Los primeros homínidos hubieran sido también los últimos de no
haber sido por haber creado, tal vez de forma involuntaria, un vínculo
entre los miembros de la comunidad. Cualquiera de nuestros antepasados
por sí solos no hubieran tenido posibilidad alguna
de sobrevivir en un medio que les era absolutamente hostil. El humano
no es rápido, ni ágil, ni fuerte como para enfrentarse a depredadores
que sí lo eran y que se hubieran pirrado por meterse entre pecho y
espalda un bocado tiernecito de carne de bípedo.
Si a pesar de tanto peligro, fueron capaces de seguir adelante fue
impelidos por ese instinto que les llevaba a poner en peligro su propia
vida por un bien biologicamente superior: la pervivencia de la especie.
De aquel ancestral resorte, algo nos debe de
quedar aunque sea de forma muy matizada. Es cierto que se ha luchado
contra la naturaleza para conseguir espacios vitales que propiciaran
seguridad y que desde entonces se han modificado mil veces las
estructuras sociales. Es cierto que la razón ha funcionado
y en consecuencia se ha abordado la ética como estudio y reflexión
sobre una guía ideal de comportamiento. Pero también lo es que el ser
humano continúa buscando espacios grupales con los que sentirse
identificado. Los patriotismos y los nacionalismos de diverso
pelaje no dejan de ser una forma de cubrir esa necesidad atávica: la de
pertenecer a algo más grande que uno mismo y así dotarse de un
sentimiento identidad colectiva. Paradójicamente, estos espacios de
pertenencia ya no servían solo para defenderse
como humanos frente a los imponderables de la naturaleza, sino para
crear grupos estancos de humanos que se enfrentaban entre ellos.
Blog sin más pretensión que la de poner un poco de orden en mi cabeza. Irán apareciendo los artículos que vaya publicando en diversos medios de comunicación y algunas reflexiones tomadas a vuelapluma. Aprovecharé para recopilar artículos publicados tiempo atrás.
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domingo, 11 de junio de 2017
lunes, 5 de junio de 2017
PUCELANIAN RHAPSODY
Mientras por estos lares faltaban apenas tres semanas para que se
muriese en la cama el dictador Franco, una banda aún desconocida que
respondía al nombre de Queen presentaba su disco ‘Una noche en la
ópera’. Los cuatro chavalejos iconoclastas que componían
el grupo inmediatamente gozaron de un reconocimiento internacional que
jamás perderían. El disco nacía con buen pie desde la elección como
nombre del título de una de las más geniales películas de los hermanos
Marx. Pero más allá del homenaje, el aldabonazo
que les abrió todas las puertas de la gloria futura lo dieron con una
de las canciones que integraban dicho álbum: Bohemian Rhapsody. El tema,
desde luego, desconcertó tanto por una letra aparentemente hermética
como por una composición musical que va dando
saltos de un estilo a otro. Muchas vueltas ha dado la Tierra desde el
día de su estreno y aún hoy siguen surgiendo teorías que pretenden
abordar el significado de la letra. Están desde los que la entienden de
una forma más o menos literal y la asocian con
el relato de ‘El extranjero’, una de las obras emblemáticas del
escritor franco-argelino Albert Camus, hasta quienes –en la confesión a
la madre del asesinato de un hombre– interpretan que Freddie Mercury se
refería a él mismo como el asesinado y pretendía
así hacer pública su homosexualidad. La música, por otra parte, hacía
honor al nombre de la canción: efectivamente se trataba de una rapsodia
al modo de los románticos del XIX: de una composición formada por partes
bien diferentes que se unían a gusto del
autor. La canción arranca con un canto a capela, inmediatamente entra
el piano para dar paso a una balada, el sonido sube en intensidad y
arranca un solo de guitarra que de pronto cae para dar paso a un minuto
de ópera que se cierra abriendo la puerta al rock
que a su vez va dejando de ser para volver al inicio.
domingo, 28 de mayo de 2017
HOY ES EL DÍA
Una de esas tardes en que Mafalda se ponía espléndida, se acercó a su padre y le asaeteó con una pregunta de esas que congela primero el aire y luego el alma. El hombre empezó a temblar, bien la conocía, en cuanto comprobó que la niña en su andar decidido se encaminaba hacia él. Hay cosas a las que uno no se acostumbra por más que repitan. Cada pregunta de la niña le recordaba las sensaciones de quien se enfrenta a un examen. «Decime, papá, ¿en tus tiempos se vivía mejor que ahora?» Touché. ¿Qué decir? Debió (de) pensar el hombre. Si digo esto volverá con aquello; si digo aquello, me saldrá por peteneras. Todos los caminos que inventaba chocaban con un muro que cerraba el paso. Ya que no iba a encontrar una respuesta con la que dar conformidad a la curiosidad de la niña, por lo menos habría que intentar salir airosamente del paso. Resopló. «Bueno... No había tantas armas nucleares, ni tanta subversión, ni tantos líos raciales...». Observó la cara de la niña, dedujo que la respuesta no había llegado al aprobado. Desarmado, vencido, se encogió de hombros esperando la nota. «¿Qué querés que te diga?». Mafalda no tardó en redactar la sentencia. «Quería que me dijeras que estos todavía son tus tiempos». Ni en firmarla. «Veo que ya estás medio ¡ñac!». El hombre se sentó completamente abatido en el sofá embobado en sus pensamientos. Eran otros tiempos, eran otros tiempos, los míos eran otros tiempos. Por más que la niña se empeñe, los tiempos me han empujado afuera hasta no comprender el sentido actual de giro.
Le entiendo porque a mí me pasa, porque me reconozco más en el antes que en el ahora, porque no sé qué se vende en dos de cada tres anuncios de la tele. Antes podría ser un inadaptado, que no digo que no, pero lo era, o quería serlo, frente a un mundo que conocía; ahora observo lo que pasa como la vaca que mira el tren.
Le entiendo porque a mí me pasa, porque me reconozco más en el antes que en el ahora, porque no sé qué se vende en dos de cada tres anuncios de la tele. Antes podría ser un inadaptado, que no digo que no, pero lo era, o quería serlo, frente a un mundo que conocía; ahora observo lo que pasa como la vaca que mira el tren.
lunes, 22 de mayo de 2017
ANTES QUE EL ÚLTIMO DE LA FILA
Seguro que se acuerdan de aquellos años en que cada día en la portada de
los periódicos de esta ciudad, de cualquier ciudad, aparecía la foto de un
alcalde o un presidente de la Comunidad inaugurando un puente, un aparcamiento
o unos kilómetros de autovía. Sí, venga, hagan memoria, no hace tanto. Se
acuerdan, seguro, de cuando en los presupuestos de cualquier institución
sobraban los ceros a la derecha y todo se podía hacer o, al menos, hacer creer
que se podía. La ciudad que no tenía aeropuerto pedía uno; la que no tenía
línea del AVE, la exigía –tenemos derecho, decían, faltaría más-. Los debates
que se lanzaban entonces al aire eran más de índole geográfica que económica,
la cuestión no era si se necesitaba y por cuánto nos saldría un, pongamos por
caso, palacio de congresos sino cuál sería la ubicación ideal o, en todo caso,
cómo tendría que ser de grande. Seguro que, de la misma manera, recuerdan que
en las vísperas electorales, el sentir que se palpaba era de una aquiescencia
general que se transmitía con aquellas frases que se repetían como coletillas en
cada rincón: “El alcalde habrá hecho cosas mal, pero ¡qué bien ha dejado el
centro!, ¡qué limpia tiene la ciudad!”. Los prebostes exhibían ufanos su
balance constructor y volvían a ser reelegidos una y otra vez. De tanta palmada
real o metafórica, buena parte de ellos llegaron a creerse su propia mentira,
la de que gestionaban bien. En realidad, simplemente, administraron la
abundancia y sobre ese hecho circunstancial, unos medios más que adecuados, se
deberían realizar los balances. Quienes llegaron después a ocupar los sillones
de las distintas alcaldías, por el contrario, tuvieron que lidiar con la
escasez y con las nuevas limitaciones legales que coartaban buena parte de la
autonomía municipal. Comparar un gobierno con otro basándose sin más en lo que
se construyó en cada época resulta, por tanto, ridículo. Cuando este modo de
cotejo parte de la boca de algún regidor anterior es, llanamente,
patético.
domingo, 14 de mayo de 2017
HAY ALGO, LLEGA EL MIEDO
No es extraño que en la mayoría de los cuentos clásicos, esos que se
transmiten oralmente de generación en generación, entre el elenco de personajes
aparezca ‘el lobo’ o ‘el ogro’. No se trata de ogros o lobos cualesquiera,
no; lobo y ogro se presentan precedidos
de un artículo determinado, ese ‘el’ que les dota de entidad propia. Así, ‘el
lobo’ y ‘el ogro’ dejan de ser un animal o un gigante inconcreto para encarnar
en un solo ser la esencia de la maldad, la maldad misma, que acecha.
No es extraño, decía, que en casi
todos los cuentos aparezca uno u otro. En estos relatos fantásticos,
recreaciones de la mente humana, se condensan buena parte de sus emociones y
entre ellas, en un lugar de privilegio, siempre encuentra acomodo el miedo.
Ambos personajes son los encargados de jugar ese papel, el de advertir de los
peligros, Caperucita, Pulgarcito, si camináis solos por el bosque...
lunes, 8 de mayo de 2017
PALABRAS EROSIONADAS
Hay instantes en los que somos testigos de un hecho aparentemente
nimio por su nula repercusión social, pero que encierra los elementos
necesarios y suficientes para plantear una serie de reflexiones que
bien podrían servir como materia para desarrollar
en un examen de filosofía o como núcleo de reflexión para encauzar una
tesis en el campo de la ética. Una de esas situaciones se produjo ayer
cuando el reloj apenas había descontado once minutos del partido que en
tierras andaluzas enfrentaba al Pucela con
la UD Almería.
El blanquivioleta De Tomás y Casto, el portero rival, corrían en sentidos opuestos en pos de un balón que avanzaba inexorablemente hacia un punto intermedio entre la posición de ambos. Una situación límite de esas en las que, si llega antes el atacante, podríamos dar el gol casi por seguro. Si, por el contrario, es el portero el que vence en la pugna, malbaratará la ocasión y resuelto el problema que se le presentaba. Una décima de segundo, todo lo más, es el filo que dirimirá si es uno u otro quien conseguirá su propósito. En este caso, fue Casto quien logró alcanzar el objetivo, pero por un margen tan exiguo que no consiguió golpear el balón en la dirección, ni con la contundencia que hubiera deseado. De Tomás, por lo ajustado del lance –y también porque los delanteros cada vez apuran más en estos trances con el consiguiente riesgo para los porteros– no evitó el contacto con su rival. Así las cosas, la pelota cayó en los pies del blanquivioleta Moyano que veía la portería almeriense desguarnecida. Casto, desubicado, pretendió evitar el riesgo agitando los brazos como aspas de molino mientras gritaba exagerando su dolor. El ligero golpe, los exagerados aspavientos, el sereno caminar nada más levantarse, hacen pensar que el portero fingió y lo hizo con un doble propósito: presionar al árbitro para que señalase falta y apelar a la ‘deportividad’ del oponente poniéndole ante la fea tesitura de rematar a puerta con el portero lastimado en el suelo. Sucedió lo primero, el árbitro señaló una falta que seguramente fue, pero el silbatazo no resta pertinencia a las reflexiones propuestas.
El blanquivioleta De Tomás y Casto, el portero rival, corrían en sentidos opuestos en pos de un balón que avanzaba inexorablemente hacia un punto intermedio entre la posición de ambos. Una situación límite de esas en las que, si llega antes el atacante, podríamos dar el gol casi por seguro. Si, por el contrario, es el portero el que vence en la pugna, malbaratará la ocasión y resuelto el problema que se le presentaba. Una décima de segundo, todo lo más, es el filo que dirimirá si es uno u otro quien conseguirá su propósito. En este caso, fue Casto quien logró alcanzar el objetivo, pero por un margen tan exiguo que no consiguió golpear el balón en la dirección, ni con la contundencia que hubiera deseado. De Tomás, por lo ajustado del lance –y también porque los delanteros cada vez apuran más en estos trances con el consiguiente riesgo para los porteros– no evitó el contacto con su rival. Así las cosas, la pelota cayó en los pies del blanquivioleta Moyano que veía la portería almeriense desguarnecida. Casto, desubicado, pretendió evitar el riesgo agitando los brazos como aspas de molino mientras gritaba exagerando su dolor. El ligero golpe, los exagerados aspavientos, el sereno caminar nada más levantarse, hacen pensar que el portero fingió y lo hizo con un doble propósito: presionar al árbitro para que señalase falta y apelar a la ‘deportividad’ del oponente poniéndole ante la fea tesitura de rematar a puerta con el portero lastimado en el suelo. Sucedió lo primero, el árbitro señaló una falta que seguramente fue, pero el silbatazo no resta pertinencia a las reflexiones propuestas.
domingo, 30 de abril de 2017
LA MALDICIÓN DE LOS CÍRCULOS
Uno de esos chistes tan candorosos como malos que nos contábamos
cuando éramos niños relataba las peripecias de un ladrón en su intento
de huir del policía que le perseguía. El raterillo en la carrera a campo
abierto había tomado cierta distancia, pero
al ver un árbol se puso a dar vueltas a su alrededor. Sorprendido, un
viandante que por allí pasaba le preguntó que qué hacía. Nuestro ladrón,
sin dejar de correr, le explica que huye de ese policía que se estaba
acercando. «Hombre de Dios –inquiere el transeunte–
¿no ve que el policía está cada vez está más cerca y si usted no deja
de dar vueltas él le va a alcanzar?». «No se preocupe –replica confiado
nuestro protagonista– le saco más de diez vueltas de ventaja».
domingo, 23 de abril de 2017
CHAS Y APAREZCO A TU LADO
Hemos entrado en un bucle infinito, ese ciclo que se repite una y otra vez sin ser capaz de encontrar el camino de salida. Lo que hace una semana parecía negro se emblanquece de la misma manera que entonces se ennegreció lo que llegaba pareciendo blanco. Gira de nuevo el carrusel y cambia otra vez la perspectiva que se abre delante de nuestros ojos. Da otra media vuelta la noria y nos volvemos a ver cerca del cielo, estiramos la mano, parece que está ahí, que lo rozamos, que las estrellas están a mano. La historia, de tantas veces contada, debería habernos convertido en refractarios a cualquier tipo de ilusión; pero aquí estamos y nadie podrá robar la esperanza, ese mirar la clasificación y contar con los dedos, ese fabular con lo que puede pasar todavía. Hace treinta años –ya treinta años– el dúo Álex & Cristina nos hacía saber que «los sueños no se pueden dominar» y, añado, si son buenos, ¿qué necesidad hay de hacerlo? Puede que lo sensato sea no construir castillos en el aire, vivir presentando el carnet de descreído. Puede, claro, así lo prescribe la razón y lo sugiere la experiencia; sin embargo, es demasiado aburrido. La verdad es que, bien visto, lo del Real Valladolid tiene su punto de gracia, se está convirtiendo en previsible su imprevisibilidad. Año tras año y no para de tararear el estribillo de la canción citada «cuando crees que me ves, cruzo la pared. Hago ‘chas’ y aparezco a tu lado, quieres ir tras de mí, pobrecito de ti, no me puedes atrapar». Con este equipo ya no sabe uno a qué atenerse. Cuando parece todo perdido, cuando les ves realizar un partido infame, cuando no encuentras argumentos para pensar en logros mayores, hacen ‘chas’, se sueltan un partido por encima de regular, se imponen por insistencia, y aparecen al lado de la promoción. Ahora, esta semana, lo veremos con otros ojos, los del optimismo. Así ha sido varias veces en la última época. Lo malo es que después, al intentar asentar esas buenas maneras, siempre llegó un bofetón. Es como si el alcanzar uno de esos puestos de privilegio le fuera imposible, como si al acercarse demasiado, la promoción le sonriese maliciosamente, se girase esquiva y le recordase que nunca lo conseguirá. Pero ‘nunca’ es una palabra que hace referencia al pasado. Que algo nunca hubiese ocurrido, no implica que no pueda ocurrir. Nunca nadie pisó la Luna es algo que solo se pudo decir hasta que Armstrong pudo lograrlo. Si algo nos enseña el fútbol es precisamente el poder de reilusionarse, de levantarse tras un batacazo, de encontrar un nuevo aliciente. Su historia, la de cada equipo, está plagada de decepciones que no pudieron derrumbar la esperanza de que algún día no fuera a ser así.
lunes, 17 de abril de 2017
SIETE PALABRAS
![]() |
| Imagen tomada de Iglesia en Valladolid |
No sé por qué, ando barruntando que jamás voy a recibir el encargo de
pronunciar el Sermón de las Siete Palabras. Ya, ya sé que no obra en mí ninguno
de los atributos requeridos, pero oye, tampoco juego a la lotería y, a veces,
cuando el fin de mes acecha con el martillo, pienso que un pellizco me ayudaría
a dar ese gran salto que lleva de la penuria a la simple pobreza. Bueno, para
eso también pienso en dejar de fumar. A lo que íbamos, dado que nunca me podré
encaramar sobre lo alto de una peana en la Plaza Mayor de la capital para este
menester, aprovecharé esta ocasión que se me brinda:
lunes, 10 de abril de 2017
NI DESCANSO, NI PAZ
No son pocos los que pretenden tomarse a broma su propia muerte y dejan constancia de ello con epitafios mordaces inscritos en sus lápidas, pero ninguno ha sido capaz de superar el humor tan sintético como corrosivo de la primera persona que decidió dedicar a un cadáver la fórmula del ‘descanse en paz’. Con tan solo tres palabras tuvo de sobra para definir la vida por contraposición: ese escaso tiempo que tenemos en el que el descanso es efímero; la paz, inconstante y la posibilidad de realizar el uno con la otra, una quimera. Vamos, que el desconocido autor de ese DEP, en el trance de la cercanía de su fallecimiento, bien podría haber escrito un AOQ –ahí os quedáis–, y haber añadido «que yo, por mi parte, terminé de sufrir». Bien pensado, sin embargo, no es malo que la vida sea así, una continua zozobra, un ir y venir compartiendo camino con lo inesperado. Precisamente por eso, siempre me sorprendieron dos afanes humanos aparentemente opuestos pero que respiran el mismo aire contaminado: la visión estática de la sociedad. Tanto da los que defienden el modelo en el que viven entendiendo que sus fallas son un mal menor como los que presentan una alternativa ideal a la que se aspira a llegar para, una vez alcanzada, permanecer en ella eternamente. Los primeros pretenden poner puertas al campo; los segundos, cambiar la fisonomía del campo para vallarlo después. Pero no hay tal; por más que Kant teorizase tratando de encontrar pautas que sirviesen para alcanzar una paz perpetua, la realidad demuestra que en la práctica no existe nada imperecedero, que los seres humanos no nacen aprendidos, que los logros sociales hay que reconquistarlos cada día y cada día de diferente manera, que lo que ayer valía, como el ábaco, hoy solo sirve para rellenar espacio en un museo antropológico.
lunes, 3 de abril de 2017
SEGUNDO PRINCIPIO DEL DESBARAJUSTE
![]() |
| Imagen tomada de aliciagalvan.com |
Los que de química saben mucho dirán que no es exactamente así, pero los profanos en la materia asociamos el término ‘entropía’ al desorden. El resultado de esta medida indica cuánto hay de desbarajuste en un sistema. Cuanto más caos, mayor será su valor. La habitación de un adolescente, por ejemplo, tendría una entropía muy alta. Claro, lo complicado es encontrar la forma de medir ese desorden. Esta variable lo hace en función de medidas probabilísticas –de azar, vamos–, de forma que cuanto más probabilidades haya de que algo ocurra de forma natural mayor será la entropía. Y de forma natural todo el mundo sabe que una habitación por sí misma no se ordena. Una pena, pero es así. Lo malo es que en cualquier sistema aislado, la entropía no deja de aumentar hasta que llega al equilibrio, esto es, a la posición que cuenta con mayor número de probabilidades. Esta noticia tampoco es buena para las personas que se encargan de apilar latas en los grandes almacenes, pero intuitivamente ya lo saben: es fácil que las latas de tomate frito apiladas en forma de pirámide caigan al suelo, rueden y se repartan a su libre albedrío por todos los pasillos, pero muy complicado tirarlas a los pasillos y que ellas solas, en algún momento, se apilen formando una pirámide. El Universo se comporta de forma parecida a la habitación del adolescente o a la pila de latas, lo que da lugar al segundo principio de la termodinámica, el que afirma que su cantidad de entropía crece, crece...
domingo, 26 de marzo de 2017
NASTI DE PLASTI
Alucina, vecina. Para flipar en colores. Llegas crecidito, partiendo la pana por el subidón de haber ganado fuera aunque fuese de chorra y toma jeroma pastillas de goma: el Nastic te da ‘pal’ pelo. Efectiviwonder, nos las prometíamos muy felices, dábamos por cerrada la crisis, mirábamos de nuevo para arriba. Guay del Paraguay. Con la defensa de cinco, el padre Herrera parecía haber descubierto el truco del almendruco. A los pocos minutos de que el árbitro diese el OK Makey, parecían confirmarse los mejores presagios, el Pucela estaba jugando dabuten. Los de Tarragona, qué nivel, Maribel, no daban dos pases seguidos medianamente bien. Por el contrario, ver como movían el balón los centrocampistas pucelanos molaba cantidubi, el gol llamaba a la puerta, habría de llegar pronto. Y llegó, pero fue en contra. Incrédibol. Un balón cruzado sin aparente peligro, del que los defensas, el uno, el otro, maroto y el de la moto, pasan porque Becerra sale como diciendo «esta es ‘pal’ menda lerenda» pero nanay de la china, no logra atajarlo y hasta luego Lucas. El central visitante Perone se encontró con toda una portería para él y, oye, debió pensar, voy a meter la pelotita dentro. Este año, vaya usted a saber por qué, el portero local tiene más peligro que una piraña en un bidé. Demasié pal body de un público tan harto que inmediatamente lanzó un mensaje silbado al portero: «La cagaste, Burt Lancaster». Por si no tenía ya mermada su confianza el bueno de Isaac, esta semana le tocará tragar estopa porque me da que va a haber leña al mono que es de goma.
lunes, 20 de marzo de 2017
MOMENTO DE CAMBIO
Hay momentos en la vida en que te cambia la perspectiva. Duran un instante, un apenas nada que te sitúa en otro plano diferente a ese en que, aunque fuese por simple inercia, tú mismo te ubicabas un segundo antes. Una frase sencilla, una imagen fugaz que te atraviesa el cerebro, son suficiente empujón para voltear tu punto de visión. Uno siente que ha dejado de ser un niño ese día que, con trece o catorce años, estás jugando un partido de fútbol sala y alrededor merodean unos mocosos. Hace nada tú eras uno de esos, les miras con cierta displicencia, te sabes mayor que ellos pero sientes que son de tu categoría. De repente, se les escapa la pelota con la que juegan y cae cerca de ti. Uno de los mocosos te avisa: «Eh, señor, por favor, nos puede acercar el balón». Ese ‘señor’ atruena en tu cabeza. Un rato antes tu padre te había reñido por cualquier cosa; ahora se dirigen a ti con un ‘por favor’, tratándote de ‘usted’ y llamándote ‘señor’. Los niños ya no te ven como uno de los suyos, ya no eres uno de los suyos.
domingo, 12 de marzo de 2017
LA CASILLA DE LA CALAVERA
Cuando aún no se presentaba en actos sociales como ‘marqués’, antes, incluso, de haberse incorporado como miembro de pleno derecho al inane mundo del colorín, Mario Vargas Llosa escribió una serie de libros que formarán parte, sin duda, de cualquier antología que aglutine las mejores novelas del siglo XX. A pesar de que la chavalería de la generación de mi hijo le asocie con los protagonistas de las páginas del ‘corazón’, es tan destacada la categoría literaria del autor de ‘La ciudad y los perros’ que en un futuro, cuando él ya no esté, el escritor que fue sepultará a ese personaje construido que ahora refulge en los saraos y, de tanto en tanto, aprovechando el prestigio antaño acumulado, escribiendo lisonjas, reseñas hiperbólicas sobre la actualidad política que le permiten coleccionar los aplausos que le dedican en los cenáculos del poder. Entonces, ya digo, se pasará por alto la paja de sus avatares vitales para centrarse en el grano de la calidad de una obra que trataba, literatura mediante, de encontrar respuesta a los interrogantes que atormentan a una mente lúcida como la suya. Una de esas preguntas, pegada –no podía ser de otra forma– a su realidad más cercana, la de su tierra de origen, servía como motor de arranque de ‘Conversación en La Catedral’, una de sus obras maestras, que publicó el año mismo en que yo andaba entretenido en nacer, 1969. En su primer párrafo, Mario Vargas Llosa ubica la figura de un meditabundo Santiago Zavala, uno de los protagonistas de las ‘conversaciones’, ante la puerta de un periódico. El hombre, absorto en sus pensamientos, buscaba en el pasado un instante preciso: «¿En qué momento se había jodido el Perú?». Conocido el justo punto, sería más fácil realizar un diagnóstico de la enfermedad y, quizá, solo quizá, encontrar el tratamiento que pudiera poner remedio a los diversos males que asolaban al país andino o, al menos, paliarlos, frenar la hemorragia que desangraba al paciente.
lunes, 6 de marzo de 2017
EXTRAÑOS MAMÍFEROS
La primera cuenta de dientes está condenada a una vida fugaz, es su sino. Como los teloneros cuya actuación antecede a la del grupo estelar, preparan, guían y estimulan. Sirven de estación intermedia, aves de paso para que el ambiente se vaya caldeando, para que el cuerpo se adapte a la nueva circunstancia de forma gradual. Un paso que sabemos tan obligatorio como efímero. Esos dientes de leche, dentición decidua que dicen los técnicos, aparece de forma paulatina desde que sobrepasamos la frontera de los seis meses de vida, permanece unos años y, como fueron saliendo, van cayendo empujados por una nueva retahíla dental que va llegando para quedarse.
lunes, 27 de febrero de 2017
¿QUÉ QUIEREN QUE LES DIGA?
La realidad es algo complejo que se explica –siempre a posteriori–, de una forma simple. Pero no debe ser tan fácil entenderla. La prueba es que nadie, salvo por casualidad y en contadas ocasiones, adivina lo que va a acontecer en los días posteriores. No es tan fácil porque el material con el que se teje lo complejo está formado por tantos hilos que es imposible saber la forma y el color hasta que no vemos el paño. Después, ya digo, cuando tenemos el producto elaborado delante de nuestros ojos, resulta sencillo explicar por qué ha resultado así. La economía, sirva de ejemplo, es una de estas materias enrevesadas. Quienes se dedican a su estudio se desenvuelven con absoluta maestría en esta materia de intentar adivinar, errar y, sin ponerse ‘coloraos’, explicar de forma convincente, pero más tarde, las razones por las que no atinaron en sus predicciones. La culpa de esa distorsión entre lo aventurado y lo producido se debe siempre, faltaría más, a un factor imprevisto, ese hilo con el que nadie contaba, que se presenta en la fiesta sin que nadie le hubiera llamado.
domingo, 19 de febrero de 2017
A MAMÁ Y A PAPÁ
Desde bien pequeñajos nos trampean con esos juegos que presentan dilemas irresolubles, bien porque no tenemos respuesta, bien porque sabemos que definirse a las claras por cualquiera de las dos alternativas acarrearía severos problemas. El primero en la frente es aquel que te pone en la tesitura de elegir entre las querencias a tu mamá y a tu papá. La respuesta obvia, amén de políticamente correcta, es la que no hace distinción y busca una salida por la tangente. «A los dos igual», decimos. Y nos insisten:_«Ya, pero ¿a quién quieres un poquito más?». Nos ponemos un poco ‘coloraos’ y tratamos de salir de esa cámara de tortura. Sin embargo, parece que en vez de aprender de aquella circunstancia, según vamos creciendo nos hacemos más torpes. Ya talluditos, cuando nos someten a estas disyuntivas, en vez de decir que ambos caminos son compatibles, nos vemos impelidos a tomar una posición. Los humanos, tan orgullosos de su situación dominante, del ‘sapiens’ que apellida a los de su especie, en realidad actúan con frecuencia de manera gregaria. A principios de la década de los cincuenta del siglo pasado, el psicólogo estadounidense Salomon Asch realizó una serie de experimentos sociales en los que demostró que la presión de los miembros de una sociedad tenía poder suficiente para que un individuo modificase sus pensamientos iniciales, asumiendo los de la mayoría del colectivo al que pertenecía. En unos casos, ese cambio se producía por convicción; en otros, simplemente, el investigado decía lo que entendía que su grupo quería escuchar aunque fuera lo contrario a lo que pensaba. Lo cierto es que, más allá de ser dirigidos por la masa, parece que llegados a adultos nos sentimos obligados a alistarnos en alguno de los bandos que las preguntas nos ofrecen. Una vez alistados, claro, eliminamos la posibilidad de los espacios intermedios y ubicamos a los que hayan elegido la otra opción en el territorio enemigo.
lunes, 13 de febrero de 2017
CALLOS INDIGERIBLES
No
discuto que pueda haber genios de la cocina con pericia
suficiente para convertir el cocido en un lujo gastronómico. Lo
indiscutible es que nadie es capaz, por torpe que sea, como es mi caso,
de desgraciarlo. Por mal que se den las artes culinarias, es imposible
ponerse a preparar un cocido y que no te salga,
al menos, ‘apañao’. Otra cosa son los callos, estos no se pueden
apañar. Aquí no caben términos medios, o son un manjar –¡ay! aquellos
que preparaba Nieves los días de fiesta en el Bar Manolo de mi pueblo– o
no hay forma de hincarlos el diente. Será por la
poca calidad de la pieza, la escasa limpieza del producto o la mala
preparación del guiso; si unos callos no salen bien, salen muy mal y no
hay cristiano que los digiera. Por eso nunca pido una ración en un sitio
del que no tenga referencias, corro el riesgo
de ponerme a blasfemar al llevarme el primer trozo a la boca.
lunes, 6 de febrero de 2017
SI EL GUIONISTA ES EL TIEMPO...
Sucede cuando el despertador no suena o cuando sí lo hace pero el sueño es tan profundo que no te permite oírlo. Son entonces los rayos de sol los que ejercen de sustituto tardío cumpliendo el cometido de abrirte los ojos. Pero vas ya fuera de hora. Miras el reloj casi con el único objetivo de confirmarlo, con la esperanza muchas veces vana de que el desaguisado sea solventable. Desde ese momento dejas de ser el guionista de tu vida, ahora vas a rastras, es el día el que te lleva a ti. La situación, claro, propicia todos los errores posibles: los que podrían darse en cualquier otra circunstancia y los pueriles provocados por las prisas, por zancadillearte al querer ir más deprisa que tú mismo. En muchas profesiones, ese desajuste se puede solucionar buscando los minutos perdidos en el cajón que alarga las jornadas. Llego más tarde, termino después y así completo mi cometido. En otras, el tiempo derramado, simplemente, no se pude recoger. El deporte de competición pertenece a este segundo grupo. Con un agravante añadido: si te has quedado dormido, siempre aparece tu rival dispuesto a despertarte arrojándote un caldero de agua helada sobre la cara. Vas tarde y además te levantas calado hasta los huesos y muerto de frío.
domingo, 29 de enero de 2017
LA MALDITA ETIQUETA
Saltaba. Cerraba el puño y agitaba el brazo. Se mostraba exultante y no era para menos. Había llegado ese momento que tanto había ansiado, ese instante con el que había fantaseado una y otra vez pero que el destino le hurtaba: el trance colectivo del que solo él tiene la llave para salir y él, transmutado en superhéroe, evita el apuro provocando un giro en el guion para que la película tenga un final feliz. Pau Torres, en el último segundo, había logrado salvar dos puntos para su equipo cuando ya se daban por perdidos. Ahora, exultante, saltaba, cerraba el puño y agitaba el brazo en un gesto de reivindicación propia y ante sus compañeros. El tiempo, y más en el fútbol, es relativo. Para el que juega con frecuencia, dos años pueden pasar sin apenas percibirlos; pero si no es el caso, si el banquillo se ha convertido en tu hábitat, ese mismo intervalo se convierte en eterno. Cuando no juegas, las semanas son interminables y caen como losas. Se te añade, además, una etiqueta: suplente. Estás ahí solo por si acaso y terminas percibiendo que los demás te miran así; no eres uno más, eres, simplemente, el suplente. Mucho peor si encima eres portero. Intuyes que la única forma de revertir la situación pasa por que tu compañero lo haga mal o se lesione. Tu bien, que tus anhelos se cumplan, procede del fracaso colectivo de tu grupo, del daño individual de tu compañero. No quieres verlo así pero a veces la tentación te vence y te sientes mala persona.
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