martes, 26 de mayo de 2026

CONVIDADOS… Y DE PIEDRA

 

Foto: Carlos Espeso


Pues de la misma manera y por idénticos tres motivos que apenas una semana atrás celebré que una afición –por más que no la nuestra– festejara, corresponde alegrarse siquiera un poco por la visión del rebosante regocijo de una multitud de aficionados –y no tanto– al fútbol; en este caso de la hinchada del Deportivo de la Coruña. Sea también enhorabuena.

 

La casualidad ha unido en el ascenso a dos clubes cuyas últimas y pertinaces peripecias se han desarrollado en terrenos alejados de los de sus mejores días. Una circunstancia que resalta otro valor del fútbol; además del arraigo social, propicia un enraizamiento generacional: cualquier logro retrotrae a otros momentos históricos, a cuando los padres eran los hijos; los abuelos, los nietos; aquella gente, nosotros.

También es casualidad –y esta tal vez nunca se haya producido– el hecho de que los dos equipos que han dejado atrás la arena de esta traicionera Segunda División hayan dado el último paso en dos semanas consecutivas y frente al mismo rival. Vaya, que desde la perspectiva pucelana, se ha contemplado la imagen de los propios ejerciendo sin solución de continuidad la ingrata labor de convidados de piedra. En realidad, este papel de invitado inerte, que asignara Tirso de Molina en 'El burlador de Sevilla' a Gonzalo de Ulloa, se ha repetido con demasiada frecuencia a lo largo de la temporada. Al menos, este pétreo Gonzalo blanquivioleta, si no pudo enviar a ningún don Juan a ningún infierno, recobró en algún momento algo de aliento, el suficiente para sobreponerse a la agonía, para sobrevivir aun siendo consciente de que la travesía del desierto puede alargarse mucho más de lo inicialmente previsto. Mucho mejor, claro, que ceder el esqueleto para festín de buitres, chacales e hienas.

El campo poco ha mostrado más allá de lo previsible en un partido en el que el mejor contiende con una aspiración y el peor abdica ante la ausencia de propósito. Tanto que se ha limitado a cumplir con la obligatoriedad de presentarse a unos partidos que le sobraban. No cupo ni la posibilidad de que el paso del tiempo se aliase con ese peor, huelga aclarar que es el nuestro, atenazando el sistema nervioso del aspirante: con el partido apenas estrenado, el Deportivo ya había anotado el relajante gol. No cupo ni la posibilidad de contemplar el juego de Carvajal, el chico que debutó con gol en el último partido en Zorrilla, que apareció en el once inicial en Santander y que hoy ha tenido que esperar al descanso para recibir el plácet que le permitiera jugar.

Aquel tanto ilusionó, pero requiere confirmación. No vaya a ocurrir como a un paisano, un chaval –ya no tanto– de cuyo nombre no quiero acordarme que en un partido ante el equipo de un pueblo vecino salió a jugar los últimos minutos. Según se reanudó el encuentro, le llegó un balón botando, lo pateó con todas sus fuerzas, la pelota golpeó el travesaño por abajo y se incrustó en la portería. Mientras todos cantábamos el gol, él se fue al banquillo solicitando ser cambiado. Ante las miradas de extrañeza, comentó: «si no juego más se van a pensar que soy bueno». Carvajal obviamente apunta a poder serlo. Mejor será para él y para el Pucela de la temporada que viene, «pero –como repetía el cantinero Moustache en la película dirigida por Billy Wilder 'Irma la Dulce'– esa es otra historia».

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 25-05-2026

miércoles, 20 de mayo de 2026

LA REPRODUCCIÓN DEL GATOPARDO

 

Foto: Valerio Merino


Alguna vez llegué a pensar que mi generación -entendida esta en sentido amplio- podría atribuirse la mayor quiebra generada entre dos antecesoras. No tanto por la presunción de una significación histórica, por esa visión que coloca nuestra realidad en el centro de cualquier encrucijada, sino porque engulló una serie de revoluciones tecnológicas -ese tractor que determinó el éxodo rural-, de cambios socioeconómicos que configuraron un mundo alejadísimo del que habían vivido nuestros padres cuando se convirtieron en nuestros padres. Tanto, que entendimos que sus conocimientos poco podrían acompañarnos en nuestra peripecia vital, más industrial, más urbana, más ilustrada… más democrática. Asumimos inmodestamente que no se produciría un desenganche similar con nuestros hijos. Error, para variar.

Con observar a mi hijo, a su entorno, con escucharlos; con leerlos y analizar siquiera someramente sus anhelos, sus miedos, sus cosmovisiones, se constata la colosal grieta que nos separa. Nos creímos distintos por reformular nuestro mundo previo; ellos ni reformulan, crean uno diferente: se relacionan distinto, han modificado códigos gastados. De primeras, se han reducido a casi nada las relaciones intergeneracionales, los espacios de encuentro. Nos supusimos comienzo de algo, asumimos ahora el rol de bisagras.  

Desde nuestra atalaya catalogamos a las personas de esta nueva generación -también tomada en sentido amplísimo- como débiles y acríticos, como ‘de cristal’. Simplemente su realidad es más compleja, carecen de ese centro de gravedad permanente que reclamaba Battiato. Tendemos a explicar su mundo sobre las bases de lo que fue el nuestro, a creer que sirve lo que nos sirvió cuando el capital reclamaba más personas formadas en derecho, medicina, ingeniería, arquitectura… de los que la élite económica disponía. Una coyuntura que propició una cierta permeabilidad social, una porosidad ahora apenas perceptible.

Diógenes de Sinope, que vivía en una tinaja, tenía que salir con su candil a la calle en busca de un hombre honesto y honrado; con las nuevas tecnologías, ya no tan nuevas, se han generado tinajas tan enormes que contienen miles de mundos, no hace falta calle. Universos que, por desconocimiento, no me atrevo a juzgar. Eso sí, me temo que el gatopardo se sigue reproduciendo. El poder se adapta siempre.  

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 19-05-2026

lunes, 18 de mayo de 2026

OTRAS VECES FUIMOS NOSOTROS

 

Foto: César Ortiz-Factoría 9

Celebro la alegría desbordada del mundo racinguista, más que nada porque ensalzo el valor en sí de la alegría, la alegría en sí como valor. La simple constancia de su existencia endulza el desarrollo vital de cualquiera: siempre, incluso cuando uno siente que habita en sus antípodas, cuando cada uno de sus antónimos –de la tristeza al desconsuelo, de la pena a la desolación– se apodera de nosotros, el agarradero de la alegría posible, el soporte de la alegría que fue, nos permite soportar fatigas, sobreponernos a penalidades. Con frecuencia recordamos –y le otorgamos categoría de argumento de razón– aquello de que 'la esperanza es lo último que se pierde'. Bien, la alegría potencial, la certeza de su existencia, la confianza de que algún camino nos permitirá toparnos con ella, conforma el circuito eléctrico que alimenta la bombilla de esa esperanza. Y no conviene que esa luz se apague.

Celebro, decía, la alegría desbordada del mundo racinguista primero por ellos. No sobran, de hecho nunca sobran, imágenes de gente expresando su júbilo. Disfruten, nunca se sabe cuándo habrá una nueva ocasión. Segundo, porque participar en una competición deportiva supone asumir euforias y decepciones; la alegría de otros, desde este prisma, muestra la esencia misma del juego, del fútbol; implica la pervivencia de un hecho que nos apasiona, también en las malas. Sea enhorabuena pues. Y finalmente porque otras veces fuimos nosotros los que nos revestimos de entusiasmo. Porque su dicha presente nos rememora aquellos momentos, porque su entusiasmo reabre el anhelo de repetir aquellos 'días de vino y rosas' por más que seamos conscientes de su carácter efímero, por más que Ernest Dowson dejara escrito que «No duran mucho tiempo, los días de vino y rosas:/ como desde un vago sueño/el camino surge un instante, luego se pierde/ en el interior de un sueño», por más que Jack Lemmon y Lee Remick dirigidos por Blake Edwards desarrollaran, en la película así titulada, la transmutación de la ventura en pesadilla. En paralelo, y esto puede servirnos de consuelo, tampoco se eterniza el llanto; aunque a veces sea la propia asunción de una realidad prolongada la que propicia una inopinada calma. Incluso, pequeñas, casi vergonzantes, alegrías. Hemos aprendido que en alcanzar la permanencia en Segunda División también cabe un atisbo de alegría aunque en este caso sea tan perecedera que al instante se ahogó en el fango del desencanto.

El presagio del alborozo del Racing había convertido al Pucela en mera comparsa informativa, su protagonismo no excedía del 'pasaba por aquí' en una fiesta ajena. Menos para sus propios, los que ven (vemos) el mundo futbolístico a través de una mirilla blanquivioleta. El desempeño, a estas alturas, ha sorprendido para bien. A buenas horas, dijimos, asumiendo en el fondo la distancia entre lo que creímos en agosto y la caja destapada a lo largo del resto de los meses. Asumiendo que ha dado inicio la temporada que viene. Asumiendo que el nombre, la historia y demás componentes etéreos pueden modificar la realidad presente, pero muy poquito, tirando a casi nada.


Artículo publicado en El Norte de Castilla el 17-05-2026

lunes, 11 de mayo de 2026

DE SILBAR AL MIEDO A RESOPLAR LA TENSIÓN LIBERADA

 

Foto: Carlos Espeso


Cuando se avistan los desenlaces de las temporadas, ante cualquier tesitura que me estruje las meninges: un texto que cae en mis manos, una conversación de tono reflexivo, una canción de letra reconocible envolviendo el ambiente...; mi cabeza dispersa, si bien –creo– en silencio, con discreción, tan solo para mí mismo, entra en modo guiñol de Jesulín y recurre a unas metáforas que introduce con un «yo lo veo un poco, no sé, como un Pucela, ¿no?» para desplegar a continuación la relación pertinente. Así, hace un par de días me llamó la atención el título de un artículo en la web del National Geographic que rezaba 'El pueblo de Castilla y León donde dos reyes pactaron la paz y que hoy sobrevive con 70 vecinos y una catedral inesperada' porque deduje que se refería a Támara de Campos, una localidad palentina con la que mi bicicleta se topó porque se ubica, entre Piña de Campos y Frómista, en las inmediaciones del canal de Castilla. Por cierto, si pueden, no se la pierdan. Antes de leer el artículo, recordé, claro, la sensación que me produjo la primera visita, la visión de un minúsculo poblado cuyo conjunto cabría en el interior de un imponente templo, la iglesia de San Hipólito el Real. Pese a su aparente pequeñez, en su término existió el Hospital de Peregrinos o de San Juan de Jerusalén y, aún hoy, pateando el exiguo callejero podemos observar algunas construcciones que reclaman atención. En cuanto fijé la mirada en la página, al observar la primera foto que ilustraba el texto, mi cabeza, ya digo, se desubicó. «Bueno, esto es… como un Pucela», un equipo que con el tiempo se ha empequeñecido, que aún conserva algunos jugadores que vagamente recuerdan un poco lo que pudo ser –lo que pudieron ser, lo que pudieron haber sido– y un jugador central, Chuki, que emerge, se alza, destaca... que a leguas se nota su presencia, pero que no termina de crear más armonía con el entorno que la que se deposita en el etéreo rincón del 'podría ser'.

 

Y poco antes del partido, cuando ya me aprestaba a venir a la redacción, salta la noticia (metafórica) de que la iglesia catedralicia se ha hundido; de que en la previa del encuentro que podría evitar el derrumbe del menguado club, unas molestias musculares han abatido a Chuki, el templo en cuyas botas cabía el equipo.

Encima, Yepes, en su reparto de hojas en sucio para tomar notas, me entrega una que sirvió de prueba para una página de esquelas. Menos mal que uno no cree en designios ni presagios, y que si creyera, cotejando a los dos contendientes, asignaría al Real Zaragoza la desventura de encabezar con su nombre el texto del recordatorio. Una especie «EL SEÑOR Don Real Zaragoza S. A. D ha fallecido...». El miedo es libre, claro, como demostraron los silbidos del público cuando el consuelo del 1-0 parecía evanescente ante el deseo maño y la rigidez blanquivioleta. En la página de esquelas, se temía, hay hueco para dos y cualquier gol blanquillo podría añadir una simétrica compañía: «EL SEÑOR Don Real Valladolid S. A. D ha fallecido...». Por suerte para el Pucela, el Zaragoza resultó aún peor y más triste que cualquiera de las peores y más tristes versiones de este Real Valladolid a lo largo de esta interminable temporada que, en lo que a este equipo respecta, parece –más allá de la dignidad requerida para los tres partidos de posdata pendientes– haber llegado a su fin. Incluso, cinco minutos antes del pitido final gracias a que el primer balón que cayó en los pies del debutante Carvajal terminó alojado en la red. Mi cabeza, desparramada, ya les digo, se fijó en el dorsal, el 38. Y me acordé de Salazar, aquel chaval que ahora, cedido por el portugués G. D. Estoril Praia en el Eldense, anotó a finales de 2023 su primer gol pucelano también con el 38, lo que me permitió contarles cómo en 1996 me quedé sin el jamón, el vino y el cuadro de Manolo Sierra que obtenía el agraciado con la porra del añorado bar El Pala.

Al Pucela, desde ya, le corresponde buscar una guía que le aleje del rumbo que apunta a condenar a la nave zaragocista. En las oficinas del club sonará Enrique Morente invocando al destino: «Si yo encontrara la estrella que me guiara / yo la metería muy dentro de mi pecho. [...] Estrella, llévame a un mundo/ con más verdades [...] Romperemos las nubes negras/ que nos engañan/ que nos acechan». Todo sea para que no se vuelva a repetir esta condena.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 10-05-2026

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

LA FIESTA EN PAZ

 

Foto: Reuters

Hace apenas una semana, este nuestro ‘Norte’ titulaba ‘La mitad de los jóvenes ve con buenos ojos las políticas autoritarias y una dictadura’ un artículo en el que daba cuenta de una encuesta de la Fundación SM cuyo objeto de estudio fueron los españoles de 15 a 29 años. Partamos de una obviedad: la otra mitad no hace ojitos a ese mantra que crece adquiriendo forma de profecía autocumplida. Y de otra evidencia: las encuestas, así, “tomadas de una en una -arrogándome palabras de José Agustín Goytisolo- son como polvo, no son nada”, una simple fotografía, estática por definición, que solo adquiere valor observada rodeada de otros sondeos idénticos previos, transformándose en fotograma para componer la película de la evolución.

Sorprende que sorprenda el desarrollo del guion. Marx dejó escrito -y esta indicación se admite por marxistas y no marxistas como utensilio sociológico básico- que “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”. Las necesidades, reales o percibidas, subordinan -o adecúan- el pensamiento de cada momento. Y la vida actual traza sus caminos sobre agua, delinea vías inestables, efímeras, estructuras carentes de solidez que amenazan con desvencijarse y arrastrarte en la caída. Hasta la palabra carece de valor, la única verdad admitida sentencia que ya ni la verdad existe. Tal vez no existió nunca, pero circulaban mentiras tomadas como certezas. Dado que casi siempre se está dispuesto a ceder algo de lo que se dispone de nacimiento a cambio de solventar las carencias, insisto, reales o percibidas, parece poco precio la permuta de aceptar mano dura -que se suele entender para los demás- recibiendo lo mismo que ansiaba Jarcha medio siglo atrás “su pan, su hembra -entiéndase compañía y afecto- y la fiesta en paz”. Un cobijo, al fin y al cabo.

Sumemos que la vida actual se desarrolla en un mundo en el que la hidalga Europa languidece vestida de chaqué observando que se imponen los que se amparan en el uso de la fuerza, interna y externa. Y la chavalería toma nota y, sin pretenderlo, homenajea al director argentino recientemente fallecido Adolfo Aristarain, buscando ‘un lugar en el mundo’.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-05-2026

UN EXTRAÑO PRIVILEGIO

 

Foto: Carlos Pérez-Factoría 9

El martes pasado acudí al Clínico a la correspondiente consulta con mi –permítanme el posesivo– oncólogo. No recuerdo si de inicio, para enyesar empáticamente el encuentro, o como amable recurso de despedida, Ricardo –que así se llama– me lanzó un jacarandoso «Joaquín, ¿qué?, ¿cómo ves al Pucela?, ¿nos salvamos?».

Sonreí perfilando un ademán a medio camino entre el reflejo del miedo y un desdén aderezado de condescendencia bobalicona. Mal, pensé, pero de esta se librará. Y como si me topase con esta pantalla ansiosa de palabras al finalizar cualquier partido, como si me enfrentase al espacio en blanco pendiente de la historia que lo habrá de recubrir, se me ocurrió utilizar una metáfora propia del contexto propiciatorio del encuentro que satisfaría las dudas lanzadas al aire por el médico. Ojalá –le comenté– la oncología dispusiera del privilegio propio de esta endiablada Segunda División donde, al final, el número de bajas se limita a cuatro, y los demás equipos, sea cual sea su diagnóstico, por enojoso que haya resultado el proceso, por agresivo que se haya manifestado el tratamiento, subsisten. Y al poco, en cuanto cierre la temporada, se sacudirán el polvo, se erguirán y se prepararán para un nuevo periplo en el que las vicisitudes del pasado se habrán transformado –si existe voluntad y cerebro– en vacuna.

Entiéndanme, mejor sería, claro, que la oncología tuviera la posibilidad de evitar la travesía por los nueve círculos concéntricos de dolor y de pecado, de eludir los dantescos descensos a los infiernos. Pero la realidad es la que es –una espada como la de Damocles, una amenaza colgada del techo sujeta por un solo pelo, un filo de acero apostado sobre nuestras cabezas –, no la que anhelaríamos. Al menos de momento.

Sonreímos, ahora los dos, compartiendo una mueca que traslucía un rotundo ¡ojalá!, dejando apuntada la esperanzadora situación del Pucela pese al rosario de síntomas inquietantes, pese a la concatenación de datos desazonadores... emplazándonos para el próximo mes, no para hablar tan solo de fútbol.

La siguiente escala de la tortura blanquivioleta conducía a Las Palmas. El conjunto de la información corroboró la metáfora. Una efervescencia final más propiciada por el inopinado miedo del equipo grancanario que por el desempeño blanquivioleta no puede desenfocar la mirada de un partido, de nuevo, lamentable de un equipo que, de tanto asumir su inferioridad, hiede a derrota. Transmite, alineación incluida, la impresión de que coloca todos sus huevos en el único canasto del partido ante el Zaragoza. Pero, para su bien, para su triste bien, el relato informativo de este penoso deambular se completa con el fantasmagórico vagar de los cinco últimos: los cuatro en los que se confía más el comodín del Cádiz.  

La verdad es que resulta complicado traducir los entresijos de una categoría que suple la carencia del máximo nivel futbolístico con acendradas dosis de emoción en cada uno de los tramos clasificatorios. Explica a un inglés, comentaba socarronamente un conocido en una de esas improvisadas tertulias que se conforman en la barra de esos bares de barrio que despiden un suculento aroma a pasados de moda; explica, a un inglés que ‘me voy a ir yendo’, la concatenación de tres tiempos diferentes del verbo ‘ir’, pretende en realidad buscar una excusa para quedarse. Explica esta competición a la gente que se limita a seguir las peripecias de la Primera División en la que el título se disputa entre dos equipos y medio, en que resulta sorprendente que un recién ascendido no recorra el camino de reingreso a la categoría que apenas un año antes jubilosamente abandonó, en que las sorpresas sorprenden porque no se han convertido en pan nuestro de cada día.

Cuatro partidos y la temporada habrá dictado sentencia. La derrota del Pucela le deja –pendientes del partido por disputar del Mirandés– en mejor situación que la de veinticuatro horas antes: el mismo colchón, una semana menos. Un riesgo latente, sin embargo, tintinea: de tanto jugar con fuego, puede arder el colchón. Y sería demasiado tarde para pensar en la llegada de algún bombero. 

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 5-05-2026

lunes, 27 de abril de 2026

DESDE ENTONCES YA EL PUCELA…

 

Foto: Alberto Mingueza

Césped del estadio José Zorrilla, 23 de abril. Con motivo de la conmemoración comunera en Villalar, el Pucela felicita la efeméride mediante la difusión de un vídeo rematado con un «orgullosos de lo nuestro» en el que el joven, permítame el calificativo, cantante Dulzaro interpreta aquellos versos que cierran 'Los comuneros', el romance escrito por Luis López Álvarez y que el Nuevo Mester de Juglaría acercara imperecederamente a nuestros oídos: el 'Castilla, canto de esperanza'. Aquellos versos, digo, que, de inicio, se duelen de la derrota villalarina para, posteriormente, lamentar –elevando el rango de aflicción– la desidia, la inoperancia... la suma de componentes intrínsecos y extrínsecos que han postrado a este territorio hasta el punto de que «no se ha vuelto a levantar». Peor, para atribularse porque –añorando un mesías, esperando un milagro– decaiga la vida, se apague una tierra que pervive muriendo, muere perviviendo.

 

Césped del estadio José Zorrilla, 25 de abril. Si la cosa fuera de efemérides, cabría recordar la 'Revolução dos Cravos' que derrocó la dictadura del Estado Nuevo y que enorgullece a (no todos, supongo) nuestros vecinos portugueses; la 'festa della Liberazione' que festeja el final de la ocupación nazi en Italia; la fecha en que un terraplén se interpuso en el trayecto de mi bicicleta y no sé qué más ocurrió, porque cuando horas después abrí los ojos estaba tumbado en una cama del Clínico... Pero no, ni de Portugal, ni de Italia, ni de topetones contra el suelo: este 25 de abril, tras lo visto en el césped del estadio José Zorrilla, la cosa va de supervivencia, de un canto de esperanza. Se ha lamentado, si no la desidia, sí la inoperancia de un equipo postrado al que nos conformamos con pedirle, si no que se alce, al menos que no caiga en un foso aún más profundo.

Cualquier aficionado podría fijar un «entonces» desde el cual, el club, «en manos de» una sucesión alternativa «de rey bastardo o de regente falaz, no se ha vuelto a levantar». El Pucela culebrea a escasos centímetros del despeñadero. A escasos centímetros, a expensas de un empujón, de una bocanada de aire, pero aún sobre suelo firme.

El desempeño auspiciaba un acercamiento al precipicio. Ninguna premisa aventuraba salir indemne de la porfía, ningún argumento excepto la decisión del travieso dios del fútbol que se empeñó en revestir de surrealismo el desenlace del partido: tras el perdón en boca de gol del donostiarra Mikel Rodríguez, dos personajes secundarios del elenco pucelano, Biuk y Sanseviero, construyeron un inesperado gol que, al menos, permite soñar que las llamas blanquivioletas «otra vez crepitarán». Al fin, «si los pinares ardieron, aún nos queda el encinar».

Un encinar que refugie, que aporte madera, para lo que es imprescindible, previamente, que seamos conscientes de su existencia. «Que el árbol no impida ver el bosque», me han repetido por distintos canales. Sí, respondí: el bosque, después; de momento es suficiente con no estamparse contra el árbol. Esquivado el peligro, gracias diosito, corresponderá prender la yesca. Metafóricamente, se entiende, que estamos en tiempos necesitados de matices.

Artículo publicado el 26-4-2026

 

miércoles, 22 de abril de 2026

EL CALLEJÓN DEL GATO

 


Callejón del Gato. Foto: José González

A resultas de la gobernabilidad en varias comunidades autónomas -la nuestra incluida-, contemplamos acercamientos, intentos de acuerdo o alianzas ya cerradas. En el frontis del edificio político relatado se sitúa el desaire de premisa, el repudio como efecto, de miles de realidades diversas agrupadas en un concepto unívoco: emigrantes. Añadan el relativo que quieran, no sería más que el intento de atenuar un eco procurando que no chirríe.

A rebufo de MAGAs imperiales -consignas que envuelven de orgullo rancio una voluntad de privilegio, valleinclanescos callejones del Gato que en sus espejos deformantes devuelven el esperpento de corpachones que presumen de coraje y no son más que el reflejo de un miedo atávico a lo que cuestiona su primacía- se ampara un discurso que refuerza una preeminencia -por más que asumido (tanto el discurso como la preeminencia) por quien lo enuncia o por quienes aclaman tal prédica- que suena impostado a la luz de cualquier razón humana. Más que a rebufo, diría que el argumento, vacuo pero intimidador, toma impulso en el más potente de los trampolines. Galopando a lomos del altavoz dominante, traducen/reducen/infieren el ‘grande’ del lema no a un territorio, ni al Estado referido en cada caso o a las personas que allí habitan -ni siquiera a todas las que disponen de nacionalidad-, sino a una tipología concreta de seres idénticos, a un subgrupo -por más que mayoritario, que anteriormente exclusivo- de personas que relatan historias similares, de habitantes, al fin, de una homogeneidad.

Miro a los ojos a los (primeros) señalados como responsables -perdón por la ironía- de tanto mal ajeno, a quienes serían (los primeros) sufridores de la exclusión, y me acuerdo de una frase maravillosa brotada del impulso de una partida de tute por parejas. Mi compañero, tras concluir un juego, miró la libretilla en la que uno de los contrincantes apuntaba el marcador jalonando con cruces (cinco por cuatro en aquel momento) a ambos lados de una línea que dividía la hoja en dos partes encabezadas con los epígrafes ‘ellos/nosotros’. Ante la duda derivada de la igualdad, inquirió al apuntador: “ellos somos nosotros, ¿no?”. Ellos somos nosotros, sí; solo que ellos son los primeros.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 21-04-2026

martes, 21 de abril de 2026

OPTIMISMO EMPEÑADO

 

Foto: Martín Silva-Factoría 9

Mezclemos dos ingredientes: el traqueteo de mi cabeza, el propio del cerebro de un tipo con problemas de atención que se dispersa incluso sin necesidad de excusa, y la indecorosa puesta en escena del Pucela en el desolado escenario del Nou Estadi d'Encamp. Tengamos en cuenta el tubo de ensayo en el que se combinan los elementos: la imperiosa búsqueda de un subterfugio para alentar una traza de optimismo –descartado en esta ocasión el entusiasmo irracional, una veta siquiera– sin la cual la labor de cualquier aficionado carecería de sentido. Este, por definición, se aferra a cualquier señal conveniente por grotesca que parezca, deposita algún exvoto en cualquier altar imaginario con la pretensión de doblar los designios de la lógica, se empeña con oblaciones esperando que los dioses cumplan la parte de un tratado que jamás firmaron. Actúa así, incluso, el catastrofista histórico, el derrotista con ínfulas, el eterno agonías o el agorero ventajista incapaz de apearse del 'ya lo decía yo'. Bueno, de este último no estoy seguro porque antañazo escuché una conversación entre un joven mi padre, laudando a un paisano octogenario su buen aspecto, y este anciano replicando su mala sensación vital.

–No termino el año, lo has de ver –apostilló cabizbajo.

–No fastidie, hombre, no tiene pinta –atenuó mi padre el tremendismo–.

Contradicho, el anciano se vino arriba.

–Apuéstate lo que sea.

–Te conozco de sobra –cerró mi padre–, eres tan cabezota que con tal de ganar eres capaz de colgarte.

Cuando tiempo después, leí de Delibes en 'El disputado voto del señor Cayo' un pasaje idéntico, aunque llevado a término por 'el señor Paulino, echador de cartas', que 'las dobló' en la fecha señalada, tuve la certeza de que para determinada gente 'tener la razón', que no la razón, supone su bien más preciado, gente –alguna incluso generosa– capaz de dar todo menos la razón.

Mi desparramada cabeza, decía, al lamentar el indecente arranque blanquivioleta, se acordó de unas clasificaciones sectorizadas en las que el Pucela aparecía como tercero teniendo en cuenta los enfrentamientos con los seis primeros de esta Segunda División y decimoctavo cuando los rivales eran los seis colistas. Bien, pensé: se le da mejor a este equipo contraponerse a los buenos que le colocan en el campo que, impelido a generar, enfrentarse a los colistas. Bien, me incidí: el FC Andorra, aunque no forme parte del sexteto patricio, a buen seguro porque le penaliza cierta inconsistencia, destaca por su calidad técnica y posicional; nos colocará, aguantaremos y aprovecharemos alguna.

Bien, me insistí: se cumple la tesis, pasan los minutos y no encajamos, ya asustaremos. Y pasan, y pasan. Hasta que dejaron de pasar. No los minutos, que el correr del tiempo no frena, sino las premisas: el rival nos colocó, pero ni se aguantó, ni se aprovechó nada porque nada hubo de aprovechar.

Hasta el optimismo quimérico, ese de carácter inmarcesible que siempre encuentra motivos incluso en el disparate, se apagó antes de tiempo: los gritos de dolor de Ohio –ojalá el daño sea menor de lo que parece– nos devolvieron a una triste realidad que no empeora por el melodramático hecho de que hay suficientes realidades aún más tristes, un quinteto de equipos que, como el señor Paulino, se empeñan en no sobrevivir al día de marras.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 20-04-2026

 

miércoles, 15 de abril de 2026

MIEDO REPARTIDO, MIEDO QUE REPARTE

 



 

Foto: Rodrigo Jiménez

Entreviendo la muerte de cerca, el profesor de Literatura en la Universidad de California en Berkeley, el gijonés Antonio Miguel Albajara regresa, tras muchos años alejado –obligado a distanciarse físicamente primero, apartado mentalmente como personal consecuencia después– en todos los sentidos, a la que fuera su tierra de infancia. En su recorrido catártico, en su ‘Volver a empezar’ arrebatado de añoranzas, quizá, casi seguro, revisitando, con unos ojos entornados dispuestos a abrir la puerta del alma, las imágenes de la vida que pudo haber sido, que no pudo ser, atraviesa –conjugando entereza y agitación– la bocana de los vestuarios de El Molinón. Ahora, recién atravesada la línea sobre el césped que delimita el terreno de juego en el que, aún barbilampiño, aspiraba a destacar en eso del fútbol vistiendo la camiseta blanquirroja de su Sporting de Gijón, quieto, contempla el estadio vacío, ese ‘esqueleto de multitud’ que precisara Mario Benedetti. Coteja la obra de ampliación que muestra la penetración social de aquel juego en la sociedad española, y a su vez la apertura al mundo de un país que se aprestaba a organizar el siguiente Mundial, el del 82, con El Molinón como una de sus sedes. Recrea carreras, hilvana pases, trenza jugadas, vislumbra remates, anota goles... que nunca ocurrieron. Levanta la vista, de derecha a izquierda, en un giro de 180 grados, su cabeza recorre pausadamente la grada, recoge los aplausos que nunca le permitieron recibir, que siente que le hurtaron; que qué más da, se consuela. Al final de la requisa, la mirada del ya premio Nobel de Literatura interpretado por Antonio Ferrandis se topa con la colada –camisetas pantalones, toallas, medias, chándales– de cualquier día entresemana colgada de un tendal anclado en un fondo.

Cada vez que escucho ‘jornada retro’, además de removerme por la sensación de impostura, me asalta esta escena de la oscarizada película que dirigiera Garci. Los tiempos me desmienten, pero siempre entendí que revisitar nuestra peripecia vital no consiste tanto en poner camisetas en el escaparate cuanto en recordar lo que fuimos, en asumir que la vida ha seguido su curso y que lo que llamamos ‘evolución’ no era entonces más que un camino entre otros muchos que no se tomaron. La actual espectacularización de cualquier empresa supone el resultado de un progreso entendido como «Acción de ir hacia delante», no necesariamente como «Avance, adelanto, perfeccionamiento».

Y una certeza. En nada, este tiempo será retro para el que inexorablemente se acerca. Al final, para Ferrandis aquel Rubio llamado Maceda proyectaba la idea del fútbol moderno frente al suyo de medio siglo atrás.

Con una camiseta (similar a la) de antaño o con la blanquivioleta habitual en estos plúmbeos y afligidos años, el Pucela disputó un partido que –así nos temíamos apenas hace una semana– podría haber comenzado con el equipo situado de lleno en zona de descenso. No solo se disiparon los temores, sino que, además, arrancó con la garantía de que la distancia al descenso, esos cinco puntos escondidos bajo el colchón, no disminuiría. Aun así, el miedo le despojó de cualquier intento osadía y el Pucela se condujo como las familias de mi pueblo cualquier lunes de aguas que amenace precisamente con aguas: la cesta en la mano, pero los pies quietos, atenazados, ni ‘p’alante’, ni ‘pa'trás’, no vaya a ser que...

La SD Eibar, con no menos pánico, dejó de lado la etiqueta de ‘mejor equipo de la segunda vuelta’ para limitarse a contener, no errar y, si acaso, cazar alguna. Será que la camiseta, el nombre, amedrenta y por aquella zona de Guipúzcoa, el Valladolid aún impone respeto. En esta categoría veremos en lo que queda muchos partidos así. Miedo repartido, miedo que reparte.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 15-04-2026

miércoles, 8 de abril de 2026

VUELTA COMO HUIDA

 

Foto: A. Ojosnegros

Mi cabeza no me deja más remedio, cada vez que me detengo unos días por el pueblo, ella -que de por sí da vueltas sin parar-, gira su foco de atención y me inunda de unas imágenes que desvían de la temática habitual. No olvido, ¿cómo?, las vicisitudes de un mundo cáustico, quemante de un pasado que aparentaba estable, de una coyuntura amenazante que abre abruptamente un futuro ignoto para el que carecemos de más pista que la propia ausencia de indicios, a excepción de los proporcionados por las miserias de la condición humana. No olvido, claro, pero las emociones, los pensamientos que se arremolinan y me baten se ciernen en ese pequeño espacio en el que fui niño y del que de alguna manera me escapé. Y por primera vez percibo que algo está cambiando. Por rigor apunto que lo reciente no es tanto la percepción como el asiento de esta. El pueblo que recobraba vida apenas unas quincenas en verano, ebulle cada vez más en vacaciones, burbujea muchos fines de semana.

Sabedor de que una tesis consistente no se consolida sobre andanzas que dan razón a nuestras querencias sino con la acumulación de datos que la confirmen, me limito a constatar el hartazgo provocado en mis paisanos por el modo de vida actual de unas ciudades -más cuanto más grandes- en las que la inercia se ha convertido en la fuerza imperativa generadora de los movimientos rutinarios. Una inercia que arrastra cuerpos y esconde vida, que fuerza ritmos y silencia relatos sobre raíces o entorpece sentidos de comunidad.  

Las ciudades, tampoco las muy grandes, no siempre respondieron a este patrón. Pero, al parecer, no me atrevo a garantizar, esta deriva despersonalizadora se impone y son cada vez más las personas que recurren a esta periferia de la periferia en busca del saludo diario, la conversación en las plazuelas, las inopinadas charlas intergeneracionales, los paseos sin destino, las cotidianas cartas o el bingo cotidiano, como excusa para verse y distraerse en común…

Regreso a la ciudad, mi cabeza volverá a sus cosas. Eso sí, cada vez más me aumenta el deseo del retorno. Y sí, ya sé que la realidad rural no es tan bucólica. Pero…

Publicado en El Norte de Castilla el 07-04-2026

 

 

 

  

 

lunes, 6 de abril de 2026

LA GALLINA Y EL CERDO, LOS HUEVOS Y EL CHORIZO

 


Foto: Carlos Gil-Roig

Cualquier tesitura incuba el riesgo de degenerar, encierra en sí la susceptibilidad de empeorar. Definir como calamitosa la temporada del Pucela se puede considerar un eufemismo para suavizar el ánimo del emisor del dictamen cuando el equipo acude a León a cubrir un indigno expediente. Y no, no me refiero al resultado a secas. Se puede 'perder' y 'perdeeeer', dicho así, canturreando, mientras los dedos de ambas manos dibujan en el aire unas etéreas comillas imitando las inicuas maneras que sus compañeros pretendieron enseñar a Marge Simpson, la protagonista de la popular serie, en el capítulo en que ella comienza a trabajar como agente inmobiliaria, a utilizar el lenguaje de una forma embaucadoramente críptica.

Se puede perder, digo, si el rival te supera por calidad técnica, capacidad física, competencia en la lectura del partido o –esto es fútbol– suerte. Se puede perder aunque el contendiente acumule cuatro meses sin paladear una triste alegría que mitigue la concatenación de decepciones. Se puede perder porque en ninguna tabla sagrada aparece escrita la inexorabilidad de la victoria. Se pierde porque el fracaso nos es consustancial, porque en cualquiera de sus facetas se convierte, desde que nacemos, en un inseparable compañero de vida. Pero, ¿'perdeeeer' inserto en un dócil entrecomillado?, ¿'Perdeeeer' sin un atisbo de rebeldía frente a la derrota? ¿'Perdeeeer' sin presionar más allá de con la mirada, sin desasosegar a la línea defensiva del rival, sin chicha ni limoná teniendo en cuenta las urgencias clasificatorias? Hace unas temporadas escuché que este equipo no pierde ocasión de perder una ocasión, y oye, en cada ocasión se empeña en confirmar la tesis.

Para lograr cualquier reto complejo se precisa querer, poder y saber. En mi cabeza deambula guerrero un suceso del siglo pasado del que permanece aún pendiente una resolución que me retire un poco de indignidad. Cuando quise, no pude; cuando quise y pude, no supe. Y ahora que a buen seguro quiero y de alguna manera sabría, ya no puedo, no sé poder o simplemente podría, pero ya no sé. El Pucela, al menos eso me transmite con demasiada frecuencia, simplemente –antes de verificar si puede o constatar si sabe– directamente no quiere en el estricto sentido de la tercera acepción del término 'querer' en el DLE: «Tener voluntad o determinación de ejecutar algo».

'Pánfilo' he llegado a oír como calificativo de este grupo de futbolistas. Lo suscribo. Conforman un equipo silente, que no recurre al taco ni a la blasfemia, ejecutan cada acción porque es su trabajo y la entrenan, conocen los fundamentos y los desarrollan, pero sin convicción. No me refiero a los esfuerzos contables, esos están, sino a ese poner pie en pared que sobrepasa la resistencia racional. Para preparar unos huevos fritos con chorizo necesitamos tanto la aportación del cerdo como de la gallina. De ambos, pero no por igual: la gallina contribuye; el cerdo se compromete. A lo mejor es pedir demasiado. A lo mejor. Pero echo de menos esa impresión.

Publicado en El Norte de Castilla el 06-04-2026

 

viernes, 3 de abril de 2026

CITA DE SUPERVIVENCIA

 

Foto: A. Mingueza

Allá por junio o julio, cuando fuera que se presentase el calendario de la temporada, la visita del Cádiz CF a Valladolid fijada en el anuario liguero para la Semana Santa sonaba a cita grande: dos equipos cuyos nombres retrotraen a épocas de lascivias futbolísticas; dos clubes cuyas camisolas han engalanado el cuerpo de algunos jugadores de los que conforman, si no la crema, al menos el bizcocho de la tarta histórica; dos sociedades que no reniegan de sus historias para aspirar al espacio que ocuparon apenas un suspiro atrás; dos ciudades que crecieron sintiéndose un centro que concentraba y ahora pretenden evitar el inexorable -al menos todo lo inexorable que concede la tornadiza historia- destino de ejercer de una periferia que dispersa.

Cita grande datada a una altura trascendente de la competición: apuntada quedó para la primera de esas últimas diez jornadas en las que, a tenor de las palabras de Luis Aragonés admitidas como axioma futbolístico, se definen los resultados de la contienda. En juego pues los primeros tres puntos de los treinta definitorios. Se define la nota del curso, sí, pero una vez que la temporada ha limitado el objetivo de tales cálculos. Porque, en esta decena de partidos, tanto el Pucela como el Cádiz no podrán culminar las aspiraciones que vislumbraban cuando se cerró el calendario. Ni las que aún mantenían -y fueron dilapidando- en agosto, septiembre, octubre… Desde esta perspectiva, el axioma desciende a la categoría de dogma para crédulos que alimenta la fe del carbonero.

Aquel partido pretendido grande, con el paso de las jornadas, se ha cerrado en una contienda espectral de dos cadáveres. La Semana Santa perfilaba, además, el contexto lúgubre del encuentro: una Santa Compaña de dos almas que pretenden -y para eso les quedan los diez últimos partidos- agarrarse a la sustancia carnal de una categoría que, denostada al principio como refugio de torpes del que se pretende escapar, te mantiene en el listado de los vivos. Más que previsiblemente, uno de los dos escuchará el sonido de una procesión semanasantera entonando aquella canción compuesta por Cesáreo Gabaráin que también se canta en la iglesia de mi pueblo cuando un paisano concluye el recorrido: “Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino”. Un resueno inesperado e inexplicable a priori, temido y demasiado entendible a día de hoy.  

De la batalla espectral, los amarillos salieron muy malparados, no aguantaron la comparación ni siquiera con este afligido Pucela que aspira a mantenerse en vida más porque la guadaña se limita a cortar cuatro pescuezos que por los méritos alcanzados. Podría ser que -en el caso de que el Zaragoza se imponga el jueves al Leganés- la separación blanquivioleta de la línea de corte se mantenga estable. Poco consuelo en principio, huir de la quema para avistar el fuego desde la misma distancia, pero no: además de la fuerza del impulso, el avance de estos tres puntos introduce a más gente en la pista de baile. Mal de muchos, consuelo de los que libran la cabeza. Y hoy el Pucela respira mejor, al menos mejor que otros. Mañana veremos, ya será otro día.

 Artículo publicado en El Norte de Castilla el 02-04-2026

lunes, 30 de marzo de 2026

EL ¿Y SI ESTA VEZ SÍ? RESPONDE ‘NO’

 

 Foto: Carlos Espeso

En uno de esos mentideros cibernéticos constituidos en torno a cualquier tipo de afinidad grupal, algún miembro daba por sentado que la obligada ausencia de Peter Federico traería consigo el pan debajo del brazo de la restitución de Alejo a la posición de extremo derecho. Cabía otra opción, claro: que el vallisoletano se mantuviera en el lateral y en la vacante del sancionado se desempeñara otro jugador. Más cábalas, más manduca para el mentidero.

Las premisas de contexto recordaban que el jugador hispano-dominicano no aparecía en la alineación titular del enfrentamiento anterior, la del mustio partido de Miranda. Pero del movimiento rectificador de Escribá aquella tarde –la devolución a Peter del puesto de extremo diestro, el acercamiento de Chuki al centro de la ofensiva– quisimos entender que el entrenador pucelano había admitido la certeza asumida por toda la ciudad futbolera: la prestancia del de 'la Vitoria' se capitidisminuye cuando se le deporta a la banda. Quisimos entender. Olvidamos, sin embargo, aquel enunciado escrito por el francés Alphonse Karr y que ya apareció en esta ventana referido al escaqueado Almada: «Nos gusta llamar testarudez a la perseverancia ajena, pero le reservamos el nombre de perseverancia a nuestra testarudez». Y Escribá, erre que erre, perseverante desde su punto de vista, inmoló de nuevo a Chuki en el costado. Y resolvió el debate sobre si Alejo jugaría de lateral o de extremo enviándolo al banquillo.

Conocemos tan solo la realidad acontecida. El recurso de la ucronía aporta dosis de consuelo siquiera porque tiende a darnos la razón: al fijar el punto de partida en una modificación alentada por nuestra querencia, insertamos la realidad alternativa deseada, el final feliz convenido con nosotros mismos. Carece de sentido, pues, invocar vanas certidumbres alrededor de 'qué hubiera ocurrido si...'. Ahora bien, resulta complicado estimar que cualquier propuesta esperada hubiera empeorado la que nuestros ojos han contemplado. En medio de estos tostones, siempre me asalta el retruécano del inicio de la novela de Dickens 'Historia de dos ciudades' –«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos»– cuando no puedo evitar contraponer el fútbol al fútbol: qué hermosas y qué espantosas versiones abarca.

Me preguntaba hace apenas tres semanas «¿y si esta vez sí?» espoleado por el esperanzador arranque de la etapa Escribá. Mantengo el sí, porque la dinámica previa desahuciaba. Porque con los puntos logrados se puede tejer un salvavidas. Hasta ahí. No hay más. Salvar el culo, sobrevivir, como única esperanza. Puntos logrados, anoto, a partir de un juego en el que, antes de conseguir los resultados, destacaba la forma de alcanzarlos. A la «primavera de la esperanza» de una ciudad, le sucede «el invierno de la desesperación» de la otra. Un canto a la monotonía, una oda a la nada. Tiempo de ucronías en busca de desahogos, de futuros menos imperfectos, de que se den por cumplidas las escasas expectativas que se mantienen: las de no caer aún más abajo.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 29-03-2026

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

AÑORADA MONOTONÍA

 

Foto: El Norte

Las páginas del periódico se disocian, se desapegan o como quiera que se denomine ese efecto consistente en desligar las partes que confluían modelando un todo armónico. Sí, cada sección se diferenciaba del resto, pero uno, al abrir el diario, tenía la sensación de enfrentarse a una realidad conformada como una sucesión de círculos concéntricos, redondeles de más diámetro cuanto mayor fuera el ámbito narrable, pero anclados al mismo punto. A las noticias referidas a una colisión sin víctimas o a las declaraciones del alcalde de turno desplegadas en ‘local’ o ‘provincia’ le sucedían las que daban cuenta de la rutina cuasi administrativa de la política autonómica o de algún hecho de cierta enjundia sucedido en provincias de la comunidad. Inmediatamente saltábamos a las más floridas páginas de ‘España’, distintas, pero no tan distantes. Y a ‘internacional’ donde leíamos sobre algún conflicto lejano, alguna amenaza imperial - EE.UU lleva en guerra la práctica totalidad de su existencia, no puede sobrevivir sin alimentar el conflicto-, los acuerdos y desacuerdos en la burocrática y fingidamente cándida UE... Sumemos algún sobresalto de cuando en vez, un poco (o un mucho) de ’Deporte’, la arrinconada ‘Cultura’ y el periódico se volvía a doblar con un “mañana será otro día”.

De repente, un hilo roto descose la cotidianeidad de unas secciones de la tenebrosidad de otras. Un abismo separa la construcción de la estación de trenes o los vericuetos de las negociaciones ‘mañuecas’ de la encrucijada civilizatoria en Irán a la que nos han (hemos) sometido. Un mismo periódico, dos existencias paralelas.

Tras décadas de aprendizaje, en esta parte del mundo, al respecto de lo que las cosas deberían ser, nos asalta la realidad que efectivamente es; nos enseñaron que se cruza cuando el semáforo está en verde sin prevenirnos de, aun así, mirar previamente no vaya a ser que un coche se lo salte. El todo vale para obtener lo que se pretende se va de las manos, en lo del ‘todo vale’ y ‘en lo que se pretende’. 

“Comeremos mierda”, concluían los optimistas. ¿Ya habrá para todos?, interpelaban los (no tan) agoreros. Y doblamos el periódico sin certezas de que mañana vaya a ser otro día.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 24-03-2026

martes, 24 de marzo de 2026

MORDER BALAS, TRAGAR SAPOS

Foto: Carlos Gil-Roig-Factoría 9

Las personas angloparlantes recurren a la expresión «bite the bullet/muerde la bala», así, enunciada en imperativo, cuando para enfrentarse a una coyuntura tan desagradable como necesaria, tan perentoria como aplazada, requieren de coraje, entereza, estoicismo e, incluso, resignación. Imagino que el origen de la locución se encuentre en alguna trinchera excavada un par de siglos atrás cuando los soldados habían de recurrir a apretar con los dientes una bala para atenuar el inmenso suplicio ocasionado por las pertinentes cirugías efectuadas sin anestesia. En castellano, bien que recurriendo al infinitivo, en situaciones análogas nos valemos de «hacer de tripas corazón» o «tragar sapos y culebras». Faena la una, dieta la otra, recurrentes para cualquier aficionado del Pucela, cuya dentadura, ¡qué remedio!, ha signado centenares de balas a lo largo de los años en que despliega su pasión. Y que –el veneno del fútbol– por más que el devoto pucelanista lo asuma cuando corresponde, no asimila la posibilidad dos horas antes. Una dinámica ascendente, unos resultados que cargan de razón al cambio de entrenador, a las medidas que dispone, un juego grato a la vista, una revalorización de la estima preasignada a los jugadores, un pasado que parece quedar atrás, un partido propicio para certificar todo lo anterior y...

En 1975, el director Richard Brooks se apropió de la expresión, 'Muerde la bala', para titular la película en la que relata una carrera a caballo que se extendía a lo largo de más de mil cien kilómetros en el oeste estadounidense. Durante el desarrollo de la contienda aflora toda la escala de comportamiento humano, desde la claridad de los tonos más leales y altruistas a las negruras de la abyección. En medio de las tensiones, Sam Clayton (Gene Hackman), apelando a su vieja amistad, reconviene a su camarada Luke Matthews (James Coburn) –no descarto que la conversación se produjera en sentido inverso– por una felonía. Este, ladino, le replica precisando el concepto 'traición': «si no fueras mi amigo, no te podría traicionar».

...Y tal cual, el Pucela traiciona cualquier ilusión, derrumba cualquier expectativa. Duele, claro, no por el hecho, sino porque el sentimiento arraigado hacia el Pucela transforma el comportamiento, la derrota, el mal juego, el decaimiento de la propuesta, en una puñalada flamígera.

Pasadas las horas, templado el poso de resquemor, asumido que el vínculo no se desvanece, que el veneno ingerido prevalece, corresponde observar desde otra perspectiva, la descrita por Joxean Artze en su poema 'Txoria txori/El pájaro pájaro es' musicalizado por Mikel Laboa y publicado en 1974 en un disco con título de resultado futbolístico, 'Bat-Hiru/Uno-Tres'. La letra –va en castellano– asimila que el amor solo tiene sentido admitiendo la realidad: «Si le hubiera cortado las alas/ habría sido mío /no se me habría escapado./ Pero así,/habría dejado de ser pájaro./Y yo.../yo lo que amaba era el pájaro».

El Pucela de esta época es el que es, y si se pretende quererlo conviene saber que así es. Que apenas vuela.

Publicado en El Norte de Castilla el 23-03-2026