jueves, 27 de noviembre de 2025

ALMADA DESCIENDE PELDAÑOS

 

Foto: Carlos Gil-Roig

Los franceses designan como ‘l’esprit de l’escalier’ (el espíritu -o el ingenio, o la mente, o tal vez la ocurrencia…- vaya usted a saber, cosas de la polisemia gala- de la escalera) a ese instante inmediatamente posterior al debido -vaya, cuando ya es tarde- en el que la cabeza te dicta el alegato perspicaz, las palabras precisas, la frase idónea para haberla formulado antes, minutos o segundos atrás, cuando aún pudo provocar el efecto buscado y -por la impericia en el instante estricto, el a destiempo de la idea- no alcanzado. De la misma forma, la expresión designa el desasosiego, al resquemor provocado por esa frustración derivada de la tardanza, y ya inoportunidad, de la respuesta sobrevenida. 

Una variante pertinaz -en su doble acepción, cosas de la polisemia castellana, de obstinada y persistente- de esta tarda perspicacia afecta, al parecer, a Guillermo Almada. Al entrenador del Pucela le sacude un primer aluvión de este espíritu cuando ya ha bajado algún escalón, cuando ya ha transcurrido medio partido, a veces, incluso, más. Es entonces cuando le debe venir a la cabeza la alineación y la disposición con las que -entiende- debería haber comenzado el encuentro. Tarde, sí, pero con un matiz, aún resta partido. Alicorto, demediado, pero cabe la posibilidad de remiendo.

A estas alturas, sin embargo, la potencialidad del nuevo once ha sufrido una merma: el tiempo previamente jugado ha mellado la confianza, la energía, el arrojo. De hecho, a la idea ahora reprobada por Almada se le atisbó algún destello. Tan cierto como que las fisuras en el área propia dejan secuelas jornada tras jornada. A la primera, el balón se hunde en la red, el marcador muta en montaña. ¿Y en la portería rival? Pues al parecer, esta irradia alguna luz, exhala algún efluvio, imperceptible para los demás, que deslumbra, ofusca y desbarajusta a los jugadores blanquivioletas hasta el punto de marrar ocasiones en las que lo improbable resulta no atinar con el gol. Se entrevé que pueden, pero una y otra vez se niega la posibilidad. Y no se sabe, por más que cada cual asegure su certeza, el porqué. ¿Falta un goleador? ¿Es juego generador lo que se necesita?

El segundo plan de Almada, el de los primeros peldaños de la escalera, no mejora, al menos en apariencia, al preliminar. La frase ingeniosa no resulta tanto. Claro, el once inicial, cuando no es inicial, requiere tiempo para acomodarse, para que los nuevos se asienten, para que los que se mantienen modifiquen los hábitos. El juego se deslavaza, se desarrolla a impulsos. Se genera impotencia, más impotencia, frustración… el tiempo corre raudo, se acaba. Se acabó.

Almada baja algún escalón más. Emerge un segundo torrente de ese espíritu pertinaz: ‘tendría que, tendría que, tendría que…’. Ya, si eso -discurre-, esta idea la ejecutamos la próxima semana. Hasta que no haya semanas. Porque el copresidente Solares (¿agua?, ¿terrenos para edificar?) le ha ratificado. Ratificar, un verbo que, diga lo que diga el DEL, en fútbol significa que la cuerda anda medio rota, que solo el drástico cambio de la dinámica de resultados evitará la ‘desratificación’ de lo ratificado.

Desciende más peldaños. El cerebro de Almada le torturará insistiendo en preguntarse por las razones que le trajeron acá. Una tromba de espíritu después, encontrará la negativa que pudo dar cuando se le ofreció el puesto. De fondo sonará el ‘Ay, Jalisco no te rajes’. Y no será Negrete el que lo cante. Negrete como el panorama que vislumbra.

Los últimos escalones, los que deje atrás una vez haya concluido su etapa pucelana, servirán al espíritu para explicarle lo que debería haber hecho para alcanzar los resultados que soñó en esta etapa castellana.

Al fin, si se aprende de las derrotas, anda que no sabrá, anda que no sabemos.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 26-11-2025

 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

LA ORIGINALIDAD DEL PASADO

 


Ignacio Carral. fotografía, cedida por su hija, fue portada de «Estampa» en 1930

“Todos coinciden en que encontraron algo muy nuevo, muy original y muy eficaz, para regentar el Estado y la nación”. Ese algo “nació en contra de un régimen anterior que se ha convenido en llamar viejo. No cabe duda de que lo contrario a lo viejo es lo nuevo”. “Pero no por esto debe acusárseles demasiado de renovadores”, los defensores de esto nuevo “son buenos chicos y han procurado conservar lo mejor posible los defectos y las lacras del régimen tradicional”. “Han reducido el reparto de prebendas y honores, que antes se hacía equitativamente entre los hombres de todos los partidos, a los hombres del partido” suyo. “Son vagos retóricos como el más consumado político del régimen anterior”. “Mientras aquellos manejaban […] palabras indeterminadas como ‘libertad’, ‘progreso’ y ‘orden’, estos manejan […] ‘patria’, ‘disciplina’…”.

“Han exaltado las características del viejo régimen hasta un limite inverosímil”, si antes “sostenían estériles luchas sobre si la orientación del gobierno debería ser liberal o conservadora”, ahora establecen que “la orientación de todo gobierno debe ser permanentemente” la propia de ellos. “Claro que aún no está la obra completa. […] Aún quedan vertederos por donde puede escaparse la antipatriótica oposición” a ese algo nuevo impugnante.

Lo entrecomillado pertenece a un artículo publicado hace un siglo, el 14 de noviembre de 1925, en las páginas de El Norte de Castilla. Texto escrito por el segoviano Ignacio Carral, mientras trabajaba en un instituto de Sicilia, que llegó a mi mano gracias a Juan, estudiante de Historia que se topó con estos renglones mientras realizaba sus prácticas.

Repetimos la cantinela de que la historia se repite. Las reflexiones, también; de manera que lo escrito por nuestros antecesores bien se puede considerar información del pasado procedente del futuro.

“Solo que esta novedad”, concluye, “es un poco peligrosa. […] Era la que gobernaba todavía cuando aquellos hombres feroces de la Revolución francesa hicieron subir al patíbulo a tanta buena gente”. La mirada de Carral se apagó en 1935, sin tiempo para retratar con palabras a 1945 como reflejo de 1789, para asimilar que su predicción no se cumplió en España, para observar este presente de hoy.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 18-11-2025

 

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

INOPINADO RECURSO O SIMPLE COARTADA

 

Foto: José C. Castillo

Levantas la cabeza y adviertes un trecho entre tu rueda y la de los ciclistas que te preceden; un hueco que apenas unos segundos antes no existía separa tu bicicleta de la suya. Aprietas, arrancas de tu cerebro un tesón ignoto, de tus pulmones un resuello áspero, de tus piernas una dosis infinitesimal de energía. Vuelves a alzar la cabeza y reparas en que la distancia ha desaparecido, en que eres parte de ese pelotón cabecero. Aún desconoces –y te interpelas– si les has alcanzado porque tu esfuerzo lo propició o porque los demás aflojaron.

 

Pero ahí estás, satisfecho, todo lo ufano que el cuerpo te permite. Hasta que la sombra sobre el asfalto te anuncia el alejamiento de la rueda antecesora. Un acelerón amenaza. Mientras maldices el nuevo requerimiento, elevas la mirada, percibes unos malditos metros de vacío... Ignoras –y te conturba la duda– si te alejan porque no das más de sí o porque ellos dilapidan el depósito por encima de lo que la distancia pendiente por recorrer demanda. Y vuelta a empezar: aprietas, arrancas de tu cerebro, tal y tal y tal. En ciclismo, esta situación frecuente del corredor que no termina de enlazar ni de descolgarse se denomina ‘hacer la goma’ debido a que la impresión visual parece mostrar un ciclista sujeto al pelotón mediante un cordel elástico que alternativamente se estira y encoge. Cuando parece que sí, resulta que no; cuando inferimos que no, las aguas refluyen y el cauce vuelve a recogerlas. Hasta que, (casi) indefectiblemente, se rompe la ligazón y la esperanza.


El Pucela, salpicando su itinerario con victorias y derrotas sobre una masa de empates; tanto se acerca a la cabeza alentando la ilusión del respetable cuanto se desarrima descorazonando hasta al más pintado. Ante la UD Las Palmas pedaleó en falso, se le salió la cadena, pudo observar que el pelotón de cabeza le dejaba atrás. La distancia, recuperable por tiempo y dimensión, se agranda a la vista del desempeño futbolístico, de la persistencia en las razones que la ha provocado. Aunque, de repente, emergen dos nombres. Uno, el de Arnu, que aguardaba una oportunidad, al que esperábamos impacientemente como recurso bendecido. Otro, el de Mario Domínguez, que, ungido por el mandamás, aparece inopinadamente en los entrenamientos, en la convocatoria, en el terreno de juego. ¿Cómo -nos cuestionamos- un tipo que ha mostrado un talante pertinaz se lanza al vacío sin más red que la pericia y el tino de dos adolescentes? ¿Tan mal presagio le produce a Almada la apuesta mantenida, el grupo hasta ahora conformado? ¿U observa en esta pareja el potencial necesario para revertir una inoperancia ofensiva que lastra los resultados del equipo aun cuando este no parece merecer tal castigo? ¿Les designa el entrenador para asumir el rol de recurso de emergencia porque entiende que la portería rival ha mutado en un hermético enigma para sus compañeros de línea? ¿O pretende guarecerse con la coartada de la alineación de los chavales aduciendo, con el gesto de entregarles plaza, la falta de mimbres? ¿O designarles, entendiendo que el público atenuará el reproche al asimilar de buen grado la presencia de unos jugadores aún por hacer, para que ejerzan la labor de parapetos?

En cualquiera de los casos, sea como fuere, por convicción o demagogia, por sólido asentimiento o cínica cobardía; Almada, de consolidar la propuesta, de asentar (al menos) a Arnu y Mario Domínguez entre los que en el césped ‘peleando en buena lid, habrán de llevar con orgullo y con honor y defender con honra y con respeto el escudo que llevan en su pecho’; Almada, digo, sin escapatorias intermedias, solo encontrará dos caminos, y antagónicos: el que eleva al pedestal y el que arroja al olvido. El que permite desestimar la goma por superflua y el que, tras troncharla por la creciente dificultad, desampara en la soledad de la distancia. Héroe o villano. Sin más.  

Publicado en El Norte de Castilla el 16-11-2025

 

lunes, 10 de noviembre de 2025

LISTA DE WHATSAPP IDÓNEA PARA ALMADA

 

Foto: Manuel Esteves-Factoría 9

Todas las mañanas, Julio, padre de Julio, me envía un mensaje -un WhatsApp, decimos, confundiendo sustancia con medio- en el que encuadra una especie de aforismo bajo el rótulo ‘La frase del día’. Todas las mañanas, por supuesto, lo leo; el que lo haga caso, que lo asuma como consejo, también por supuesto, es harina de otro costal. Sin embargo, mi cabeza obra así, de tanto en tanto juego con la frasecita, pretendo adecuarla a algún contexto cercano sobre el que ande cavilando. Así que, cuando corresponde escribir sobre el Pucela, blanquivioleta y en botella: interpreto la frase con clave en el último partido, en el desempeño global del equipo en un periodo determinado, en alguna circunstancia concreta, en algún protagonista…

Pendiente pues de sentarme a escribir este texto, taza de café en mano, cerebro revoloteando con su dispersión habitual, me asaltó el timbrazo del móvil avisando de la acometida de un mensaje: el de Julio, padre de Julio, supuse y atiné. Abro y leo: [“Para progresar no basta actuar, hay que saber en qué sentido actuar.” Gustave Le Bon. 1841-1931. Psicólogo francés]. Cuando uno habla, incluso si escribe, praxis con la que las palabras se anclan, pierde la propiedad de lo expresado, de su sentido, incluso, del significado de cada vocablo, de cada enunciado. Las palabras vuelan, adquieren vida propia, se adaptan, se transfiguran.

Le Bon, que cumpliría los ochenta y seis al final del año en que se editó el primer tomo del ‘Mein Kampf’, desconocía, mientras se iba desarrollando su obra, que esos textos publicados inspirarían el libro en que Adolf Hitler apuntalaría su programa. Menos aún, Le Bon, que fallecería cuando el Real Valladolid apenas había cumplido los tres años de vida, pudo imaginar que la frase referida podría servir para definir uno y tantos partidos del Pucela, uno y tantos encuentros de fútbol.

Exigimos a ‘nuestros’ futbolistas que actúen, que corran, peleen, se machaquen, creyendo que ese material de combate garantiza el objetivo –‘el objetivo es la victoria’, reza la letra compuesta por José Miguel Ortega para el himno del Real Valladolid-; pero ese actuar, si no se sabe cómo, en qué sentido, resulta deficiente, carece de valor. Obvio que el sentido idóneo, ese saber cómo, precisa actuación: la teoría desapegada, la teorética, de nada sirve. Exigimos y, me atrevo a afirmar que cumplen con ese requerimiento. Pero comprobamos que solo con el esfuerzo no alcanza, que falta el juego capaz de desdoblar los sistemas rivales.

Las aportaciones de Le Bon sobre dinámicas sociales y grupales se sustentan en la afirmación de que ‘los seres humanos desarrollan en colectivo comportamientos que jamás desarrollarían individualmente’.  La masa desresponsabiliza, contagia, sugestiona, condensa. El conjunto infunde temor por lo que induce a la integración, a la adaptación, como resorte de supervivencia. Por más que pensemos que un equipo de fútbol se articula como un entramado militar, como la suma de individuos desindividualizados, dóciles, alienados; en realidad, el equipo, por más que se armonice acatando el plan del entrenador, se conforma con la suma de cualidades que incluyen la personalidad. Una personalidad que demanda prestancia, carácter, determinación y, faltaría más, la voluntad de no agazaparse.     

Días antes, la frase enviada por Julio, padre de Julio, fue escrita por Fiedrich Nietzsche: “Para llegar a ser sabio, es preciso querer experimentar ciertas vivencias, es decir, meterse en sus fauces”. Ante Granada y Cádiz el Pucela ha experimentado el agobio de inicio, ha vivido encerrado. Continuaba el filósofo alemán, “Eso es, ciertamente, muy peligroso, más de un sabio ha sido devorado al hacerlo”. El Pucela ha sobrevivido. Pero que se mantenga alerta el sabio Almada, las fauces del fútbol engullen. Al final, volvemos a las frases mañaneras, días antes de días antes, recibí una del dramaturgo Jardiel Poncela, recordaba: “En la vida humana solo unos pocos sueños se cumplen, la gran mayoría se roncan”; y más antes, otra, esta del periodista francés Alphonse Karr, subrayaba: “Nos gusta llamar testarudez a la perseverancia ajena pero le reservamos el nombre de perseverancia a nuestra testarudez”. Si el señor Almada lo desea, le pido a Julio, padre de Julio, que le incluya en la lista de receptores de su correspondencia diaria. Lo haría con gusto. Además, los sellos de estas cartas son baratos.   

Publicado en El Norte de Castilla el 11-11-2025

miércoles, 5 de noviembre de 2025

LOS FARDOS ACUMULADOS

 

Foto: Carlos Espeso

El pasado pesa; por momentos, abruma. Su ineludible presencia demanda a cada cual la carga de unos fardos plúmbeos, de unas sacas de tacto molesto; un engorroso trajín. El presente, en su afán por encontrar un espacio libre que posibilite continuar el camino, estiba esa carga, la acomoda; pero le resulta imposible ignorar la mercadería acumulada. En ocasiones, de tan saturado como se halla el ánimo, el alma, el espíritu o como quiera que se denomine ese interior nuestro, carece de sentido la expresión ‘la gota que colmó el vaso’ porque el vaso viene de antemano colmado, no le cabe una gota más. Cualquier menudencia vertida a partir de entonces rebasa la cabida del recipiente, supera sus bordes, cae, moja hasta, gota a gota, lágrima a lágrima, empapar. Un ‘entonces’ ampliamente superado por una afición, la del Valladolid, que no encuentra espacio para almacenar más decepciones. Las que llegan -y llegan- se amontonan, se desparraman, sepultan, incapacitan hasta para respirar. Los silbidos de la grada, un aire que surge del aplastamiento, de la compresión provocada por el agobiante bagaje, informan de ese hastío.  Con ellos, la afición, esencia -lo permanente, por definición- del club, muestra que sus pulmones absorben y expulsan aire, que se mantiene la vida, que cabe esperanza. Los pitos son los de una afición que no digiere una eliminación copera ante un equipo de tercera. Y no la digiere, no por falta de raciocinio para asumir que el fútbol es un deporte en el que lo imprevisible hace acto de presencia, un juego dispuesto a sorprender, sino porque la eliminación sucede a una derrota en casa en una temporada inmediata a la anterior, la que laceró de forma tan cruel que la herida tardará años en cicatrizar.

Si además la primera mitad deja al descubierto todas las miserias, los temores se agrandan, la piel se eriza, la (poca) ilusión se encrespa. Los pitos, que ya venían de casa, se reverberan al tropezar ante la misma e insistente razón que los provoca. El rival te abruma, los tuyos manifiestan impericia para desempeñar su profesión. Algo, que, de tan ilógico -en otros momentos, en otros equipos, han demostrado alguna cualidad que ahora se esconde- denota la presencia de factores que sobrepasan lo estrictamente futbolístico: ausencia de confianza en ellos mismos, en sus compañeros, en la idea.

Y de repente… Permítanme que les diga que nunca supe interpretar este fenómeno. Jugué, hace mucho, pero jugué. Y aun así no termino de explicarme como un equipo -el Granada en este caso- que supera al rival en lo físico, en lo táctico y, al menos aparentemente, en lo técnico se desagüe. Como si alguien se mirase orgulloso, se mostrase encantado de sí mismo, alcanzase algún logro y, en vez de mantenerse como esa persona que se respeta a sí misma, decide empequeñecerse para proteger lo conseguido. El Pucela creció o, insisto, le permitió el estiramiento el recogimiento del Granada. Podría, hasta ahí alcanza mi certeza, comprender que un equipo que se ha mostrado inferior, incluso que lo sea, en un arrebato, en un empellón de cinco o diez minutos, arrinconase al superior; pero, ¿revolver una dinámica completa?

Nunca resolveré esa duda, desconozco qué porcentaje del cambio he de atribuir al mérito pucelano y cuál apuntar en detrimento del equipo nazarí, de Pacheta, su instructor. El empequeñecimiento alcanzó tal extremo, el nerviosismo por el miedo al sentir que se disipaba lo que poco antes daban por descontado infundió tal zozobra, que atenazó a los de las franjas rojas horizontales hasta el punto de que uno de sus jugadores metió la mano, o sea, metió la pata, dónde y cuándo no correspondía. Lo mismito que la jornada previa, pero, en este caso, a favor del Pucela. Imagino a Almada parafraseando a Job pero invirtiendo los términos: un penalti me lo quito, un penalti me lo devolvió. Bendito penalti. Los silbidos cesaron. Pero permanecen. Como la herida. Las heridas.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-11-2025

 

 

martes, 4 de noviembre de 2025

CERRADO, ASÍ SUCEDE

 

Foto: Antonio Tanarro

Cuando la panadería de Perico cerró, la panadería ya estaba cerrada. Nunca supe a quién atribuir una frase análoga que, referida a la Revolución francesa, mucho tiempo atrás pude leer; un aforismo preciso que apuntala la inexorabilidad de algunos trances por más que su advenimiento nos cause sorpresa en el momento concreto en que se producen. La puerta de la panadería de Perico se candó definitivamente como sucesivamente fueron bajando la persiana la tienda de Donata, la de Claudia, la de Mari, la de Joaquina, la de Marcos -reconvertida en sus últimos días en el quiosco de Tomasa-; como trancó el estanco de Ana, el bar de Lolo, el de Solorza, el de Ángel o el Rancho de Desi. El de Nini y Nieves se libró de la definitiva clausura porque un traspaso acudió al rescate. Y se mantendrá vivo mientras María Jesús aguante en el doble sentido -sostener o llevar con paciencia- del verbo aguantar.  

Así, uno a uno, los establecimientos de Rasueros fueron marchando. Se fueron marchando porque previamente, nuestros padres, los padres de tantos ‘Daniel, el Mochuelo, entendieron que ‘irse’ y ‘progresar’ caminaban de la mano; que, al menos, el ‘quedarse’ confinaba la certeza de un deterioro vital. Al contrario que Delibes -Dios me ampare- entiendo que las cosas -estas cosas del despueble y el agotamiento del mundo rural tal y como le conocíamos- sucedieron así porque no podían haber sucedido de cualquier otra manera.

La panadería de Perico, Pedro, fue antes la de la ‘señá’ Jacinta, su madre. Ahora, hasta ya, la regentaban sus hijos, Rubén y Ramón; pero para la gente de mi generación nunca perdió el nombre con el que la conocimos de renacuajos. Aún de chaval, vi las llamas que se asomaban por el tejado, me conmovieron las lágrimas de Pedro y Mari,; presencié la voluntad de un pueblo volcado en apagar el incendio. También -tiempos del autoabastecimiento, los de antes de los empaquetados- contemplé a las mujeres del pueblo, a mi madre, acudir al horno a ‘hacer magdalenas’, moritos o pastas. La necesidad de una inversión, irrecuperable dada la coyuntura, echa la llave. Inexorable. Y dolorosa porque es la llave de nuestra vida.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 4-11-2025

 

 

 

lunes, 27 de octubre de 2025

AFLICCIONES POR UNA DECISIÓN

 



Tres aficionados del Pucela toman unas cañas en un bar coruñés sito en las inmediaciones de Riazor a una hora en la que el partido que disputaba su equipo frente al club local ha concluido. Percibimos una conversación que no alcanzamos a oír. Observamos sus desmedidos manoteos: un catálogo gestual que airea un malestar, una incomodidad, que constata la regurgitación de una jugada mal digerida. Contemplamos las miradas perdidas, como dirigidas a otro lugar, a otro tiempo, con la esperanza de modificar el desenlace captado hace nada por sus retinas.

No alcanzamos a oír, decía, sonido alguno procedente de la cantina; en cambio, diversas voces en off elucubran al respecto de lo que pudo haber ocurrido en el partido en función de las interpretaciones recabadas del acervo gesticular exhibido. Con mayor o menor contundencia, con unas u otras incidencias adversas, los relatores coinciden en asentir una dura derrota blanquivioleta. La directora surcoreana-canadiense Celine Song concibió una escena análoga a esta de la que me valgo para presentar a los protagonistas de su película ‘Vidas pasadas’: Nora, una mujer que a los doce años emigró de su Corea natal al Canadá; Arthur, su marido; y Hae Sung, el amigo de la infancia surcoreana de Nora. Los tres ahora, bien que por motivos diversos, comparten fastidio y una bebida, conversación, manoteos y miradas al infinito.

La película retrocede a esa primera docena de años, traslada a Nora y Hae a las animosas callejuelas de sus infancias, a su escuela, a sus paseos, a sus anhelos... A la época en que Nora, incluso, no se llamaba Nora sino Hae. A la primera mitad del partido del Pucela. Probablemente, los mejores minutos de esta época ‘almada’. Juegos, alegría, brillante desempeño académico, presión alta, rival maniatado, ocasiones y hasta un gol. Pero una decisión te traslada de escenario, modifica la vida por vivir, nada se parecerá ya a lo que pudo ser. Canadá no es Corea, jugar con diez -olvidemos la ‘boutade’ de Helenio Herrera- es peor que disputar el partido con el once completo. El camino de la película nos traslada a un punto situado doce años más tarde. La vida adulta ha sepultado infancias y adolescencias. Pero aún, en cada cabeza, resuena el eco de aquellos tiempos. Nora pretende reanudar la relación con Hae, en realidad con su pasado, consigo misma, con su vida pasada. Busca a Hae en las redes y, tras encontrarlo, constata que él, desde hacía tiempo, andaba empeñado en encontrarla. Una segunda mitad dura, muchas horas de distancia, pero que mantiene el marcador -en la misma posición, con los mismos guarismos- que había cuando Mae se trasladó a otro mundo y se convirtió en Nora, cuando Marcos André caminó obligado hacia el vestuario. 

La decisión, otra decisión, altera el final previsible en ese momento. Ni la película concluye con el ‘happy end’ del cine clásico hollywoodiense al que estamos acostumbrados ni el alargue resulta intrascendente. Nora está casada, y decide mantener el vínculo para congoja -aun comprendiendo la decisión- de un Mae empeñado en coser pasado y futuro, en olvidar el presente. Un presente que atormentó a Tomeo: el riesgo de un balón suelto en las inmediaciones de la portería le arrojó al vacío y, sintiéndose invisible para las cámaras, decidió agarrar al rival dentro del área. Tensión fílmica y futbolística. Al fin, en la película, en el vestuario de Riazor, en los aledaños del estadio, resuenan palabras no pronunciadas, se vislumbran alharacas no materializadas: jugadores y aficionados lanzando miles de ¡¡¡vamosss!!! Al aire, saltos buscando choques de pecho con pecho, estrepitosos abrazos interminables. El reflejo de un momento posteriormente suspendido; el resultado de un ejercicio de supervivencia que mantuvo la vida solo a medias; victorias de las que consolidan grupos, afianzan proyectos y enganchan a la afición; puntos que se agarraban antes de desprenderse. Las vidas que no has vivido. La vana pretensión de buscarse en donde fuiste feliz. El retrato emocional de lo que fue. Hasta que se asume que lo no dicho, lo no vivido, rompe la ilación. Hasta que se admite la certeza de que no eres de allí, de que no estás allí, porque ni existe ya ese ‘allí’ ni tú eres la persona que antaño ‘allí’ estaba. Hasta que se asimila el doble desarraigo: ni te has ido del todo ni terminas de llegar. Y de esta forma te perciben.

Aun así, ahí permanecen los tres en el bar. Los tres protagonistas. Los tres aficionados. Lamentando lo que es, fabulando con lo que pudo ser. Melancolía. Puerta abierta para el reinicio. Decisión.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 28-10-2025

martes, 21 de octubre de 2025

LA DECISIÓN DEL ASNO

 

Foto:AFP

Hace apenas un mes, al pie de otro café, traje a colación ‘El tren’, la película que John Frankenheimer dirigiera en 1964. Y no, la reflexión propuesta entonces no se atenía al atolladero pucelano que ha derivado en el empantanamiento de una ciudad ahora sin agua ni heno, sin soterramiento ni integración. Muerta a la vez de sed y hambre, pero, a diferencia del burro de Buridán, no por la indecisión de un asno. Que aquí, a este respecto, las decisiones resultan muy decididas, además de hiperbólicamente defendidas, ergo muy interesadas. Pues no. Y la de hoy, tampoco. Que bastante se ha escrito ya. Con nulo efecto como ocurre siempre que la palabra se topa ante una voluntad encallada, ergo interesada.

Ceñía entonces el razonamiento al colofón de la película, al arrebato elitista del oficial nazi que desmonta, precisamente por salir de su boca, el argumento de que la adquisición de una mayor cultura nos convierte necesariamente en mejores personas. Corresponde hoy regresar al comienzo del filme: el imperativo saqueo del Museo del Louvre por las tropas alemanas destacadas en París. No sé -supongo que no- si por inspiración en la obra, pero el museo parisino ha sido objeto de otro saqueo siquiera parcial. De película, se lee en algún titular. Pero ya sabemos que la realidad siempre termina superando la ficción. Sin precisar además de las trampas narrativas que facilitan los guiones a estos descuideros de postín.

El robo a la galería ocupa un espacio en la actualidad que relega en los informativos a los expolios que, ante nuestros ojos del presente, se producen o con los que se amenaza. El tren de la película transportaba los cuadros objeto del intento de usurpación; el despojo cierto, empero, se producía a las gentes de los lugares por los que circulaba el convoy. Y, en paralelo, por los mismos, en otros lugares diseminados por el mapa.

Del robo de las nueve joyas del Louvre resalta la espectacularidad, la aparente -comprobamos que no- imposibilidad. Aterra sin embargo la naturalidad con la que asumimos los expolios de verdad. Como otro espectáculo, no solo posible, ineludible.

Publicado en El Norte de Castilla el 21-10-2025


  

 

domingo, 19 de octubre de 2025

COMO EN CASA, EN NINGÚN SITIO

 


Fotos: Rodrigo Jiménez



Cuentan que un obispo, ante la inminente defunción de un sacerdote de su diócesis, y con la voluntad de ungirle con el óleo de los enfermos, con el ánimo de reconfortarle espiritualmente, acudió al domicilio del párroco. «Sea enhorabuena, padre. Esta noche –acarició con palabras el prelado– gozará usted de su presencia en la casa del padre». «Ya –objetó resignado el cura, pretendiendo no contrariar a su superior ni, por supuesto, caer en herejía–, pero como en casa de uno... en ningún sitio».

 

Y así debe de ser porque, sea por instinto de supervivencia o por puros deseos racionales e irracionales, la mayoría de las personas anhela continuar en este mundo por más que considere ponzoñoso su estado. Al fin y al cabo, de este albergamos certezas; del de después, todo lo más, incógnitas. Y nos agarramos. Claro, nos agarramos mientras entendamos ese 'como en casa' como una vida con cierta comodidad física y emocional o, al menos, con esperanza de alcanzarla.

La muerte, tan lejana de partida, invade de sopetón al escuchar la palabra cáncer. El diagnóstico derruye. La palabra 'muerte' brota consecuente. Y hostiga. El miedo se corporeiza. Miedo que se extiende ante el dolor. Hasta asumir que no existe manera mejor de enfrentarlos que viviendo.

Con motivo del Día Mundial contra el Cáncer de Mama, el Real Valladolid ha dispuesto que las Vallkirias del Pisuerga efectuasen el saque de honor previo al partido ante el Sporting de Gijón. Vallkirias rodeadas de la afición pucelana inserta en la ciudad de Valladolid: una comunidad dentro de una comunidad, dentro de una comunidad... Si el objetivo de la propuesta se limitase a tranquilizar conciencias, a fortalecer una imagen de marca, a obtener fotos sencillas de conseguir, a adornarse de condescendencia, el gesto no alcanzaría ni el nivel del fuego fatuo. Flaco favor. Si falla la palabra recibida, poco queda. Entiendo la propuesta, el aplauso, como un compromiso. No soy quién para hablar por nadie. Mi diagnóstico en su momento, mi proceso, tendrá elementos comunes, sí, pero otros dispares. Cada cabeza y cuerpo, cada cáncer y tratamiento, difieren del resto. No sé por lo que pasa cualquiera otra de las personas 'picadas por el bicho' –Fernando Polanco dixit–. Pero me atrevo a afirmar generalizando que me siento un privilegiado por disponer de los médicos –y del resto del personal–, de un sistema que trata, también e igual, a quienes no podríamos pagar ni una semana por año. Los avances, añado, requieren investigación. Dinero, presupuesto. Y en defender esto se ancla el compromiso. En defenderlo porque muchas personas que hoy emiten cantos de empatía escucharán mañana el cruel diagnóstico y temerán, espero que menos, la muerte.

En esto, y no en loas a valientes, heroínas o luchadoras. En el cáncer no se compite. Se padece y se pretende sobrevivir. Al cáncer no se le vence. Se puede o podrá curar. Y también se podrá morir, lo que nunca será un fracaso, ni una derrota, ni la ausencia de lucha. Tan solo una consecuencia. Una consecuencia cada vez más evitable o postergada. Mientras, en casa, como en ningún sitio.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 20-10-2025

 

lunes, 13 de octubre de 2025

TIEMPOS MODERNOS

 

Foto: Ricardo Ordóñez

Al realizador de la retransmisión televisiva le seduce la imagen captada por una de las cámaras dispuestas en El Plantío, una de las que vigila los aconteceres del graderío, y decide olvidar durante unos segundos la contienda que se desarrolla en la campa de juego. Por suerte, la escena no mostraba un triste enfrentamiento entre aficionados como podríamos temer dada la ridícula rivalidad últimamente exacerbada. Mostraba, sin más, la reacción de un muchacho despistado, desubicado, ruborizado, aturdido... y dolorido tras haber recibido un balonazo en la cara.

El gesto compartido por sus amigos, a los que el azar bien pudo haber convertido en protagonistas, entreveraba vetas de regodeo y compasión. A lo que vamos: el disparo a puerta –doy por descontada la intención– del blanquivioleta Tenés, lejos de culminar su trayecto en el fondo de la red de la portería rival, prosiguió su peregrinaje hasta ver interrumpido su recorrido al topar con el rostro de este chaval emplazado en uno de los fondos del estadio.

Considerando la distancia cubierta por la pelota en su itinerario, y, de resultas, calculando siquiera a ojo de buen cubero el tiempo empleado en describir la ruta, resulta obvio que el mozuelo estaba pendiente de cualquier cosa menos del partido en sí. A poco que hubiera tenido el ojo apuntando al juego, habría dispuesto de tiempo suficiente para esquivar, incluso detener, el ya suave tránsito del balón. Le entiendo, faltaría más. Por un lado, debido a la identificación. Tiendo a distraerme y, cada poco, 'tengo que aguantar' a los compinches con quienes comparto los partidos en El Norte un «¡Pero quieres mirar el televisor!» reprensor. Por otro –más verosímil–, en virtud del contexto. El fútbol, por llamarlo de alguna manera, que exhibían tanto el Burgos CF como el Real Valladolid desalentaba hasta al más enfervorizado de sus seguidores.

Fútbol industrial, aburrido como dedicar la mañana a observar el trabajo en cadena de una línea de montaje en una fábrica de frigoríficos. Nada que ver con el dinámico espectáculo ofrecido por cualquier obra de la que disfrutan las sucesivas hornadas de jubilados. Una secuela futbolística del fordismo, un desarrollo en el que los futbolistas pretenden ensamblar su fútbol desencajando el del rival y, una vez logrado, ejecutando de forma secuencial una repetición constante de faenas. Fútbol de poderío físico y dogmatismos tácticos. Fútbol moderno que nos retrotrae a otros modernos, los tiempos referidos por Chaplin en su película así titulada. Fútbol plomizo interrumpido por algún destello como fue el provocado por el golazo de Chuki.

Mucho alicate y un fogonazo que prendieron los tres puntos en un partido disputado en terreno emocional fronterizo. Un momento en el que las decepciones previas intimidaban e imponían al Pucela un tan atenazante como impostor miedo a perder. Los efluvios del contento inicial de la temporada ya se habían disipado y los temores comenzaban a corporeizarse. Al menos se ha ganado tiempo. Y una alegría, que nunca está de más.

Publicado en El Norte de Castilla el 13-10-2025

 

martes, 7 de octubre de 2025

CABEN TODOS

 

 Foto: Iván Tomé

El número 118 de la revista que publica la Federación de Comités de Solidaridad con África Negra bajo el título ‘Umoya’ -en suajili ‘unión, camino, esfuerzo compartido…’-, además de informar sobre el saqueo del agua por la agroindustria, de destacar que África del Oeste se libera del colonialismo francés y de tildar de olvidada la guerra de Sudán, notifica que la Plataforma Social de CyL reconoció con la mención ‘Solidaridad Invisible 2024’ a Fermín Santórum. Destacan «la gran dedicación a tareas y actividades con la población inmigrante. Colabora con la Federación de Comités de Solidaridad con el África Negra. Se valora su compromiso con el Comité Oscar Romero -Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los pueblos de América Latina-…” y la exposición añade la labor de Fermín en “las Campañas de Solidaridad con Palestina y el pueblo palestino”.

Leo en redes, en artículos, escucho en la calle reprobaciones que catalogan de movimiento impostado las movilizaciones que reclaman el fin de -escriban el sintagma que deseen- al pueblo palestino debido al silencio que escuchan sobre -escriban también el sintagma que prefieran- que acontecen en otros lugares. Resulta que las gentes que se movilizan por una causa, los ‘fermines’, tienen presente al resto. Quien pretende silenciar la palestina suele, salvo por interés argumental, no alzar la voz por las demás. La razón del eco apúntenla en la duración -no comenzó hace justo dos años (no justifico, indico) con la barrabasada de Hamas-, cercanía, vinculación política o capacidad de influencia.

Se anuncia ahora un plan de paz propuesto por Trump y, en principio, aceptado por las partes. Ojalá se convierta en el preámbulo de un acuerdo duradero. Para ello, los negociadores de la parte subyugante habrán de considerar la inconveniencia de confundir acuerdo de paz con trágala. Uno aspira a la permanencia. El otro obliga a firmar. Uno apacigua. El otro hincha la vena hasta reventar. Evocando la Alemania de entreguerras, quizá sea peor el remedio que la enfermedad. Se sabrá pasado un tiempo, pero sería idóneo tenerlo en cuenta antes. Al menos para que Fermín pueda centrarse en otros empeños, que no faltan.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 07-10-2025

lunes, 6 de octubre de 2025

REVOLUCIONES, VOLCANES, PUCELA

 

 Foto: A. Mingueza

El escritor francés Victor Hugo, testigo vital del siglo XIX, atestiguó: «Las revoluciones, como los volcanes, tienen sus días de llamas y sus años de humo». Al fin, ambos procesos arrancan con un desempeño convulso, se acrecientan mediante un trajín vehemente que paulatinamente se sofoca hasta devolver la quietud. Concluyen ambos con una humareda preámbulo de la ceniza que se perpetuará. Una sedimentación que bien abrirá un nuevo tiempo en el que se apuntalarán las reformas propuestas/impuestas por el nuevo poder o bien posibilitará el advenimiento de un periodo en que, represión mediante, se opaquen las aspiraciones subversivas. En no pocas ocasiones, enarbolan la bandera rebelde manos herederas del poder que supuestamente se pretende derrocar.

 

La alusión literaria habitual a la que nos acogemos para referenciar este tipo de comportamientos se encuentra en 'El gatopardo', la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que relata como el poder se mantiene en los mismos apellidos aunque los hijos se disfracen de una pretendida rebeldía que, hasta que lo expliquen en casa, sorprende a los padres. Con esa máscara arengan a los enfervorizados seguidores con discursos en los que arremeten contra no sé qué hegemonía cuando ellos conforman la hegemonía dominante: son dueños de los medios y procuran parecer que se enfrentan a ellos. No se trata tanto de 'cambiar todo para que nada cambie' cuanto 'embestir contra todo para que todo quede en las mismas manos'. 

Agosto empieza a quedar demasiado atrás, pero entonces, aparte de las climatológicas, el Pucela, como las revoluciones y los volcanes, tuvo sus días de llamas. La puesta en escena de la temporada con dos victorias consecutivas parecía quemar un pasado oneroso, Almada se nos mostraba –quisimos ver– como aquella 'Libertad' pintada por Delacroix guiando al pueblo, el balón entonaba 'A las barricadas'. Poco más que hasta ahí. De repente, las ilusiones se tornaron humo. La ceniza no enterró el pasado sino sepultó el futuro que se vislumbraba. La sensación de más de lo mismo atribula a una afición que comprueba como en la cara de Almada se dibujan rasgos de Pezzolano. Anda media ciudad conjeturando con enmiendas a las alineaciones, planteando al vecino la vieja fórmula del «yo metería a este por aquel». En realidad, si ahora (casi) todos los jugadores nos parecen malos, el asunto tiene otra raíz: falta encontrar plan, reparto de roles, adecuación de posiciones.

Con correr y sudar –por más que encante a la hinchada escuchar consignas marciales, por más que asimile el ardor guerrero a un bálsamo de Fierabrás– no alcanza para provocar una llama revolucionaria. Se requiere juego y este, al menos de momento, ni se vislumbra. El 'Pucela échale huevos' que se corea no sirve, metafóricamente exige lo que ya se aporta, no lo necesario. «Un día –apuntaba el propio Victor Hugo en 1849– vendrá en el que las armas se os caigan de los brazos a vosotros también». Y se viva, y se juegue.

Publicado en El Norte de Castilla el 06-10-2025

 

martes, 30 de septiembre de 2025

CARRETERA DE LEÓN, CRÓNICA NUESTRA

 

Foto: R. Jiménez

Cruzando desde el paseo de Isabel la Católica el puente Mayor de Valladolid y continuando, rotonda al margen, de frente, accedemos a la vía que el callejero denomina avenida de Gijón. Tiene lógica la designación porque el tramo que une Valladolid con la ciudad asturiana formaba parte de la N-601 que unía, Adanero mediante, Madrid con Gijón. Dispone de lógica cartográfica pero carece de la social, de la humana, porque para los vecinos de Valladolid, y no digamos si lo circunscribimos a los del barrio de la 'Vitoria', esa arteria que se abre –o se cierra, según se mire– al lado de mi casa se denomina 'carretera de León'. Al fin y al cabo, y de ahí la lógica humana del nombre, la mayoría de trayectos que se consuman sobre ese asfalto facilitan el trasiego entre las dos capitales o entre una de ellas y los pueblos de enmedio. Y no son trayectos circunstanciales, la mayor parte de esa mayoría responden al ejercicio de una vida: al eje que une el pueblo del origen con la capital del destino. Un proceso que, deseable o execrable, ineludible o forzado, responde a un fenómeno, el de los desplazamientos de personas a gran escala, que diseñó –diseña y diseñará– la geografía humana de nuestras sociedades. En la 'Vitoria', sin leoneses, sin terracampinos, no se habrían levantado edificios de más de dos plantas. Al menos cuando se edificaron los que existen.

Desde esa óptica, no comprendo la rivalidad perenne. Sí, claro, el pique en un juego de toma y daca, con principio y final preestablecidos. Sí, claro, la denuncia de los atropellos, la demanda de igualdad. Denuncias y demandas cuyo listado de destinatarios se ciñe a las personas con poder político y económico para decidir. Desde esa óptica, insisto, no comprendo el odio difuso y generalizado a cualquier cosa que evoque todo un territorio y a quienes en él habitan.

Me desagrada el clima que se genera cuando, en este caso, el Valladolid y la Cultural se enfrentan. Cuando se cargan en la pelota relatos de afrentas pasadas con responsabilidades remotas. Un clima, no lo olvidemos, artificial, provocado por quienes pretendiendo réditos políticos zahieren bajito –para encontrar escapatoria si vienen mal dadas– y magnificado por vocingleras que envuelven su personalidad en banderas a las que atribuyen blasones de superioridad, que se difuminan en identidades excluyentes. En realidad, resuenan más que son: entre unos Villarriba y Villabajo cualquiera, siquiera por contacto, la cercanía impone la relación cotidiana con todos sus vericuetos. Bodas incluidas. Podemos pensar que la pareja de ya prometidos está formada por dos antagonistas que como se apunta en la película dirigida por Robert Redford 'El río de la vida', «podemos amar totalmente sin entender totalmente». La realidad es la opuesta: se podrán comprender enteramente porque comparten pasión: el fútbol. Parte de lo no importante, de la mayoría de nuestro tiempo. En esta ocasión le corresponderá a ella mitigar el enojo de él.

Otra cosa, y aquí se me amontonan los años, observo reticente como el espectáculo se impone en todos los campos. A los debates políticos ha sucedido la espectacularización de las polémicas; a los análisis futbolísticos, el show periférico; a los usos que se atenían a lo privado, la exhibición de los sentimientos. De esa petición pública no quiero imaginar la posibilidad de un 'no' por respuesta. No lo entiendan, faltaría, como crítica sino como crónica de una evolución. Nuevos tiempos que no llegan para un Pucela empeñado en transitar por su mediocridad consuetudinaria.

Mientras, en ese Gijón punto y final de la carretera, la Segunda División muestra su rostro traidor, inmisericorde... maravilloso. Del 3-0 al 3-4. Todo cabe, nada sorprende.

Publicado en El Norte de Castilla el 29-09-2025

 

martes, 23 de septiembre de 2025

DENUESTOS PARA TAPAR LUNAS

 



La desolación a lo largo de las distintas geografías invade cuerpos y almas a medida que las noticias, las imágenes y los sonidos procedentes de la Gaza arrasada -y en menor medida, aunque respondiendo a la misma lógica expan’sionista’, de la Cisjordania silente, expectante, consciente, con las barbas en remojo- alcanzan cerebros y sentidos. Desolación que se vigoriza y transforma en un coraje que impele a la protesta, a la demanda de medidas que detengan la fiereza de los ataques. Ataques que envueltos en palabrerías justificadoras, disertaciones ideológicas o hermenéuticas sagradas responden, como siempre, al interés de sus élites.

Intereses de sus élites, también las de esa Europa acostumbrada a los lamentos impostados. La Europa nunca integrada: aquel gigante económico, enano político, con pretensión de referente ético que mengua a marchas forzadas, desaparece por sumisión y provoca risa en un mundo que desprecia esos valores. La inercia nos hace creer que mantiene su capacidad de influencia, que aún, si le exigimos, puede.

Mientras, en nuestra España, para justificar el borrado palestino escuchamos (¿será por carencia argumental?) denuestos contra quienes reivindican detener la masacre. Alguno “Israel tras el 11-M ayudó a España, en Gaza brindaban por nuestros muertos”, aparte de falaz -Arafat condenó los atentados- no justifica nada. A un ‘amigo’ no se le puede consentir todo. Otros “¿Por qué no protestas por otras cosas también graves?”, exigen lo que nunca se había planteado, un listado de demandas en el que hay que excluir causas por ser de menor calado que el hambre en el mundo. Olvidan un hecho: existe desde hace decenios un entramado social denunciando la catástrofe palestina que anula el argumento de que el conflicto comenzó el 7 de octubre de 2023. Uno más “¿qué hiciste cuando en España…?”, se podría contestar que lo que la mayoría. Buena parte, seguro que más. Como colofón “entre los manifestantes había gentes indeseables”, como entre los no manifestantes, en manifestantes de otros asuntos, asistentes a un concierto o a un partido de fútbol, como en cualquier circunstancia que agrupe a decenas de miles de personas. Dedos señalando dedos, escondiendo lunas.

Publicado en El Norte de Castilla el 23-09-2025

lunes, 22 de septiembre de 2025

Y NO ME PIDAS PERDÓN

 

Foto: Carlos Gil Roig

No sé a qué punto emocional de la relación –si al desasosiego del inicio, al empalago de la rutinaria inercia del día a día o al desgarro de una ruptura– se refiere Coti en su canción 'Nada fue un error'. Si específicamente a uno de ellos, a todos en su conjunto o a cada uno por separado. La contradicción que emerge entre el arranque, «Tengo una mala noticia», y la continuación, «no fue de casualidad. Yo quería que nos pasara y tú, y tú, lo dejaste pasar» insinúa que en el idilio deseado por una parte, no eludido por la otra, se cierne el desconsuelo del punto final. Ese 'una mala noticia' se esgrimiría, desde esta perspectiva, a modo de reproche: la historia ocurrió porque no lo evitaste. Tal vez, simplemente celebre el romance enfatizando la voluntad de que ocurriera y, visto así, haya cargado de ironía lo de la 'mala noticias'. En cualquiera de los escenarios, cobra sentido el estribillo: «Nada de esto fue un error». En el primero, porque carece de valor el lamento por el resultado de una decisión pasada: el tiempo vivido a resultas de ella forma parte de uno mismo, del propio ser. Afligirse, renegar, entraña un vano intento de anular lo que ha contribuido al presente. Más aún si el corazón apuntó la dirección escogida. En el segundo, por motivos obvios. Nadie considera un error la vivencia de un romance recién comenzado.

 

Aunque la fortuna aparezca en determinados instantes, al Pucela, tras la derrota ante el Albacete Balompié, le podríamos haber dicho «tengo una mala noticia, no fue de casualidad». En realidad, ya se advertía y avistaba. Y no me refiero a diatribas agoreras procedentes del exterior –tomemos por exterior a afición y medios de comunicación–. En el vestuario ya eran conscientes, al menos, desde que Almada, en el análisis del encuentro ante el Córdoba, recurrió al concepto del 'manejo' para precisar las carencias de su equipo. Y no lo señaló una semana antes en Castellón porque el resultado evitó la necesidad de decirlo.

«Aprendí –prosigue la canción– la diferencia entre el juego y el azar». No me cabe duda de que, pese al triunfo final frente a la UD Almería, el técnico blanquivioleta no se acostó satisfecho: el azar influyó en el resultado más que el juego. Lo que no es habitual. De verse en las mismas, no tardaría en aparecer la derrota.

Y eso que en Albacete, Guilherme por un lado, los postes por otro, pospusieron la crónica de una derrota anunciada, taparon por un rato las costuras rotas. Esta vez el trabajo, necesario, no alcanzó la categoría de suficiente. Tengo una buena noticia: «Nada –se puede añadir con Coti– fue un error» porque la derrota forma parte del proceso. Quizá, al revelar carencias, al alentar el inconformismo, a la larga aporte más este resultado que tres puntos casuales.

El Pucela, al contrario que el intérprete argentino, no regresa cantando «Yo quería que nos pasara». Faltaría más. Pero la afición, al menos mientras se mantenga la implicación u, ojo, los malos resultados no se acumulen, puede mirar al equipo a la cara, pretender levantarle el ánimo, pedirle que continúe en el empeño y apostillar con un «no me pidas perdón».

Publicado en El Norte de Castilla el 22-09-2025

 

domingo, 14 de septiembre de 2025

INJUSTO Y CRUEL, ARBITRARIO Y GENEROSO

Foto: Alberto Mingueza


La pelota topa con la cinta superior de la red de la pista de tenis y se eleva. Woody Allen ralentiza la secuencia del ascenso de la bola hasta que esta alcanza el punto de máxima altura. Justo en ese instante previo al descenso, Allen detiene la imagen. ‘Match Point’, el resultado de una inercia desconocida, la suma de magnitudes -presión, humedad, temperatura, densidad…- a priori despreciables por su ínfima incidencia, un soplo de aire, la reverberación de un sonido… o el azar demediado determinarán el lado de la cancha en el que botará la pelota, repartirán aleatoriamente sonrisas y llantos. Propiciarán, incluso, la escritura de relatos épicos que encumbrarán a las cimas del Olimpo al favorecido por la por la decisión del bote, que cuestionarán el proceder del compungido perjudicado por la fatalidad.

El azar, un azar desapegado del destino, circunstancial, inopinado, que distingue sin más criterio que el ‘porque sí’, resuelve un partido de fútbol como discierne al respecto de la vida o de la muerte en rebuscadas sentencias que aventuraban lo contrario. Sea un penalti en contra que remueve un partido a tu favor o un informe médico que al traspapelarse evita el riesgo de un diagnóstico tardío. Conozco el caso. A un paciente oncológico, por asuntos diferentes a los de su proceso, le realizan una gastroscopia. Cuando acude a por el resultado, le informan de que el expediente no aparece. Verbalmente, a la par que el médico se disculpa, le indica que no había nada preocupante pero que, ante la eventualidad, correspondería efectuar de nuevo la prueba. Así ocurre. Dos días después de un TAC en el que no aparece rastro tumoral, se practica la segunda gastroscopia en la que da la cara ‘un pólipo que por tamaño y color no debe preocupar’. Hasta que en anatomía patológica lo analizan y resulta ser una metástasis localizada y en su mínima expresión. La pelota traspasó la red, cayó del otro lado, punto a favor.

La UD Almería, que redujo a la nada al Pucela en el primer tramo de partido, pudo certificar su dominio transformando un claro penalti provocado a resultas de dicho meneo. Cabezas gachas en el estadio, sometimiento futbolístico y una máxima pena pendiente de transformar en número la elocuente sensación. El balón, manopla de Guilherme mediante, no atravesó la línea. El marcador no entiende de dominios, apunta goles y no hubo razón para alterarlo. Pero el ánimo sí vive sujeto a impactos y este yerro almeriense propició la dilución del propio, el realce del de los blanquivioletas. Había partido. Por eso me apasiona este juego, por su fragilidad, por sus recovecos, incluso porque -como la vida- puede ser tan injusto y cruel como arbitrario y generoso. Dos realidades que no dejan de ser la misma vividas desde perspectivas opuestas. Porque el fútbol no miente, muestra. También lo que no gusta.

La cinta de la red continuó siendo golpeada. El mismo partido, años atrás, sin el VAR reajustando, hubiera cambiado de bando los gestos. Gol válido posteriormente anulado a los rojiblancos, mano discreta de dos defensas almerienses observada por la cámara chivata. Dos pelotas de partido salvadas por el Pucela. Más, dos jugadas simétricas, remate franco al larguero de uno y otro, antes del uno y después del otro, concluyen con finales opuestos: ocasión perdida del primero, ‘deuce’, iguales; para el segundo, penalti en el rebote. Match point que Latasa certificó previo uyuyuyuy y consolidó el juego, set y partido. 

Claro, para que la pelotita golpee la cinta resulta imperativo percutirla previamente, atizarla una y otra vez. El empeño mayúsculo del Pucela propició un resultado inmerecido por juego, sí, pero la casualidad asomó cuando voluntad, esfuerzo y convicción tocaron a su puerta. Casualidad que, eso sí, no suele repetir visita. Quedarse con el resultado como única enseñanza acarrearía el riesgo de confiar en la cinta, en la inercia, en el viento o en que se traspapele el informe de la gastroscopia. 



Publicado en El Norte de Castila el 15-9-2025