El escritor francés Victor Hugo, testigo vital del
siglo XIX, atestiguó: «Las revoluciones, como los volcanes, tienen sus días de
llamas y sus años de humo». Al fin, ambos procesos arrancan con un
desempeño convulso, se acrecientan mediante un trajín vehemente que
paulatinamente se sofoca hasta devolver la quietud. Concluyen ambos con una
humareda preámbulo de la ceniza que se perpetuará. Una sedimentación que bien
abrirá un nuevo tiempo en el que se apuntalarán las reformas
propuestas/impuestas por el nuevo poder o bien posibilitará el advenimiento de
un periodo en que, represión mediante, se opaquen las aspiraciones subversivas.
En no pocas ocasiones, enarbolan la bandera rebelde manos herederas del poder
que supuestamente se pretende derrocar.
La alusión literaria habitual a la que nos acogemos para referenciar este tipo de comportamientos se encuentra en 'El gatopardo', la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que relata como el poder se mantiene en los mismos apellidos aunque los hijos se disfracen de una pretendida rebeldía que, hasta que lo expliquen en casa, sorprende a los padres. Con esa máscara arengan a los enfervorizados seguidores con discursos en los que arremeten contra no sé qué hegemonía cuando ellos conforman la hegemonía dominante: son dueños de los medios y procuran parecer que se enfrentan a ellos. No se trata tanto de 'cambiar todo para que nada cambie' cuanto 'embestir contra todo para que todo quede en las mismas manos'.
Agosto empieza a quedar demasiado atrás, pero entonces, aparte de las climatológicas, el Pucela, como las revoluciones y los volcanes, tuvo sus días de llamas. La puesta en escena de la temporada con dos victorias consecutivas parecía quemar un pasado oneroso, Almada se nos mostraba –quisimos ver– como aquella 'Libertad' pintada por Delacroix guiando al pueblo, el balón entonaba 'A las barricadas'. Poco más que hasta ahí. De repente, las ilusiones se tornaron humo. La ceniza no enterró el pasado sino sepultó el futuro que se vislumbraba. La sensación de más de lo mismo atribula a una afición que comprueba como en la cara de Almada se dibujan rasgos de Pezzolano. Anda media ciudad conjeturando con enmiendas a las alineaciones, planteando al vecino la vieja fórmula del «yo metería a este por aquel». En realidad, si ahora (casi) todos los jugadores nos parecen malos, el asunto tiene otra raíz: falta encontrar plan, reparto de roles, adecuación de posiciones.
Con correr y sudar –por más que encante a la hinchada
escuchar consignas marciales, por más que asimile el ardor guerrero a un
bálsamo de Fierabrás– no alcanza para provocar una llama revolucionaria. Se
requiere juego y este, al menos de momento, ni se vislumbra. El 'Pucela échale
huevos' que se corea no sirve, metafóricamente exige lo que ya se aporta, no lo
necesario. «Un día –apuntaba el propio Victor Hugo en 1849– vendrá en el que
las armas se os caigan de los brazos a vosotros también». Y se viva, y se
juegue.
Publicado en El Norte de Castilla el 06-10-2025