viernes, 4 de octubre de 2013

LLÁMALE JUAN

Escribí este artículo en 2004, la vergüenza de lo que ha ocurrido en Lampedusa me lo ha traído de nuevo a la mente. Los muertos de Lampedusa son nuestros muertos, esta vez nos ha estremecido por su magnitud como un chaparrón en una tarde de verano, pero son ya muchos años en los que no ha dejado de llover aunque sea finamente.


La Tierra es Tierra y gira alrededor del Sol. El hambre es hambre y su dueño recobra su dignidad rebelándose ante él. Las decisiones de un hambriento no pueden ser juzgadas, son y punto. En otros momentos esas hambrunas parieron revueltas que gestaron revoluciones que segaron el cuello de reyes entretenidos en sus guerras, eran épocas en que la extrema pobreza y la riqueza extrema convivían en la misma plaza, a cuatro metros de La Bastilla. Los reyes siguen entretenidos en sus guerras, pero sus cuellos gozan de inmunidad, los estómagos estáticos vagan a muchos kilómetros con la única esperanza de ingresar en nuestros castillos de prosperidad. Vienen, los que pueden, porque el neón de nuestras calles anuncia prosperidad como la luz roja a un lado de la carretera pregona sexo a precio tasado. Retan a la contingente muerte del estrecho porque huyen de la muerte inexorable. Pero no todos superan el reto y el estrecho de nuestra estrecha mente, de nuestro estrecho desarrollo, se cobra su diezmo en vidas. El mar se empeña en mostrarnos las rostros de algunos, unas horas atrás jóvenes, escupiéndolos en nuestras jetas. Veo sus fotos y recuerdo que hace no mucho los emigrantes se llamaban Juan, Luis, Antonio, Miguel... Miro sus caras, les llamo Juan, Luis, Antonio, Miguel... lloro y siento que nuestra dignidad exige rebelarnos de una puta vez.

Publicado en "El Día de Valladolid" en junio de 2004

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