adquiere valor si se rodea de algún triunfo. Sin embargo, cuando tras uno viene otro y otro y otro...,amortigua su peso.

lunes, 22 de febrero de 2016

ÉMBOLO Y ORQUESTA


La luna se ha convertido en el perfecto reclamo para debatir sobre los dedos que la tapan. Quizá sea porque para hablar del satélite habría que tener conocimientos suficientes, además de la integridad propia del científico, esa que solo le permite decir que es cierto lo que está demostrado. Para soltar parrafadas sobre los dedos, sin embargo, vale cualquiera. No es la primera vez que lo digo, pero, pienso, no está de más repetirlo: tras tres largos lustros de un paulatino decaimiento del interés por la política, de repente, siquiera desde una mirada desafectiva, esta volvió a ocupar un espacio preponderante en las conversaciones cotidianas. Las cadenas de televisión, empresas al fin y al cabo, comprendieron que había un filón por explotar y fueron incorporando programas en los que la política habría de ser esa luna. Para esta función se encomendaron a una suerte de ‘todólogos’ que, al modo de un programa del corazón, se enzarzaban repetidamente sobre cualquiera de los dedos que la tapaban. La política se oscureció dando paso a tristes debates sobre políticos. Este escenario propicia la insustancialidad y alienta una camada de representantes adaptados al medio: son los que se nutren de una ocurrencia, de una frase, de una aparición, que pueden hilvanar un discurso en el que cabe todo y su contrario a la vez. Y este menda, que se hace mayor, añora los discursos con los que pueda estar de acuerdo o disentir desde la primera frase, pero que abordan las propuestas asiendo el meollo y se escriben con coherencia argumental. Así, cuando la materia está sustanciada, cuando nos dejamos de dedos, puedo saborear y aprender de las tesis expuestas, aunque estas sean antagónicas. Después, los discursos, por buenos que parezcan sobre el papel, tienen que confrontarse con la realidad y, no pocas veces, terminan en la papelera.

domingo, 14 de febrero de 2016

EL PORTERO SANTO

El gentío se arremolinaba inquieto en el destartalado salón de actos. Allí estaban todos los vecinos del microcosmos de ‘Amanece que no es poco’ esperando ansiosos que el alcalde proclamase el resultado de las elecciones. Supongo que hoy en día esta escena sorprenda, pero antaño, sobre todo en los pequeños pueblos, era frecuente que las salas municipales se atestasen mientras se efectuaba el escrutinio en su doble vertiente: la que contaba los votos y la que escudriñaba quién había votado a qué. Los presidentes de las mesas, además de abrir los sobres e indicar el sentido del voto para su recuento, mostraban la papeleta a la concurrencia. Si este interés se despertaba en cualquier pueblecillo, imagínense en la aldea creada por José Luis Cuerda donde se votaba absolutamente todo.

domingo, 7 de febrero de 2016

LAS MATES FALLAN

En nuestro lenguaje coloquial, cuando nos referimos a algo que es así porque es así y no puede ser de otra manera, lo reforzamos con una coletilla: «es matemático, como dos y dos son cuatro». Las matemáticas, aun para los que huyeron de ellas en cuanto pudieron, gozan de prestigio por su rigor, por su exactitud. De hecho, es la propia Academia de la Lengua la que define el término matemático identificándolo con preciso. Es natural que así sea ya que las matemáticas se van componiendo a partir de propuestas que parecen evidentes -los axiomas- que, mediante el razonamiento lógico, han de ser demostrados para convertirse en teoremas, esto es: verdades eternas demostradamente irrefutables. Como afirma en uno de sus monólogos el matemático humorista (¿o sería mejor humorista matemático?) Eduardo Sáenz de Cabezón: «Nos han dicho que un diamante es para siempre pero depende de lo que uno entienda por siempre. Un teorema, eso sí que es para siempre».

domingo, 31 de enero de 2016

UN POCO MÁS LEJOS


Aún recuerdo el día en que llegué al colegio en el que posteriormente pasé seis años interno. Corría el año 1980. No se me quitó en todo el día la cara de búho, esos ojos abiertos de par en par que pretenden asimilar de un solo golpe de vista todo el nuevo mundo al que te incorporas. Tan recién llegados como yo había otro par de docenas de chavales. Los frailes nos juntaron a todos en la misma sala para que nos fuésemos conociendo. En realidad, esa es una idea propia de adultos: los niños no necesitan más que la ocasión para ponerse a jugar entre ellos; no requieren presentaciones, ni se ciñen a protocolo de cortesía alguno más allá de acercarse, sonreír y preguntar ¿puedo? Después, cuando el juego se haya dado por concluido, ya habrá tiempo para contarse lo que haga falta. En aquella sala, entre temerosos y sorprendidos, nos levantamos de uno en uno para decir con todo el aplomo que podíamos cómo nos llamábamos, de dónde veníamos y contar alguna cosa de nuestro pueblo. Recuerdo el dato: Rasueros, seiscientos habitantes. Años antes tuvo más, hasta mil, pero -víctima del éxodo del campo a la ciudad- sus gentes se fueron yendo para asentarse en los diferentes alcorcones’ en que se daba el proceso inverso. En 1950, en aquel pueblecillo a la vera de Madrid eran los que vivían apenas setecientos paisanos. Hoy, mientras Rasueros languidece como lo hace ese centenar de personas que aún quedan, Alcorcón camina en pos de los dos centenares de miles de habitantes. Al fin y al cabo, la dinámica económica y, por ende, la social genera fuerzas centrípetas que lanzan a las personas esa dirección. Castilla, escribía hace unos días el leonés Julio Llamazares en El País, es la región que más sufre el centralismo de Madrid y la que más carencias tiene. Llamazares recordaba al escritor soriano Avelino Hernández quien en su día aventuró que Castilla «se muere sin remisión». Nunca se sabe en qué momento se trunca una línea, pero esta parece caminar tenaz en su dirección.