domingo, 25 de septiembre de 2016

APENAS HILVANADO

Nuestro protagonista se acercó al taller de sastrería para recoger el traje que había encargado días atrás. Abrió la puerta, asomó la cabeza, miró a uno y otro lado, pero no vio a nadie.

–Buenas tardes. Dijo con un volumen de voz lo suficientemente alto para que le pudieran escuchar en el resto de dependencias. Ninguna voz le respondió. Tras dudar un instante, decidió entrar y esperar en el propio taller la llegada del sastre. No tardó en localizar una silla en la que acomodarse. Desde allí estuvo observando cada detalle: los rollos de tela que se apilaban al fondo, un buen puñado de patrones amontonados en la mesa que quedaba al lado y cinco maniquíes inmóviles y perfectamente alineados como cinco soldados delante del sargento, como cinco alumnos de bachillerato recibiendo una reprimenda del jefe de estudios. Los cinco iban vestidos de traje. Nuestro protagonista se levantó, se acercó a ellos y pudo observar que de cada uno colgaba una etiqueta en la que figuraba un nombre. A la cuarta dio con el suyo. Se separó un par de metros para observar con cierta distancia y le gustó lo que vio. El traje le pareció precioso, el corte se ajustaba a lo que había solicitado... Sonrió.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

EL RESULTADO MIENTE

Será porque he sobrevivido muchos años gracias a las clases particulares y eso me ha permitido implicarme con un buen puñado de chicas y chicos que, pese a su buena actitud, no conseguían por momentos superar esa maldita frontera del cinco; aunque también, claro, ¡qué remedio!, con otros cuyo interés por saltar esa valla era menos del justo. Será porque llevo una decena de años disfrutando de partidos de fútbol de unos niños (en este caso pocas niñas), entre los que se encontraba mi hijo, que durante este transcurso se han ido convirtiendo en incipientes adultos y eso me ha llevado a aprender a convivir con (muchas) más derrotas que victorias y valorar, por tanto, el aprendizaje, el proceso y el progreso, por encima del resultado; aunque, también, he visto criaturas, entrenadores y padres a los que le valía cualquier cosa por ganar. Será porque nunca he ganado a nada, porque siempre simpaticé con los distintos bandos en los que se alistaban los perdedores, porque valoré más el ‘cómo’ que el ‘qué’, lo cierto es que puedo considerar rara la vez en que los resultados me hayan servido para hacer una lectura. Estos dígitos últimos son los que son, definitivos, inexcusables; valen para lo que valen, para resolver un litigio; pero, por sí solos, ni dan ni quitan razones.

domingo, 18 de septiembre de 2016

EL FUSIBLE Y EL CIRCUITO

Las respuestas a los «¿qué ha ocurrido para que esto haya terminado así?» suelen limitarse al alicorto estudio de los últimos acontecimientos, al apunte del postrer error que ha servido como elemento detonador que ha permitido que todo salte. Con estos diagnósticos se pretende encontrar el fusible quemado sin cuestionar qué ha producido el incremento de tensión en el circuito, buscar un culpable obviando las razones que condujeron a tal tesitura. No está de más este tipo de estudios, pero han de venir de la mano de otros que abunden en el recorrido para llegar hasta ese punto previo. Si analizamos, por ejemplo, los hechos que están propiciando que avancemos hacia un año completo sin que nuestros parlamentarios hayan sido capaces de formar un gobierno, podemos caer en esta trampa: la de buscar un culpable inmediato y visible. De esta forma se resuelve el asunto de un plumazo. Para unos, los culpables serán los otros; para los otros, serán los unos y para el resto, serán todos los políticos por ser incapaces de ponerse de acuerdo. Unos, otros y los demás tendrán parte de razón, pero a todos les faltaría ese «ir más allá», esas razones que han producido la subida de tensión. En este caso, existen al menos dos factores que han propiciado este «llegar hasta aquí». Por un lado, el modelo electoral que, hijo de la transición, está diseñado para habilitar un bipartidismo, para la coexistencia de dos organizaciones. La aparición de dos nuevas produce el colapso, el nuestro no es un diseño eficaz para cuatro. Por otro, las razones que llevan a la gente a acercarse a la urna no son, en muchos casos, para que gobierne la opción elegida, sino para que no lo hagan las demás. Es aquello de votar con la nariz tapada, de las apelaciones al miedo. Esto lleva a que ninguna organización esté en disposición de pactar con nadie, al entender que sus votantes pueden sentirse traicionados.

domingo, 11 de septiembre de 2016

EL ADOLESCENTE CRECERÁ


Rara es la generación que no haya mirado hacia las que le suceden con cierto recelo, desconfianza o, incluso, un desprecio manifiesto. Son recurrentes las frases del cariz de ‘los jóvenes de hoy en día son unos irresponsables; nosotros, a su edad, ya éramos capaces de…’. De nosotros lo dijeron nuestros padres; de estos, nuestros abuelos; de Felipe II, Carlos I y así podríamos remontarnos hasta el principio de los tiempos. La nuestra, la de las madres y padres de hoy, no es distinta de todas las anteriores, no se puede excluir de esta espiral de reproches: que si no se separan del ordenador o de la tele, que si pasan el día pegados al móvil, que si no estudian, que si salen o visten así o asao… En el fondo de estas críticas subyace básicamente el doble miedo a lo desconocido -y nada más desconocido que el futuro- y al fracaso en nuestra labor transmisora. Tememos que nuestros hijos, que hasta hace cuatro días eran unos dóciles animales domésticos perfectamente manejables, habiendo llegado el momento en que se ven abocados a tomar decisiones por su cuenta, yerren, destrocen su vida y, con ella, la nuestra. Es irremediable, nos da miedo, por ejemplo, que beban. Vamos, cómo si ellos hubieran inventado algo tan demoníaco como el ron o el güiski. ¡Qué voy a decir, si a mí, que no he dejado de dar pedales a lo largo de los treinta años que llevo en Valladolid, me da pánico la imagen de mi hijo yendo en bicicleta rodeado de coches por las calles de la ciudad!

Tememos también, aunque digamos lo contrario, que se salgan de ese camino que en nuestras mentes establecimos en su día. Nos negamos a asumir la posibilidad de que surja algo tan irremediable como el fracaso. Tal vez por ser la primera generación que se educó en un marco de abundancia, no entendemos el tropiezo como parte del ciclo vital del aprendizaje y, de esta forma, hemos exacerbado una cierta intolerancia a la frustración.

domingo, 4 de septiembre de 2016

EFECTO SUÁREZ


Los escasos 55 kms. de carretera que separan la vallisoletana Medina del Campo de la salmantina Peñaranda de Bracamonte se reparten casi equitativamente entre tres provincias distintas: la de origen, la de destino y Ávila, que queda en medio de ambas. Con el mismo criterio de justicia, la media docena de pueblos intermedios por los que discurre la vía se distribuyen con el mismo criterio: dos para cada provincia. Antaño, el mantenimiento de la carretera dependía de tres diputaciones que tenían la costumbre de no ponerse de acuerdo nunca. Cuando un trozo se arreglaba, resaltaba frente a los otros dos más agrietados. De esta manera, la carretera de marras era una y trina como la Santísima Trinidad: aunque solo hubiese un camino posible, este existía como tres hipóstasis diferentes. Ocurrió, al poco de que el abulense Adolfo Suárez ocupase la presidencia del Gobierno, que el arreglo correspondió al tramo de esta provincia. La nueva capa de asfalto fue de tal cariz que sobresalía varios cms. sobre el firme de los otros dos trechos. De esta forma, cuando un coche entraba o salía de Ávila, lo hacía dando un respingo. La muchachada de unos de estos pueblos, dando a entender el auspicio del presidente en las cosas de su terruño, bautizó este bote de los coches como «efecto Suárez». Hoy, tal efecto ya no existe. La calzada ha asumido las doctrinas del arrianismo, ya no son tres tramos sino una sola carretera: la CL-610 que pertenece a la red básica de la Junta. Bien está que se manifieste en tres provincias pero la vía completa goza de un mismo tratamiento.

miércoles, 31 de agosto de 2016

CÓMO HEMOS CAMBIADO

Dejar de fumar, aprender inglés, subir a Primera; todos los inicios de ciclo son aparentemente iguales, se nutren de ilusiones y arrastran una sarta de buenos propósitos que, por algún motivo, dejamos pendientes en el curso anterior y el anterior... Pero solo aparentemente.
Nuestras sociedades tienden cada vez más a analizar, a valorar, en función de los resultados, olvidando voluntariamente el cómo se ha llegado a tal conclusión. Se entiende por bueno lo que bien acaba y, a partir de dicho fin, se santifica o estigmatiza el camino recorrido. Se nos muestra al triunfador ensalzando sus cualidades, relatando sus historias, sin explicar que muchas similares nunca llegaron a buen puerto. Sabremos, por ejemplo, de un senegalés - uno- que triunfa en el cine, el fútbol o la música; escucharemos el relato de las peripecias vividas; se ensalzará su valor, su arrojo, para dejar su tierra de origen y emprender tan arriesgado viaje. Nadie hablará, sin embargo, de los que pretendieron labrarse un camino similar -multitud- y que fueron engullidos por las aguas. No tendremos idea, siquiera, de cuántos son. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

FIRMAD AQUÍ SI…

Tras el entierro de mi abuela Jacinta fuimos a su casa del pueblo. La tarde anterior, como todas, había terminado las faenas del piso de Madrid donde vivía con sus hijas. Cuando estas llegaron, mi abuela, 93 años, dijo que se sentía un poco mareada. Se sentó en el sofá y expiró. Ahora, las lágrimas asaltaban los rostros. Algunos se sentaron disponiendo la cara entre las manos, otros deambulaban de la cocina al salón, del salón a la cocina. Me levanté, me acerqué a la camilla y sobre ella coloqué un bolígrafo y un papel. Firmad aquí -dije- quienes queráis una vida y una muerte como la de la abuela. Una vida larga, con sinsabores como no puede ser de otra forma si es vida -y más si es larga- pero plena, un legado que recordaremos. Una muerte dulce, por sorpresa, en pleno uso de sus facultades físicas y mentales; una muerte venida en un momento en el que, aun pudiendo haber sido un poco más tarde, no se le puede decir temprana. Irguieron la cabeza, afloró alguna sonrisa, todos queríamos. Natural.

viernes, 22 de julio de 2016

UNA “PEQUEÑA” HISTORIA DE VALLADOLID

La Historia, así, en singular y con mayúscula, no existe. Lo que llamamos ‘Historia’ no es sino el relato de grandes hechos secuenciados bajo el que se esconden miles de esas historias que se escriben con minúscula. Personas, lugares, momentos -miles de diminutos hilos que se entrelazan, que nacen y mueren- que en su viaje acompasan sus pasos a la vida del entorno en que se desarrollan. Una de estas historias, la de la churrería ‘La Pequeña’ que luego fue mesón, tras más de sesenta años, imprime hoy su punto final.

Estamos en el Valladolid de mediados de los cincuenta del siglo pasado. La FASA acababa de establecerse, otras industrias estaban aún por llegar para modificar abruptamente el mapa de una ciudad que en unos pocos años habría de duplicar su población. En aquel bullicioso 1955, un joven, Rafa Nieto San José, auspiciado por su primo Argimiro, decide abrir una churrería en un local al otro lado del Puente Mayor, pegado a la carretera que une Salamanca con Burgos, Francia con Portugal. El local era tan chico, apenas 25 metros cuadrados, que la churrería no podía tener otro sobrenombre: La Pequeña. El recinto se convirtió en punto de encuentro de camioneros, unos que iban, otros que venían; en el lugar en el que se reunían mozos buscando un jornal cargando o descargando esos mismos camiones; en el café y el orujo de aquellos obreros –sí, entonces decirse obrero no sonaba peyorativo- para ponerse a tono antes de acudir a la fábrica. Tal era el valor como referencia del local que la parada del autobús de la compañía que cubre la línea Valladolid-Palencia tomó su nombre y aun hoy lo lleva: Estación, Plaza Poniente, La Pequeña...

jueves, 30 de junio de 2016

LA DEFENSA DEL ‘LIMES’

Desde mi última visita a esta esquina ha pasado una semana, siete días en que ha habido tiempo suficiente para cerrar puertas y abrir ventanas. Tanto el referéndum británico como las elecciones españolas han sorprendido a los quinielistas de la política, a esos que mirando estadísticas aventuran los resultados de los partidos antes de que se jueguen. Tanto el uno como las otras han cerrado puertas -estas son las cartas que hay- y han abierto ventanas: las de atrás para que penetre algún rayo de luz pueda explicar lo que ha ocurrido, las de adelante para dejar un resquicio por donde mostrar lo que se avecina.