lunes, 27 de octubre de 2025

AFLICCIONES POR UNA DECISIÓN

 



Tres aficionados del Pucela toman unas cañas en un bar coruñés sito en las inmediaciones de Riazor a una hora en la que el partido que disputaba su equipo frente al club local ha concluido. Percibimos una conversación que no alcanzamos a oír. Observamos sus desmedidos manoteos: un catálogo gestual que airea un malestar, una incomodidad, que constata la regurgitación de una jugada mal digerida. Contemplamos las miradas perdidas, como dirigidas a otro lugar, a otro tiempo, con la esperanza de modificar el desenlace captado hace nada por sus retinas.

No alcanzamos a oír, decía, sonido alguno procedente de la cantina; en cambio, diversas voces en off elucubran al respecto de lo que pudo haber ocurrido en el partido en función de las interpretaciones recabadas del acervo gesticular exhibido. Con mayor o menor contundencia, con unas u otras incidencias adversas, los relatores coinciden en asentir una dura derrota blanquivioleta. La directora surcoreana-canadiense Celine Song concibió una escena análoga a esta de la que me valgo para presentar a los protagonistas de su película ‘Vidas pasadas’: Nora, una mujer que a los doce años emigró de su Corea natal al Canadá; Arthur, su marido; y Hae Sung, el amigo de la infancia surcoreana de Nora. Los tres ahora, bien que por motivos diversos, comparten fastidio y una bebida, conversación, manoteos y miradas al infinito.

La película retrocede a esa primera docena de años, traslada a Nora y Hae a las animosas callejuelas de sus infancias, a su escuela, a sus paseos, a sus anhelos... A la época en que Nora, incluso, no se llamaba Nora sino Hae. A la primera mitad del partido del Pucela. Probablemente, los mejores minutos de esta época ‘almada’. Juegos, alegría, brillante desempeño académico, presión alta, rival maniatado, ocasiones y hasta un gol. Pero una decisión te traslada de escenario, modifica la vida por vivir, nada se parecerá ya a lo que pudo ser. Canadá no es Corea, jugar con diez -olvidemos la ‘boutade’ de Helenio Herrera- es peor que disputar el partido con el once completo. El camino de la película nos traslada a un punto situado doce años más tarde. La vida adulta ha sepultado infancias y adolescencias. Pero aún, en cada cabeza, resuena el eco de aquellos tiempos. Nora pretende reanudar la relación con Hae, en realidad con su pasado, consigo misma, con su vida pasada. Busca a Hae en las redes y, tras encontrarlo, constata que él, desde hacía tiempo, andaba empeñado en encontrarla. Una segunda mitad dura, muchas horas de distancia, pero que mantiene el marcador -en la misma posición, con los mismos guarismos- que había cuando Mae se trasladó a otro mundo y se convirtió en Nora, cuando Marcos André caminó obligado hacia el vestuario. 

La decisión, otra decisión, altera el final previsible en ese momento. Ni la película concluye con el ‘happy end’ del cine clásico hollywoodiense al que estamos acostumbrados ni el alargue resulta intrascendente. Nora está casada, y decide mantener el vínculo para congoja -aun comprendiendo la decisión- de un Mae empeñado en coser pasado y futuro, en olvidar el presente. Un presente que atormentó a Tomeo: el riesgo de un balón suelto en las inmediaciones de la portería le arrojó al vacío y, sintiéndose invisible para las cámaras, decidió agarrar al rival dentro del área. Tensión fílmica y futbolística. Al fin, en la película, en el vestuario de Riazor, en los aledaños del estadio, resuenan palabras no pronunciadas, se vislumbran alharacas no materializadas: jugadores y aficionados lanzando miles de ¡¡¡vamosss!!! Al aire, saltos buscando choques de pecho con pecho, estrepitosos abrazos interminables. El reflejo de un momento posteriormente suspendido; el resultado de un ejercicio de supervivencia que mantuvo la vida solo a medias; victorias de las que consolidan grupos, afianzan proyectos y enganchan a la afición; puntos que se agarraban antes de desprenderse. Las vidas que no has vivido. La vana pretensión de buscarse en donde fuiste feliz. El retrato emocional de lo que fue. Hasta que se asume que lo no dicho, lo no vivido, rompe la ilación. Hasta que se admite la certeza de que no eres de allí, de que no estás allí, porque ni existe ya ese ‘allí’ ni tú eres la persona que antaño ‘allí’ estaba. Hasta que se asimila el doble desarraigo: ni te has ido del todo ni terminas de llegar. Y de esta forma te perciben.

Aun así, ahí permanecen los tres en el bar. Los tres protagonistas. Los tres aficionados. Lamentando lo que es, fabulando con lo que pudo ser. Melancolía. Puerta abierta para el reinicio. Decisión.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 28-10-2025

martes, 21 de octubre de 2025

LA DECISIÓN DEL ASNO

 

Foto:AFP

Hace apenas un mes, al pie de otro café, traje a colación ‘El tren’, la película que John Frankenheimer dirigiera en 1964. Y no, la reflexión propuesta entonces no se atenía al atolladero pucelano que ha derivado en el empantanamiento de una ciudad ahora sin agua ni heno, sin soterramiento ni integración. Muerta a la vez de sed y hambre, pero, a diferencia del burro de Buridán, no por la indecisión de un asno. Que aquí, a este respecto, las decisiones resultan muy decididas, además de hiperbólicamente defendidas, ergo muy interesadas. Pues no. Y la de hoy, tampoco. Que bastante se ha escrito ya. Con nulo efecto como ocurre siempre que la palabra se topa ante una voluntad encallada, ergo interesada.

Ceñía entonces el razonamiento al colofón de la película, al arrebato elitista del oficial nazi que desmonta, precisamente por salir de su boca, el argumento de que la adquisición de una mayor cultura nos convierte necesariamente en mejores personas. Corresponde hoy regresar al comienzo del filme: el imperativo saqueo del Museo del Louvre por las tropas alemanas destacadas en París. No sé -supongo que no- si por inspiración en la obra, pero el museo parisino ha sido objeto de otro saqueo siquiera parcial. De película, se lee en algún titular. Pero ya sabemos que la realidad siempre termina superando la ficción. Sin precisar además de las trampas narrativas que facilitan los guiones a estos descuideros de postín.

El robo a la galería ocupa un espacio en la actualidad que relega en los informativos a los expolios que, ante nuestros ojos del presente, se producen o con los que se amenaza. El tren de la película transportaba los cuadros objeto del intento de usurpación; el despojo cierto, empero, se producía a las gentes de los lugares por los que circulaba el convoy. Y, en paralelo, por los mismos, en otros lugares diseminados por el mapa.

Del robo de las nueve joyas del Louvre resalta la espectacularidad, la aparente -comprobamos que no- imposibilidad. Aterra sin embargo la naturalidad con la que asumimos los expolios de verdad. Como otro espectáculo, no solo posible, ineludible.

Publicado en El Norte de Castilla el 21-10-2025


  

 

domingo, 19 de octubre de 2025

COMO EN CASA, EN NINGÚN SITIO

 


Fotos: Rodrigo Jiménez



Cuentan que un obispo, ante la inminente defunción de un sacerdote de su diócesis, y con la voluntad de ungirle con el óleo de los enfermos, con el ánimo de reconfortarle espiritualmente, acudió al domicilio del párroco. «Sea enhorabuena, padre. Esta noche –acarició con palabras el prelado– gozará usted de su presencia en la casa del padre». «Ya –objetó resignado el cura, pretendiendo no contrariar a su superior ni, por supuesto, caer en herejía–, pero como en casa de uno... en ningún sitio».

 

Y así debe de ser porque, sea por instinto de supervivencia o por puros deseos racionales e irracionales, la mayoría de las personas anhela continuar en este mundo por más que considere ponzoñoso su estado. Al fin y al cabo, de este albergamos certezas; del de después, todo lo más, incógnitas. Y nos agarramos. Claro, nos agarramos mientras entendamos ese 'como en casa' como una vida con cierta comodidad física y emocional o, al menos, con esperanza de alcanzarla.

La muerte, tan lejana de partida, invade de sopetón al escuchar la palabra cáncer. El diagnóstico derruye. La palabra 'muerte' brota consecuente. Y hostiga. El miedo se corporeiza. Miedo que se extiende ante el dolor. Hasta asumir que no existe manera mejor de enfrentarlos que viviendo.

Con motivo del Día Mundial contra el Cáncer de Mama, el Real Valladolid ha dispuesto que las Vallkirias del Pisuerga efectuasen el saque de honor previo al partido ante el Sporting de Gijón. Vallkirias rodeadas de la afición pucelana inserta en la ciudad de Valladolid: una comunidad dentro de una comunidad, dentro de una comunidad... Si el objetivo de la propuesta se limitase a tranquilizar conciencias, a fortalecer una imagen de marca, a obtener fotos sencillas de conseguir, a adornarse de condescendencia, el gesto no alcanzaría ni el nivel del fuego fatuo. Flaco favor. Si falla la palabra recibida, poco queda. Entiendo la propuesta, el aplauso, como un compromiso. No soy quién para hablar por nadie. Mi diagnóstico en su momento, mi proceso, tendrá elementos comunes, sí, pero otros dispares. Cada cabeza y cuerpo, cada cáncer y tratamiento, difieren del resto. No sé por lo que pasa cualquiera otra de las personas 'picadas por el bicho' –Fernando Polanco dixit–. Pero me atrevo a afirmar generalizando que me siento un privilegiado por disponer de los médicos –y del resto del personal–, de un sistema que trata, también e igual, a quienes no podríamos pagar ni una semana por año. Los avances, añado, requieren investigación. Dinero, presupuesto. Y en defender esto se ancla el compromiso. En defenderlo porque muchas personas que hoy emiten cantos de empatía escucharán mañana el cruel diagnóstico y temerán, espero que menos, la muerte.

En esto, y no en loas a valientes, heroínas o luchadoras. En el cáncer no se compite. Se padece y se pretende sobrevivir. Al cáncer no se le vence. Se puede o podrá curar. Y también se podrá morir, lo que nunca será un fracaso, ni una derrota, ni la ausencia de lucha. Tan solo una consecuencia. Una consecuencia cada vez más evitable o postergada. Mientras, en casa, como en ningún sitio.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 20-10-2025

 

lunes, 13 de octubre de 2025

TIEMPOS MODERNOS

 

Foto: Ricardo Ordóñez

Al realizador de la retransmisión televisiva le seduce la imagen captada por una de las cámaras dispuestas en El Plantío, una de las que vigila los aconteceres del graderío, y decide olvidar durante unos segundos la contienda que se desarrolla en la campa de juego. Por suerte, la escena no mostraba un triste enfrentamiento entre aficionados como podríamos temer dada la ridícula rivalidad últimamente exacerbada. Mostraba, sin más, la reacción de un muchacho despistado, desubicado, ruborizado, aturdido... y dolorido tras haber recibido un balonazo en la cara.

El gesto compartido por sus amigos, a los que el azar bien pudo haber convertido en protagonistas, entreveraba vetas de regodeo y compasión. A lo que vamos: el disparo a puerta –doy por descontada la intención– del blanquivioleta Tenés, lejos de culminar su trayecto en el fondo de la red de la portería rival, prosiguió su peregrinaje hasta ver interrumpido su recorrido al topar con el rostro de este chaval emplazado en uno de los fondos del estadio.

Considerando la distancia cubierta por la pelota en su itinerario, y, de resultas, calculando siquiera a ojo de buen cubero el tiempo empleado en describir la ruta, resulta obvio que el mozuelo estaba pendiente de cualquier cosa menos del partido en sí. A poco que hubiera tenido el ojo apuntando al juego, habría dispuesto de tiempo suficiente para esquivar, incluso detener, el ya suave tránsito del balón. Le entiendo, faltaría más. Por un lado, debido a la identificación. Tiendo a distraerme y, cada poco, 'tengo que aguantar' a los compinches con quienes comparto los partidos en El Norte un «¡Pero quieres mirar el televisor!» reprensor. Por otro –más verosímil–, en virtud del contexto. El fútbol, por llamarlo de alguna manera, que exhibían tanto el Burgos CF como el Real Valladolid desalentaba hasta al más enfervorizado de sus seguidores.

Fútbol industrial, aburrido como dedicar la mañana a observar el trabajo en cadena de una línea de montaje en una fábrica de frigoríficos. Nada que ver con el dinámico espectáculo ofrecido por cualquier obra de la que disfrutan las sucesivas hornadas de jubilados. Una secuela futbolística del fordismo, un desarrollo en el que los futbolistas pretenden ensamblar su fútbol desencajando el del rival y, una vez logrado, ejecutando de forma secuencial una repetición constante de faenas. Fútbol de poderío físico y dogmatismos tácticos. Fútbol moderno que nos retrotrae a otros modernos, los tiempos referidos por Chaplin en su película así titulada. Fútbol plomizo interrumpido por algún destello como fue el provocado por el golazo de Chuki.

Mucho alicate y un fogonazo que prendieron los tres puntos en un partido disputado en terreno emocional fronterizo. Un momento en el que las decepciones previas intimidaban e imponían al Pucela un tan atenazante como impostor miedo a perder. Los efluvios del contento inicial de la temporada ya se habían disipado y los temores comenzaban a corporeizarse. Al menos se ha ganado tiempo. Y una alegría, que nunca está de más.

Publicado en El Norte de Castilla el 13-10-2025

 

martes, 7 de octubre de 2025

CABEN TODOS

 

 Foto: Iván Tomé

El número 118 de la revista que publica la Federación de Comités de Solidaridad con África Negra bajo el título ‘Umoya’ -en suajili ‘unión, camino, esfuerzo compartido…’-, además de informar sobre el saqueo del agua por la agroindustria, de destacar que África del Oeste se libera del colonialismo francés y de tildar de olvidada la guerra de Sudán, notifica que la Plataforma Social de CyL reconoció con la mención ‘Solidaridad Invisible 2024’ a Fermín Santórum. Destacan «la gran dedicación a tareas y actividades con la población inmigrante. Colabora con la Federación de Comités de Solidaridad con el África Negra. Se valora su compromiso con el Comité Oscar Romero -Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los pueblos de América Latina-…” y la exposición añade la labor de Fermín en “las Campañas de Solidaridad con Palestina y el pueblo palestino”.

Leo en redes, en artículos, escucho en la calle reprobaciones que catalogan de movimiento impostado las movilizaciones que reclaman el fin de -escriban el sintagma que deseen- al pueblo palestino debido al silencio que escuchan sobre -escriban también el sintagma que prefieran- que acontecen en otros lugares. Resulta que las gentes que se movilizan por una causa, los ‘fermines’, tienen presente al resto. Quien pretende silenciar la palestina suele, salvo por interés argumental, no alzar la voz por las demás. La razón del eco apúntenla en la duración -no comenzó hace justo dos años (no justifico, indico) con la barrabasada de Hamas-, cercanía, vinculación política o capacidad de influencia.

Se anuncia ahora un plan de paz propuesto por Trump y, en principio, aceptado por las partes. Ojalá se convierta en el preámbulo de un acuerdo duradero. Para ello, los negociadores de la parte subyugante habrán de considerar la inconveniencia de confundir acuerdo de paz con trágala. Uno aspira a la permanencia. El otro obliga a firmar. Uno apacigua. El otro hincha la vena hasta reventar. Evocando la Alemania de entreguerras, quizá sea peor el remedio que la enfermedad. Se sabrá pasado un tiempo, pero sería idóneo tenerlo en cuenta antes. Al menos para que Fermín pueda centrarse en otros empeños, que no faltan.

Artículo publicado en El Norte de Castilla el 07-10-2025

lunes, 6 de octubre de 2025

REVOLUCIONES, VOLCANES, PUCELA

 

 Foto: A. Mingueza

El escritor francés Victor Hugo, testigo vital del siglo XIX, atestiguó: «Las revoluciones, como los volcanes, tienen sus días de llamas y sus años de humo». Al fin, ambos procesos arrancan con un desempeño convulso, se acrecientan mediante un trajín vehemente que paulatinamente se sofoca hasta devolver la quietud. Concluyen ambos con una humareda preámbulo de la ceniza que se perpetuará. Una sedimentación que bien abrirá un nuevo tiempo en el que se apuntalarán las reformas propuestas/impuestas por el nuevo poder o bien posibilitará el advenimiento de un periodo en que, represión mediante, se opaquen las aspiraciones subversivas. En no pocas ocasiones, enarbolan la bandera rebelde manos herederas del poder que supuestamente se pretende derrocar.

 

La alusión literaria habitual a la que nos acogemos para referenciar este tipo de comportamientos se encuentra en 'El gatopardo', la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa que relata como el poder se mantiene en los mismos apellidos aunque los hijos se disfracen de una pretendida rebeldía que, hasta que lo expliquen en casa, sorprende a los padres. Con esa máscara arengan a los enfervorizados seguidores con discursos en los que arremeten contra no sé qué hegemonía cuando ellos conforman la hegemonía dominante: son dueños de los medios y procuran parecer que se enfrentan a ellos. No se trata tanto de 'cambiar todo para que nada cambie' cuanto 'embestir contra todo para que todo quede en las mismas manos'. 

Agosto empieza a quedar demasiado atrás, pero entonces, aparte de las climatológicas, el Pucela, como las revoluciones y los volcanes, tuvo sus días de llamas. La puesta en escena de la temporada con dos victorias consecutivas parecía quemar un pasado oneroso, Almada se nos mostraba –quisimos ver– como aquella 'Libertad' pintada por Delacroix guiando al pueblo, el balón entonaba 'A las barricadas'. Poco más que hasta ahí. De repente, las ilusiones se tornaron humo. La ceniza no enterró el pasado sino sepultó el futuro que se vislumbraba. La sensación de más de lo mismo atribula a una afición que comprueba como en la cara de Almada se dibujan rasgos de Pezzolano. Anda media ciudad conjeturando con enmiendas a las alineaciones, planteando al vecino la vieja fórmula del «yo metería a este por aquel». En realidad, si ahora (casi) todos los jugadores nos parecen malos, el asunto tiene otra raíz: falta encontrar plan, reparto de roles, adecuación de posiciones.

Con correr y sudar –por más que encante a la hinchada escuchar consignas marciales, por más que asimile el ardor guerrero a un bálsamo de Fierabrás– no alcanza para provocar una llama revolucionaria. Se requiere juego y este, al menos de momento, ni se vislumbra. El 'Pucela échale huevos' que se corea no sirve, metafóricamente exige lo que ya se aporta, no lo necesario. «Un día –apuntaba el propio Victor Hugo en 1849– vendrá en el que las armas se os caigan de los brazos a vosotros también». Y se viva, y se juegue.

Publicado en El Norte de Castilla el 06-10-2025